viernes, 4 de abril de 2014

LA INSERCIÓN EN LO SOCIAL O SU RECHAZO


Guadalupe I Carrillo Torea


Si bien vivimos inmersos en un mundo socializado, no por ello participamos de las directrices que esas sociedades nos pretenden imponer. Más aún cuando queremos tomar las riendas de nuestra vida desde ángulos alternos.

   Casarte, tener hijos, prosperar económicamente para disfrutar de una cotidianidad en la holgura y la comodidad. En general estas suelen ser las expectativas de muchos ciudadanos que conviven a nuestro alrededor. Para una gran mayoría la preparación profesional podría pasar a un segundo plano; es más importante la abundancia económica y las aspiraciones materiales. Otros grupos menos numerosos, entre los que me incluyo, valoramos la profesión y nos sumergimos en ella como una alternativa válida que nos da sentido y trascendencia.

   Desde la literatura el mundo puede representarse. Habrán miradas más distorsionadas que otras; algunas lo verán desde el pesimismo; otras en el optimismo y la esperanza; pero todos tienen que enfrentarlo y repensarlo. El proceso es interminable en la medida en que lo pronunciemos. La palabra que escribo, la palabra que leo, que me conmueve,  me libera de mí, de mis demonios y me permite sentarme en la vida con paz. Allí siento el rumor de mi espíritu.

Al  nombrarlo, la buena literatura desviste al hombre de sus prejuicios. Lo muestra desde sus entrañas, en sus laberintos más recónditos; en la pesadilla y la lucidez. La nobleza deambula muy cerca de la perversión. Nuestras fronteras son cada vez más tenues y admitirlo es una forma de sabiduría; la literatura da fe de ello, lo plasma, lo reflexiona. Por ello apuesto por la versatilidad, la inclusión y la tolerancia.

   Ese filtro llamado “verbo” rompió murallas; abrió rutas para el consuelo; suturó cicatrices en los sueños y me ha mostrado en su belleza que somos capaces de dibujar el mundo con otros ojos; besarlo en tono de caricia.

   Me alejo de esa sociedad que se escandaliza, que condena y excluye sistemáticamente; se disfraza de apariencias y buenos modales, pero es el tono gris del universo; la sombra de la hipocresía lo cubre por completo. La autenticidad y la coherencia, en cambio,  cobran caro su brillo. Nos invitan a exámenes constantes; nos retan y nos hacen crecer. Vale la pena escarbar en ese territorio interior; deshacer la maraña que hemos ido tejiendo para desprendernos de la desilusión.

   Edificar un espacio paralelo en el que habitemos con nuestra historia es una buena opción. Ese territorio inasible que construimos hacia dentro, ajeno de disonancias, abierto a la vida y a todos sus traspiés. Que caer sea el paso previo a levantarse y que seguir adelante se convierta en el decreto unánime. La falsedad está exiliada; camina por otros derroteros. Aquí queremos que la armonía sea una forma de belleza, un lugar común.

   Ya  reconciliados, con la certeza del perdón adentro, podremos, de nuevo, mirar  en el horizonte algo que se parezca a la felicidad.
  


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