miércoles, 18 de enero de 2017

Cuando los sobrinos son también hijos



Guadalupe Isabel Carrillo T

Ser tía no ha sido para mí un  vínculo familiar; se trata de  una vivencia que se eleva  al nivel del privilegio. Esa podría ser una de las ventajas de formar parte de una familia numerosa. Ocho hermanos dan para muchos sobrinos. Conviví con algunos de ellos cuando eran niños y disfruté de su infancia, de columpiarles la inocencia una y otra vez.

    Si bien las distancias no siempre permiten la cercanía, en estos dos últimos años recibí el regalo de la visita de tres sobrinos. Primero estuvieron conmigo, acá en México, Fernando, su esposa Éricka y el pequeño Santiago. Mi sobrino nieto llegó a estas tierras con tan solo seis meses de edad. Ese bebé me miró por primera vez con ojos de cielo despejado, y me derritió. Los 4 meses que nos acompañaron tuve presente el poema de Martí, Mi Reyecito, y entendí al poeta.  Asumí su misma sumisión –“Mas yo vasallo/de otro rey vivo/un rey desnudo/blanco y rollizo”-. Convivir con los tres hizo de la calidez el único gesto posible. Ver crecer a Santiago fue distinguir a la ternura haciendo marometas; de nuevo Martí lo aclara: “Su cetro –un beso!/mi premio –un mimo!”.



   Desafortunadamente para mí  se encuentran a miles de kilómetros, pero el derecho a construir sueños y vivirlos es ahora para ellos la consigna. No dudo que la tenacidad de los papás de Santiago dará paso a que se cumplan. A Fernando le corre la sangre del esfuerzo; las rocas escarpadas que escala a diario le han llenado el cuerpo de convicción y de un entusiasmo invencible.

   Año y medio después de haber vivido la ausencia del trío del que me enamoré perdidamente, tuve un nuevo regalo: mi sobrina María Esther, de 24 años, vendría a México a desarrollar su pasantía en ingeniería de computación por cinco meses.

   María Esther es la hija mayor de mi hermano José María. Cuando nació yo vivía en Madrid donde estuve por más de cinco años. Viajaba poco a Venezuela; me perdí su infancia; gran parte de su adolescencia también estuvo signada por la ausencia de esta tía que era un tanto ajena a su cotidianidad, a sus logros y, también, supongo, a algunos desatinos.

   Creo que ambas intuíamos que había llegado el momento de reconocernos, de rellenar el afecto filial que había estado adormilado. Y así fue. Desde que la vi en el aeropuerto con una sonrisa que deshacía cualquier distancia, entendí que los cinco meses serían un espacio en el que urdiríamos aquello que puede llamarse felicidad. Sí, también los sobrinos pueden colmar tu alma de alegrías incontables.



   La presencia de María Esther en nuestra cotidianidad llenó la casa de aire fresco –no solo el literal, también  el que llega a los recovecos del corazón por la fiesta de su juventud-. Conversamos alegrías y tristezas. Deambulamos por la biografía familiar y gracias a eso entendí que la camaradería de los hermanos, las historias comunes son las herencias imposibles de ignorar. Pasan a los hijos, a su manera de ver la vida. También a los gestos de su espíritu. Por ello la empatía fue el tono en el que convivimos, al que evocamos aún estando ya lejos; lo que llamamos lazo familiar existe, está presente pese a cualquier distancia. Nosotras lo rescatamos y lo tenemos reposando en este afecto que se llama siempre.

   

jueves, 29 de septiembre de 2016

La felicidad aquí, al lado






Guadalupe Isabel Carrillo Torea

En mis clases de creación literaria suelo ofrecer a mis alumnos alternativas temáticas para sus narraciones, descripciones, ensayos…Todavía estamos en el periodo de las narraciones. Les propuse que contaran cómo podría ser, o como ha sido para ellos,  un día feliz.

   Los resultados son, obviamente, muy diversos. Leí a aquellos que esperan su día feliz en la maravillosa boda que quizás protagonicen. O a otros que aguardan el momento de su graduación y también a los  aficionados a los deportes que  calculan la felicidad en una equivalencia de goles.

