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viernes, 16 de agosto de 2013

Aimé Césaire: Padecer la Xenofobia y transformarla


 Guadalupe Isabel Carrillo Torea



Igual que hay hombre_hiena y hombre_pantera

Yo seré un hombre_judío

un hombre_cafre

un hombre hindú de Calcuta

un hombre de Harlem_que_no_vota

el hombre_hambruna, el hombre_insulto, el hombre tortura podrían en cualquier momento agarrarlo, molerlo a golpes _matarlo sin más_sin tener que rendir cuentas a nadie, sin tener que excusar con nadie

Aimé Césaire


El fenómeno de la Xenofobia, de carácter mundial, lo vemos arraigado en algunos países más que en otros. La globalización y las migraciones masivas han permitido que el sentimiento de rechazo hacia el extranjero esté cada vez más generalizado o, también a la inversa, es decir, cuando el extranjero  se planta en otros países en actitud xenófaba hacia éste que visita. 

   Dentro de las muy variadas formas en que se manifiesta la xenofobia el racismo es una de las más duras pues es capaz no sólo de llegar a la agresión sino a la marginalidad sistemática del otro,  a la exclusión social y en consecuencia a desarraigos. Sin embargo la otra cara del fenómeno nos puede mostrar también lo de que Edgar Samuel Morales ha designado muy acertadamente como  la inversión de los estigmas (Morales Sales, 2000), esto es que aquello que nos hiere se convierta en nuestra identidad para ser mostrada con orgullo.

   Como expresión de vida la literatura ha registrado  el tópico desde diversos discursos. En el caso que nos ocupa tomo la obra poética de Aimé Césaire, escritor franco caribeño fallecido hace pocos años. Fue Césaire figura emblemática dentro del surrealismo francés de los años 30 y su obra Cuaderno de un retorno al país natal,  que es La Martinica, ha sido considerada un himno a la negritud, a la justicia  y un grito desgarrado que denuncia el racismo en su más cruel expresión la conquista y la esclavitud posterior. A propósito de la obra nos dice Philippe Ollé_Laprinne en un artículo publicado en la Revista Letras Libres en el 2003:

Este escritor francés del Caribe denunció la condición inaceptable del hombre negro explotado y humillado durante siglos. Pero también, a través de estos ataques virulentos, desarrolló un discurso que es un llamado a la dignidad y a la justicia para todos, con una sorprendente actualidad, como si precisamente el tiempo tuviera la virtud de recuperar el vigor del grito para darle mayor resonancia a las palabras del poeta.


   Se trata pues de un canto lírico con resonancias de crudeza y realidad, de solidaridad hacia la tierra y de aceptación de su negritud, concepto que el mismo poeta creara en 1935 en su revista  El estudiante negro  donde publicaban poetas en su mayoría venidos de las colonias de dominio francés. El poema fue publicado en París en 1939 en la revista Volonté pero de manera fragmentaria. Años más tarde lo publicaría en su totalidad en la revista Tropiques editada en la Martinica, de la que él fungía como director. El fortuito encuentro de André Bretón con el poema de Césaire en 1941 en la misma isla fue lo que produjo la proyección internacional del poema y de su autor que se convertiría en uno de los grandes del surrealismo., así lo afirma Miguel Ángel Flores en su artículo “El cuaderno de una vida en el país natal (Amié Césaire, 1913_2008)”  en la Revista Tiempo 22. Archipiélago.

   El poema expresa la inquietud de un hombre , de una comunidad, de un país que no se le había otorgado aún la posibilidad de manifestarse como tal. Esto fue durante muchos años el aliento de vida que mantuvo a las islas antillanas en pie de lucha. Alcanzar una identidad se convirtió en imperativo insoslayable por parte de intelectuales, políticos y artistas de origen caribeño.

   Aimé Césaire emplea las palabras aún no enunciadas y se convierte en portavoz no sólo de los habitantes de su Martinica natal, sino también de los negros de América y África. La cultura europea de la que se alimenta el poeta serán los elementos a través de los cuales va tejiendo su denuncia en la obra. Como bien apunta Miguel Ángel Flores “La lengua podía ser francesa pero debía ser tamizada por los matices que imponía el ámbito del Caribe”. También Agustín Bartha  en el prólogo a la obra de Césaire coincide con el crítico anterior y señala:


La palabra del poema era francesa, surrealista y africana, pero no se adhería completamente a ninguna de esas denominaciones. El poema sigue siendo dentro de la lírica moderna francesa un cuerpo extraño y duro, pero está por lo menos localizado…y se ve en su luz de lámpara enterrada en lo hondo de una gran herida (Bartha, Agustín, 1969: 9)


Es esa “gran herida” lo que nos interesa analizar ; ver el poema como un canto dolorido y a la vez jubiloso. La escritura habla de un mundo abyecto que se entrelaza con la hermosura de una naturaleza llena de vida y la herencia de los ancestros negros.  Miguel Ángel Flores comenta con acierto: “El ritmo del poema está marcado por el ruido de las lluvias y el soplo de los vientos, por los desplazamientos del mar y las voces de los ancestros que dieron nombre lo mismo a elementos naturales que a cantos del rito. (Flores, 2008: 22).

   Sumado al sentido temático de la exaltación de la belleza y el dolor encontramos el concepto de negritud  y de nacionalismo; todo ello se convierte en eje estructural del poema. La negritud se proyecta como  una fuente continua de sufrimiento que el yo poético proclama desde el inicio, extendiéndose a lo largo de todo el poema. Pero en su otra cara también se asume como el rescate de las tradiciones procedentes de África, la historia de la esclavitud, de las vejaciones  que ésta conlleva  y el acabamiento al que fue sumida la población.

   Como concepto teórico y bandera ideológica la negritud se convirtió en la sólida postura de quienes habían decidido dejar de lado la sumisión para sustituirla por la voluntad de renacer en una identidad que, aun siendo diferente, luchaba por su independencia y por el respeto debido a lo otro cercano a nosotros pero no por ello idéntico.

   Aimé Césaire mostrará en su obra una resemantización de lo que es la negritud como parte esencial del concepto de nacionalismo que se va construyendo en el poema. El sentido temático de la obra parte del  título: Cuaderno de un retorno al país natal; supone la vuelta de quien ha vivido alejado  de su patria y a cuyo regreso encontrará la infancia, y su raíz que está en la tierra y en las tradiciones centenarias a  las que siempre estuvo vinculado.

   El poema parte de una suerte de estribillo que se repite anafóricamente en el transcurso de  toda la obra; al comienzo  reiteradamente, después con espacios de mayor distancia. “Al final del amanecer” puede ser entendido denotativamente: el retorno culmina “al final del amanecer”. A su vez se transforma en el encuentro con un mundo que no vive en su amanecer.

   El hablante instala su discurso en un presente detenido; todo ocurre “al final del amanecer”. Se trata de memoria y anticipación. Existe un pasado en el recuerdo y un futuro que se desea y que se construye en el texto a manera de realidad. Combinando indistintamente la prosa y el verso libre  el poema se inicia a modo de conjuro: el hablante desea expulsar aquello que lo aleja de sus “profundidades” y dice: …vete, detesto a los lacayos del orden y a los abejorros de la esperanza, vete, mal amuleto, chinche de frailuco”(Césaire, 1969: 23).

   Si nos preguntamos  por la connotación a la que alude el yo lírico con expresiones como “mal amuleto” o “chinche frailuco”, veremos que la respuesta brotará líneas más adelante cuando el mismo yo revela: “eres tú, sucio odio”; la maldad, la tortura y las vejaciones se han ido convirtiendo en ese odio demoledor que se hunde en aquellos que han sido rechazados y maltratados.

   Una larga descripción de ese mundo invadido por la miseria conforman lo que es para el yo poético el objeto deseado. Lentamente el texto evoca geografías antillanas y territorios de mayor familiaridad para él hasta encontrar el hogar materno, vaciado por la pobreza:

…y eso forma pantanos de herrumbre en la pasta gris sórdida apestosa de la paja, y cuando el viento silba,  estas disparidades hacen extraño el ruido, como una crepitación de fritanga al principio, luego como un tizón que se sumerge en el agua con el humo de las ranitas que vuelan…Y el lecho de tablas de donde se ha levantado mi raza, toda mi raza de este lecho de tablas, con sus patas de caja de kerosene, como si el lecho tuviera elefantiasis (1969: 43)


   La descripción de lo local se amplía a la raza, humanizada como ese ser que “se levanta en un lecho de tablas”. La asociación hecha en el poema inicia en la tierra, pasa hacia la infancia del yo poético, al hogar ya perdido para, extensivamente, asemejarlo con toda la comunidad de su isla, o lo que es lo mismo, con su raza.

   A lo largo del poema el hablante ahonda en una alternancia entre su pasado (infancia que recuerda) y el presente (la experiencia que enfrenta) estableciendo la inevitable semejanza. En ambos persiste la atmósfera de desolación, se vive el sufrimiento y se padece la pobreza. Realidades que desea exhibir en su mayor crudeza. Sin embargo, junto a ellas, el yo se acerca a la naturaleza y, desde ella, inaugura el mundo a través de la palabra; Miguel Ángel Flores lo califica  como “lenguaje adánico”:

Volveré a hallar el secreto de las grandes comunicaciones y de las grandes combustiones. Diré tormenta. Diré río. Diré tornado. Diré hoja. Diré árbol. Seré mojado por todas las lluvias, humedecido por todos los rocíos. (Césaire, 1969: 47)

   Este mundo que se crea de nuevo constituye “la tierra donde todo es libre y fraternal, mi tierra”(1969: 49). En el poema se va cimentando un concepto distinto de la negritud. Salir de Europa es un imperativo, el yo desea volver, lleno de nostalgia, a encontrarse con su tierra pobre. Sólo desde ella podrá construir un discurso nuevo, que proviene del colonizado y que parte de su tierra, no de la lejanía. Por eso dice el poeta: “Abrázame sin temor… y si sólo sé hablar, hablaré para ti” (1969: 49).

