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viernes, 29 de julio de 2022

Temporal de Carmen Leonor Ferro. Una Antología Poética

 

 

GUADALUPE ISABEL CARRILLO TOREA


Foto Carmen Virginia Carrillo


 

 

Enunciar la vida a través de la palabra actualiza nuestro presente, nos permite asirlo y comprenderlo. Ese acto mágico pertenece al mundo de la literatura, pero sobre todo al de la poesía, al verso.

 

   Este año 2022 que transcurre y que nos deja de inevitable herencia de una pandemia aún en sus estertores, escritores y poetas se han dado a la tarea de reflexionar sobre nuestra realidad recientemente modificada y maltratada, no solo por enfermedades, reveses políticos, gobiernos malintencionados que expulsan a sus ciudadanos y, hoy, también, por guerras absurdas que habíamos pensado, eran ya anacrónicas.

 

   En ese tenor nos encontramos con la antología de poemas de Carmen Leonor Ferro titulada Temporal. Se trata de aproximadamente 82 poemas distribuidos en distintos poemarios ya publicados y algunos más, inéditos. Aborda distintos temas, todos de una actualidad aplastante. El primero de ellos y uno de los más recurrentes en la antología es la experiencia del exilio y de las implicaciones personales que esto conlleva.

 

   Carmen Leonor Ferro es venezolana de nacimiento. En 2005 se traslada a Italia, el país de sus ancestros y desde entonces habita esas tierras. El cambio geográfico va de la mano de la crisis política y ahora humanitaria que vive Venezuela  desde hace casi dos décadas y que ha obligado a millones de sus habitantes a emigrar forzosamente. Entre ellos se encuentra nuestra poeta que sale de su país y se enfrenta a vivencias difíciles de asimilar.

 

   El prólogo de la antología fue escrito magistralmente por Carmen Virginia Carrillo quien describe la acción liberadora de la poesía presente en los versos de Carmen Leonor. A propósito de sus poemas nos dice Carmen Virginia Carrillo:

 

Frente a la otredad -espacial, cultural y lingüística-, la poesía se convierte en el lugar del consuelo, el espacio que resguarda de la desgarradura del ser. Allí, el sentido de la pérdida y la carencia se resignifican y el poema se constituye en un horizonte de sentido en el cual se rescata la historia familiar y la pertenencia (página 8).

 

   Si bien sobresale en los poemas lo autobiográfico (qué percibe quien ha vivido el desarraigo, por ejemplo) esta experiencia se amplifica y adquiere un carácter colectivo que le otorgan a sus poemas un sentido de universalidad, de mirada compasiva hacia una humanidad afligida por los avatares de la historia personal y general.

 

   Sumado a las sensaciones de desarraigo y melancolía vemos que parte de la experiencia del exilio se une a la del viaje. Así encontramos el siguiente poema: “Esta vez es el barco/ mar congelado/del norte/ su capa fina de hielo/se quiebra/ a nuestro paso/ nos acompañan/aves que jamás hemos visto/ resisten la travesía/ mientras la nave se aleja desde el puerto/ aprendemos a despedirnos/ de los que hemos amado/ a sentir la compañía del agua/ como una salvación.” (página 19).

 

   La siguiente faceta del que se muda de geografía a otra que no es suya, podría ser aquella en la que, inevitablemente, debemos cambiar nuestro código lingüístico, como le ocurrió a la poeta en Italia. En el poemario “En subjuntivo” se reflexiona en torno a las dificultades que, por el idioma, padece el yo poético. Se habla del silencio en el que se ve atrapada y de la mudez afectiva a lo que esto deriva:

 

                  Ahora las palabras no llegan voluntariamente

                  como si se opusieran a mis invocaciones

                  una mudez que no busco

                  signan mis encuentros y mi propósito de escribir

                  y un vacío que no es inexpresión se impone

                  a mi necesidad de ordenar

 

   El yo poético humaniza movimientos lingüísticos descritos como herramientas para sobrevivir; así leemos que desea…”una gramática que me alivie/ más indiferenciada que exacta/ un alfabeto que me mantenga oscura/ pero que no me deje sola” (página 38).

 

   Como otra experiencia de radicalidad del extranjero Carmen Leonor va más allá  de lo cotidiano y enfrenta al lector a condiciones límites en las cuales el sucumbir lleva implícito el anonimato, como en el siguiente poema:  “La muerte del que está de paso/ no dice nada a nadie/ no cuenta/ su existencia analógica/ sus rastros no esclarecen/ cómo llegó/ de qué huía/ y por que se ha ido”. (página 46). Y al anonimato se une, inevitablemente, una memoria desgajada, informe, maltrecha: “La memoria viaja por terrenos baldíos/ husmea el polvo/ se detiene/ inesperadamente/ en algún punto/ revolotea/ como una mariposa/ tratando de cumplirse/ escapar de lo que no tiene forma” (página 55).

 

  

   Si bien en la selección de poemas encontramos más tópicos que se alejan de los recurrentes,  percibimos que el colofón de la antología es el padecimiento del COVID y las consecuencias que en lo individual y en lo colectivo este nos hizo padecer. Así leemos:

 

                  Corrían los días de reclusión,

                  más que nunca la muerte aparecía en todas partes

                  las ventanas inocentes ya no lo eran

                  cualquier intromisión del aire inquietaba,

                  eran días en que el orden suplantaba el deseo

                  y contar los pasos que había entre la cocina y el

                  pasillo

                  podía considerarse una noble actividad. (página 79)

 

   La pertinencia en lo temático de lo que hemos venido padeciendo lo ha rescatado Carmen Leonor con magistral tino. En sus versos percibimos una fusión de sensaciones y sentimientos contradictorios: la desgarradura junto a la nostalgia por lo perdido, lo entrañable que se convierte en consuelo dentro del corazón.

 

 

 

                 

                 

 

 

miércoles, 28 de agosto de 2013

EXILIO, MEMORIA Y TESTIMONIO: FORMAS DEL DESARRAIGO


                                                                         Guadalupe I Carrillo

La exclusión social y el desarraigo se han convertido en expresiones muy comunes  de los numerosos grupos humanos que desde hace décadas han tenido que trasladarse de sus países de origen por tiempo indefinido. Exclusión alude a marginalidad, a vida en los bordes, y su manifestación más concreta viene a ser la sensación de desarraigo, de un no-estar en ninguno de los lugares a los que se acude.

 

   La expresión exclusión social  se emplea en muchas actividades y es polivalente. Algunos autores sugieren que Max Weber ya la utilizaba para aludir particularmente al caso de los grupos humanos impedidos de acceder a la riqueza material. Para otros, la expresión se habría acuñado originalmente en Francia en 1974 para referirse a varias categorías de personas tildadas como “problemas sociales” y quienes no gozaban de la protección de la Seguridad Social. El término se refería a un proceso de desintegración en el sentido de una ruptura progresiva de las relaciones entre el individuo y la sociedad. El concepto es relativamente nuevo en los ambientes político y académico. Algunos autores como Peters (Peters, 1996: 35) insiste en que debe rechazarse incluso su empleo que califica de “altamente problemático”.

 

   En todo caso hay que observar que ser apartado de un grupo social al que se pretende pertenecer suele ocurrir cuando la gente sufre de una serie de problemas como el desempleo, la discriminación, el bajo desempeño, los problemas de salud, el rompimiento familiar o la intolerancia frente a sus ideas. Puede ocurrir igualmente como resultado de los problemas que una persona enfrenta durante su vida, transformándola de manera radical e imprimiéndole sellos indelebles.

  En las décadas de los años 60 y 70, en buena parte de los países Latinoamericanos, se posesionaron férreas dictaduras que se prolongarían por mucho tiempo.  La experiencia de represión  que se vivió especialmente en los países del cono sur y que llevaría a miles de chilenos, argentinos, uruguayos, a huir de su patria, dio pie a que surgieran relatos cuya temática central era narrar las experiencias de torturas y las persecuciones realizadas por los gobiernos dictatoriales. A estos relatos se le conocería como literatura testimonial; su génesis,  transformaciones y  matices han sido estudiados ampliamente por numerosos críticos e investigadores en las últimas décadas. Se ha puesto en discusión igualmente la pertinencia literaria de estos discursos que abundan tanto en la propuesta política, el apego a lo real y la denuncia como necesidad y meta última. Se ha hablado de su carácter transitorio por la desaparición física de dictadores y sistemas represores de evidente factura totalitaria; sin embargo nuestra propuesta pretende no sólo mostrar la vigencia de estos relatos, sino el sentido universal que ha adquirido, en este caso, el desarraigo  como forma cultural aún vigente.

 

   En nuestro trabajo pretendemos estudiar  la literatura testimonial  que se desarrolló en Chile a raíz del golpe militar de 1973 que generó no sólo la persecución, tortura y desaparición de miles de chilenos, sino también el exilio forzoso de intelectuales, académicos, políticos que desde los más distantes rincones del mundo alzaron la voz para contar sus experiencias y denunciar las atrocidades a las que habían sido sometidos.  María Teresa Cárdenas  en su ensayo “Literatura chilena del exilio. Rastros de una obra dispersa” da cuenta de la tesonera labor que escritores e intelectuales emprendieron a raíz de su destierro para contar las experiencias de torturas ya padecidas, así como de la manera en que el exilio había marcado sus vidas. Apunta la investigadora:

 

 Una cantidad aún indeterminada de poetas, narradores y dramaturgos –sin             distinción de edades, corriente literaria ni generación- vivió entre 1973 y 1990 la experiencia del destierro. Y si todavía no hay cifras oficiales respecto a las personas que sufrieron esta pena –ACNUR habló en algún momento de 500 mil- menos voluntad ha habido hasta ahora de contabilizar a los escritores. [1]

 

   Por otra parte, encontramos que Estela Aguirre, Sonia Chamorro y Carmen Correa diseñaron  una página web ( http://www.abacq.net/imagineria/009.htm) con la “bibliografía de libros y tesis escritos por chilenos desde el exilio, desde 1973 hasta 1989 en la que registran 1068 entradas de libros publicados en 37 países de diversos continentes”. También se fundaron revistas como Araucaria, en 1977 por  Carlos Orellana; durante doce años  se publicarían 48 números. Literatura Chilena del Exilio, otro de los referentes hemerográficos de la diáspora chilena,  inició las publicaciones en 1977 de la mano de Fernando Alegría y David Valjalo como responsables. Cuatro años después la revista cambió el nombre a “Literatura chilena. Creación y crítica”, con dirección colegiada de Guillermo Araya, Armando Cassígoli y el mismo Valjalo. En 1989 se habían publicado 50 números[2]. La revista Lar fue fundada en Madrid por el poeta Omar Lara. Entre 1981 a 1983 se editaron tres números. En 1984 Lara regresa y continúa la publicación de la revista en la ciudad de Concepción.[3]

 

   Una producción tan amplia no sólo da cuenta de la importancia que la temática posee; sobre todo nos muestra de qué manera la salida forzosa de la patria establece una condición interior devastadora. M. Edurne Portela en su artículo “Cicatrices de un trauma: cuerpo, exilio y memoria en Una sola muerte numerosa de Nora Strejilevich” puntualiza, a propósito de la experiencia Argentina de la dictadura:

 

En realidad, el exilio no es un paréntesis en la vida del sujeto, sino la   prolongación de un trauma que comienza con la violencia que impulsa al desarraigo y continúa de por vida. Un exiliado, si vuelve a su país lo hace como “des-exiliado” o “pos-exiliado” indeleblemente marcado por el trauma de la partida inevitable del país de origen, el miedo durante el periplo que lo lleva a un nuevo país, el desarraigo de encontrarse en un espacio desconocido y en muchas ocasiones poco receptivo, y el desconcierto de volver a un país de origen que ya no reconoce como propio y que ha sido, como Argentina fue,  devastado por la violencia de estado, la corrupción y las prácticas de desmemoria.[4]

 

 La experiencia del exilio tiene su expresión más nítida en la sensación de desarraigo como esa “geografía del no-lugar”, del desplazamiento permanente, de la incomodidad asumida como tesitura.

 

Cronología y diseños

Las circunstancias geográficas, físicas e, incluso, biográficas en las que se gesta la literatura testimonial constituyen su mayor definición. Como bien señaló Samuel- Muñoz, ésta expresión literaria “nace en la montaña, en el exilio, la clandestinidad, para informar las vejaciones” pues contarlas “implica la necesidad de rescatar la dignidad a través de la escritura” (Samuel- Muñoz, 1993: 500).

 

   La dictadura impuesta en septiembre de 1973 en Chile es el inicio de la prolífica producción testimonial. Si bien existen registros de discursos testimoniales de principios de siglo o de años anteriores a esta fecha, lo más representativo de la producción literaria chilena, lo que se transforma en una suerte de obsesión tanto para escritores e intelectuales sería, en exclusiva, el discurso testimonial con características bien definidas. Rossana Nogal en su ensayo “La escritura testimonial chilena. Una cartografía de la memoria” puntualiza tres rasgos fundamentales de lo que designa “género testimonial”: “a) La convicción de que la voz se ejerce desde una coyuntura dramática de la historia; b) Un discurso organizado por un sujeto que es a la vez testigo y actor de los hechos y c) la voluntad de hablar no contra otro discurso, sino contra el silencio de una de las versiones del conflicto.”[5] Efectivamente, la voz que narra es un yo testigo y víctima de lo que cuenta en un presente que mantiene los hechos en permanente actualización. Sin embargo, si bien la primera persona es prácticamente una constante en este tipo de relatos, ella puede ser sustituida por la voz de un escritor designado que asume la mirada y las percepciones del narrador nominal. Entre los escritores que así lo diseñan tenemos los ejemplos de  Miguel Barnet, antropólogo cubano, figura señera del estudio y tipificación de la literatura testimonial, quien publicó en 1966 la obra paradigmática Biografía de un cimarrón en la que rescata el testimonio del esclavo Esteban Montejo; Barnet asume la voz de Montejo y desde ella desarrolla todo el relato. Recordemos también el caso de la obra de Gabriel García Márquez La aventura de Miguel Litín clandestino en Chile, publicada en 1986 por la editorial Oveja Negra. El libro, que se propone como una crónica de viaje, explica detalladamente el periplo del director cinematográfico Miguel Litín en Chile, que se introduce en el país con pasaporte falso para filmar un documental que mostrará al país sumido en una dictadura ya decantada. García Márquez toma la voz de Litín, en una primera persona a través de la que se esconde el escritor para mimetizarse en la persona del director de cine.

 

   Esa presencia del yo en el discurso acentúa el carácter subjetivo y, por tanto, selectivo de quien habla, llevándonos a entender que la memoria como recurso narratológico juega un papel protagónico en la organización argumental. Si bien el acento en la denuncia lleva consigo el tono  político de los relatos y su apego a lo real, al modo de crónicas, lo perfilaría en la categoría de documento por la aparente ausencia de ficción; es evidente que el ejercicio evocador permite que la elaboración discursiva cuente con un diseño estético en el que el sentido contestatario de la mayoría de los relatos, abre la posibilidad de acudir a recursos considerados prosaicos y exentos del canon literario.      Igualmente dio pie a que se impusiera la discusión de la pertinencia del género como categoría necesaria en la literatura. Muchos de ellos, entre los que se encuentra Hugo Achurar,  hablan de una suerte de literatura ancialar,  ya clasificada en esos términos por Jorge Narváez; la subordinación que designa el término no desmerece, desde mi punto de vista, la calidad literaria. Habría, sin embargo, que definir con claridad los registros a través de los cuales estos discursos se construyen, identificando la validez de elementos antes excluidos del diseño artístico.

   Los primeros estudios buscaron la caracterización estética que permitiese incorporarlo al canon literario de la época. Jorge Narváez en su ensayo “El testimonio 1972-1982. Transformaciones en el sistema literario” (1986) pretendió matizar la diferencia entre lo testimonial de los textos calificados con anterioridad como memorias o autobiografías. Narváez, sin embargo, ve en el discurso testimonial un sentido de indefinición producto de la hibridez que lo caracteriza. Por ello prefiere identificar a éstos como “textos documentales” en el sentido de que constantemente hacen “referencia a la realidad” (1988:17).

 

   Juan Armando Epple, Bernardo Subercaseaux serían algunos de los estudiosos que, junto a Narváez, intentaron establecer estructuras, metodologías y caracterizaciones genéricas que permitieran ubicar claramente esta literatura testimonial. De las mejores reflexiones que se desarrollan con el ánimo de “canonizar” a la literatura testimonial encontramos el ensayo de Jaime Concha “Testimonios de la lucha antifascista” publicado en Araucaria de Chile en 1978 quien vincula estos discursos anti dictatoriales con rasgos comunes esbozados por Pablo Neruda en su Canto General. Compara estos relatos que se enfocan en la denuncia con textos de la tradición literaria más aplaudida como sería El Facundo de Sarmiento; el interés de Concha, por último, viene a ser el de mantener el discurso testimonial como expresión literaria aunque sea clasificada como esa literatura ancilar de la que había hablado Narváez. Así mismo excluye su carácter documental pues los textos son el producto de declaraciones que realiza el sujeto, testigo y víctima de eventos represores, en las que no se encuentra una previa investigación, ni selección de citas o de material bibliográfico. Es la experiencia personal que no excluye ideologías ni demandas y que pretende manifestarse a través del lenguaje. Uno de los ejemplos más célebres es la obra Tejas Verdes. Diario de un campo de Concentración en Chile de Hernán Valdés publicado en 1974 por la Editorial Ariel en Barcelona. En un presente aterrador y a modo de diario, el autor nos cuenta la experiencia padecida en uno de los campos de concentración más famosos de la época.  El tono testimonial en el que se explica detalladamente lo que va ocurriendo, construye un discurso en el que el cuerpo se convierte en sinécdoque de sí mismo y de una colectividad que está sufriendo las atrocidades. Así leemos:

 

Siento pena de mi cuerpo. Este cuerpo  va a ser torturado, es idiota. Y, sin embargo es así, no existe ningún recurso nacional para evitarlo. Entiendo la necesidad de este capuchón: no será una persona, no tendré expresiones. Seré sólo un cuerpo, un bulto, se entenderán sólo con él. Pasa mucho tiempo y no me atrevo a cambiar de sitio ni menos a sentarme en el piso. Afuera, por momentos hay un completo silencio. Doy puntapiés en el aire para secarme los pies. Me cuesta mucho respirar a través del saco. (1974: 17)

 

   Ese cuerpo que será torturado de manera casi inmediata a las líneas precedentes se convierte en el centro de atención del yo que, con lucidez -casi podríamos decir- aplastante rememora cada detalle del infierno que vivió en aquellos días:

 

Uno de ellos se aproxima a mí, coge dos puntas de la capucha y hace un nudo fuertísimo sobre el puente de mi nariz, de modo que la mitad de la cara queda descubierta para ellos. Otro me enrosca un cable en cada uno de los dedos gordos de mis pies mojados. Hay un brevísimo silencio y luego siento un cosquilleo eléctrico que me sube hasta las rodillas. Grito, más que nada por temor. Me insultan, como escandalizados de mi delicadeza. Siento un desplazamiento de aire al lado mío y alguien me da, con toda la fuerza de que es capaz un brazo, un puñete en la boca del estómago. Es como si me cortaran en dos. Durante fracciones de segundo pierdo la conciencia. Me recobro porque estoy a punto de asfixiarme. Alguien me fricciona violentamente sobre el corazón. Pero yo, como había oído decir, lo siento en la boca, escapándoseme. Comienzo a respirar con la boca, a una velocidad endiablada. No encuentro el aire. El pecho me salta, las costillas son como una reja que me oprime. No queda nada de mí sino esta avidez histérica de mi pecho por tragar aire. (1974: 18).

 

   El énfasis en la detallada descripción de sus torturas puede entenderse, según lo plantea Elaine Scarry en su conocida obra The Body in Pain (1985), como la necesidad que tiene el torturado de recuperar su mundo, perdido en la experiencia de la tortura. Para Scarry la persona torturada es solo cuerpo, cuando éste es agredido el sujeto pierde toda voz, borrándose la referencia de su mundo. La única posibilidad de reconstruirlo es mediante la confesión de lo que padeció; es la única manera de recobrar su condición de persona. Por ello el acto testimonial es el único recurso para rediseñar la vida. El encierro, el silencio y el contacto solidario con sus compañeros dan una visión de conjunto muy nítida sobre la vida en los campos de concentración.

 

   Una de las condiciones que acompaña a la literatura testimonial es la diversidad de criterios con los que se conciben los discursos. El recurso del diario que acabamos de ver en Valdés difiere enormemente en escritores como Fernando Alegría que no fue encarcelado pero tuvo que salir del país para vivir el resto de su vida fuera de Chile. En su obra El paso de los ganzos mezcla estilos tan disímiles como el reportaje, las memorias, entrevistas, textos líricos. El libro de Luis Corvalán Algo de mi vida se ha emparentado más con la tradición memorialista chilena.

 

   Prisión en Chile de Alejandro Witker, Jamás de rodillas de Rodrigo Rojas, Cerco de Púas de Aníbal Quijada, Testimonio de Jorge Montealegre, entre otras son agrupadas como claramente testimoniales, aún cuando cada una de ellas posee características propias que las singularizan. El común denominador de las mismas es “el carácter de urgencia y denuncia; dar cuenta de los sucesos ocurridos durante la represión y sus consecuencias inmediatas, en un lenguaje transparente, más cercano a la crónica que a la ficción”.[6]

 

   A las experiencias de tortura se suma una temática testimonial que habla de la impotencia experimentada por todos aquellos chilenos que viven en un exilio que se prolonga por décadas, dentro de las cuales nacen y crecen sus hijos. Ellos mientras tanto, reflexionan sobre el destino de su patria y de sí mismos. Entre estas obras están los títulos de Fernando Alegría Una especie de Memoria, El libro negro del imperialismo en Chile, de Armando Uribe y Diario del doble exilio de Osvaldo Rodríguez.

 

   En una segunda etapa la literatura testimonial da paso a la reelaboración de discursos en los que lo ficcional juega un papel más protagónico. Es la memoria que recrea lo pasado y explica el presente del exilio. Entre los títulos representativos estarían las obras de Carlos Cerda: la novela  Morir en Berlín (1993) o Escrito con L (2001), reunión de siete relatos agrupados en torno al recuerdo de la letra L grabada en el pasaporte de aquellos exiliados con prohibición de regresar a su país. En ambos libros se escucha la voz desde un inevitable desarraigo.

 

   Isabel Allende ha sido otra de las escritoras con fama internacional que a través de sus novelas recrea tanto los días del golpe militar como la experiencia posterior de los exiliados, de los fantasmas que los rodean, del inevitable aguijón del desarraigo, como ocurre en su célebre novela La casa de los espíritus publicada en 1989. En su libro de cuentos Eva Luna publicado por primera vez en 1989, encontramos, entre otros, el relato “Lo más olvidado del olvido” donde sus protagonistas, en permanente desarraigo, reviven la experiencia de la tortura, convertida en parte de ellos mismos:

 

Se tendieron  lado a lado, tomados de la mano, y hablaron  de sus vidas en ese país donde se encontraban por casualidad, un lugar verde y generoso donde sin embargo siempre serían forasteros. ÉL pensó en vestirse y decirle adiós, antes de que la tarántula de sus pesadillas les envenenara el aire, pero la vio joven y vulnerable y quiso ser su amigo…ella se levantó a cerrar la ventana, imaginando que la oscuridad podía ayudarlos a recuperar las ganas de estar juntos y el deseo de abrazarse. Pero no fue así, él necesitaba ese retazo de luz de la calle, porque si no se sentía atrapado de nuevo en el abismo de los noventa centímetros sin tiempo de la celda, fermentando en sus propios excrementos, demente. Deja abierta la cortina, quiero mirarte, le mintió, porque no se atrevió a confiarle su terror de la noche, cuando lo agobiaban de nuevo la sed, la venda apretada a la cabeza como una corona de clavos, las visiones de cavernas y el asalto de tantos fantasmas…El hombre oyó crecer el silencio en su interior, supo que se le quebraba el alma, como tantas veces le ocurriera antes, y dejó de luchar, soltando el último asidero al presente, echándose a rodar por un despeñadero inacabable. Sintió las correas incrustadas en los tobillos y en las muñecas, la descarga brutal, los tendones rotos, las voces insultando, exigiendo nombres, los gritos inolvidables de Ana supliciada a su lado y de los otros, colgados de los brazos en el patio. ((1989) 2007: 145-146).

 

   En los relatos autobiográficos de Isabel Allende el exilio como forma de vida es recurrente; el interés por su país, a lo lejos, establece un tono discursivo que va de la nostalgia a la crítica lúcida. Así lo vemos en su obra Mi país inventado (2003) en la que extiende una mirada al Chile de sus recuerdos y al país actual que arrastra vicios ancestrales, mezclados con virtudes o costumbre posteriores a la dictadura. 

 

   Títulos como Viudas (1987) de Ariel Dorfman, No pasó nada y otros relatos  (1985) de Antonio Skármeta, Frente a un hombre armado (1981) de Mauricio Wacquez o Casa de campo  (1978) de José Donoso se revelan como discursos más metafóricos, en los que se pretende entender la nueva tesitura estética adquirida en el exilio.

 

   Aunque en Chile se practica la democrática desde hace décadas y la muerte de Augusto Pinochet pareciera haberse llevado consigo buena parte del ahora fantasmal mundo de la dictadura, el tema mantiene una innegable pertinencia sostenida por el genocidio perpetrado sistemáticamente en aquellos años. Muchos de los exiliados regresaron a su país transitoriamente; el desarraigo padecido los había marcado de forma definitiva. Chile no era el que habían abandonado.

  
Nota: Este artículo fue publicado como Capítulo de Libro en La Nueva nao: De Formosa a América Latina. Intercambios culturales, económicos y políticos entre vecinos distantes. Universidad de Tmkang, Taipéi, 2008.
  

BIBLIOGRAFÍA

Allende, Isabel. (1989) 2007. Cuentos de Eva Luna. Editorial de Bolsillo. México

Narváez, Jorge. 1986. “El testimonio 1972-1982. Transformaciones en el sistema literario”. Testimonio y Literatura. Editorial René Jara y Hernán Vidal. Minneapolis. Minesota.235-302.

Scarry, Elaine. The body in  Pain. Nueva York y Oxford. Oxford UP.1985.

Valdés, Hernán. 1974. Tejas Verdes. Diario de un campo de concentración en Chile. Editorial Ariel. Barcelona.

 

 

HEMEROGRAFÍA

Concha, Jaime. 1978. “Testimonios de la lucha antifascista”. En Araucaria 4.129-46

 

 

 

 

 

 

 




[1] Cádenas, María Teresa, en la página web http://chile.exilio.free.fr/chap=3f.htm
[2] Idem.
[3] Datos extraídos de la página Web “Memoria Chilena. Literatura Chilena en el exilio (1973-1985).
[4] Edurne Portela, M: “Cicatrices del Trauma: Cuerpo, exilio y memoria en Una sola muerte numerosa de Nora Strejilevich. Revista Iberoamericana. Vol LXXIV, Núm. 222, Enero-Marzo 2008, Páginas 71-84.
[5] Noffal, Rossana: “La escritura testimonial chilena. Una cartografía de la memoria”.En la revista “Espectáculo”. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid. Núm. 19. URL: http://www.ucm.es/info/especulo/numero19/testimo.html
[6] Información extraída de la página Web “Memoria Chilena. Portal de la Cultura de Chile” en el URL: http://www.memoriachilena.cl

viernes, 17 de mayo de 2013

Huellas de la Xenofobia en algunas obras literarias en México


 

Guadalupe Isabel Carrillo T 

 

La Xenofobia suele ser percibida simplemente como el rechazo al extranjero por parte de la población de un país.  Generalmente se piensa que la xenofobia tiene como única manifestación la expresión de disgusto frente a los extranjeros que están de paso o que llegan a vivir a una nación, provenientes de otros países pero la realidad es que se trata de un fenómeno complejo que se concreta de muchas maneras; adopta formas variadas de expresión. En la ponencia reviso expresiones literarias en las que directa o tangencialmente se pueda percibir algún gesto de xenofobia interna o externa. De parte del extranjero hacia el nacional o de este con el que viene de fuera. Pues ambos casos son frecuentes.

 

    En la literatura no podría hablarse de una corriente de carácter xenófobo o, a la inversa, de un discurso que denuncie el fenómeno. En realidad encontramos tanto en poesía, en narrativa y en ensayos, expresiones que tangencialmente tocan el tópico. Según qué población hable de ello tendremos miradas desde distintos ángulos que nos permitirán hacernos una idea de conjunto más abarcadora. Así como se habla de literatura del exilio, no podría señalarse lo mismo en el caso de la Xenofobia.

 

   Los movimientos migratorios en México, aunque en ocasiones se presentaron masivamente, nunca desbordó –como ocurre hoy- la capacidad de recepción del país. Por ello podríamos establecer tres periodos de alta migración y  posterior producción literaria. Una primera la encontramos en la década de los cuarenta y aún de los cincuenta del siglo XX con la inmigración tanto de los Niños de Morelia como de los numerosos grupos de republicanos, muchos de ellos intelectuales de prestigio. Al respecto José Vicente Anaya apunta con precisión:

 

   “Entre los 20 mil asilados en México llegó un notable número de campesinos, obreros, artesanos, intelectuales, científicos, pedagogos y maestros de niveles medios  superiores. Más de cien intelectuales y científicos se incorporaron a las  universidades, centros de investigación y diferentes proyectos culturales.”[1]

 

   Entre los nombres representativos encontramos a Joaquín Xirau, María Zambrano, José Gaos que construyó el término “transtierro” para hablar de la condición de todos aquellos que, como él, se encontraban fuera de España. El transterrado es el que trajo consigo la tierra, por tanto no es el refugiado ni el exiliado.  El término acuñado por el filósofo apostaba por alentar en aquellos que ya habían construido hogares en estas tierras y aportaban al país, en este caso México, su trabajo y, en definitiva, su vida; un sentido de pertenencia que habían perdido al emigrar en condición de asilados a estas tierras.

 

   De los muchos refugiados encontramos los nombres  de 18 poetas, algunos de ellos aún adolescentes como es el caso de Tomás Segovia.  Se mencionan   entre otros a  Emilio Prados, Juan Larrea, Juan Gil-Albert, Lorenzo Varela, María Enciso, Juan José Domenchina, José Moreno Villa,  Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, Ernestina de Champourcín, Enrique Díaz Canedo…y de las voces más escuchada y más representativa, el gran poeta León Felipe.

 

   Todos ellos desarrollaron una amplia producción literaria., con estilos y temáticas muy diferentes, en las que muchas veces está ausente la condición de exiliados. Sin embargo otros de forma directa o veladamente, levantan la voz para hablar de pérdidas, de derrotas; de sentimientos que emanan no sólo de su exilio sino del dolor por la tragedia que en ellos años vivía España.

 

   Si bien no hay expresiones  en la que se asomen quejas ante agresiones xenófobas, sí se expresa la terrible sensación de permanecer en lo ajeno,  en lo otro que no asumo como mío.  Uno de los poetas que con más insistencia expresa esta terrible pérdida en la que se ha sumido su vida es León Felipe. Su poema ¡Qué Lástima!, considerado de los iniciales, es uno de los más representativos:

 

¡Qué lástima

Que yo no pueda cantar a la usanza

De este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!

¡Qué lástima

que yo no pueda entonar con una voz engolada

esas brillantes romanza

a las glorias de la patria!

¡Qué lástima

que yo no tenga una patria!

Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa

desde una tierra a otra tierra, desde una raza

a otra raza

como pasan

Esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.

¡Qué lástima

que no tenga comarca

patria chica, tierra provinciana!

…...

Después... ya no he vuelto a echar el ancla,

y ninguna de estas tierras me levanta

ni me exalta

para poder cantar siempre en la misma tonada

al mismo río que pasa

rodando las mismas aguas,

al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.

¡Qué lástima

que yo no tenga una casa!

una casa solariega y blasonada,

una casa

en que guardara,

a más de otras cosas raras,

…….

¡Qué voy a cantar si soy un paria

que apenas tiene una capa!

 

¡Qué lástima

que no pudiendo cantar otras hazañas,

porque no tengo una patria,

ni una tierra provinciana,

ni una casa

solariega y blasonada,

ni el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla,

ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,

y soy un paria

que apenas tiene una capa...

venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia![2]

 

   Las carencias, los vacíos físicos se trasladan a lo familiar y lo personal. No hay patria, ni comarca, ni casa…y esta situación lo convierte, como él mismo anuncia, en “un paria”, esto es, en lo más bajo y lo más humillado.  Si bien el poema puede considerarse como inaugural de lo que será más adelante su vida.  El desarraigo lo invade todo. Aurora Arnaiz Amigo, doctora en derecho de origen español, en una conferencia suya titulada “Los Refugiados y el derecho” a propósito de León Felipe explica con serenidad:

 

   “…León Felipe, dijo de nosotros, lo que con tanto énfasis nos decíamos entonces republicanos españoles, que nosotros trajimos la voz. Nos dijo,, lo recuerdo, en una memorable velada, con esa voz que tenía, única. Nos lo dijo en una conferencia memorable en Bellas Artes: ¡Somos la voz, la voz ha venido con nosotros! El tiempo nos demostraría, que estos buenos deseos del gran y querido poeta no eran ciertos, porque la voz se quedó allá. