miércoles, 18 de enero de 2017

Cuando los sobrinos son también hijos



Guadalupe Isabel Carrillo T

Ser tía no ha sido para mí un  vínculo familiar; se trata de  una vivencia que se eleva  al nivel del privilegio. Esa podría ser una de las ventajas de formar parte de una familia numerosa. Ocho hermanos dan para muchos sobrinos. Conviví con algunos de ellos cuando eran niños y disfruté de su infancia, de columpiarles la inocencia una y otra vez.

    Si bien las distancias no siempre permiten la cercanía, en estos dos últimos años recibí el regalo de la visita de tres sobrinos. Primero estuvieron conmigo, acá en México, Fernando, su esposa Éricka y el pequeño Santiago. Mi sobrino nieto llegó a estas tierras con tan solo seis meses de edad. Ese bebé me miró por primera vez con esos ojos de cielo despejado, y me derritió. Los 4 meses que nos acompañaron tuve presente el poema de Martí, Mi Reyecito, y entendí al poeta.  Asumí su misma sumisión –“Mas yo vasallo/de otro rey vivo/un rey desnudo/blanco y rollizo”-. Convivir con los tres hizo de la calidez el único gesto posible. Ver crecer a Santiago fue distinguir a la ternura haciendo marometas; de nuevo Martí lo aclara: “Su cetro –un beso!/mi premio –un mimo!”.



   Desafortunadamente para mí  se encuentran a miles de kilómetros, pero el derecho a construir sueños y vivirlos es ahora para ellos la consigna. No dudo que la tenacidad de los papás de Santiago dará paso a que se cumplan. A Fernando le corre la sangre del esfuerzo; esas rocas escarpadas que escala a diario le han llenado el cuerpo de convicción y de un entusiasmo invencible.

   Año y medio después de haber vivido la ausencia de ese trío del que me enamoré perdidamente, tuve un nuevo regalo: mi sobrina María Esther, de 24 años, vendría a México a desarrollar su pasantía en ingeniería de computación por cinco meses.

   María Esther es la hija mayor de mi hermano José María. Cuando nació yo vivía en Madrid donde estuve por más de cinco años. Viajaba poco a Venezuela; me perdí su infancia; gran parte de su adolescencia también estuvo signada por la ausencia de esta tía que era un tanto ajena a su cotidianidad, a sus logros y, también, supongo, a algunos desatinos.

   Creo que ambas intuíamos que había llegado el momento de reconocernos, de rellenar el afecto filial que había estado adormilado. Y así fue. Desde que la vi en el aeropuerto con esa sonrisa que deshacía cualquier distancia, entendí que esos cinco meses serían un espacio en el que urdiríamos eso que puede llamarse felicidad. Sí, también los sobrinos pueden colmar tu alma de alegrías incontables.



   La presencia de María Esther en nuestra cotidianidad llenó la casa de aire fresco –no solo el literal, también  el que llega a los recovecos del corazón por la fiesta de su juventud-. Conversamos alegrías y tristezas. Deambulamos por la biografía familiar y gracias a eso entendí que la camaradería de los hermanos, las historias comunes son  esas herencias imposibles de ignorar. Pasan a los hijos, a su manera de ver la vida. También a los gestos de su espíritu. Por ello la empatía fue el tono en el que convivimos, al que evocamos aun estando ya lejos; eso que llamamos lazo familiar existe, está presente pese a cualquier distancia. Nosotras lo rescatamos y lo tenemos reposando en este afecto que se llama siempre.