El mundo y las Sombras
De manera recurrente he tenido la sensación de estar rodeado de sombras, similar a estar inmerso en un sueño de esos que aparecen eventualmente. Difuso, confuso, en muchos casos soporífero, en estos me veo envuelto en situaciones apremiantes y con cosas por resolver, sin embargo la falta de enfoque, la duda y algo parecido a la miopía lo impide, el ambiente es borroso, inundado de neblina, la perspectiva y el entorno aparece y desaparece. La situación amerita mi concurso pero me encuentro en una dimensión caótica, me siento incapacitado para ponerme en marcha. Es como confrontarme a las sombras que habitan mi conciencia. Para el año 1880 en París el ministro de Bellas Artes Edmund Turquet le concede el honor al genial escultor Auguste Rodin de diseñar la puerta de entrada para el “Museo de Artes Decorativas”. Esta colosal estructura sobre la que el artista trabajó durante más de 25 años nunca fue develada, antes de presentarla al público la destruyó; solo quedarían las maquetas y los planos como testigos silenciosos de aquella maravilla. “Las Puertas del Infierno” como se denominó, poblada de condenados y una multitud de secretos, se tragó a su genial y obsesivo creador. El escultor ubicó su obra maestra El pensador, en la cima de la puerta, reinaría sobre todo un mundo de criaturas esculpidas a sus pies. Justo debajo del pensador reprodujo tres veces la figura de un hombre sin rostro “la Sombra”, recordando a los centinelas de la Divina Comedia, alertando a los condenados el umbral que ineludiblemente iban a cruzar. Auguste Rodin logró plasmar en una estructura de 6 metros de alto por casi 4 metros de ancho su historia íntima, la expresión tangible y concreta de una idea de un misterio existencial. El pensador está desnudo, a veces rígido, sometido a una extraordinaria tensión, como aquel que está haciendo un enorme esfuerzo, en este caso, pensar, solamente pensar. ¿Resulta paradójico que justo debajo del pensador se ubiquen las tres sombras? Su portentosa figura sometida a una enorme tensión, con orificios nasales ensanchados, piernas y puño contraído y los dedos de los pies doblados, parece indicar que no acepta convertirse en una sombra sin rostro ni identidad, exige entender lo oculto he incomprensible. Copiando al escultor, al genio, al poeta, al escritor, reposo en el pedestal del pensador y trato al menos de recrear las sombras que eventualmente son las protagonistas de sueños tormentosos, buscando elementos que permitan ordenar la traza, sin importar que se doblen los dedos de los pies. La sombra con rostro de espíritu.
En ocasiones me invade la extraña percepción de que el espíritu, o más bien aquello que colma nuestro cuerpo, el alma, más que una verdad incuestionable, es una ilusión. Tengo la sensación, que de manera terca y trascendental la humanidad ha cultivado y predicado su existencia durante años, haciéndose de un elemento que nos permite trascender a la muerte, dándonos así la más alta jerarquía y dignidad en el universo: el ser inmortal. El difuso espíritu, elemento fundamental del ser tal y como lo hemos concebido, se presenta en ocasiones arropado por la sombra de una semilla ancestral implantada en nuestra conciencia. Desde esta panorámica de sensaciones, pudiese inferir que la humanidad ha creído con más fervor en aquello que menos sabe, sin embargo siente y percibe. Surge el pensador para confrontarse así mismo con preguntas cubiertas de sombras que al abordarlas acaso den algo de sosiego. ¿Es la esencia espiritual del ser humano tal y como se concibe, el producto de ideas, reflexiones y opiniones a veces expresadas como hechos?, ¿Es una verdad universal, o más bien representa una conciencia colectiva que proyecta una falsa ilusión?, ¿Está basada esta conciencia colectiva en creencias de lo que otros nos han enseñado o impuesto?, ¿Oh más bien es el resultado de la intuición, de la introspección, o de una inexplicable certeza metafísica? Emulando al pensador apretemos el puño y busquemos otro ángulo, otro enfoque, apartándonos del dogma carcelario del pasado que tantas veces ha herido nuestra inteligencia y abordemos al espíritu con la gentiliza y bondad que merece, quizás de esta manera se alivien las tinieblas. A lo largo de mi vida me he sumergido en ese mundo intangible pero real que palpamos de manera diferente los seres humanos, no solo en nuestra historia personal, sino también en la colectiva, a través de religiones y prácticas impuestas desde afuera que nos orientaron por recovecos interiores desconocidos y no siempre amables.
La sensación de opresión de muchas prácticas religiosas está en radical oposición a la percepción de libertad que encarna un espíritu noble. Son tantos los matices, tantas las formas de experimentarlo, que nos reclaman respuestas convincentes a quienes nos hemos visto invadidos por la duda o por un deseo imperante de una posible y necesitada paz, aquella que se forja con el cincel que habita nuestro interior, exigiéndonos gestos amables, voces cálidas, miradas que consuelan, abrazan y colman de serenidad nuestro día a día. Alimentar el espíritu significa ejercitarse en olimpíadas invisibles que solo percibimos dentro. No se trata de buscar una perfección hecha a la medida de ideologías o doctrinas que se han impuesto a lo largo de los siglos. Es trabajo estrictamente personal que va de la mano del convencimiento subjetivo de cada uno. Buscamos la luz, el aire apacible o el ventarrón de pasiones liberadoras para que el horizonte que pretendemos alcanzar esté cada vez más despejado. Allí, desde la cima, nos será más fácil pensar lo humano como una posibilidad en armonía con el universo. ¿Podremos entonces despejar del horror, que construimos con nuestras mezquindades, el pasto que crece transformado en esperanza? El poeta español Blas de Otero, testigo de las crueldades de la Guerra Civil española y de la segunda Guerra Mundial, escribió con el corazón invadido de piedad, el poema “Aren en paz” donde, conmovido ante la desolación de la violencia bélica, lanza una arenga a la humanidad toda. Nos dice: “Pensé poner mi corazón, con una cinta/morada, encima de la montaña más alta de/ Europa,/ para que, al levantar la frente al cielo, los/ hombres/ viesen su dolor hecho carne, humanado. Pensé mutilarme ambas manos, / desmantelarme/ yo mismo mis dos manos, y asentarlas/ sobre la losa de una iglesia en ruinas:/ así orarían por los desolados. Después, como un cadáver puesto en pie/ de guerra, clamaría por los campos/ la paz del hombre, el hambre de Dios vivo,/ la verdadera sed de ser eternos. Noches y días suben a mis labios/-ellos, en son de sol; ellas, de blanco-,/detrás acude la esperanza con/una cinta amarilla entre las manos. Miradme bien, y ved que estoy dispuesto/para la muerte. Quedan estos hombres./ Asome el sol. Desnazca sobre Europa/ la noche. Echadme tierra. Arad en paz.” “El dolor hecho carne, humanado”, es la clave para entender nuestra indefensión y palpar la fragilidad de la que estamos hechos, para nunca olvidar que el llanto también está a flor de piel en nuestro recorrido por la vida. Abandonar la soberbia que tantas veces nubla el entendimiento es el primer paso para que ese espíritu maleable se transforme, sea una copia medianamente fiel de la bondad que, como atmósfera, rodea al mundo, aunque no lo veamos.