   Todo es válido porque el ser humano está lleno de matices, de intereses y de modos de ver la vida; unos más ingenuos que otros, hay aquellos que lo traducen en éxitos, en aventuras, en metas alcanzadas. Sin embargo hubo tres  textos que me llevaron a reflexionar sobre lo que ahora escribo. Uno, muy ingenioso y con sensibilidad apacible, tituló su narración “Cortázar 402”. Cualquier entendido recuerda al escritor argentino y desde él lee el texto: El chico subía escaleras, cruzaba pasillos cortos y se instalaba junto a la serenidad del abuelo que distraía su vejez frente al televisor. Nuestro narrador escuchaba el llamado de la abuela, ofreciéndole café con leche y roscas de chocolate. Nieto y abuelo respondían  al unísono un efusivo ¡Sí!

   En la siguiente escena los tres disfrutaban del aroma del café que se confundía con la placidez de la tarde. La pasarían juntos en el diálogo, en la grata intrascendencia de un maratón de películas de acción y, por supuesto, en la extraordinaria compañía de los Titos, como -advierte el chico- bautizó desde siempre a aquellos ancianos que le otorgan esos momentos, para él irrepetibles. Como cierre del relato el chico lanza el desiderátum de continuar siempre disfrutando esos días en el apartamento de los Títos, del edificio “Cortázar 402”.

   Este chico tiene 21 años y lo arriba narrado es, para él, lo más cercano a un día de felicidad.

   El siguiente texto lo escribió una compañera. La tarde  presente allí, con el sol arropándola en el jardín de su casa. Ella estaba con Molly y Cazador. Acariciaba su pelambre y ellos rumiaban el placer, cerraban los ojos y parece que sonreían. Ese momento mágico se prolongó por horas en las que ella y ellos sentían algo muy parecido a la plenitud.

   ¿Qué es, entonces, la felicidad? ¿Sensaciones, vivencias empapadas de gratitud o ese estado de serenidad que puede inundarte incluso en medio de la soledad? ¿Es la posibilidad de estar con los que amas, con los que te sientes en armonía?

   Creo que todo lo anterior es parte de ese mosaico llamado felicidad; pero me inclino más a dibujarla como el equilibrio interior que te salva de adversidades inesperadas, de tragedias personales o dramas colectivos. Jorge Luis Borges señaló en la cima de su vejez: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos un instante en el paraíso”.


 Sin aspiraciones ingenuas, sin obviar el dolor que inunda a muchos, me alegra saber que eso llamado felicidad puede ser un huésped cotidiano.

lunes, 8 de agosto de 2016

La hora violeta

Guadalupe I Carrillo T




Acabamos de regresar al trabajo después de dos semanas de gratas vacaciones. Esos días en los que me sumergí en mi bosque, en los pinos centenarios, también pude hacerlo en lecturas que me alejaran de la cotidianidad universitaria. Escogí para leer un libro  que hacía días me había llamado la atención: La Hora Violeta, del escritor y periodista español Sergio del Molino.

   Ese título seductor, que alude a la hora de la tarde en que cae el sol y todo pareciera violeta,   vino de la mano del contenido: narrar la terrible vivencia de la muerte de su hijo Pablo, a quien  le fue diagnosticada una leucemia fulminante. Pablo tenía diez meses de edad cuando encontraron su sangre alterada y no llegó a cumplir los dos años.

   El  tópico podría llamar a la desmesura emocional, sin embargo el autor logra conjugar el dolor, en su más puro estado, con esa ternura ancestral que siente un padre por su hijo y que suaviza el tono desgarrado: Sergio del Molino buscará, afanosamente, entre agujas, sábanas y paredes de hospital la infancia cristalina que se le va de las manos al hijo:

Hijo, ¿qué te duele, qué puedo hacer? En tu cuna respiras y transpiras con los ojos abiertos, mirando algo que no está aquí, concentrado en tu dolor. Como un animal herido en el bosque, me digo. Casi puedo oler la alfombra de agujas de pino que hay bajo tu cara, y la fragancia de la resina, y escuchar el zumbido de las cigarras y ver los puntos de sol entre las ramas de los árboles. Y tú ahí, yaciente, como un jabalí alanceado que espera la llegada de los perros, ese impertinente galgo que te olisqueará para comprobar que sigues vivo. La cara contra las agujas de pino, el bosque borrándose de tu cuerpo. Animal herido, mi hijo. Animal herido, Pablo.

   El libro cubre un amplio espectro vivencial: desde que Pablo padece una crisis aguda de fiebre, pasando por el momento en que se les comunica al autor y a su esposa el diagnóstico de la leucemia mieloide, para dar paso a la experiencia del hospital, la más larga, la más desgastante. Hay una mirada atenta a sí mismo,  a la torpeza con la que vive el desconcierto de una cotidianidad inédita y, por ello, aplastante: “Despierto ahogado, respirando muy deprisa y con mucho sudor. Me cuesta entender dónde estoy, y el sonido pautado y metódico de la bomba que infunde quimioterapia a mi hijo tarda unos segundes en devolverme una leve sensación de realidad”.

   La consigna del discurso, de principio a fin, es la de no dejarse vencer por el sufrimiento, la de otorgarle al hijo un acompañamiento sereno, dibujar la esperanza cada día, apostar por la vida. Por ello el discurso no cae en demagogias sentimentales, ni en tonos de tragedia delirante. Encontramos risas, y ecos infantiles por todas partes:

Pablo, en su trono, centro del mundo. Como cualquier otro niño en su primer cumpleaños, no entiende por qué hay tanto tío y tanto abuelo a su alrededor, pero no se muestra tímido ni asfixiado. Le gusta el ambiente de juerga, después de tantas semanas de encierro y silencio hospitalario. Le encanta que la gente que lo rodea no lleve batas blancas y solo tenga intención de besarle y darle regalos.

   Hay, pues, un rescate del Pablo niño, de Pablo, un bebé que apenas balbucea el afecto de familia y amigos. A través de sus páginas, el autor logra presentar el privilegio de la paternidad, del amor a ese pequeño que lo cubre todo. Tiene, además, el pudor de omitir los últimos días de su hijo, para hablarnos del tiempo posterior. De los cambios en sus vidas, de la ausencia en el hogar. El escritor fantasea con la posibilidad de hacer de su hijo un personaje feliz, y con un gesto de elocuente ternura nos dirá:

Si Pablo fuera mi personaje, no habría muerto. Viviría para siempre en una habitación de hotel como el astronauta de Kubrick…Si yo pudiera inventarme esta historia, comerías tantas perdices que nos saldrían picos y alas. Y no habría nadie en todo Saskatoon, ni en todo Canadá, ni en todo el hemisferio norte que se riera tan alto y con tanta alegría como mi hijo. Pero esta historia la han escrito otros por mí. Yo solo la estoy llorando. ( Página 277)

   Recomiendo estas páginas que no salen de la ficción. Se presentan como la crónica de un hombre que unge sus demonios sentimentales a través de la palabra, de la honestidad con que escribe este andar, inexorablemente, hacia la muerte del hijo. Es una despedida en la que, contradictoriamente, se eterniza la breve vida de Pablo en esas páginas que lo regresan, lo convocan, lo abrazan en el recuerdo.



miércoles, 20 de abril de 2016

¿Cuánto importa la familia?



Guadalupe Carrillo Torea









Para Alicia, Francisco, Anabel y José María,
los primeros Vaysianos.

La pregunta que formulo como título de este texto es la reflexión que ha estado rondándome durante las últimas semanas. A mis 20 años soñaba con la libertad. Era el tesoro más preciado: la autonomía económica, si bien precaria, me permitió alquilar junto con mis primos Alicia y Francisco un apartamento en el que nos sentíamos a nuestras anchas. Recorrí mi infancia junto a esos primos tan queridos y nos conocíamos bien. Habíamos rellenado de risas y aventuras los años de la adolescencia. Las vacaciones nos unían en los mismos espacios: en las hojas secas de la finca de mi papá, en las cajas grandes que convertíamos en lavadoras humanas o en Caracas. Capucal, la casa de la Gran Mamá, o  la Quinta Unión,  de la querida tía Leonor, eran esos lugares comunes donde el afecto echaba raíces sólidas, interminables.

  Todo ello nos convenció de que podíamos lanzarnos a la aventura de convivir por nuestra cuenta los tres juntos. Un año más tarde se unió al grupo Anabel, mi sobrina mayor, cercana en edad y en el deseo de ser independientes; y por último mi hermano José María, que iba y venía entre nuestro departamento y su novia.

   La camaradería se fue convirtiendo en nuestro rasgo distintivo. ¿Peleábamos? Muchas veces, pero los desencuentros no alcanzaron el afecto. Él crecía intacto. Ese amor filial nos hizo cómplices frente a los nudos que va tejiendo la vida y nos permitió salir ilesos de la tristeza, del desánimo, de la desilusión.

   Esa década de los 20 años en la que te vas haciendo adulto, te insertas en el mundo laboral con sus exigencias y también sus discontinuidades. Entrábamos a lo que muchas veces llamamos “la vida dura”, de la que te haces responsable, de la que tienes tanto que aprender. Pero hacerlo en familia, con los tuyos, con la sangre que duele y también hace feliz, es ubicarte en la mejor esquina del mundo. Desde ella desandamos caminos sinuosos; cruzamos por otros más amplios. Tuvimos éxitos y fracasos; tanteábamos la vida pretendiendo acariciarla, aunque muchas veces salía magullada. Pero estábamos juntos, y eso nos daba una seguridad pétrea.

El tiempo que pasa inexorablemente nos llevó a latitudes opuestas. Pasan los años sin vernos, ya no solo a ellos, a gran parte de esa familia numerosa de la que tengo el placer de pertenecer.  La diáspora venezolana, sin embargo, ha tenido la luminosa consecuencia de acercar a muchos de los primos que han optado por México como segundo hogar. Hace un año se estableció en Ciudad de México el primo Guillermo – cuya infancia compartí en la risa y la picardía- y su esposa. Ahora, pocos meses atrás me encontré con María Eugenia y Gastón. Probablemente habrían pasado unos 25 años desde la última vez que la vi. Y de nuevo se produjo la magia: nos abrazamos mientras la alegría nos pisaba los talones, sin paréntesis que recordar, con el cariño en el aquí y el ahora.

 Reencontrarte con la familia, esa que estuvo en la raíz de tu infancia, en tu adolescencia y juventud  ha llenado mis pulmones de gratitud. Y me digo, sí importa, claro que importa rescatar los afectos, actualizarlos, apretarlos a ti para que sigan ahí, latiendo siempre.



miércoles, 27 de enero de 2016

Venezuela, la hipérbole del Caribe


 Guadalupe Carrillo Torea





   El dicho de que la realidad supera a la fantasía no necesita probarse. El día a día así nos lo ratifica con creces.  El vínculo entre literatura y vida es indivisible; la narrativa nos muestra  personajes,  tramas y desenlaces que se aferran ferozmente a la cotidianidad, que, aun siendo constante, lleva como  unívoco ingrediente el asombro.

   Repetir dislates no los convierte en verdades; aunque no lo creamos, el dislate es y será siempre un error y quien lo ve, así lo percibe. La hipérbole, esa figura literaria que nos convoca a la exageración, se ha convertido en rúbrica, en ademán casero para un país como Venezuela.  Las últimas declaraciones de la Ministra de Salud, la tantas veces mentada, Luisana Melo, advirtiendo que la escasez de pasta dental se debe a la mala costumbre que ha adquirido el venezolano  de cepillarse tres veces al día, en vez de una, como ella misma recomienda, es, entre otras desmesuras, una de las más apremiantes. Dice la ministra que es necesario volver a la higiénica normativa de una limpieza dental al día. No escuchen a los odontólogos, son malos consejos de charlatanes del consumismo, diría Luisana.

   Pero la señora fue más allá, y ahí sí, la hipérbole se convirtió en insulto, en agravio imperdonable:  El venezolano consume medicamentos de forma alarmante, por eso los anaqueles se encuentran vacíos. Tenemos que moderar la búsqueda incontrolable de medicamentos y consumir los indispensables, "aprendan a hacer uso racional de los fármacos”.  Esta declaración llega a decibeles alarmantes de indecencia. Que un padre, una madre, un hijo, o una anciana necesiten de una medicina para conservar la vida es el colmo de la orfandad, es la indefensión crónica que vulnera nuestra humanidad. Y que además nos digan que se trata de “vicios aprendidos” y no de necesidades imperantes para conservar nuestro aliento sin jadear, es ya demasiado.

   Pero en Venezuela vamos más allá.  La muerte del famoso Pram, El Conejo, generó la indignación de sus antiguos compañeros de celda quienes, en honroso homenaje, lanzaron tiros al aire desde armas de calibres inusitados. Armas de guerra, armas a las que tendría acceso únicamente la Guardia Nacional. En la azotea de la cárcel de la Isla de Margarita los presos lanzaban balas como fuegos artificiales: así de abundantes y variadas eran. Paralelamente en las noticias digitales mostraban una entrevista realizada en Globovisión  en  el 2013 por Vladimir Villegas a la famosa Iris Varela, la rudísima ministra que, según sus propias declaraciones, prácticamente a ninguna cárcel del país se había filtrado ni siquiera una hojilla de afeitar.

