miércoles, 28 de agosto de 2013

EXILIO, MEMORIA Y TESTIMONIO: FORMAS DEL DESARRAIGO


                                                                         Guadalupe I Carrillo

La exclusión social y el desarraigo se han convertido en expresiones muy comunes  de los numerosos grupos humanos que desde hace décadas han tenido que trasladarse de sus países de origen por tiempo indefinido. Exclusión alude a marginalidad, a vida en los bordes, y su manifestación más concreta viene a ser la sensación de desarraigo, de un no-estar en ninguno de los lugares a los que se acude.

 

   La expresión exclusión social  se emplea en muchas actividades y es polivalente. Algunos autores sugieren que Max Weber ya la utilizaba para aludir particularmente al caso de los grupos humanos impedidos de acceder a la riqueza material. Para otros, la expresión se habría acuñado originalmente en Francia en 1974 para referirse a varias categorías de personas tildadas como “problemas sociales” y quienes no gozaban de la protección de la Seguridad Social. El término se refería a un proceso de desintegración en el sentido de una ruptura progresiva de las relaciones entre el individuo y la sociedad. El concepto es relativamente nuevo en los ambientes político y académico. Algunos autores como Peters (Peters, 1996: 35) insiste en que debe rechazarse incluso su empleo que califica de “altamente problemático”.

 

   En todo caso hay que observar que ser apartado de un grupo social al que se pretende pertenecer suele ocurrir cuando la gente sufre de una serie de problemas como el desempleo, la discriminación, el bajo desempeño, los problemas de salud, el rompimiento familiar o la intolerancia frente a sus ideas. Puede ocurrir igualmente como resultado de los problemas que una persona enfrenta durante su vida, transformándola de manera radical e imprimiéndole sellos indelebles.

  En las décadas de los años 60 y 70, en buena parte de los países Latinoamericanos, se posesionaron férreas dictaduras que se prolongarían por mucho tiempo.  La experiencia de represión  que se vivió especialmente en los países del cono sur y que llevaría a miles de chilenos, argentinos, uruguayos, a huir de su patria, dio pie a que surgieran relatos cuya temática central era narrar las experiencias de torturas y las persecuciones realizadas por los gobiernos dictatoriales. A estos relatos se le conocería como literatura testimonial; su génesis,  transformaciones y  matices han sido estudiados ampliamente por numerosos críticos e investigadores en las últimas décadas. Se ha puesto en discusión igualmente la pertinencia literaria de estos discursos que abundan tanto en la propuesta política, el apego a lo real y la denuncia como necesidad y meta última. Se ha hablado de su carácter transitorio por la desaparición física de dictadores y sistemas represores de evidente factura totalitaria; sin embargo nuestra propuesta pretende no sólo mostrar la vigencia de estos relatos, sino el sentido universal que ha adquirido, en este caso, el desarraigo  como forma cultural aún vigente.

 

   En nuestro trabajo pretendemos estudiar  la literatura testimonial  que se desarrolló en Chile a raíz del golpe militar de 1973 que generó no sólo la persecución, tortura y desaparición de miles de chilenos, sino también el exilio forzoso de intelectuales, académicos, políticos que desde los más distantes rincones del mundo alzaron la voz para contar sus experiencias y denunciar las atrocidades a las que habían sido sometidos.  María Teresa Cárdenas  en su ensayo “Literatura chilena del exilio. Rastros de una obra dispersa” da cuenta de la tesonera labor que escritores e intelectuales emprendieron a raíz de su destierro para contar las experiencias de torturas ya padecidas, así como de la manera en que el exilio había marcado sus vidas. Apunta la investigadora:

 

 Una cantidad aún indeterminada de poetas, narradores y dramaturgos –sin             distinción de edades, corriente literaria ni generación- vivió entre 1973 y 1990 la experiencia del destierro. Y si todavía no hay cifras oficiales respecto a las personas que sufrieron esta pena –ACNUR habló en algún momento de 500 mil- menos voluntad ha habido hasta ahora de contabilizar a los escritores. [1]

 

   Por otra parte, encontramos que Estela Aguirre, Sonia Chamorro y Carmen Correa diseñaron  una página web ( http://www.abacq.net/imagineria/009.htm) con la “bibliografía de libros y tesis escritos por chilenos desde el exilio, desde 1973 hasta 1989 en la que registran 1068 entradas de libros publicados en 37 países de diversos continentes”. También se fundaron revistas como Araucaria, en 1977 por  Carlos Orellana; durante doce años  se publicarían 48 números. Literatura Chilena del Exilio, otro de los referentes hemerográficos de la diáspora chilena,  inició las publicaciones en 1977 de la mano de Fernando Alegría y David Valjalo como responsables. Cuatro años después la revista cambió el nombre a “Literatura chilena. Creación y crítica”, con dirección colegiada de Guillermo Araya, Armando Cassígoli y el mismo Valjalo. En 1989 se habían publicado 50 números[2]. La revista Lar fue fundada en Madrid por el poeta Omar Lara. Entre 1981 a 1983 se editaron tres números. En 1984 Lara regresa y continúa la publicación de la revista en la ciudad de Concepción.[3]

 

   Una producción tan amplia no sólo da cuenta de la importancia que la temática posee; sobre todo nos muestra de qué manera la salida forzosa de la patria establece una condición interior devastadora. M. Edurne Portela en su artículo “Cicatrices de un trauma: cuerpo, exilio y memoria en Una sola muerte numerosa de Nora Strejilevich” puntualiza, a propósito de la experiencia Argentina de la dictadura:

 

En realidad, el exilio no es un paréntesis en la vida del sujeto, sino la   prolongación de un trauma que comienza con la violencia que impulsa al desarraigo y continúa de por vida. Un exiliado, si vuelve a su país lo hace como “des-exiliado” o “pos-exiliado” indeleblemente marcado por el trauma de la partida inevitable del país de origen, el miedo durante el periplo que lo lleva a un nuevo país, el desarraigo de encontrarse en un espacio desconocido y en muchas ocasiones poco receptivo, y el desconcierto de volver a un país de origen que ya no reconoce como propio y que ha sido, como Argentina fue,  devastado por la violencia de estado, la corrupción y las prácticas de desmemoria.[4]

 

 La experiencia del exilio tiene su expresión más nítida en la sensación de desarraigo como esa “geografía del no-lugar”, del desplazamiento permanente, de la incomodidad asumida como tesitura.

 

Cronología y diseños

Las circunstancias geográficas, físicas e, incluso, biográficas en las que se gesta la literatura testimonial constituyen su mayor definición. Como bien señaló Samuel- Muñoz, ésta expresión literaria “nace en la montaña, en el exilio, la clandestinidad, para informar las vejaciones” pues contarlas “implica la necesidad de rescatar la dignidad a través de la escritura” (Samuel- Muñoz, 1993: 500).

 

   La dictadura impuesta en septiembre de 1973 en Chile es el inicio de la prolífica producción testimonial. Si bien existen registros de discursos testimoniales de principios de siglo o de años anteriores a esta fecha, lo más representativo de la producción literaria chilena, lo que se transforma en una suerte de obsesión tanto para escritores e intelectuales sería, en exclusiva, el discurso testimonial con características bien definidas. Rossana Nogal en su ensayo “La escritura testimonial chilena. Una cartografía de la memoria” puntualiza tres rasgos fundamentales de lo que designa “género testimonial”: “a) La convicción de que la voz se ejerce desde una coyuntura dramática de la historia; b) Un discurso organizado por un sujeto que es a la vez testigo y actor de los hechos y c) la voluntad de hablar no contra otro discurso, sino contra el silencio de una de las versiones del conflicto.”[5] Efectivamente, la voz que narra es un yo testigo y víctima de lo que cuenta en un presente que mantiene los hechos en permanente actualización. Sin embargo, si bien la primera persona es prácticamente una constante en este tipo de relatos, ella puede ser sustituida por la voz de un escritor designado que asume la mirada y las percepciones del narrador nominal. Entre los escritores que así lo diseñan tenemos los ejemplos de  Miguel Barnet, antropólogo cubano, figura señera del estudio y tipificación de la literatura testimonial, quien publicó en 1966 la obra paradigmática Biografía de un cimarrón en la que rescata el testimonio del esclavo Esteban Montejo; Barnet asume la voz de Montejo y desde ella desarrolla todo el relato. Recordemos también el caso de la obra de Gabriel García Márquez La aventura de Miguel Litín clandestino en Chile, publicada en 1986 por la editorial Oveja Negra. El libro, que se propone como una crónica de viaje, explica detalladamente el periplo del director cinematográfico Miguel Litín en Chile, que se introduce en el país con pasaporte falso para filmar un documental que mostrará al país sumido en una dictadura ya decantada. García Márquez toma la voz de Litín, en una primera persona a través de la que se esconde el escritor para mimetizarse en la persona del director de cine.

 

   Esa presencia del yo en el discurso acentúa el carácter subjetivo y, por tanto, selectivo de quien habla, llevándonos a entender que la memoria como recurso narratológico juega un papel protagónico en la organización argumental. Si bien el acento en la denuncia lleva consigo el tono  político de los relatos y su apego a lo real, al modo de crónicas, lo perfilaría en la categoría de documento por la aparente ausencia de ficción; es evidente que el ejercicio evocador permite que la elaboración discursiva cuente con un diseño estético en el que el sentido contestatario de la mayoría de los relatos, abre la posibilidad de acudir a recursos considerados prosaicos y exentos del canon literario.      Igualmente dio pie a que se impusiera la discusión de la pertinencia del género como categoría necesaria en la literatura. Muchos de ellos, entre los que se encuentra Hugo Achurar,  hablan de una suerte de literatura ancialar,  ya clasificada en esos términos por Jorge Narváez; la subordinación que designa el término no desmerece, desde mi punto de vista, la calidad literaria. Habría, sin embargo, que definir con claridad los registros a través de los cuales estos discursos se construyen, identificando la validez de elementos antes excluidos del diseño artístico.

   Los primeros estudios buscaron la caracterización estética que permitiese incorporarlo al canon literario de la época. Jorge Narváez en su ensayo “El testimonio 1972-1982. Transformaciones en el sistema literario” (1986) pretendió matizar la diferencia entre lo testimonial de los textos calificados con anterioridad como memorias o autobiografías. Narváez, sin embargo, ve en el discurso testimonial un sentido de indefinición producto de la hibridez que lo caracteriza. Por ello prefiere identificar a éstos como “textos documentales” en el sentido de que constantemente hacen “referencia a la realidad” (1988:17).

 

   Juan Armando Epple, Bernardo Subercaseaux serían algunos de los estudiosos que, junto a Narváez, intentaron establecer estructuras, metodologías y caracterizaciones genéricas que permitieran ubicar claramente esta literatura testimonial. De las mejores reflexiones que se desarrollan con el ánimo de “canonizar” a la literatura testimonial encontramos el ensayo de Jaime Concha “Testimonios de la lucha antifascista” publicado en Araucaria de Chile en 1978 quien vincula estos discursos anti dictatoriales con rasgos comunes esbozados por Pablo Neruda en su Canto General. Compara estos relatos que se enfocan en la denuncia con textos de la tradición literaria más aplaudida como sería El Facundo de Sarmiento; el interés de Concha, por último, viene a ser el de mantener el discurso testimonial como expresión literaria aunque sea clasificada como esa literatura ancilar de la que había hablado Narváez. Así mismo excluye su carácter documental pues los textos son el producto de declaraciones que realiza el sujeto, testigo y víctima de eventos represores, en las que no se encuentra una previa investigación, ni selección de citas o de material bibliográfico. Es la experiencia personal que no excluye ideologías ni demandas y que pretende manifestarse a través del lenguaje. Uno de los ejemplos más célebres es la obra Tejas Verdes. Diario de un campo de Concentración en Chile de Hernán Valdés publicado en 1974 por la Editorial Ariel en Barcelona. En un presente aterrador y a modo de diario, el autor nos cuenta la experiencia padecida en uno de los campos de concentración más famosos de la época.  El tono testimonial en el que se explica detalladamente lo que va ocurriendo, construye un discurso en el que el cuerpo se convierte en sinécdoque de sí mismo y de una colectividad que está sufriendo las atrocidades. Así leemos:

 

Siento pena de mi cuerpo. Este cuerpo  va a ser torturado, es idiota. Y, sin embargo es así, no existe ningún recurso nacional para evitarlo. Entiendo la necesidad de este capuchón: no será una persona, no tendré expresiones. Seré sólo un cuerpo, un bulto, se entenderán sólo con él. Pasa mucho tiempo y no me atrevo a cambiar de sitio ni menos a sentarme en el piso. Afuera, por momentos hay un completo silencio. Doy puntapiés en el aire para secarme los pies. Me cuesta mucho respirar a través del saco. (1974: 17)

 

   Ese cuerpo que será torturado de manera casi inmediata a las líneas precedentes se convierte en el centro de atención del yo que, con lucidez -casi podríamos decir- aplastante rememora cada detalle del infierno que vivió en aquellos días:

 

Uno de ellos se aproxima a mí, coge dos puntas de la capucha y hace un nudo fuertísimo sobre el puente de mi nariz, de modo que la mitad de la cara queda descubierta para ellos. Otro me enrosca un cable en cada uno de los dedos gordos de mis pies mojados. Hay un brevísimo silencio y luego siento un cosquilleo eléctrico que me sube hasta las rodillas. Grito, más que nada por temor. Me insultan, como escandalizados de mi delicadeza. Siento un desplazamiento de aire al lado mío y alguien me da, con toda la fuerza de que es capaz un brazo, un puñete en la boca del estómago. Es como si me cortaran en dos. Durante fracciones de segundo pierdo la conciencia. Me recobro porque estoy a punto de asfixiarme. Alguien me fricciona violentamente sobre el corazón. Pero yo, como había oído decir, lo siento en la boca, escapándoseme. Comienzo a respirar con la boca, a una velocidad endiablada. No encuentro el aire. El pecho me salta, las costillas son como una reja que me oprime. No queda nada de mí sino esta avidez histérica de mi pecho por tragar aire. (1974: 18).

 

   El énfasis en la detallada descripción de sus torturas puede entenderse, según lo plantea Elaine Scarry en su conocida obra The Body in Pain (1985), como la necesidad que tiene el torturado de recuperar su mundo, perdido en la experiencia de la tortura. Para Scarry la persona torturada es solo cuerpo, cuando éste es agredido el sujeto pierde toda voz, borrándose la referencia de su mundo. La única posibilidad de reconstruirlo es mediante la confesión de lo que padeció; es la única manera de recobrar su condición de persona. Por ello el acto testimonial es el único recurso para rediseñar la vida. El encierro, el silencio y el contacto solidario con sus compañeros dan una visión de conjunto muy nítida sobre la vida en los campos de concentración.

 

   Una de las condiciones que acompaña a la literatura testimonial es la diversidad de criterios con los que se conciben los discursos. El recurso del diario que acabamos de ver en Valdés difiere enormemente en escritores como Fernando Alegría que no fue encarcelado pero tuvo que salir del país para vivir el resto de su vida fuera de Chile. En su obra El paso de los ganzos mezcla estilos tan disímiles como el reportaje, las memorias, entrevistas, textos líricos. El libro de Luis Corvalán Algo de mi vida se ha emparentado más con la tradición memorialista chilena.

 

   Prisión en Chile de Alejandro Witker, Jamás de rodillas de Rodrigo Rojas, Cerco de Púas de Aníbal Quijada, Testimonio de Jorge Montealegre, entre otras son agrupadas como claramente testimoniales, aún cuando cada una de ellas posee características propias que las singularizan. El común denominador de las mismas es “el carácter de urgencia y denuncia; dar cuenta de los sucesos ocurridos durante la represión y sus consecuencias inmediatas, en un lenguaje transparente, más cercano a la crónica que a la ficción”.[6]

 

   A las experiencias de tortura se suma una temática testimonial que habla de la impotencia experimentada por todos aquellos chilenos que viven en un exilio que se prolonga por décadas, dentro de las cuales nacen y crecen sus hijos. Ellos mientras tanto, reflexionan sobre el destino de su patria y de sí mismos. Entre estas obras están los títulos de Fernando Alegría Una especie de Memoria, El libro negro del imperialismo en Chile, de Armando Uribe y Diario del doble exilio de Osvaldo Rodríguez.