No pretendo escribir un “Desideratum”, ni inventar “tips” para “mejorar el mundo”. En mi corazón he ido guardando lo que vi en otros seres humanos que habían apostado por el BIEN, con mayúsculas. Sus vidas son testimonio de que estamos diseñados por algo que va más allá de la materia, de la finitud, de nuestros propios egoísmos. Son nobleza encarnada y sus huellas, imborrables. Mi acercamiento a la religión católica, más allá de lo sembrado en el seno familiar, provenía de una necesidad imperiosa de entender al hombre en su dimensión total: no solo la crueldad nos define, afortunadamente, están los actos heroicos, las vidas ejemplares de aquellos que, por seguir un ideal, entregan su vida a la causa que se les ha propuesto. De ellos, me sentía deslumbrada por aquellos que apostaban por la humanidad y sus carencias, fuesen estas físicas, materiales o morales. Recuerdo haber leído un gran compendio de La historia de la vida religiosa, investigación que abordaba un sacerdote claretiano, Jesús Álvarez Gómez, en la que narraba las biografías de centenares de hombres y mujeres que habían seguido el cristianismo y el catolicismo. Además de las excentricidades de muchos, de las locuras de otros, encontré la llama encendida en el corazón de una mayoría de hombres y mujeres que hasta el último de sus días entregaron sus energías, estima y compasión a los otros, los desvalidos. En mis afinidades personales, encuentro nombres como el de San Francisco de Asís, parte aguas en aquel Medioevo aún oscuro y tradicional, donde valían más las cruzadas y los tesoros materiales que lo propuesto por un Evangelio incipiente y malogrado. Francisco fraternizó con la pobreza, con la naturaleza, y también con la hermana muerte, destino inevitable de todos. La vida de San Juan de Dios -por señalar los más célebres ejemplos- afianzó la atención a los enfermos, niños en su mayoría, en hospitales abiertos bajo su vigilancia; o San Juan Bosco, ese jovencito saltimbanqui que abriría orfanatos para albergar a cientos de generaciones de niños cuya vida estaba a la deriva emocional y materialmente. Y ni qué decir de la Madre María Rafols, fundadora de las religiosas de Santa Ana. Las primeras mujeres que llegaron a Venezuela, por ejemplo, fueron directamente a atender a los enfermos de lepra, alojados en islas del Estado Zulia; el estado pretendía, con esta medida, evitar el contagio a los sanos. Desde la otra orilla, vemos el mundo de los místicos, con la extraordinaria Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, que optaron por la oración, no por las obras de caridad. Parecería un mundo de ocio y absurdos: la oración, el encierro traducido en clausura, la penitencia, y el ayuno, fue el mapa elaborado para ellos; sin embargo desde ese faro luminoso, se emiten las mejores vibraciones, los más claros anhelos. Solo así entenderíamos aquellos famosos versos de Santa Teresa de Jesús que nos colma con las más sublimes hipérboles: “Vivo sin vivir en mi/. Y tan alta vida espero/ que muero porque no muero”.
Obviamente hablo desde mi experiencia vital, desde mis lecturas e investigaciones. Las religiones asiáticas, el Islam, tienen también sus tesoros. En varias ocasiones en las que viajé al continente asiático, visité muchos templos budistas. Las esculturas de Buda muestran a un anciano sonriente y panzón. Los feligreses le rezan inclinando el cuerpo y juntando las manos; no hay rodillas en tierra, golpes de pecho o figuras dolientes. Buda transmite felicidad. Las religiones tienen, pues, sus criterios y sus maneras de ver el mundo, de nosotros depende si nos unimos a ellos o vamos de forma independiente. “Y allá en el fondo está la muerte” dirá Julio Cortázar en unos de sus esplendidos textos. Sí, la caducidad es parte de nuestra naturaleza, ella podría lanzarnos al olvido inevitable. Estar preparados es sinónimo de humildad, un reconocimiento a nuestra pequeñez, que no por ello es bajeza. Al contrario, redimensionamos lo que somos para que solo quede lo esencial. Así lo dice Antonio Machado en estos sabios y conmovedores versos: “Y cuando llegue el día del último viaje/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar/ me encontrareis a bordo ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar”. Solo tendremos lo que hemos sido y el vigor de nuestro espíritu así nos lo dirá, La sombra con rostro de ciencia.
En 1980 el insigne hombre de ciencia Carl Sagan en su programa de TV Cosmos, le explica a sus seguidores que hay más estrellas en el universo que granos de arena en todas las playas del mundo. Tan arriesgada comparación abría una dimensión de proporciones difíciles de imaginar, que escapan a nuestra comprensión. El aserto plantea un escenario inconcluso, es como enfrentarse al “non finito”, a la cara de Balzac esculpida por las manos de Rodin, algo difícil de concretar, sin embargo se puede intuir. La afirmación recrea un espacio sin fondo, ni limite, que resulta abstracto e incompleto para nuestro cuadriculado y domesticado mundo de escalas. Mirando hacia adentro nos dice la ciencia que el humano promedio está conformado por más de 30 billones de células, que el cerebro tiene aproximadamente 86.000.000 millones de neuronas y que en un gramo de arena hay 300 trillones de electrones. Similar al reloj solar concebido hace más de 4.000 años, que mediante un elemento geométrico alargado gnomon proyecta sobre un plano la sombra del sol abarcando el área más extensa al amanecer, desvaneciéndose a medida que el astro se acerca al zénit de su tránsito diario, la ciencia, cual máquina ancestral, ha recogido paulatinamente las sombras que habitan nuestra psique, develando en un viaje de más de 3 millones de años (partiendo de Lucy de Abisinia, la abuela de la humanidad), misterios insospechados, antes incomprensibles e invisibles a nuestra mirada, cediéndole así un anclaje cosmológico aparentemente sustentable a nuestra existencia. Si mirarnos por el retrovisor del tiempo, no se visualiza un punto de partida respecto a la ciencia, esta se percibe intrínseca al ser humano, a la curiosidad, a la observación, a la necesidad de comprender su entorno. Sin embargo y aunque resulte contradictorio esta búsqueda creó un pegamento y un anclaje a la autoridad de remotísimos y primigenios maestros, a definiciones consagradas por siglos, inspiradas en doctrinas creídas o inventadas, a impresiones sensoriales. La ciencia más que evolución y crecimiento en un paréntesis de tiempo, se convirtió en tradición inquebrantable. En este recorrido hemos fabricado enormes obstáculos y cercos que nos han dejado aletargados y hasta catatónicos por siglos. La verdad verdadera que se encuentra con las luces del entendimiento, se ha enfrentado permanentemente con la certeza divina, que ha parcelado años de historia con barrotes de error e ignorancia, ambas líneas de pensamiento definitivamente escritas por el mismo autor. Ahora, imaginemos por un momento que observamos la historia de la ciencia como un cosmos temporal y lo recorremos en forma lineal a una velocidad supersónica, a la velocidad que se desplaza nuestra nave sideral la tierra alrededor del sol, aproximadamente 100.000 Km/h y por instantes nos detenemos como espectadores en ciertos puntos de inflexión, de cambio y observamos como unos pocos genios contestatarios, arriesgados y únicos a través del análisis y la experimentación, nos han heredado el constructo que tenemos hoy día. De los antiguos nos encontramos con manuscritos labrados en piedra y en papiro, estructuras todavía en pie y ruinas que no hacen honor al nombre que las identifica por la majestad y la dignidad que aun manifiestan. Civilizaciones antiguas que una tras otra suben el telón de espacios oscuros de forma intuitivamente diferente. Se percibe que la sapiencia resultaba a veces empírica he irresoluta, aunque perfectamente concreta. Apoyados en el estribo de los antiguos y habiendo roto el nudo gordiano de la Edad Media, la humanidad pisa el acelerador con el advenimiento del Renacimiento. Nicolas Copérnico “el hombre que detuvo el sol y puso en movimiento la tierra” decía presente, abriéndole paso al sistema heliocéntrico. Con el concurso de Johannes Kepler y Galileo Galilei, se conforma un tridente de genios para gestar una nueva teoría del cielo, nuestra nave sideral a partir de ese momento se movería para siempre alrededor del sol. Este grupete de individuos le hacía un guiño de ojo al viejo testamento. Concreta y contradictoriamente a la genuina divinidad: “Josue 10:12, Entonces Josué habló al Señor el día en que el Señor entregó a los amorreos delante de los hijos de Israel, y dijo en presencia de Israel: Sol, detente en Gabaón, y tú luna, en el valle de Ajalón.” Deja asentado Copérnico: Lo único que se detuvo fue el planeta tierra, si fuera el caso, el centro de esta aventura siempre fue el sol. Solo somos un elemento