   Los videos circulaban velozmente; entre otros, Nicolás Maduro felicitaba a Iris por su eficiente trabajo en las cárceles del país. El timbre del orgullo chavista aplaudía una nueva falacia. Y la guinda del pastel fue la última declaración de Héctor Rodríguez, ex ministro de Educación. Como el gobierno en estos 16 años tuvo que alfabetizar al país, el modelo rentista petrolero fracasó. Ellos no. Nuestro analfabetismo es el culpable.

   Todos lo sabemos: “No hay cosa que fin no tenga”. Si bien el discurso chavista persiste en la insolencia del disparate, la claridad de los amaneceres está allí, con la obstinada conciencia de quien conoce el tono sereno de la verdad, de la justicia que nos alcanzará indefectiblemente. Ese mentado “pueblo analfabeta” reconoce la exageración, que se ha tornado en falsedad. Ellos corregirán la plana, que se asomará, nítida, a nuestro discurso.

   

martes, 26 de enero de 2016

La historia de EL


Guadalupe I Carrillo


Dentro del cine de Oro mexicano que se desarrolló en las décadas de los cuarenta y cincuenta se filmó una película cuya raíz histórica es particularmente interesante. Se trata de Él la película dirigida por Luis Buñuel y cuyo guión no fue de su autoría sino que procede del libro homónimo de la escritora Mercedes Pinto. De origen español,  Pinto le tocó vivir en Mallorca en la época de la Dictadura de Primo de Rivera. La España dura, de mentalidad retrógrada, que no admitía el divorcio y que imponía la religión y el nacionalismo como los más altos baluartes. En esa época Mercedes Pinto se casa con un hombre acaudalado, de grandes ambiciones. La había deslumbrado su caballerosidad, su aplomo, la virilidad de sus pasos. Sin embargo ya en los días de la luna de miel el hombre empezó a actuar con una agresividad inusitada y una celopatía cabalgante se adueñó de todos los minutos de su vida. A partir de ese momento la vida de Mercedes Pinto se convertiría en un tránsito permanente al infierno.

   Sin embargo durante años se impuso el criterio conservador de aquellos que le aconsejaban lo que a casi todas las mujeres se les pide: aguantar. Y lo hizo, tuvieron hijos y vivieron juntos por algunos años, hasta que la violencia del marido lanzó zarpazos de odio, golpeándola físicamente, amenazándola de muerte. Fue internado en un siquiátrico del que salió meses después. Durante toda la experiencia vivida Pinto decidió verbalizar lo que padecía y escribió este texto al que podríamos calificar de testimonial en el que cuenta el horror que la acompañó por tanto tiempo.

   Su historia tuvo aún más avatares pues aún casada con Él, aunque ya separada físicamente, le pidieron dictara una conferencia en una institución hospitalaria y Pinto la intituló “El divorcio como medida higiénica”. El escándalo no se hizo esperar y el mismísimo Primo de Rivera la llamó a su riguroso despacho para comunicarle que debía salir exiliada inmediatamente del país. Así lo hizo llevándose a sus hijos a Uruguay donde vivió algunos años para después trasladarse a México. Es aquí donde conoce a Buñuel quien se interesa vivamente en su historia y en el texto escrito que había sido publicado en una sola oportunidad.

   Del texto brota una voz femenina que con languidez, con pesar ancestral y en un tono lírico de hermosa cadencia le habla al dolor en estos términos: “Tú, dolor amigo, me has despertado violentamente de mi plácido sueño juvenil, para poner ante mí  en las sordas negruras de la noche, cuadros mil de violencia y de furor”[1]. Es la introducción que ha titulado “Invitación al Dolor”. El cierre de esta comenta  cómo ha sido escrito el título de la obra: “A manera de título, el manuscrito empezaba con esta palabra escrita en color rojo, no sé si con tinta o con sangre”.

   La lectura del texto nos muestra a una mujer inteligente sumida en una tragedia personal de alcances épicos. La sensibilidad se hace huella en las palabras, se asoma a cada página acompañada del desconcierto que brotaba cada vez que ÉL era defendido por sus seres queridos. Allí habla una intelectual, una madre y una esposa que ha sido secuestrada por el desconcierto.