   Con esta afirmación se abre un nuevo horizonte en el que el Yo lírico hace suya la tierra natal, la misma que los colonizadores consideraron “su propiedad”. La abraza con todo lo que es, sin excluir lo abyecto del presente y del pasado. Desde esa aceptación se actualiza una negritud que cobija no sólo al negro de Martinica o las Antillas, también a todos los diseminados por el mundo:

¡Y yo digo Burdeos y Nantes y Liverpool

y Nueva York y San Francisco

no hay un trozo de este mundo que no lleve

mi huella digital

y mi calcáneo sobre la espalda de los rascacielos

y mi mugre

en el centelleo de las gemas (1969: 59)


   El Yo lírico se define como hombre negro; esa identidad lo convierte en ciudadano del mundo. Con ello la negritud se convierte en condición universal. Al preguntarse por su identidad y la de su pueblo el yo responde llamándose “árbol” cuya raíz está en el suelo de su tierra. Se denomina a sí mismo “Congo” haciendo definitiva la identificación con la naturaleza:

                        ¿Quiénes y cuáles somos? ¡Admirable pregunta!

                        A fuerza de contemplar los árboles me he convertido en un árbol

y mis largos pies de árbol han cavado en el suelo

anchos sacos de veneno, altas ciudades de osamentas

a fuerza de pensar en el Congo

me he convertido en un Congo rumoroso

de bosques y de ríos

donde el látigo restalla como un gran estandarte

el estandarte del profeta (1969: 61)


   La descripción de su tierra interpela a todas las tierras en las que habita el hombre negro, la raza universal que subsiste y quiere superar su condición de inferioridad en la que ha sido instalada gracias a los colonialismos milenarios. Ajeno a cualquier idealización, los versos se convierten en un campo de batalla de la conciencia de quien escribe. Se sabe malo, pobre, se sabe hombre y gracias a esto se acepta y se ama en su realidad:


                        Y para mis danzas

                        Mis danzas del mal negro

                        Para mí mis danzas

                        La danza rompe_argolla

                        La danza salta_prisión

                        La danza es_hermoso_y _bueno_y_legítimo_ser_negro (1969: 127)


   El yo que se levanta y se califica de “hermoso” y “bueno” se ha distanciado del discurso del colonizador. Será el colonizado quien elabore un proyecto nuevo, desde su tierra, considerándolo as;i mismo “legítimo”.

   Edward Said en su ensayo Representar al colonizado (1996)  a propósito de la obra de Cuaderno…  insiste en que  la propuesta del libro se postula como un verdadero “desafío anti_imperialista”. Explica Said que tanto Césaire como Fanon estaban conscientes de la necesidad de que el nacionalismo hasta entonces asumido debía ampliarse , para que no se convirtiera en obstáculo para la liberación real de su raza. Concebir el nacionalismo desde el soporte teórico del colonizado los convierte en súbditos de aquellos que construyeron para el negro una identidad tan ajena a la tierra:

De hecho Fanon y Césaire _obviamente hablo de ellos como modelos_ cuestionan directamente el asunto de la identidad y del pensamiento identitario, ese convidado de piedra de la presente reflexión antropológica sobre la “otredad” y la “diferencia”. Lo que Fanon y Césaire exigían de sus propios partidarios, aún durante el calor de la lucha, era abandonar las ideas fijas de la identidad colonizada y la definición culturalmente autorizada. Ellos decían “sé tú mismo diferente para que tu destino  como pueblo colonizado pueda ser diferente”; de ahí  por qué  el nacionalismo a pesar de su obvia necesidad, es también el enemigo. (Said, 1996: 57)


    Lo dicho por Edwar Said fue justamente lo que expresó Césaire en Cuaderno…, convirtiendo la obra en un proyecto de singulares propuestas ideológicas e incluso étnicas. Se trata de una apuesta por la dignidad en un sentido de totalidad; ser hombre debería ser un concepto incluyente donde las razas se incorporen sin aspirar a la otredad que menciona Said. Amié Césaire, el más autorizado defensor de su raza nos dice en palabras subversivas y esperanzadoras: “Ninguna raza posee el monopolio de la belleza, de la inteligencia, de la fuerza, y hay lugar para todos en el encuentro de la conquista”.

El poema Cuaderno…fue la obra de mayor trascendencia escrita  por Aimé Césaire. La estructura del poema, el manejo de un lenguaje que pareciera moverse al ritmo de la naturaleza y de su amor hacia la raza negra lo dignifican y lo convierten en un hombre adelantado a su época. Nació y murió en La Martinica y desde ella mantuvo la coherencia de su pensamiento de apertura, sin dejar de lado el amor conmovido por su tierra. Así nos habla de sus anhelos:

                        Y yo busco para mi país no corazones de dátil, sino corazones de

Hombre que, para entrar en las ciudades de plata por la gran puerta trapezoidal, golpeen la sangre viril, y mis ojos barren mis kilómetros cuadrados de tierra paternal y enumero las llagas con una especie de júbilo y las hacino unas sobre otras como raras especies. (1969: 126)


   Ese fue el hombre que luchó en su tierra, desde su tierra y para su tierra que fue, en realidad, el mundo desgarrado que había que abrazar.









BIBLIOGRAFÍA


Césaire, Aimé. 1969. Cuaderno de  un retorno al país natal. Editorial Era. México. 129 Pp.


Morales Sales, Edgar Samuel. 2001. Estigmas sociales y nuevo orden en América Latina. Editorial UAEM. Toluca. México.


Said, Eward. 1996. Representar al colonizado. Editorial de Bolsillo.  México.



HEMEROGRAFÍA

Flores, Miguel Ángel. “El cuaderno de una vida en el país natal” . En la Revista Tiempo Archipiélago. México. 2008.

Ollé_Laprunne, Philippe.  “Amié Césaire”. En la Revista Letras Libres . 200

viernes, 17 de mayo de 2013

Huellas de la Xenofobia en algunas obras literarias en México


 

Guadalupe Isabel Carrillo T 

 

La Xenofobia suele ser percibida simplemente como el rechazo al extranjero por parte de la población de un país.  Generalmente se piensa que la xenofobia tiene como única manifestación la expresión de disgusto frente a los extranjeros que están de paso o que llegan a vivir a una nación, provenientes de otros países pero la realidad es que se trata de un fenómeno complejo que se concreta de muchas maneras; adopta formas variadas de expresión. En la ponencia reviso expresiones literarias en las que directa o tangencialmente se pueda percibir algún gesto de xenofobia interna o externa. De parte del extranjero hacia el nacional o de este con el que viene de fuera. Pues ambos casos son frecuentes.

 

    En la literatura no podría hablarse de una corriente de carácter xenófobo o, a la inversa, de un discurso que denuncie el fenómeno. En realidad encontramos tanto en poesía, en narrativa y en ensayos, expresiones que tangencialmente tocan el tópico. Según qué población hable de ello tendremos miradas desde distintos ángulos que nos permitirán hacernos una idea de conjunto más abarcadora. Así como se habla de literatura del exilio, no podría señalarse lo mismo en el caso de la Xenofobia.

 

   Los movimientos migratorios en México, aunque en ocasiones se presentaron masivamente, nunca desbordó –como ocurre hoy- la capacidad de recepción del país. Por ello podríamos establecer tres periodos de alta migración y  posterior producción literaria. Una primera la encontramos en la década de los cuarenta y aún de los cincuenta del siglo XX con la inmigración tanto de los Niños de Morelia como de los numerosos grupos de republicanos, muchos de ellos intelectuales de prestigio. Al respecto José Vicente Anaya apunta con precisión:

 

   “Entre los 20 mil asilados en México llegó un notable número de campesinos, obreros, artesanos, intelectuales, científicos, pedagogos y maestros de niveles medios  superiores. Más de cien intelectuales y científicos se incorporaron a las  universidades, centros de investigación y diferentes proyectos culturales.”[1]

 

   Entre los nombres representativos encontramos a Joaquín Xirau, María Zambrano, José Gaos que construyó el término “transtierro” para hablar de la condición de todos aquellos que, como él, se encontraban fuera de España. El transterrado es el que trajo consigo la tierra, por tanto no es el refugiado ni el exiliado.  El término acuñado por el filósofo apostaba por alentar en aquellos que ya habían construido hogares en estas tierras y aportaban al país, en este caso México, su trabajo y, en definitiva, su vida; un sentido de pertenencia que habían perdido al emigrar en condición de asilados a estas tierras.

 

   De los muchos refugiados encontramos los nombres  de 18 poetas, algunos de ellos aún adolescentes como es el caso de Tomás Segovia.  Se mencionan   entre otros a  Emilio Prados, Juan Larrea, Juan Gil-Albert, Lorenzo Varela, María Enciso, Juan José Domenchina, José Moreno Villa,  Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Ernestina de Champourcín, Enrique Díaz Canedo…y de las voces más escuchada y más representativa, el gran poeta León Felipe.

 

   Todos ellos desarrollaron una amplia producción literaria., con estilos y temáticas muy diferentes, en las que muchas veces está ausente la condición de exiliados. Sin embargo otros de forma directa o veladamente, levantan la voz para hablar de pérdidas, de derrotas; de sentimientos que emanan no sólo de su exilio sino del dolor por la tragedia que en ellos años vivía España.

 

   Si bien no hay expresiones  en la que se asomen quejas ante agresiones xenófobas, sí se expresa la terrible sensación de permanecer en lo ajeno,  en lo otro que no asumo como mío.  Uno de los poetas que con más insistencia expresa esta terrible pérdida en la que se ha sumido su vida es León Felipe. Su poema ¡Qué Lástima!, considerado de los iniciales, es uno de los más representativos:

 

¡Qué lástima

Que yo no pueda cantar a la usanza

De este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!

¡Qué lástima

que yo no pueda entonar con una voz engolada

esas brillantes romanza

a las glorias de la patria!

¡Qué lástima

que yo no tenga una patria!

Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa

desde una tierra a otra tierra, desde una raza

a otra raza

como pasan

Esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.

¡Qué lástima

que no tenga comarca

patria chica, tierra provinciana!

…...

Después... ya no he vuelto a echar el ancla,

y ninguna de estas tierras me levanta

ni me exalta

para poder cantar siempre en la misma tonada

al mismo río que pasa

rodando las mismas aguas,

al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.

¡Qué lástima

que yo no tenga una casa!

una casa solariega y blasonada,

una casa

en que guardara,

a más de otras cosas raras,

…….

¡Qué voy a cantar si soy un paria

que apenas tiene una capa!

 

¡Qué lástima

que no pudiendo cantar otras hazañas,

porque no tengo una patria,

ni una tierra provinciana,

ni una casa

solariega y blasonada,

ni el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla,

ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,

y soy un paria

que apenas tiene una capa...

venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia![2]

 

   Las carencias, los vacíos físicos se trasladan a lo familiar y lo personal. No hay patria, ni comarca, ni casa…y esta situación lo convierte, como él mismo anuncia, en “un paria”, esto es, en lo más bajo y lo más humillado.  Si bien el poema puede considerarse como inaugural de lo que será más adelante su vida.  El desarraigo lo invade todo. Aurora Arnaiz Amigo, doctora en derecho de origen español, en una conferencia suya titulada “Los Refugiados y el derecho” a propósito de León Felipe explica con serenidad:

 

   “…León Felipe, dijo de nosotros, lo que con tanto énfasis nos decíamos entonces republicanos españoles, que nosotros trajimos la voz. Nos dijo,, lo recuerdo, en una memorable velada, con esa voz que tenía, única. Nos lo dijo en una conferencia memorable en Bellas Artes: ¡Somos la voz, la voz ha venido con nosotros! El tiempo nos demostraría, que estos buenos deseos del gran y querido poeta no eran ciertos, porque la voz se quedó allá. Nosotros trajimos el eco, y por ello, al rebotar nuestra voz sobre los árboles, los muros, las calles, las casas, eran otros los sonidos lo que se nos devolvían, porque nosotros íbamos dejando de ser aquello que fuimos. Éramos otros, sin saberlo, o sin quererlo. ¿Qué éramos? ¿Qué somos?[3]

 

   Efectivamente, la sensación de desarraigo es una constante en la mayor parte de los intelectuales que permanecieron en México. El sentido identitario se busca incansablemente porque se sabe perdido irremediablemente.

 

   En otro tenor, no sin dejar de lamentar pérdidas y tristezas vemos a María Enciso con su poema “Madre América”; la gratitud de sentirse en tierra de adopción se deja ver en todo el poema. Transcribimos la última estrofa:

 

                        Yo hablo tu propio idioma; Madre América,

                        en lengua de tu pueblo he de cantarte,

cálido acento de cansadas sienes,

reclinadas en regazo suave,

los párpados clavados en los ojos,

agujas de dolor, cristal del aire,

Por la vida futura que forjamos,

has hecho tuyas nuestras soledades,

la amarga soledad del hombre libre,

que ha visto atrás su mundo derrumbarse.[4]

 

   Década de los Setenta: Suramérica mira hacia México

 

En la década de los setenta  estallan las dictaduras en gran parte de los países de Sur América. En el campo literario se sigue hablando de una literatura del exilio, del testimonio. Sin embargo encontraremos algunos autores que erradicados en México o utilizando al país como lugar de tránsito, escribieron sobre sus experiencias positivas o negativas dentro del territorio mexicano. Son los escritores argentinos, chilenos, uruguayos…que fueron expulsados de sus países y que permanecieron largo tiempo en México. Entre ellos encontramos a escritores como Alejandro Jodorowsky, chileno de origen judío, dedicado más que todo al teatro y a la cinematografía. El escritor vivió unos años en el país para radicarse más adelante en Europa.

 

   El argentino Juan Gelman, expulsado de su país en tiempos de la dictadura, ha desarrollado un prolífico trabajo intelectual, sobre todo en el género de la lírica.  Su experiencia biográfica, de trágicos alcances, hizo de su poesía un verbo desagarrado que invoca al dolor y la pérdida.  Su hijo y su nuera formaron parte del numeroso grupo de los desaparecidos.  Ella, embarazada, da a luz a  Macarena; la pequeña fue entregada a una familia en Uruguay.  Lo sorprendente, lo que nos lleva a entender cómo la realidad supera a cualquier ficción, ocurrió hace pocos años cuando la ya joven, nieta del poeta fue identificada y logró reunirse con su familia biológica. La añoranza y la pérdida sellan buena parte de su poesía. A continuación el poema “Mi Buenos Aires querido”:

 

                        Sentado al borde de una silla desfondada,

                        mareado, enfermo, casi vivo,

                        escribo versos previamente llorados

                        por la ciudad donde nací.

 

                        Hay que atraparlos, también aquí

                        nacieron hijos dulces míos

                        que entre tanto castigo te endulzan bellamente.

hay que aprender a resistir.

 

Ni a irse ni a quedarse,

a resistir,

aunque es seguro

que habrá más penas y olvido[5].

 

   El poema citado, perteneciente al poemario Gotán, fue escrito en 1968; época en que el mundo convulsionaba con lamentables sucesos como la matanza de Tlatelolco; el mayo francés y la guerra del Vietnam. Juan Gelman siempre ha escrito vinculando su poesía con una vida azarosa, de lucha política, pero más aún, de persecución y posterior exilio.  Miguel Correa Mujica, en su estudio “Juan Gelman y la nueva poesía hispanoamericana” [6]ubica al autor dentro de esa “poesía renovada” que parte de los sesenta y que se ha mantenido aún vigente. Es la llamada “nueva poesía” en la que lo cotidiano se entrelaza con lo humano: con el dolor y la ternura al mismo tiempo. El poema citado, con título de tango, alude también a la tradición, a lo popular, a lo de todos los días. La añoranza,  el dolor del exilio y de las pérdidas familiares serán el tenor de su poesía.

 

Si bien el poema citado no pertenece a su época de exilio en México, emula el tono y la línea que siempre ha caracterizado su poesía.

 

 

7.1  Roberto Bolaño: México en su narrativa

 

A pesar de su muerte prematura (2003, cuando tenía 50 años), Roberto Bolaño ha sido de los escritores más prolíficos en la narrativa latinoamericana.  Ya en 1968, su familia se traslada a vivir a México, aunque el escritor, joven e inquieto, regresa en 1973 a Chile para apoyar el movimiento de Salvador Allende.  En medio del caos de la caída del régimen es apresado durante 8 días.  Sale de Chile, visita El Salvador; allí tiene contacto con Roque Dalton y vuelve a México donde se instala por muchos años.

 

   Narrador y poeta, empieza su trayectoria creativa con la poesía.  Es fundador del movimiento llamado “Infrarealismo”, junto a otros nóveles poetas como Mario Santiago Papasquiaro o Rubén Medina; estos jóvenes  escriben contra el discurso oficial y contra los poetas considerados ya sagrados, como es el caso de Octavio Paz. Tratándose de un movimiento de vanguardia, el  lenguaje se muestra desgarrado, acercándose a un realismo hipertrofiado. Con los años el escritor se inclina más a la narración y se va alejando  del  estilo infrarealista.[7]

 

   La narrativa de Bolaño está absolutamente vinculada con su vida, también azarosa, y con los permanentes cambios a los que se sometió. Cambios geográficos, políticos y también literarios. Ciudad de México, Acapulco, Chihuahua, Sonora…la mayor parte del territorio mexicano se encuentra en los recorridos de las páginas del escritor. Desde la novela Los Detectives Salvajes (1998) que lo proyectó internacionalmente y que se desarrolla en buena medida en Ciudad de México y Sonora, hasta la póstuma e inacabada 2666, que ocurre en Santa Teresa, seudónimo de Chihuahua, pasando por numerosos cuentos.  México es el referente ineludible.  Es, además, el país con sus exteriores, las calles, los cafés, el desierto; pero también  el de los giros dialectales, el humor y la trampa; el de la pobreza y los feminicidios nunca resueltos.

 

   De los libros de cuentos publicados consideramos el más representativo  Putas asesinas (2001).  De los trece cuentos, cinco de ellos ocurren en México: “El Ojo Silva”, “Gómez Palacio”; “Últimos atardeceres en la tierra”; “Dentista” y “Carnet de Baile”.  Desde una postura completamente biográfica, a pesar de tratarse de ficción; la dominante argumental suele ser la historia del chileno radicado en México que se encuentra con otros paisanos dispuestos a luchar por un trabajo en el país o animados también a encontrarlos en otros continentes y dejar México. Así es “El Ojo Silva” a quien el protagonista, chileno, conoce en las calles del DF y que reencuentra en Bélgica, país al que ha ido el protagonista por alguna actividad de orden literario.  Casi siempre el amigo chileno cuenta historias de vivencias sórdidas en mundos grises, y acabados por la pobreza extrema…

 

  En  “Gómez Palacio”, el protagonista realiza largos traslados por el país hasta llegar al  pueblo llamado Gómez Palacio, ubicado en el norte, en el Estado de Chihuahua, adonde acude por una cita laboral.  Dará un taller de escritura a un reducido número de jóvenes que viven en ese lugar perdido del desierto norteño:

 

   “…Fui a Gómez Palacio en una de las peores épocas de mi vida. Tenía 23 años y sabía que mis días en México estaban contados. Mi amigo Montero, que trabajaba en Bellas Artes, me consiguió un trabajo en el taller de literatura de Gómez Palacio, una ciudad con un nombre horrible. EL empleo acarreaba una gira previa, digamos una forma agradable de entrar en materia, por los talleres que Bellas Artes tenía diseminados en aquella zona.  Primero unas vacaciones por el norte, me dijo Montero, luego te vas a trabajar a Gómez Palacio y te olvidas de todo. No sé por qué acepté. Sabía que bajo ninguna circunstancia me iba a quedar a vivir en Gómez Palacio, sabía que no iba a dirigir un taller de literatura en ningún pueblo perdido del norte de México…”[8]

 

   En general, el panorama que se le ofreció de la ciudad, del edificio de Bellas Artes y hasta de los alumnos y la directora era  desolador. El desierto vacío frente a él, el calor sofocante de aquellas zonas; la decrepitud de la arquitectura sin atención ni mantenimiento.  La directora –quien se encargaba de llevarlo y traerlo del taller al motel- representa el estereotipo de la mujer madura, casada pero viviendo la soledad de los matrimonios mal avenidos.  Así la describe el protagonista:

 

   “…Al principio los dos observábamos la carretera en silencio. Cuando dejamos atrás el motel ella se puso a hablar de su poesía, de su trabajo y de su poco comprensivo marido. Cuando se quedó sin palabras encendió el radiocassette y puso una cinta de una cantante de rancheras. Tenía una  voz triste que siempre iba un par de notas por delante de la orquesta. Soy su amiga, dijo la directora…”[9]

 

   También los alumnos viven en la precariedad.  Sólo hay cinco: uno trabajaba de obrero en una fábrica; otro era mesero en un restaurante; dos iban a la prepa y la única chica ni trabajaba ni estudiaba.  Más que una actitud xenófoba hacia el país que visita, el protagonista tiene una mirada crítica que se manifiesta no sólo en la selección del lugar –ese norte tan golpeado y abandonado- sino también por el tedio que cubre el ambiente y que pareciera que contagia a quienes permanecen en él. Hablamos de Xenofobia del extranjero hacia el país porque esta también sería una de las formas del fenómeno.

 

   “Últimos atardeceres en la tierra” es uno de los pocos cuentos en donde se manifiesta de manera más clara la xenofobia del mexicano hacia el extranjero y a la inversa; debido muchas veces a la incomprensión de las costumbres o de las maneras de tratarse unos y otros.  La veremos, pues, en diferentes formas y a través de diversos recursos estilísticos.  Si bien el narrador habla en tercera persona, el foco desde el cual mira es el de uno de los protagonistas: B y el padre de B, ambos chilenos. Así serán lacónicamente llamados ambos a lo largo de todo el relato, en clara alusión al apellido del autor.

 

    A través de B, que es un joven de unos 18 años con el que el padre puede compartir como si fuera un adulto de su edad, acudimos al viaje que hacen padre e hijo para el puerto de Acapulco.  La situación pareciera tranquila.  Un hotel de mediana calidad, salidas al mar, comidas, lecturas y algunos paseos.  Entre ellos a la tan famosa “Quebrada de la Virgen” donde los clavadistas diariamente dan muestras de su habilidad al lanzarse al mar.

 

   Sin embargo, será en este lugar donde arranca lo que más adelante se mostrará como gestos de clara xenofobia, que se puede interpretar de ambas partes, tanto de quien describe el lugar y lo que en él ocurre como de parte de los nativos. Al salir del restaurante que escogieron para ver el espectáculo se cruzan con un ex clavadista con el que dialogan hasta envolverse en una larga conversación que los lleva a irse juntos, B y su padre, con el ex clavadista:

 

   “…Sin saber cómo, de pronto B se encuentra caminando con su padre y con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado aparcado el Mustang y luego los tres se montan en el coche y B oye como si estuviera escuchando la radio las instrucciones que el ex clavadista le da a su padre. El coche durante un rato se desliza por la avenida Miguel Alemán, pero luego gira hacia el interior y pronto el paisaje de hoteles y restaurantes dedicados al turismo se transforma en un paisaje urbano ligeramente tropical. El coche sin embargo sigue subiendo, alejándose de la herradura dorada de Acapulco, internándose por calles mal asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a una especie de restaurante o más bien casa de comidas corridas en cuya acera polvorienta se detienen…”[10]

 

   La situación de encontrar a un lugareño dos extranjeros, da pie a que se adentren a aquellas zonas donde el turismo no tiene prácticamente cabida.  Sin embargo, la descripción anticipa la posibilidad de que en aquellas zonas también acampe la delincuencia y el abandono a la ciudad.     Días más tardes el ex clavadista busca al padre de B para que vayan juntos a tomar unas copas.  El lugar era un prostíbulo donde, además de haber mujeres, los hombres jugaban a las cartas.  B, que acompaña a su padre, se excede en la bebida y en el consumo de marihuana, “mota”, que las mujeres le ofrecen.  Su padre se sienta a jugar con el ex clavadista y con dos desconocidos.  Va ganando el padre, cuando la situación se enrarece.  Pero dejemos al narrador que nos cuente:

 

  El padre de B termina de contar su dinero y mira a los tres hombres que tiene enfrente y a la mujer vestida de blanco.  Bueno, caballeros, nosotros nos vamos, dice.  Hijo, ponte a mi lado, dice…Ahora vamos a salir, piensa B.  Los dos desconocidos se plantan interfiriendo el paso…No me estorbes, susurra su padre, y B tarda en comprender que le está hablando a él.  El ex clavadista se mete las manos en los bolsillos.  El desconocido vuelve a insultar al padre de B, lo insta a volver a la mesa, a volver a jugar. Ya no se juega más, dice el padre de B…Después su padre camina un poco encorvado hacia la salida y B le concede espacio suficiente para que se mueva a sus anchas.  Mañana nos iremos, mañana volveremos al DF, piensa B con alegría.  Comienzan a pelear.[11]