cósmico más, viviendo en confusa soledad en la vastedad del espacio. No somos el centro del universo, solo un ladrillo de la mecánica celeste. Seguramente habrá que pensar con mucho detenimiento qué nos quiso decir Josué. Copérnico trae a la luz el sistema heliocéntrico, formula la teoría, Kepler traza la elipse y Galileo lo confirma. Finalmente, la mecánica celeste queda integrada con la obra de Isaak Newton. Nos explica cuál es la fuerza que gobierna el movimiento de los planetas y satélites. Sale a la luz la ley de la gravedad. Comenta Ignacio Burk respecto a la teoría Heliocéntrica. “Los grandes descubrimientos se inician con ideas que, para la mayoría de nosotros los mortales, parecen alocadas y descabelladas, pero terminan siendo la concreta verdad.” A partir de este momento todo parece indicar que la humanidad le abre los brazos a la ciencia, se rompe con el rígido tradicionalismo medieval de la historia y en el transcurrir de los siguientes 500 años se produce un cambio radical de mentalidad, cultura y forma de vida, con el peso de sus excelencias y sus miserias. A principios del siglo XIX, antes que la humanidad conociera la naturaleza atómica y molecular de la materia, el físico francés Nicolas Carnot enuncia la teoría de la conservación de la energía: “La energía no se crea ni se destruye”, “solo se transforma” y fundamentalmente, “el calor se transforma en energía mecánica”. Abría la puerta a los principios de la termodinámica, tres leyes fundamentales para el impulso de la era industrial que tendría a partir de entonces hasta hoy, proporciones inimaginables. Parados en los mil ochocientos todavía, suben al escenario respirando el mismo oxigeno que envolvía al planeta por aquellos días, dos personajes: Charles Darwin y Gregor Mendel. Exponen la teoría de la evolución, de la genética, de como y porqué somos la resultante de nuestros ancestros y de la descendencia que está por venir, con la influencia determinística de factores ambientales y biológicos, es decir, nos incorporan al ecosistema de los seres vivos. Tiempo después de darle la vuelta al mundo en el bergantín Beagle, Darwin presenta su obra maestra “Origen de las especies”, para establecer las bases de la evolución, gracias a la evolución natural. A partir de aquí, los interesados quedarían divididos en “evolucionistas” y “creacionistas”. Una vez más la humanidad recibe un duro golpe y se pone en tela de juicio nuestra supremacía divina. Asegura Darwin “somos un animal más, al que las leyes de la selección natural le afectan como a todos los seres vivos”, es decir, nos pone un peldaño más arriba de la antes mencionada Lucy, no sin dejar de sugerirnos que estamos marcados por la huella de su cordón umbilical. Copérnico nos arrebata el centro del universo y Darwin nos arroja al lugar común de todos los seres vivos y nos hace parte de la selección natural, vapuleando la mítica ilusión narcisista de la hegemonía humana cultivada durante siglos. En un recorrido supersónico de la historia vemos cómo aparecen protagonistas emblemáticos provocando una ruptura con tradiciones incuestionables, dándole un viraje a la concepción del mundo a través de la ciencia y la epistemología. Quedaba expuesta la idea concreta de que un hombre no es genial por pensar ideas geniales, sino por el valor de profesarlas. En términos cósmicos, centésimas de segundos después, el monje Agustino Gregor Mendel, logra ordenar los resultados de años de investigación que reposan sobre su escritorio y establece reglas prácticamente cartesianas que determinan cómo se ordenan las características esenciales de los seres vivos. Nos señala la presencia de caracteres dominantes y recesivos y con reglas precisas nos explica cómo resucitan en nuestra descendencia los ojos azules de un abuelo desconocido. Con su aporte recibiría nuevamente las aguas bautismales, para ser conocido como el padre de la genética. Como dice el sagrado libro y “por aquellos días”, el hombre volcaba su mirada sobre nuevas entidades, fenómenos que aprendía a manipular y con los que podía experimentar. La ciencia paulatinamente apartaba la sombra de un universo invisible, salía a la luz la naturaleza atómica y molecular de la materia. El escoses James Maxwell al borde del siglo XX, le da un nuevo empujón al carro de la ciencia y plasma en cuatro ecuaciones las leyes que rigen la electricidad y el magnetismo, a ambos fenómenos los identifica en una sola fuerza: electromagnetismo, donde una cosa se debe a la otra. Demuestra con la sugerencia de otros, que un rayo de luz es una onda electromagnética, pero además, que es de carácter corpuscular, es decir está conformada por partículas. Estas señales invisibles ahora manipulables, crean un sistema nervioso de información casi instantáneo que en el presente siglo XXI, revelan un horizonte antes inimaginable cuando una nave espacial nos susurra lo que ve al borde del límite de nuestro sistema solar, hasta llegar a unos pasos de lo más íntimo de nuestro sitio de reposo con el wifi. En este ambiente de evolución meteórica, donde unos cuantos precursores compactan nuevas teorías científicas en una masa madre que deviene en puntos de inflexión y de cambio, para que otros que no hemos mencionado las refinen y concreten en un hecho real, llegamos al año 1905, bautizado como: “año maravilloso de la ciencia”. El físico teórico Albert Einstein, publica en la revista Annalen der Physik de Alemania cuatro artículos o más bien teorías. La primera: “Heurística de la generación y conversión de la luz”. Detengámonos por un momento en la palabra “heurística”, más que una palabra parece un trazo, no es solo gramática, es un sentimiento, dice la RAE: “Técnica de la indagación y el descubrimiento”, su definición tiene armonía y música, el científico se toma el tiempo para enamorarnos con sus sugerencias y buenos modales, nos llama a indagar, a aprender. Básicamente establece los principios de la mecánica cuántica, apartando las sombras y los misterios de las partículas más pequeñas, explica el efecto fotoeléctrico y como la emisión de la energía depende de la frecuencia de la luz (spin del electrón) más no de la intensidad; pero no podemos dejar de mencionar; “Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento”, con el componente “Depende la inercia de un objeto de la energía que contenga?” esto para nosotros público de galería, es el equivalente a la cara de la Mona Lisa, ya no como una pintura sino como fórmula matemática: E=mc², todos la hemos tropezado en alguna oportunidad, ambas son magistrales por supuesto, pero no la terminamos de entender. Propone Einstein un espacio curvo y cuatridimensional aparece el tiempo como variable adicional. Después de 1905, la gravedad no sería más una fuerza instantánea que nos hala o nos empuja como propone el mecanicismo dinámico de Newton, ahora es una distorsión espacio-tiempo. Es como si el espacio fuese un edredón perfectamente dispuesto sobre la cama y pusiéramos una bola de Bowling en el medio, este simplemente se deforma, si hay muchas pelotas de diferente peso dispuestas en uno u otro lado se establecerá algún equilibrio en esta maya geométrica, se produce una distorsión del espacio, que origina también dilatación del tiempo. Se produce un movimiento telúrico, una especie de Tsunami, el memorable aficionado al violín dirigía la orquesta, proponía ideas difíciles de digerir, que le tomarían tiempo a la comunidad científica para entender y demostrar. La ciencia evoluciona no solo apartando sombras, apartaba también la pugnacidad del pasado respecto a la verdad, a la verdad divina, interesadamente se rezagaba a un segundo lugar, posición que le permitiría crecer, y operar, el libre albedrio pues. Siguiendo la melodía del violinista, Plank enuncia la teoría cuántica; publica Plank: “la energía no es emitida en forma continua sino en cuantos”, es una llovizna de paqueticos, Lorentz con expresiones matemáticas expone como el tiempo y el espacio se contrae a medida que nos acercamos a la velocidad de la luz, Bohr anuncia que el átomo solo emite energía con los saltos de órbita de un electrón, pero además que este recorrido es impredecible, simplemente salta (salto cuántico), no hay un recorrido, desaparece de una órbita y se manifiesta en otra, lo que se demuestra con el experimento de la doble rendija, para que Heisenberg nos diera la posibilidad de acercarnos a alguna solución con ecuaciones matemáticas, “principio de la incertidumbre de Heisenberg”, es decir el electrón probablemente va a caer por aquí cuando salte, a lo que Einstein replica “Dios no juega a los dados”. Es una telenovela fantástica con un solo benefactor, la humanidad. Se inicia el reordenamiento del mundo sub-atómico, ya el núcleo del átomo no son solo protones y neutrones, se descubren partículas aun más pequeñas denominadas elementales. Protones y neutrones están formados por 3 Quarks, a los protones los mantiene unidos al núcleo del átomo un pegamento (gluones), aparecen los neutrinos, partículas que nos atraviesan todos los días por millones como si la materia fuese un espacio vacío, es un hecho la existencia de la partícula de dios o Bosones de Higgs que le dan masa a otras partículas elementales, siendo estas en sí mismas elementales. Se reconoce la materia oscura y la energía oscura y ambos fenómenos se destacan como el primer componente del universo, nadie los ha visto, no se tiene certeza de cómo son, sin embargo la experimentación y observación instrumental demuestran su existencia. En un esfuerzo por resolver cosas inexplicables, contradictorias o paradojas que crean las propias teorías, surgen propuestas fascinantes: La teoría de los multiversos, las supercuerdas, los agujeros de gusano. La fuerza ya no es lo que entendíamos, ahora se trata de “interacciones transmitidas por partículas”. Uno queda jadeando al observar como la ciencia escala a toda prisa lo que pareciera el “límite del conocimiento”; ¿pero es así realmente? Cuesta creerlo, parece una apuesta muy arriesgada hablar de límite. En una entrevista por demás amena y reveladora, realizada por Susan Kruglinski, al científico Murray Gell-Mann, el hombre que encontró los Quarks, nos narra porqué el nombre de estas partículas, dice ser un obsesivo de las palabras y tener una particular fascinación por las lenguas, historia natural y arqueología. Lo recuerda en sus palabras de esta manera: “Cuando tenía unos 5 [años], miré los libros de mi padre. Él tenía una importante biblioteca, una gran biblioteca. Y cuando llegaron los malos tiempos -la Depresión- tuvo que deshacerse de ellos cuando nos mudamos a un departamento pequeño. Debía remover el mobiliario. No podía venderlo, debía pagar para que lo sacaran. Le pagó a alguien cinco dólares para que se llevara la biblioteca. Desgarrador. Pero conservaba algunos libros, 50 libros o algo así. Uno de ellos era un libro que daba la etimología de las palabras en inglés tomadas del Griego o Latín. Así que aprendí todas estas raíces Griegas y Latinas y cómo habían formado las palabras en inglés. Era excitante. Eso me inició en la etimología, y la he amado desde entonces.” Así, el nombre de la partícula viene de un poema de James Joyce de quien Gell-Mann es fanático lector, titulado Finnegans Wake y de ahí el origen del nombre: “Three quarks for Muster Mark! Sure he has not got much of a bark And sure any he has it's all beside the mark.” Del libro Finnegans Wake de James Joyce Quark, es “el sonido que emite una gaviota”, graznido que ahora es reconocido como partícula, etimológicamente hablando. Gell-Mann logró plasmar la figura del Quark antes que este se manifestara, lo pudo predecir. Su huella quedaría fotografiada poco después en las paredes de un acelerador de partículas, con la misma silueta que había dibujado sobre un papel. Cuando su existencia fue incuestionable, comentó: “esta noche el mundo es mío”. Cuando le preguntan Gell-Mann como percibe la evolución de la ciencia comenta lo siguiente: “los experimentos que llevamos a cabo, es el equivalente a lanzar un piano por las escaleras, para tratar de descifrar que sonido emite cada tecla a medida que se deshace en la caída”, ilustración reveladora y complicada. Este científico que nos muestra su lado humano, curioso y bonachón parece visualizar un horizonte todavía lejano, nos sugiere que el sol está muy lejos del zenith de su recorrido, que la sombra que proyecta el gnomon es vasta y extensa. Como por arte de magia el universo va mostrando uno a uno sus misterios y pareciera que develarlos solo depende de la inteligencia humana, de lo que estemos dispuestos a ver o buscar. Creamos un sendero que muestra un horizonte prometedor para la ciencia, ¿pero es esto suficiente y necesario para llenar espacios que seguramente necesitan otros asideros? Una de las sensaciones más gratas que he experimentado desde muy corta edad es sentarme en la arena a la orilla del mar en un punto donde apenas me alcance el agua para mojarme los pies descalzos. Apreciar la fuerza de la marea, el aire puro y salado que llena mis pulmones que viene no sé de dónde. Es una experiencia simple y única, me recuerda que estoy vivo, que puedo acariciar el agua fría y las maravillas de la naturaleza, del planeta azul. Puedo imaginar a un individuo hace miles de años disfrutando de la misma sensación, el pedestal tecnológico en el que estamos parados y que actualmente nos hipnotiza no hace ninguna diferencia. Solo se trata en esencia de una vida humana y humanizada. La sombra con rostro de magia.
Visualizo a la magia como un saco repleto de cosas desconocidas, como aquel que lleva sobre el hombro San Nicolás cuando reparte juguetes en navidad. No podemos predecir qué lleva dentro, parecen sorpresas gratas, la sabiduría del personaje nos sugiere que en el interior del saco tiene lo indicado para cada quien, sin embargo siempre es una incógnita, entonces surge el dilema: ¿Quién espera lo inesperado? Lo inesperado tiene muchas caras, no lo podemos predecir, se presenta y ya, no lo podemos controlar y muchas veces no lo podemos explicar, hay oportunidades que es bien recibido, en otras no. Si lo analizamos desde el otro lado del espejo, podríamos afirmar que quien no busca lo inesperado jamás lo hallará, pues muchas veces es prácticamente imperceptible y detrás de lo inexplicable se puede hallar un mundo nuevo. La interpretación resulta paradójica, la racionalidad llama a evitar la incertidumbre y la curiosidad y la improvisación nos invita a arriesgarnos. Encontrarlo y resolverlo es cuestión de magia. Los más gratos recuerdos de la magia vienen de mi infancia, quedaba atónito cuando veía un espectáculo de magia donde un “mago” sacaba de su sombrero de copa un conejo que segundos antes estaba vacío, o cuando levitaba horizontalmente una hermosa dama ataviada con una maya muy ceñida al cuerpo para quien la fuerza de la gravedad solo intervenía sobre su larga cabellera que casi tocaba el suelo cuando quedaba suspendida a 1 metro de altura. Pasados unos añitos entiendo que no necesito sentarme en la butaca de un teatro para ser testigo de la magia, es algo cotidiano sin ser del todo evidente. Es una herencia esotérica, muchas veces la llamamos y hasta la necesitamos, es como soltar la razón y levitar para creer por un momento en lo misterioso y sobrenatural. No tiene un sustento filosófico, teológico o científico, aparentemente no la acompaña la razón, pero sigue tercamente presente. La historia nos muestra cómo la empírea fue perdiendo terreno, la alquimia se hizo química, el cirujano apartó al barbero y se especializó en la anatomía del hombre y la astrología se convirtió en astronomía, sin embargo todo parece indicar que las tablas astronómicas de Alfonzo X el Sabio siguen permeando nuestra realidad y a pesar de haber derivado en una ciencia exacta, la astrología está tan presente como antes. En épocas pasadas interpretar los códigos fugaces que estaban escritos en las estrellas era fundamental para tomar acciones y adelantarse a lo que estaba por venir, de estos dependía la paz y la guerra, la abundancia o la escases y hasta el ineludible destino de cada quien. El evangelio de Mateo nos alerta: «Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo ‘¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el Oriente y venimos a adorarle». (Mateo 2:1 1-12). En esta única mención, no se refiere Mateo a reyes, no se precisan sus nombres, ni cuántos eran, lo que sí queda claro es que seguían a una particular y novedosa estrella y de alguna manera habían interpretado su significado, eran los magos de las estrellas, eran astrólogos. En nuestros días la astrología tiene un abultado reconocimiento, no estoy seguro de cuánto ha cambiado la precisión de las predicciones respecto a los magos de oriente, o de los horóscopos que diseñaba Kepler apoyado en las tablas Alfonsinas. Lo cierto es que tienen la magia de atraparnos. Los cuatro elementos de Aristóteles: Tierra, aire, agua y fuego están todavía vigentes. Un compás de tiempo entre dos meses, con fecha de corte el día 20 de cada mes, nos ubica en uno de doce cuadrantes distribuidos en los cuatro elementos, gracias a lo cual un individuo puede ser amante apasionado, soñador, recio de carácter, equilibrado, terco, etc. Pero a los rasgos que heredamos de este cuadrante hay que agregarle otra variable: el día y la hora de nacimiento, denominado “ascendente”. El ascendente afecta, modifica un tanto la fórmula, es decir tienes las características de tu signo con unas gotas de otro. ¡Parece como un acto de alquimia, verdad! La cosa no termina aquí, en nuestros días de globalización se ha hecho presente el ancestral y respetado horóscopo chino. Con periodos de un año, se crean parcelas que simbolizan un animal, esto se repite en ciclos de doce años, que completa una granja parcelada por doce animales. Entonces, un individuo puede ser del signo Piscis, con ascendente Libra, en la parcela de la serpiente, casi colindando los linderos del caballo. Como si fuera un GPS, la astrología a través de zodiaco, según cuentan los entendidos, nos da las coordenadas espaciales de la genética conductual que el universo nos designó por obra y gracia de la mecánica celeste. Es mágico el asunto ¿no? Los más escépticos se tropiezan sin querer con las recomendaciones del horóscopo semanal o anual. Los astrólogos de nuestros días pueden predecir un accidente de tránsito, una entrevista de trabajo o el amor de nuestras vidas, siempre hay que estar alerta y receptivo, las estrellas lo anuncian. Aquí es cuando lo insólito se hace cotidiano. Abrazando al encanto del zodiaco, si una conversación entre dos se pone difícil, no hay mejor gancho que el horóscopo. Si nos paseamos por el clima, el tráfico o la dieta y muy a nuestro pesar la verborrea se agota, hay que acudir al lenguaje universal: ¿Qué signos eres tú?, creo que algún punto de coincidencia se puede encontrar. Alejándonos de las estrellas fijamos la mirada en la magia terrenalmente pura, la que mostró la escritora británica Joan Katlin Rowling en la extraordinaria saga de Harry Potter. Su obra se desarrolla en una escuela de magia, Hogwarts, en Gran Bretaña grupo de países considerados por muchos como el centro del movimiento esotérico occidental, el escudo que identifica su estirpe exhibe un unicornio, símbolo que no está envuelto en un discurso frondosamente patriótico, es puro, único y de carácter mitológico, Gales exhibe en su bandera local un dragón rojo, emblema de su linaje y lugar de origen del mago Merlín. Para emprender el viaje a la escuela de magia, es necesario traspasar a otra dimensión a un mundo paralelo e invisible, el mundo de la magia, similar a la teoría de los multiversos propuesta por Stephen Hawking, y, por supuesto, el que atraviesa el umbral es mago de nacimiento, es un individuo con poderes especiales. La obra de Rowling, está llena de pistas, de numerología, de iconografía, de magia, Las almas seleccionadas para asistir a Hogwarts una vez traspasada la otra dimensión deben abordar un tren rojo en un viaje de más de 7 horas hacia el norte, lo que insinúa las tierras altas de Escocia, cuna de leyendas esotéricas y la presencia del Fénix, tierra de duendes y dragones, de donde surgió el monstruo de Loch – Ness. Su obra repleta de compleja simbología, tiene la magia de transportarnos a otro mundo, a un mundo fantástico. El castillo donde habita el colegio está forrado por cuadros con personajes del más allá, seres ectoplasmáticas, fantasmas que no dan miedo, parecen más bien unos chismosos; tengo un especial interés por Sir Nicolas casi decapitado. A los mortales como el que escribe, nos llama Rowlling “Muggle” o profano o no iniciado. Propone un juego que conforma una especie de olimpiada colegial: Quidditch, donde nadie hace ejercicio, la competencia está diseñada por dos equipos de siete niños, todos cabalgando sobre escobas, es el medio de locomoción. El campo es una elipse, como el recorrido que describe la tierra alrededor del sol, se anotan diez puntos al pasar la pelota grande de color rojo por un aro, juego con coincidencias como la pelota maya, puedes seguir sumando al encestar las negras, pero el pleno de la ruleta está en una pequeña pelota metálica dorada con alas, esta se cotiza en 150 puntos, si atrapas a la esférica dorada el juego queda resuelto. Si algo está alejado de la aerodinámica en este mundo es una escoba, creo que es el instrumento más antiguo de la humanidad, casi puedo visualizar a algún personaje barriendo los restos de un mamut en una caverna no sé cuantos años antes de Cristo, además debe ser muy complicado cabalgar sobre una escoba , una dinámica seriamente difícil e incómoda, pero una pelota nerviosa y con alas ya es casi un despropósito, el encanto de la pelota está en la fuerza que le imprime el autor, en la patada, en el lanzamiento o en el batazo. Rowlling nos fascina y no deja espacio para el cuestionamiento, lo que sucede en Hogwarts no puede ser un punto de crítica o análisis, simplemente logra hacer magia en nuestra mente, recreando una realidad mucho mas fantástica de lo que pudiésemos imaginar en un mundo paralelo e invisible. El cosmos esotérico, nos mostró a principios del siglo XX a un misterioso personaje de la vida real, es el creador de la imprenta de la magia de hoy día. Nos legó un manuscrito incunable de hazañas, que fue escribiendo sobre las tablas de cientos de escenarios y en las mentes de su auditorio. El legendario Harry Houdini fue el ilusionista que forjó sobre su pseudónimo un personaje rodeado de misterio y de intriga. No solo entendió y desarrolló una extraordinaria habilidad para abrir complejos mecanismos de seguridad, cerraduras, candados o la forma de dislocarse un hombro para escapar de una camisa de fuerza. Todo aquello más que entrenamiento, práctica, habilidad, condiciones físicas, etc; me hace presumir la existencia de un ser espiritual abierto a la presencia de un mundo mucho más amplio que el enclavado en lo que llamamos realidad. Dejemos para la imaginación la posibilidad de que haya traspasado alguna dimensión que desconocemos. Su biografía habla de su mayor obsesión, establecer contacto con el mundo de los espíritus, le apremiaba hablar con su mamá fallecida, comunicarse con el espíritu de la divina raíz de su existencia. Después de acudir a los más prestigiosos espiritistas de la época, entendió decepcionado que estos ventrílocuos de dos dimensiones eran un fraude, a quienes llamó “traficantes de la inmortalidad”. Su tenacidad y enfoque le abrió todas las puertas físicas que encontró a su paso, sin embargo nunca encontró el modo de traspasar la frontera del más allá, estaba convencido que había una ruta, una puerta de enlace a la vida espiritual, idea que no abandonó hasta el final de sus días, el seria la prueba una vez traspasada esta línea, hablaría con su esposa a través de un código secreto de diez palabras que solo ella conocía. Pasados diez años Beatrice apagó la vela que había mantenido encendida junto a una fotografía de su esposo y dijo: “Diez años son suficientes para esperar por cualquier hombre”. Las estrellas, la palabra escrita y un hombre que dijo ser mago, nos abren la rendija de lo inexplicable, de interpretaciones y leyendas que parecen ciertas. Es como si de la mítica caja de pandora, se hubiesen escapado más que solo calamidades, también dones particulares para unos pocos benefactores. Cierre. En el dialogo del “mito de la caverna”, Platón imagina a un grupo de prisioneros atados en una caverna desde que nacieron, son felices no notan que están sujetos. La caverna les transmite sombras, como no han visto otra cosa, como no han tenido lenguaje que interprete lo que perciben, creen que eso es lo real. Están envueltos en una locura sensata. Un prisionero consigue liberarse de las cadenas, se escapa de aquellos que estaban atados al fondo de la caverna. Descubre que hay un sol, una luz, que hay otro mundo. En lugar de recrearse en su felicidad, en la luz del sol, de la naturaleza, piensa en sus compañeros que han quedado allí. Regresa poco a poco a la oscuridad para decirles que lo que están viviendo es falso, no es la realidad. Lo más sobrecogedor del mito es que no entienden, que no saben. Dicen, está loco, ha perdido el concepto de la realidad, de la sombra, él se ha perdido. Nos advierte Platón sobre la presencia de las sombras, sale al encuentro de la potencialidad humana, desinteresada, noble y bondadosa y recrea el rostro de una vida sin cadenas donde seguramente estarían presentes el espíritu, la ciencia y la magia. Quizás algún día, la ciencia haga la magia de explicarnos entre las muchas cosas que cuenta la Biblia el pasaje del génesis, donde nuestros padres espirituales primigenios, engañados por una serpiente violaron la prohibición del creador de comer una manzana y murieron a la vida humana. e
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jueves, 1 de abril de 2021
El Mundo y las Sombras
viernes, 8 de febrero de 2019
Al final del pavimento. Un tributo a la riqueza latinoamericana
“…me encontré con un anuncio inclinado por la fuerza
del viento con una
leyenda tan profética como metafórica: “Fin del pavimento”
Samuel B. Morales
Acabo
de cerrar el libro; leí la última página y la sensación de frescura me invade el espíritu y el corazón. Se trata de la
novela Al final del pavimiento escrita
por Samuel Bedrich Morales en 2018. Desde el título de su primer capítulo,
“Libertad” el lector entra en sintonía con esa sensación que nos acompaña, la
de ser libre a medida que avanzamos el camino de la vida.
Escrito en primera persona, la novela
narra el largo viaje que, desde Monterrey, México, rumbo a la Patagonia,
realizó su protagonista en motocicleta. Juan,
a secas, es el joven mexicano que a los treinta años, después de innumerables cambios
en su vida -mudanzas de casas, de empleos y de novias- decide hacer realidad ese
sueño. Como buen cartógrafo, dibujó en sus mapas rutas posibles que le permitirían
encontrar paisajes de una belleza
alucinada, enamorarse de ellos para, de nuevo, partir. Es el espíritu del
viajero por antonomasia: recorrer geografías nunca vistas, dialogar con sus
habitantes; abrir el espectro de un horizonte que se percibe infinito; ya no
hay límites y cada vez menos ataduras.
A lo largo de su travesía, el protagonista
se cruzó con muchos otros peregrinos que habían tomado la misma decisión:
salir, soltar amarras, abrazar el mundo. Es el caso de Lucio y Verena, una
pareja de italianos que habían salido de su tierra hacía 7 años y que Juan
conoció en uno de aquellos parajes de la larga Sur América. El narrador nos
relata:
Su
historia, por increíble que pareciera, era real y no eran semidioses del Olimpo
o de la Grecia antigua: eran una pareja de enamorados que habían decidido
soltar amarras y dejar su casa en el norte de Italia, comprando dos bicicletas.
También habían iniciado -al menos en eso nos parecíamos- por dejar su casa, su
cuadra, su ciudad y luego su país. Comenzaron enfilando hacia el este y nunca
más cambiaron de dirección: contaban historias increíbles y llevaban
diapositivas de película que presentaban en cuanto sitio podían, a manera de
trueque: por una noche de alojamiento, por una comida (2018: 149).
En sus presentaciones la pareja remataba la
experiencia con esta frase lapidaria: “Pero ninguno de esos lugares cuenta con
lo que tiene esta tienda de campaña: simpleza y paz” (2018: 150).
La novela está dividida en dos partes bien
diferenciadas. La primera posee un ritmo vertiginoso; inicia cuando el motorizado
cruza la frontera entre Perú y Chile, después de haber recorrido 13 mil
kilómetros. La adrenalina se convierte en la epidermis del discurso. Trayectos
interminables, inesperados accidentes de camino…había que superar la
inexperiencia y controlar la soledad. Este viaje, como su narrador lo indica,
fue, durante varios meses, un recorrido “en solitario”, un reto difícil de superar
para quien recorre esos kilómetros por primera vez. Cada capítulo ofrece un vaivén
de cronologías: llegada a las distintas fronteras, para que en el siguiente
volvamos a pasados cercanos, como sería el arranque de todo el periplo desde la
ciudad de Monterrey.
En la segunda parte cambia por completo el
ritmo de la narración. Se ubica en el presente de su protagonista. Los años han
pasado después de la gran odisea que fue aquel viaje y Juan vive en Oaxaca con
Mía, su pareja, una argentina que se gana el sustento haciendo malabares en las
esquinas de la ciudad. La cotidianidad de la vida de la pareja es el compás
rítmico de esta segunda parte donde también se relata, de forma paralela, el
final del viaje a la Patagonia, esta vez en compañía de Inés, hermana del
narrador, quien se acerca a Bariloche para continuar el camino juntos hasta Ushuaia
y protagonizar aventuras inesperadas: la ponchadura de una llanta en medio de
la nada en la llamada “Meseta de la muerte” los detiene inesperadamente. Juan
decide quedarse en el lugar mientras Inés busca en el pueblo más cercano ayuda para
reparar la llanta. Después de horas interminables, logran superar la
adversidad.
La construcción de los personajes, muy bien
lograda, va de la mano de idealizaciones, reflexiones y amables empatías. El
narrador describe a su pareja en estos términos:
Mía
fue como un ventarrón de enero en Oaxaca: entró por el este, pasó a través de
las ventanas desprevenidas, distraídas, abiertas y levantó todo lo que pendía
de pasadores, de hilo frágiles y de falsos paradigmas. El “huracán Mía” como
dio Juan en apodarla, desconfiguró todo a su paso: no había pieza del
apartamento en que no se notase su impronta. Al principio, Juan intentó
guarecerse en un rincón con sus libros; luego trató de salir al Café, pero se
dio cuenta de inmediato que ella le hacía falta…Más valía dejar de oponer
resistencia a las fuerzas de la naturaleza representadas en la mujer más
hermosa del mundo. Ya había tiempo de sacar el salvavidas y nadar en busca de
puerto seguro. (2018: 224)
La tónica del relato es de constante
reflexión. El viaje se convirtió en una trasformación interior. Las
experiencias asimiladas, el contacto con seres humanos diferentes cambian la
mirada del mundo en su protagonista. El narrador sintetiza el resultado de su
viaje hacia adentro cuando un buen amigo le cuestiona a su regreso: “Bueno,
Juan, y a todo esto, ¿qué trajiste el viaje?”. La respuesta, medita él, la
encontró varios días después: “No, no traje nada, Fer. O sí, pero eso no
importa. Lo que importa es el lastre que dejé: preocupaciones, miedos,
frustraciones, materialismo y ataduras. Todas esas se quedaron en el sur, se
las llevó el viento de la Patagonia” (2018: 352).
Los viajes que se realizan a plenitud, esto
es, en cercanía con la tierra, con otras geografías y en un sin número de
latitudes nos transforman, nos dejan ver en perspectiva que las gigantes rocas
de nuestras pesadillas, son, en realidad, minucias, polvillo de vientos que se
van. Ese final del pavimento podría ser la Ítaca de Ulises, el lugar anhelado
que está dentro de nosotros.
Si bien gran parte de la novela ha sido
ficcionalizada, de los grandes aciertos que poseen estas páginas es el elemento
biográfico: El autor logra transmitir sinestésicamente, y, a través de sus
pensamientos, qué es hacer un viaje, salir de ti, lanzarte al abismo de lo
desconocido.
La novela se convierte también en un
tributo a América Latina, recorrida de palmo a palmo, por zonas muchas veces
desdeñadas por los turistas que casi siempre ven al norte del continente como
el lugar de sus sueños. Y ese sur maravilloso, sigue siendo ignorado. Samuel B
Morales rescata en las páginas de su novela un mundo lleno de fascinación, de
sorpresas y de hallazgos interiores. El
autor del texto buscaba simplemente la aventura, pero se encuentra con la
riqueza cultural latinoamericana, y la magia de la vida de los pueblos indígenas
de América del Sur.
martes, 26 de enero de 2016
La historia de EL
Guadalupe I Carrillo
Dentro
del cine de Oro mexicano que se desarrolló en las décadas de los cuarenta y
cincuenta se filmó una película cuya raíz histórica es particularmente
interesante. Se trata de Él la
película dirigida por Luis Buñuel y cuyo guión no fue de su autoría sino que
procede del libro homónimo de la escritora Mercedes Pinto. De origen
español, Pinto le tocó vivir en Mallorca
en la época de la Dictadura de Primo de Rivera. La España dura, de mentalidad
retrógrada, que no admitía el divorcio y que imponía la religión y el
nacionalismo como los más altos baluartes. En esa época Mercedes Pinto se casa
con un hombre acaudalado, de grandes ambiciones. La había deslumbrado su
caballerosidad, su aplomo, la virilidad de sus pasos. Sin embargo ya en los
días de la luna de miel el hombre empezó a actuar con una agresividad inusitada
y una celopatía cabalgante se adueñó de todos los minutos de su vida. A partir
de ese momento la vida de Mercedes Pinto se convertiría en un tránsito
permanente al infierno.
Sin embargo durante años se impuso el
criterio conservador de aquellos que le aconsejaban lo que a casi todas las
mujeres se les pide: aguantar. Y lo hizo, tuvieron hijos y vivieron juntos por
algunos años, hasta que la violencia del marido lanzó zarpazos de odio,
golpeándola físicamente, amenazándola de muerte. Fue internado en un
siquiátrico del que salió meses después. Durante toda la experiencia vivida
Pinto decidió verbalizar lo que padecía y escribió este texto al que podríamos
calificar de testimonial en el que cuenta el horror que la acompañó por tanto
tiempo.
Su historia tuvo aún más avatares pues aún
casada con Él, aunque ya separada físicamente, le pidieron dictara una
conferencia en una institución hospitalaria y Pinto la intituló “El divorcio
como medida higiénica”. El escándalo no se hizo esperar y el mismísimo Primo de
Rivera la llamó a su riguroso despacho para comunicarle que debía salir
exiliada inmediatamente del país. Así lo hizo llevándose a sus hijos a Uruguay
donde vivió algunos años para después trasladarse a México. Es aquí donde
conoce a Buñuel quien se interesa vivamente en su historia y en el texto
escrito que había sido publicado en una sola oportunidad.
Del texto brota una voz femenina que con
languidez, con pesar ancestral y en un tono lírico de hermosa cadencia le habla
al dolor en estos términos: “Tú, dolor amigo, me has despertado violentamente
de mi plácido sueño juvenil, para poner ante mí
en las sordas negruras de la noche, cuadros mil de violencia y de furor”[1].
Es la introducción que ha titulado “Invitación al Dolor”. El cierre de esta
comenta cómo ha sido escrito el título
de la obra: “A manera de título, el manuscrito empezaba con esta palabra
escrita en color rojo, no sé si con tinta o con sangre”.
La lectura del texto nos muestra a una mujer
inteligente sumida en una tragedia personal de alcances épicos. La sensibilidad
se hace huella en las palabras, se asoma a cada página acompañada del
desconcierto que brotaba cada vez que ÉL era defendido por sus seres queridos.
Allí habla una intelectual, una madre y una esposa que ha sido secuestrada por
el desconcierto.
La película filmada en 1953 sigue el guió de
Mercedes Pinto, pero el foco que observa lo que ocurre le da un giro diferente. Nos encontramos ante una mirada masculina que
se detiene en el hombre enfermo. La denuncia de la agresividad del hombre se
hace manifiesta y el sufrimiento de la mujer también. Sin embargo ella,
protagonizada por Delia Garcés, una mujer cuya belleza y dulzura sobresalen, es encarnada desde la sumisión. Brilla su
rostro, sus maneras suaves, su delicadeza; pero el intelecto parece ausentarse
de las escenas. Se escapa la inteligencia que sí encontramos en el libro y la
voz, la masculinidad de Arturo de Córdova cubren la pantalla por completo.
Es una buena interpretación, las escenas de
violencia más fuertes son dosificadas e insinuadas por la cámara con respeto al
espectador y la genialidad de Buñuel se hace presente. No cabe duda. Pero quien
ha leído el testimonio escrito y ve la película echa de menos la representación
inteligente de una mujer cuya valentía cruzó el océano y cuya voz se hizo
escuchar por décadas y en cientos de lugares del planeta.
miércoles, 28 de enero de 2015
La ridícula idea de no volver a verte
Guadalupe
Carrillo Torea
Cuando
el duelo se hace presente, cuando reconocemos que está ahí, cubriéndonos de
pies a cabeza, entendemos en toda su amplitud títulos como el que preside este
texto. Se trata de una de las últimas publicaciones de la escritora española
Rosa Montero, un tributo a la vida y también a la muerte de seres entrañables.
La voz de Montero se siente desde el inicio templada por la honestidad y el
deseo de ser veraz en su dolor.
A raíz
de la muerte de su esposo Pablo –padeció un cáncer fulminante que acabó con su
vida en pocos meses- y como una
necesidad de entender la sensación pétrea de su pena, la escritora se planta
frente al papel rescatando su biografía y la de un personaje de dimensiones míticas:
la científica Marie Curie, descubridora del radio, del polonio y de la radiactividad. Montero desarrolla una
investigación documental de la vida y obra de Marie y se encuentra con un ser
excepcional que si bien dedicó su vida con energía titánica al trabajo
científico, dejó en su diario huellas que delatan a la mujer apasionada, a la
amante incansable y a la viuda que se hunde en el más profundo desconsuelo.
Con once años de casados, Pierre Curie
pierde la vida al ser arrollado por una carroza. Tenían dos hijas y la menor
apenas contaba con 14 meses. A partir de ese momento Marie, al igual que la
narradora, utiliza la palabra como la única ruta que la desplazará hacia un
lugar menos oscuro, para que ese grito interior no sea tan desgarrado.
La obra es pues un contrapunteo entre la vida
de Marie Curie, y el duelo de ambas. Hay una disección cuidadosa de todo
aquello que decora la palabra “duelo”: la incredulidad ante el dolor, la
sensación de orfandad, las culpas que laceran en el recuerdo de aquello que no
se hizo o que no se dijo, o el abrazo que no se dio. La muerte inesperada, la
muerte prematura, la muerte que no estaba en la bitácora de vida:
Uno
descubre que está jugando al escondite inglés cuando se le muere alguien
cercano que no debería haber muerto. Un fallecimiento intempestivo y fuera de
lugar, la Parca avanzando a toda velocidad a nuestras espaldas mientras no
miramos. Eso le sucedió a Marie: de pronto llegó corriendo la Muerte y plantó
su manaza amarilla sobre Pierre. Fue el 9 de abril de 1906. Llevaban once años
juntos. Él tenía 47, ella 38. (2013:110)
Rosa
Montero apuesta por un discurso híbrido donde lo biográfico, lo personal y
también lo histórico –sin dejar nunca el tono intimista de su vida y de la de
Marie- están presentes. Nos cuenta retazos de su conviviencia con Pablo, de la
muerte que llegó apresurada, del deterioro físico que hablaba del otro, del más
profundo:
Una
noche estábamos en el hospital, ya muy cerca del fin. Habíamos ingresado por
urgencias porque Pablo se encontraba violentamente agitado, confuso,
incoherente…Esa noche, muy tarde, tras suministrarle todo tipo de drogas,
consiguió quedarse tranquilo. Me incliné sobre él para comprobar que estaba
bien…Éramos los dos únicos habitantes del mundo y me parecía notar bajo los
pies la pesada y chirriante rotación del planeta. En ese momento Pablo abrió
los ojos y me miró. “¿Estás bien?”, susurré, aunque para entonces ya resultaba
prácticamente imposible hablar con él y trabucaba todo y decía esmeraldas cvuando quería decir médicos, por ejemplo. Y, en ese minuto
de serenidad perfecta, Pablo sonrió, una sonrisa hermosa y seductora; y con una
ternura absoluta, la mayor ternura con que jamás me habló, me dijo: “Mi perrita”.
Fue una palabra rebotada por su cerebro herido, una palabra espejo sacada de
otra parte, pero creo que es lo más hermoso
que me han dicho en mi vida. 2013: 118-119)
Montero
rescata la vida de Curie, en la que
sobresale como la mayor tragedia la muerte de Pierre, y de alguna manera la
utiliza como espejo de su duelo. Sin embargo la balanza se inclina sobre Curie,
dejando en la opacidad el drama personal de la escritora y más aún,
resguardando la intimidad de su vida con Pablo. Se percibe en ese gesto una
suerte de pudor del que emana una ternura intacta, intransferible.
Una lectura imprescindible para entender
cómo duelen las pérdidas genuinas y cómo, a pesar de nosotros mismo, la vida
sigue sin parar.
martes, 13 de enero de 2015
A Julio Scherer García, in memoria
Guadalupe I Carrillo Torea
La belleza del
lenguaje no será para la filigrana narcisista,
Sino para la precisión,
don supremo del periodismo escrito.
Julio Scherer
García
No
es hiperbólico decir que el reciente
fallecimiento de Julio Scherer García -periodista de larga data, director de la
Revista Proceso, entre otras- ha
cimbrado a la sociedad mexicana en su conjunto. Desde el espectro periodístico –que
era su epidermis-, pasando por los intelectuales comprometidos, y también el
pueblo llano que supo admirar su luminoso espíritu.
No hay queja posible cuando hablamos de la
muerte de quien vivió 88 largos y fecundos años; pero si ese alguien ha tenido
la altura de un titán y la coherencia como piel, es inevitable percibir la conciencia de haber perdido a un ser
irrepetible.
Reconozco sin falsa modestia que conocí en
profundidad la obra escrita de Don Julio Scherer. En este blog hay algunos
trabajos de análisis de varios de sus libros. Me hipnotizaba su prosa directa
que no perdía ni un ápice de belleza y, sobre todo, que traslucía una
sensibilidad arrolladora. Ahora que veo en fotos a ese hombre de gran altura,
grueso de cuerpo, de cara muy ancha, anticipo lo intimidante que podría
resultar una conversación con él, con su fuerte exigencia y su incapacidad de
usar eufemismos para nombrar lo bueno y lo malo, no solo de quienes lo
rodeaban, sino de sí mismo.
Leo los testimonios de tantos que lo
conocieron y convivieron con ese hombre en apariencia duro, pero dotado de la
virtud mayor: ver al hombre desde su humanidad y tratar de entenderla. Pero no
a cualquier hombre. Scherer García buscó a aquellos que habían caído en el
abismo de su miseria: los capos de los carteles, los sicarios, los niños y
adolescentes recluidos en cárceles para menores, las mujeres sumidas en el
mundo del narcotráfico... Habló con ellos, y hurgó en busca de sus almas. Quería
rescatarlos, traerlos a un espacio de luz.
El compromiso social y político
inquebrantable lo alcanzó hasta el final de sus días. La revista Proceso, que
fundó y dirigió por décadas, dedicó su último número a la memoria de Scherer
García. Ciento doce páginas de testimonios, de cartas de despedida; anécdotas
que retratan el temple del director, del periodista, el padre amoroso y el ser
humano que se enfrentaba a sus demonios sin temor. Uno de los artículos
publicados, escrito por Scherer García y titulado “Morir a tiempo” es una
desgarradora confesión del anciano que se reconoce frágil, a orillas de una
muerte que él mismo requiere imperiosamente.
Cuenta su tragedia personal y concluye con asombrosa honestidad: “Cuento
todo esto sin pesar. No me tengo lástima”.
Fui a comprar el número de Proceso con el
temor de que ya se hubiese agotado. Al acercarme pregunté al dueño, un señor de
unos sesenta años: ¿Tiene el último número de la Revista Proceso? Me contestó:
Sí, ahí abajo lo encuentra, es el último que me queda. Claro, respondí, como
está dedicado a Julio Scherer se habrá
vendido mucho. Sí, contestó con pesar; perdimos a un gigante, no habrá otro
como él. La convicción del vendedor de revistas me reveló, otra vez, la grandeza
de don Julio Scherer García; el pesar de su pérdida y el compromiso de continuar
tras sus pasos, siempre firmes, siempre honestos.
viernes, 14 de noviembre de 2014
ANCLAS DE LA INFANCIA
Guadalupe I Carrillo T
Esa
mañana en la que la rutina se adueñaba del día, recibí un whasaap de mi primo
Guillermo. El formato telegráfico del mensaje instantáneo nos ciñó a pocas
oraciones en las que compactábamos la alegría que se avecinaba. Guillermo me
auguraba una cercana visita a tierras mexicanas y una posible prolongación de
su estancia aquí.
El encuentro podría haberse quedado en la
intrascendencia familiar en la que dos primos hermanos vuelven a verse después
de una larga ausencia, pero no fue así. Habían transcurrido unos diez años
desde la última vez que lo había visto, en una rápida visita de no más de media
hora. En realidad, a excepción de la niñez, los tejidos de nuestras vidas
se bordaron a kilómetros de distancia;
en ciudades y países muy distantes, en intereses diferentes e historias de vida
independientes. Sin embargo, desde el momento en que nos vimos, supe que ese primo al que apenas había visto en
los últimos 30 años, era el hermano de la infancia, de aquel territorio común
al que asistimos como ciudadanos de honor un grupo de más de 20 primos.
La sensación de anclaje afectivo y de
empatía se instaló como un invitado más y ha estado presente desde entonces. Parecía
que nuestra última conversación había sido el día anterior. El tiempo que sana
heridas, también nos trae olvidos o indiferencia. No ocurrió así entre nosotros.
Los años se convirtieron en paréntesis porque el afecto, intacto, se había
actualizado.
Las coincidencias que se mueven a su ritmo,
en esta ocasión hicieron alarde de abundancia: de nuevo hace un mes a través
del whassaapp recibí varios mensajes de mi gran amiga Beatriz Virginia. Su hija
mayor está haciendo una especialidad en México y ella vendría a visitarla por
unas semanas. Quería que nos viéramos.
Nacer y crecer en una ciudad pequeña como
Valera, localizada en el Estado Trujillo, en Venezuela, te aporta la sensación de familiaridad continua. Sientes que el espacio
geográfico es una prolongación de tu casa, de tus afectos. A todos conoces, las
caras nunca son extrañas. En ese ambiente vi el rostro de Beatriz desde el
primer grado de primaria hasta el último del bachillerato. No solo era compañera
de escuela, era mi gran amiga en los años en que la despreocupación se erige
como bandera y las ganas de reír son consigna diaria. No entendíamos que en
realidad estábamos dibujando en nuestro
interior eso que se llama afecto
incondicional.
La elección profesional nos distanció físicamente:
otros lugares, otras rutas a seguir…esporádicamente coincidíamos en la ciudad,
pero siempre en visitas breves, con prisas.
La semana pasada recibí de nuevo un mensaje
suyo. Ya estaba en México y, por fin, el miércoles nos encontramos. Sé del
valor de la amistad, pero ahora podría levantar un monumento a ella, más aún cuando te encuentras con alguien a
quien quieres sin fisuras, y palpas en sus gestos el afecto irreversible. Es el
antídoto ante la desesperanza, es la ruta que te aleja de la desilusión.
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