   La película filmada en 1953 sigue el guió de Mercedes Pinto, pero el foco que observa lo que ocurre le da un giro diferente.  Nos encontramos ante una mirada masculina que se detiene en el hombre enfermo. La denuncia de la agresividad del hombre se hace manifiesta y el sufrimiento de la mujer también. Sin embargo ella, protagonizada por Delia Garcés, una mujer cuya belleza y dulzura sobresalen,  es encarnada desde la sumisión. Brilla su rostro, sus maneras suaves, su delicadeza; pero el intelecto parece ausentarse de las escenas. Se escapa la inteligencia que sí encontramos en el libro y la voz, la masculinidad de Arturo de Córdova cubren la pantalla por completo.

   Es una buena interpretación, las escenas de violencia más fuertes son dosificadas e insinuadas por la cámara con respeto al espectador y la genialidad de Buñuel se hace presente. No cabe duda. Pero quien ha leído el testimonio escrito y ve la película echa de menos la representación inteligente de una mujer cuya valentía cruzó el océano y cuya voz se hizo escuchar por décadas y en cientos de lugares del planeta.




[1] Él de Mercedes Pinto. 1926. Página 6

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Los Incondicionales



Guadalupe Carrillo Torea



Tengo cuatro perros Golden Retriver: Dos con nombres que remiten a mi raíz, Venezuela: Catire, que sería el güero mexicano o el rubio español, y Cotufa, la palomita de maíz. De ellos descienden Pelusa  y Pepucha. Tres hembras y un macho.

    Aunque es una obviedad decirlo, los amo con la alegría y el entusiasmo con el que ellos me aman a mí. La incondicionalidad en el afecto, que en ellos es un sello definitivo, me ha permitido crear la conciencia de la solidaridad con los demás  seres caninos.
  
En días pasados encontré en internet el anuncio de una casa de acogida perruna que pedían donativos de croquetas y arroz para sus huéspedes. La dirección era muy cercana al lugar donde trabajo así que dejé un mensaje diciéndoles que deseaba ayudarles. Respondieron enseguida dejándome un número telefónico. Me comuniqué, intercambiamos datos y al día siguiente me acerqué con mi bulto y mis paquetes de arroz.

   Se trata de un espacio muy amplio  dividido en tres patios. Una pequeña habitación que funciona de comedor, oficina,  para los dos responsables del lugar que albergan la cantidad astronómica de 115 perros. Debo reconocerlo: nunca en mi vida había visto tanto peludos de cuatro patas juntos. En uno de los patios abierto había unos cuarenta animalitos. Estaban muy tranquilos; el chico que me los presentó me aclaró que acababan de comer y eso los serenaba por varias horas. En el otro adyacente se encontraban unos veinte; allí permanecían aquellos que les costaba más convivir con los demás o quienes habían sido recién rescatados y se encontraban en condiciones de salud precarias –los testimonios del maltrato animal son desoladores y las fotografías de los pequeños agredidos y famélicos, una muestra de crueldad avasallante-. En un tercer jardín había unos seis y dentro de la casa, en habitaciones más pequeñas, los de raza chica que pueden permanecer encerrados por algunas horas, pero que también contarán con su rato de libertad. La oficina estaba repleta de sacos de croquetas que, voluntarios habían donado desde hacía varias semanas. En Facebook el grupo se llama "Adopciones caninas, salva una vida" y desde allí pedían la ayuda para alimentos y lo que un samaritano perruno pudiera ofrecer.

   La diferencia del comportamiento de un perro que le tocó el triste destino de estar en la calle y el de uno que ha sido cuidado, atendido y amado, es  abismal. Aquellos llevan el miedo y el hambre como una gran cicatriz; acercarte a ellos supone, muchas veces, su huida, pues creen que, de nuevo, serán golpeados. Sin embargo, en esta casa de acogida, apuestan  por los que se encuentran en esta primera situación. Los reciben, los acompañan y les cambian la vida.

    El trabajo que realizan, de una nobleza desconcertante, supone la entrega de casi todo su tiempo. Hacen guardias para que los animales allí reunidos nunca estén sin compañía humana. Y la política de adopción comienza por el reconocimiento de las casas donde irán a vivir y el acuerdo de toda la familia que verdaderamente desee al perro. De lo contrario, no los entregan, prefieren continuar con ellos. Se trata pues de una obra altruista, donde las voluntades se unieron  para hacer el bien a quienes te lo agradecerán con una mirada, con la movida de su cola, con el afecto incondicional. Serán los más felices al verte y los más tristes al darse cuenta que te vas. Entonces la gratitud, con la que muchas veces lucramos, es, en este caso, real, verdadera, trasparente.