 

   Con este final abierto nos muestran un posible desenlace trágico en el que el padre de B se enfrentará en franca desventaja a los tres hombres con los que ha jugado por horas; a esto se añade, como indicio el título del cuento “últimos atardeceres en la tierra”.  Previo a la pelea, una de las mujeres advierte a B que algo malo va a ocurrirles, que mejor se fuera.  Es evidente que en el lugar las prácticas del juego y la posterior agresión hacia los desconocidos o en este caso, al extranjero, eran común en aquellos lugares semipúblicos.

 

    La extensión del relato,  en el que ocasionalmente aparecía el ex clavadista en busca del chileno que desea jugar, divertirse y estar con mujeres da muestras de un posible acuerdo previo con lugareños que deseaban sacar provecho del desconocimiento del extranjero de los lugares y las personas con las que se relacionaba.  Hay un claro mensaje de hostilidad  del acapulqueño –probablemente el padre de B moriría en el enfrentamiento- y una denuncia hacia el mexicano que ocasiona situaciones de ventajismo.  Digamos que la victimización del extranjero es manifiesta.

 

   El cuento “Dentista” se desarrolla en Irapuato. Sin embargo, en este caso el protagonista que va a visitar a un amigo en esta ciudad se asume como mexicano, no como extranjero.

 

   Más revelador y completamente autobiográfico será el cuento “Carnet de Baile”. En él,

el narrador protagonista, que no señala su nombre, habla de su experiencia familiar; de lecturas.  Señala la llegada de él y su familia en 1965; su regreso a Chile y su posterior encarcelamiento producto del estallido de la dictadura de Augusto Pinochet.  Sin embargo, el texto, en general, es más que un cuento; es una serie de remembranzas familiares y sociales.  Para dejar más claro el carácter híbrido del discurso, el autor enumera en apartados lo que está relatando hasta desembocar en reflexiones literarias sobre gustos de unos y otros –mexicanos y chilenos- y de las filiaciones que se tienen hacia los escritores o poetas consagrados: “Los poetas mexicanos de entonces que eran mis amigos con quienes compartía la bohemia y las lecturas, se dividían básicamente entre vallejianos y nerudianos. Yo era parriano en el vacío, sin la menor duda”[12] . Se trata, pues, de un discurso más reflexivo que narrativo, aunque ambos se entrelazan.

   Es difícil definir una prosa tan heterogénea como la que se ha publicado de Roberto Bolaño. La sensación de inacabamiento, de falta de revisión de los textos, muchas veces le dan al lector la sensación de encontrarse frente a un galimatías narrativo, donde algunos personajes entran en el argumento y desaparecen sin previo aviso, o historias muy diversas se entrelazan, como ocurre con la novela ya mencionada 2666, en cuyo prólogo el editor admite que el escritor había pensado que el documento fueran varias novelas, aunque la compactaron en una sola a petición del mismo editor y de la viuda de Bolaño.

 

    La lista de los numerosos escritores que estando en México hablan del país no termina, evidentemente, con Roberto Bolaño.  El tópico de la xenofobia se oculta o sencillamente se vela, pues en los claroscuros que nos conceden nuestras experiencias, permanecer en un país es muestra de que éste ha brindado acogida, abrigo y trabajo; ingredientes indispensables para permanecer en él y quererlo.

 

 



[1] Anaya, José Vicente: En la página web www.circuitodepoesia.com . “España, aparta de mí este cáliz. Poetas del exilio español en México. Revisado el 14 de marzo 2012.
[2] Cf: “La fiel Poesía de León Felipe”. La Jiribilla. Rodríguez Rivera, Gullermo. EN www.rebelion.org/noticia.php?id=33081. Consultado el 15 de marzo del 2012.
[3] “Los Refugiados y el derecho” Arnaiz Amigo, Aurora. En www.juridicas.unam . Consultado el 15 de marzo de 2012
[4] Cf: http://www.poema-de-amor.com.ar/mostrar-poema.pah?poema=5700 . Consultado el 16 de marzo de 2012
[5] Del poemario Gotán. Cf: www.sololiteratura.com/gel/gelpoelamento.htm . Consultado el 17 de marzo del 2012.
[6] Correa Mujica, Miguel.Cf: http://hometown.aol.com/correamcorrea/idex.html . Consultado el 17 de marzo del 2012.
[7] Cf: W http://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Bolaño . Consultado el 18 de marzo del 2012.
[8] Bolaño, Roberto. 2001. Putas Asesinas. Cuento: “Gómez Palacio”. Editorial Anagrama. Barcelona.
[9] Op. cit. Página 232
[10] Op cit. P. 250.
[11] Ídem. P.252.
[12] Op. cit. Página 401.