 

   En una segunda etapa la literatura testimonial da paso a la reelaboración de discursos en los que lo ficcional juega un papel más protagónico. Es la memoria que recrea lo pasado y explica el presente del exilio. Entre los títulos representativos estarían las obras de Carlos Cerda: la novela  Morir en Berlín (1993) o Escrito con L (2001), reunión de siete relatos agrupados en torno al recuerdo de la letra L grabada en el pasaporte de aquellos exiliados con prohibición de regresar a su país. En ambos libros se escucha la voz desde un inevitable desarraigo.

 

   Isabel Allende ha sido otra de las escritoras con fama internacional que a través de sus novelas recrea tanto los días del golpe militar como la experiencia posterior de los exiliados, de los fantasmas que los rodean, del inevitable aguijón del desarraigo, como ocurre en su célebre novela La casa de los espíritus publicada en 1989. En su libro de cuentos Eva Luna publicado por primera vez en 1989, encontramos, entre otros, el relato “Lo más olvidado del olvido” donde sus protagonistas, en permanente desarraigo, reviven la experiencia de la tortura, convertida en parte de ellos mismos:

 

Se tendieron  lado a lado, tomados de la mano, y hablaron  de sus vidas en ese país donde se encontraban por casualidad, un lugar verde y generoso donde sin embargo siempre serían forasteros. ÉL pensó en vestirse y decirle adiós, antes de que la tarántula de sus pesadillas les envenenara el aire, pero la vio joven y vulnerable y quiso ser su amigo…ella se levantó a cerrar la ventana, imaginando que la oscuridad podía ayudarlos a recuperar las ganas de estar juntos y el deseo de abrazarse. Pero no fue así, él necesitaba ese retazo de luz de la calle, porque si no se sentía atrapado de nuevo en el abismo de los noventa centímetros sin tiempo de la celda, fermentando en sus propios excrementos, demente. Deja abierta la cortina, quiero mirarte, le mintió, porque no se atrevió a confiarle su terror de la noche, cuando lo agobiaban de nuevo la sed, la venda apretada a la cabeza como una corona de clavos, las visiones de cavernas y el asalto de tantos fantasmas…El hombre oyó crecer el silencio en su interior, supo que se le quebraba el alma, como tantas veces le ocurriera antes, y dejó de luchar, soltando el último asidero al presente, echándose a rodar por un despeñadero inacabable. Sintió las correas incrustadas en los tobillos y en las muñecas, la descarga brutal, los tendones rotos, las voces insultando, exigiendo nombres, los gritos inolvidables de Ana supliciada a su lado y de los otros, colgados de los brazos en el patio. ((1989) 2007: 145-146).

 

   En los relatos autobiográficos de Isabel Allende el exilio como forma de vida es recurrente; el interés por su país, a lo lejos, establece un tono discursivo que va de la nostalgia a la crítica lúcida. Así lo vemos en su obra Mi país inventado (2003) en la que extiende una mirada al Chile de sus recuerdos y al país actual que arrastra vicios ancestrales, mezclados con virtudes o costumbre posteriores a la dictadura. 

 

   Títulos como Viudas (1987) de Ariel Dorfman, No pasó nada y otros relatos  (1985) de Antonio Skármeta, Frente a un hombre armado (1981) de Mauricio Wacquez o Casa de campo  (1978) de José Donoso se revelan como discursos más metafóricos, en los que se pretende entender la nueva tesitura estética adquirida en el exilio.

 

   Aunque en Chile se practica la democrática desde hace décadas y la muerte de Augusto Pinochet pareciera haberse llevado consigo buena parte del ahora fantasmal mundo de la dictadura, el tema mantiene una innegable pertinencia sostenida por el genocidio perpetrado sistemáticamente en aquellos años. Muchos de los exiliados regresaron a su país transitoriamente; el desarraigo padecido los había marcado de forma definitiva. Chile no era el que habían abandonado.

  
Nota: Este artículo fue publicado como Capítulo de Libro en La Nueva nao: De Formosa a América Latina. Intercambios culturales, económicos y políticos entre vecinos distantes. Universidad de Tmkang, Taipéi, 2008.
  

BIBLIOGRAFÍA

Allende, Isabel. (1989) 2007. Cuentos de Eva Luna. Editorial de Bolsillo. México

Narváez, Jorge. 1986. “El testimonio 1972-1982. Transformaciones en el sistema literario”. Testimonio y Literatura. Editorial René Jara y Hernán Vidal. Minneapolis. Minesota.235-302.

Scarry, Elaine. The body in  Pain. Nueva York y Oxford. Oxford UP.1985.

Valdés, Hernán. 1974. Tejas Verdes. Diario de un campo de concentración en Chile. Editorial Ariel. Barcelona.

 

 

HEMEROGRAFÍA

Concha, Jaime. 1978. “Testimonios de la lucha antifascista”. En Araucaria 4.129-46

 

 

 

 

 

 

 




[1] Cádenas, María Teresa, en la página web http://chile.exilio.free.fr/chap=3f.htm
[2] Idem.
[3] Datos extraídos de la página Web “Memoria Chilena. Literatura Chilena en el exilio (1973-1985).
[4] Edurne Portela, M: “Cicatrices del Trauma: Cuerpo, exilio y memoria en Una sola muerte numerosa de Nora Strejilevich. Revista Iberoamericana. Vol LXXIV, Núm. 222, Enero-Marzo 2008, Páginas 71-84.
[5] Noffal, Rossana: “La escritura testimonial chilena. Una cartografía de la memoria”.En la revista “Espectáculo”. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid. Núm. 19. URL: http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/testimo.html
[6] Información extraída de la página Web “Memoria Chilena. Portal de la Cultura de Chile” en el URL: http://www.memoriachilena.cl

miércoles, 21 de agosto de 2013

UNAS NOTAS EN TORNO A "MI REYECILLO" DE JOSÉ MARTÍ


Guadalupe I Carrillo

Oh cual los áureos

Reyes divinos

De tierras muertas,

De pueblos  idos

-¡Cuando te vayas

Lévame, hijo!

Mi Reyecillo. José Martí

 

 José Martí, el poeta de la sencillez, que es su grandeza, escribió, como sabemos, innumerables versos en los que la emotividad y la sabiduría destacan. La palabra exacta, la música que vibra junto a su pasión por la vida son verdaderos artilugios que seducen a quien se asoma a cualquiera de sus versos. Entre los innumerables que escribió me conmueve especialmente el poemario Ismaelillo,  el primero publicado por Martí y dedicado a su hijo Ismael, con quien vivió interrumpidamente a causa de desplazamientos geográficos tanto del poeta como  de su esposa con la que mantenía una difícil relación.

       El Ismaelillo fue escrito en Caracas en 1981 y publicado al año siguiente en Nueva York.  Son quince poemas en los que el tema central es la exaltación del niño.  Críticos de su obra han percibido que algunos de ellos se escribieron con la presencia del hijo[1], como ocurre en “Mi Reyecillo” -poema escogido hoy para su análisis-  donde utiliza el presente, y otros en la ausencia de este  -toma el pretérito- cuando su madre se lo lleva a Cuba y Martí continúa viaje a Estados Unidos.

    Como sabemos, el Modernismo fue un movimiento que desbordó cualquier intento de encasillamiento o caracterizaciones puntuales; hubo en sus representantes intereses estéticos comunes que los hacen semejantes y que los reúnen en un mismo movimiento. Por eso, y partiendo de la certeza de que todo gran  poeta es él mismo, esto es, un estilo y una visión particular, intentaremos señalar en el texto algunos elementos modernistas que lo caracterizan, junto a lo propiamente poético martiniano. Al ser el primer poemario de Martí, se le ha clasificado muchas veces como pre-modernista; sin embargo son evidentes los elementos románticos que se entretejen junto a los demás.

  “Mi reyecillo” es  una serie de versos pentasílabos con rima asonante en los pares (i.o) y libre en los impares. Lázaro Carreter clasifica esta versificación de 5 sílabas a modo de romance como “romancillo”. El romance es la estrofa más utilizada para narrar o para relatar anécdotas. Su uso común en la poesía medieval, donde están sus raíces, se explica por el gusto que mantiene el pueblo hacia los hechos heroicos y, más adelante, a las anécdotas amorosas. Reminiscencias románticas de las que no se desprende Martí y que enriquecen aún más sus versos.

   Escribir en romancillo permite al poeta detenerse en la anécdota sencilla, más útil para dirigirse a un niño, y otorga, como añadidura, una musicalidad que da frescura y vida al poema.

   El yo poético se esconde en los primeros versos para describir los atributos de los reyes de lugares lejanos (los persas, los hunos, los íberos); esto nos sugiere un cosmopolitismo típicamente modernista. En el séptimo verso hará mención del rey del hombre como “rey amarillo”. Esta metáfora señala una intencionalidad de crítica social que se verá reforzada en los dos versos siguientes y que continuará en todo el poema. EL “rey amarillo” es el oro, la riqueza material a la que Martí critica duramente.

   El yo, en un deseo consciente, se convierte en el “vasallo” que anhela vivir para servir a su rey, ese hijo “blanco y rollizo” al que venera y en quien desborda no sólo la ternura paterna –“¡su cetro, un beso!/ ¡mi premio, un mimo!...- sino que expresa la necesidad de refugiarse en el hijo, símbolo de la pureza que no encuentra en el mundo y de la que ya nos habla en las primeras líneas de la dedicatoria del poemario, cuando señala: “Hijo, espantado de todo me refugio en ti”. El hijo se transforma en consuelo para el padre sumido en la desilusión. Se convierte, como bien señala Gene Hammitt, [2]en paradigma y  fuerza vital que empuja al poeta a seguir en la lucha por la honradez y la libertad, a pesar de la desilusión que lo aqueja como un mal incurable.

   El yo jura una lealtad condicionada por el reinado exento del amor hacia las riquezas materiales, es decir, al “amarillo”. Prefiere la muerte de ese rey-dios a la vida impura propuesta por la avaricia. Por eso lo interpela: “¡muere conmigo! / ¿Vivir impuro? / ¡ No vivas, hijo!”.

   En el poema vibra la afectividad desbordada junto a los ideales sociales por los que vivió y murió Martí. La ambición hacia lo material es considerada como una impureza tan degradante que lo lleva, decididamente, a optar por la muerte del hijo, cuya figura ha sido engrandecida a lo largo de todos los versos. El hijo no es solamente el rey, sino aquel a quien el yo rinde todos los tributos: “Toca en mi frente / tu cetro omnímodo / úngeme siervo, siervo sumiso”.

   Los elementos modernistas presentes en el poema los advertimos no sólo en el cosmopolitismo y la musicalidad de los versos, también en la riqueza de imágenes –Metáfora: “Sea mi espalda pavés de mi hijo”; sinestesia: “rey sombrío”- y adjetivaciones reiteradas que dan colorido y vida a los versos.

   El uso recurrente de los signos expresivos, admiración e interrogación- permiten que fluya una marcada emotividad que remite a la subjetividad romántica. El yo es un exaltado siervo de la pureza, cuyo símbolo es el hijo, su reyecillo.

   En el poema convergen lo simbólico, lo romántico y también lo modernista, presente en el preciosismo y la precisión en la selección de palabras (particularmente adjetivos) cultas y exquisitas, que se muestran atenuadas por la sencillez propia del estilo del autor y cuyo énfasis lo da la estrofa escogida para el poema: el romancillo. Es, pues, un modernismo orientado por la originalidad que siempre mantuvo Martí en su obra poética, junto con la crítica social.

   “Mi reyecillo” es un poema de largo alcance afectivo: la ternura se ensancha y vibra en la música que salta de los versos como vida desbordada. La clara moraleja social parece entretejida por el amor paterno que prefiere perder al hijo a verlo manchado. Este asunto de interés Martiniano acompañará siempre el corazón, la mente y la palabra encendida del poeta cubano.

 

 

  



[1] En la página http://www.eddosrios.org/marti/Notas_estudios/ismaelillo.htm “Apuntes sobre Isamelillo. Gene Hammitt. Revisado el 21 de agosto del 2013.
[2] En la página http://www.eddosrios.org/marti/Notas_estudios/ismaelillo.htm Nota leída el 21 de agosto del 2013.

viernes, 16 de agosto de 2013

Aimé Césaire: Padecer la Xenofobia y transformarla


 Guadalupe Isabel Carrillo Torea



Igual que hay hombre_hiena y hombre_pantera

Yo seré un hombre_judío

un hombre_cafre

un hombre hindú de Calcuta

un hombre de Harlem_que_no_vota

el hombre_hambruna, el hombre_insulto, el hombre tortura podrían en cualquier momento agarrarlo, molerlo a golpes _matarlo sin más_sin tener que rendir cuentas a nadie, sin tener que excusar con nadie

Aimé Césaire


El fenómeno de la Xenofobia, de carácter mundial, lo vemos arraigado en algunos países más que en otros. La globalización y las migraciones masivas han permitido que el sentimiento de rechazo hacia el extranjero esté cada vez más generalizado o, también a la inversa, es decir, cuando el extranjero  se planta en otros países en actitud xenófaba hacia éste que visita. 

   Dentro de las muy variadas formas en que se manifiesta la xenofobia el racismo es una de las más duras pues es capaz no sólo de llegar a la agresión sino a la marginalidad sistemática del otro,  a la exclusión social y en consecuencia a desarraigos. Sin embargo la otra cara del fenómeno nos puede mostrar también lo de que Edgar Samuel Morales ha designado muy acertadamente como  la inversión de los estigmas (Morales Sales, 2000), esto es que aquello que nos hiere se convierta en nuestra identidad para ser mostrada con orgullo.

   Como expresión de vida la literatura ha registrado  el tópico desde diversos discursos. En el caso que nos ocupa tomo la obra poética de Aimé Césaire, escritor franco caribeño fallecido hace pocos años. Fue Césaire figura emblemática dentro del surrealismo francés de los años 30 y su obra Cuaderno de un retorno al país natal,  que es La Martinica, ha sido considerada un himno a la negritud, a la justicia  y un grito desgarrado que denuncia el racismo en su más cruel expresión la conquista y la esclavitud posterior. A propósito de la obra nos dice Philippe Ollé_Laprinne en un artículo publicado en la Revista Letras Libres en el 2003:

Este escritor francés del Caribe denunció la condición inaceptable del hombre negro explotado y humillado durante siglos. Pero también, a través de estos ataques virulentos, desarrolló un discurso que es un llamado a la dignidad y a la justicia para todos, con una sorprendente actualidad, como si precisamente el tiempo tuviera la virtud de recuperar el vigor del grito para darle mayor resonancia a las palabras del poeta.


   Se trata pues de un canto lírico con resonancias de crudeza y realidad, de solidaridad hacia la tierra y de aceptación de su negritud, concepto que el mismo poeta creara en 1935 en su revista  El estudiante negro  donde publicaban poetas en su mayoría venidos de las colonias de dominio francés. El poema fue publicado en París en 1939 en la revista Volonté pero de manera fragmentaria. Años más tarde lo publicaría en su totalidad en la revista Tropiques editada en la Martinica, de la que él fungía como director. El fortuito encuentro de André Bretón con el poema de Césaire en 1941 en la misma isla fue lo que produjo la proyección internacional del poema y de su autor que se convertiría en uno de los grandes del surrealismo., así lo afirma Miguel Ángel Flores en su artículo “El cuaderno de una vida en el país natal (Amié Césaire, 1913_2008)”  en la Revista Tiempo 22. Archipiélago.

   El poema expresa la inquietud de un hombre , de una comunidad, de un país que no se le había otorgado aún la posibilidad de manifestarse como tal. Esto fue durante muchos años el aliento de vida que mantuvo a las islas antillanas en pie de lucha. Alcanzar una identidad se convirtió en imperativo insoslayable por parte de intelectuales, políticos y artistas de origen caribeño.

   Aimé Césaire emplea las palabras aún no enunciadas y se convierte en portavoz no sólo de los habitantes de su Martinica natal, sino también de los negros de América y África. La cultura europea de la que se alimenta el poeta serán los elementos a través de los cuales va tejiendo su denuncia en la obra. Como bien apunta Miguel Ángel Flores “La lengua podía ser francesa pero debía ser tamizada por los matices que imponía el ámbito del Caribe”. También Agustín Bartha  en el prólogo a la obra de Césaire coincide con el crítico anterior y señala:


La palabra del poema era francesa, surrealista y africana, pero no se adhería completamente a ninguna de esas denominaciones. El poema sigue siendo dentro de la lírica moderna francesa un cuerpo extraño y duro, pero está por lo menos localizado…y se ve en su luz de lámpara enterrada en lo hondo de una gran herida (Bartha, Agustín, 1969: 9)


Es esa “gran herida” lo que nos interesa analizar ; ver el poema como un canto dolorido y a la vez jubiloso. La escritura habla de un mundo abyecto que se entrelaza con la hermosura de una naturaleza llena de vida y la herencia de los ancestros negros.  Miguel Ángel Flores comenta con acierto: “El ritmo del poema está marcado por el ruido de las lluvias y el soplo de los vientos, por los desplazamientos del mar y las voces de los ancestros que dieron nombre lo mismo a elementos naturales que a cantos del rito. (Flores, 2008: 22).

   Sumado al sentido temático de la exaltación de la belleza y el dolor encontramos el concepto de negritud  y de nacionalismo; todo ello se convierte en eje estructural del poema. La negritud se proyecta como  una fuente continua de sufrimiento que el yo poético proclama desde el inicio, extendiéndose a lo largo de todo el poema. Pero en su otra cara también se asume como el rescate de las tradiciones procedentes de África, la historia de la esclavitud, de las vejaciones  que ésta conlleva  y el acabamiento al que fue sumida la población.

   Como concepto teórico y bandera ideológica la negritud se convirtió en la sólida postura de quienes habían decidido dejar de lado la sumisión para sustituirla por la voluntad de renacer en una identidad que, aun siendo diferente, luchaba por su independencia y por el respeto debido a lo otro cercano a nosotros pero no por ello idéntico.

   Aimé Césaire mostrará en su obra una resemantización de lo que es la negritud como parte esencial del concepto de nacionalismo que se va construyendo en el poema. El sentido temático de la obra parte del  título: Cuaderno de un retorno al país natal; supone la vuelta de quien ha vivido alejado  de su patria y a cuyo regreso encontrará la infancia, y su raíz que está en la tierra y en las tradiciones centenarias a  las que siempre estuvo vinculado.

   El poema parte de una suerte de estribillo que se repite anafóricamente en el transcurso de  toda la obra; al comienzo  reiteradamente, después con espacios de mayor distancia. “Al final del amanecer” puede ser entendido denotativamente: el retorno culmina “al final del amanecer”. A su vez se transforma en el encuentro con un mundo que no vive en su amanecer.

   El hablante instala su discurso en un presente detenido; todo ocurre “al final del amanecer”. Se trata de memoria y anticipación. Existe un pasado en el recuerdo y un futuro que se desea y que se construye en el texto a manera de realidad. Combinando indistintamente la prosa y el verso libre  el poema se inicia a modo de conjuro: el hablante desea expulsar aquello que lo aleja de sus “profundidades” y dice: …vete, detesto a los lacayos del orden y a los abejorros de la esperanza, vete, mal amuleto, chinche de frailuco”(Césaire, 1969: 23).

   Si nos preguntamos  por la connotación a la que alude el yo lírico con expresiones como “mal amuleto” o “chinche frailuco”, veremos que la respuesta brotará líneas más adelante cuando el mismo yo revela: “eres tú, sucio odio”; la maldad, la tortura y las vejaciones se han ido convirtiendo en ese odio demoledor que se hunde en aquellos que han sido rechazados y maltratados.

   Una larga descripción de ese mundo invadido por la miseria conforman lo que es para el yo poético el objeto deseado. Lentamente el texto evoca geografías antillanas y territorios de mayor familiaridad para él hasta encontrar el hogar materno, vaciado por la pobreza:

…y eso forma pantanos de herrumbre en la pasta gris sórdida apestosa de la paja, y cuando el viento silba,  estas disparidades hacen extraño el ruido, como una crepitación de fritanga al principio, luego como un tizón que se sumerge en el agua con el humo de las ranitas que vuelan…Y el lecho de tablas de donde se ha levantado mi raza, toda mi raza de este lecho de tablas, con sus patas de caja de kerosene, como si el lecho tuviera elefantiasis (1969: 43)


   La descripción de lo local se amplía a la raza, humanizada como ese ser que “se levanta en un lecho de tablas”. La asociación hecha en el poema inicia en la tierra, pasa hacia la infancia del yo poético, al hogar ya perdido para, extensivamente, asemejarlo con toda la comunidad de su isla, o lo que es lo mismo, con su raza.

   A lo largo del poema el hablante ahonda en una alternancia entre su pasado (infancia que recuerda) y el presente (la experiencia que enfrenta) estableciendo la inevitable semejanza. En ambos persiste la atmósfera de desolación, se vive el sufrimiento y se padece la pobreza. Realidades que desea exhibir en su mayor crudeza. Sin embargo, junto a ellas, el yo se acerca a la naturaleza y, desde ella, inaugura el mundo a través de la palabra; Miguel Ángel Flores lo califica  como “lenguaje adánico”:

Volveré a hallar el secreto de las grandes comunicaciones y de las grandes combustiones. Diré tormenta. Diré río. Diré tornado. Diré hoja. Diré árbol. Seré mojado por todas las lluvias, humedecido por todos los rocíos. (Césaire, 1969: 47)

   Este mundo que se crea de nuevo constituye “la tierra donde todo es libre y fraternal, mi tierra”(1969: 49). En el poema se va cimentando un concepto distinto de la negritud. Salir de Europa es un imperativo, el yo desea volver, lleno de nostalgia, a encontrarse con su tierra pobre. Sólo desde ella podrá construir un discurso nuevo, que proviene del colonizado y que parte de su tierra, no de la lejanía. Por eso dice el poeta: “Abrázame sin temor… y si sólo sé hablar, hablaré para ti” (1969: 49).

   Con esta afirmación se abre un nuevo horizonte en el que el Yo lírico hace suya la tierra natal, la misma que los colonizadores consideraron “su propiedad”. La abraza con todo lo que es, sin excluir lo abyecto del presente y del pasado. Desde esa aceptación se actualiza una negritud que cobija no sólo al negro de Martinica o las Antillas, también a todos los diseminados por el mundo:

¡Y yo digo Burdeos y Nantes y Liverpool

y Nueva York y San Francisco

no hay un trozo de este mundo que no lleve

mi huella digital

y mi calcáneo sobre la espalda de los rascacielos

y mi mugre

en el centelleo de las gemas (1969: 59)


   El Yo lírico se define como hombre negro; esa identidad lo convierte en ciudadano del mundo. Con ello la negritud se convierte en condición universal. Al preguntarse por su identidad y la de su pueblo el yo responde llamándose “árbol” cuya raíz está en el suelo de su tierra. Se denomina a sí mismo “Congo” haciendo definitiva la identificación con la naturaleza:

                        ¿Quiénes y cuáles somos? ¡Admirable pregunta!

                        A fuerza de contemplar los árboles me he convertido en un árbol

y mis largos pies de árbol han cavado en el suelo

anchos sacos de veneno, altas ciudades de osamentas

a fuerza de pensar en el Congo

me he convertido en un Congo rumoroso

de bosques y de ríos

donde el látigo restalla como un gran estandarte

el estandarte del profeta (1969: 61)


   La descripción de su tierra interpela a todas las tierras en las que habita el hombre negro, la raza universal que subsiste y quiere superar su condición de inferioridad en la que ha sido instalada gracias a los colonialismos milenarios. Ajeno a cualquier idealización, los versos se convierten en un campo de batalla de la conciencia de quien escribe. Se sabe malo, pobre, se sabe hombre y gracias a esto se acepta y se ama en su realidad:


                        Y para mis danzas

                        Mis danzas del mal negro

                        Para mí mis danzas

                        La danza rompe_argolla

                        La danza salta_prisión

                        La danza es_hermoso_y _bueno_y_legítimo_ser_negro (1969: 127)


   El yo que se levanta y se califica de “hermoso” y “bueno” se ha distanciado del discurso del colonizador. Será el colonizado quien elabore un proyecto nuevo, desde su tierra, considerándolo as;i mismo “legítimo”.

   Edward Said en su ensayo Representar al colonizado (1996)  a propósito de la obra de Cuaderno…  insiste en que  la propuesta del libro se postula como un verdadero “desafío anti_imperialista”. Explica Said que tanto Césaire como Fanon estaban conscientes de la necesidad de que el nacionalismo hasta entonces asumido debía ampliarse , para que no se convirtiera en obstáculo para la liberación real de su raza. Concebir el nacionalismo desde el soporte teórico del colonizado los convierte en súbditos de aquellos que construyeron para el negro una identidad tan ajena a la tierra:

De hecho Fanon y Césaire _obviamente hablo de ellos como modelos_ cuestionan directamente el asunto de la identidad y del pensamiento identitario, ese convidado de piedra de la presente reflexión antropológica sobre la “otredad” y la “diferencia”. Lo que Fanon y Césaire exigían de sus propios partidarios, aún durante el calor de la lucha, era abandonar las ideas fijas de la identidad colonizada y la definición culturalmente autorizada. Ellos decían “sé tú mismo diferente para que tu destino  como pueblo colonizado pueda ser diferente”; de ahí  por qué  el nacionalismo a pesar de su obvia necesidad, es también el enemigo. (Said, 1996: 57)


    Lo dicho por Edwar Said fue justamente lo que expresó Césaire en Cuaderno…, convirtiendo la obra en un proyecto de singulares propuestas ideológicas e incluso étnicas. Se trata de una apuesta por la dignidad en un sentido de totalidad; ser hombre debería ser un concepto incluyente donde las razas se incorporen sin aspirar a la otredad que menciona Said. Amié Césaire, el más autorizado defensor de su raza nos dice en palabras subversivas y esperanzadoras: “Ninguna raza posee el monopolio de la belleza, de la inteligencia, de la fuerza, y hay lugar para todos en el encuentro de la conquista”.

El poema Cuaderno…fue la obra de mayor trascendencia escrita  por Aimé Césaire. La estructura del poema, el manejo de un lenguaje que pareciera moverse al ritmo de la naturaleza y de su amor hacia la raza negra lo dignifican y lo convierten en un hombre adelantado a su época. Nació y murió en La Martinica y desde ella mantuvo la coherencia de su pensamiento de apertura, sin dejar de lado el amor conmovido por su tierra. Así nos habla de sus anhelos:

                        Y yo busco para mi país no corazones de dátil, sino corazones de

Hombre que, para entrar en las ciudades de plata por la gran puerta trapezoidal, golpeen la sangre viril, y mis ojos barren mis kilómetros cuadrados de tierra paternal y enumero las llagas con una especie de júbilo y las hacino unas sobre otras como raras especies. (1969: 126)


   Ese fue el hombre que luchó en su tierra, desde su tierra y para su tierra que fue, en realidad, el mundo desgarrado que había que abrazar.









BIBLIOGRAFÍA


Césaire, Aimé. 1969. Cuaderno de  un retorno al país natal. Editorial Era. México. 129 Pp.


Morales Sales, Edgar Samuel. 2001. Estigmas sociales y nuevo orden en América Latina. Editorial UAEM. Toluca. México.


Said, Eward. 1996. Representar al colonizado. Editorial de Bolsillo.  México.



HEMEROGRAFÍA

Flores, Miguel Ángel. “El cuaderno de una vida en el país natal” . En la Revista Tiempo Archipiélago. México. 2008.

Ollé_Laprunne, Philippe.  “Amié Césaire”. En la Revista Letras Libres . 200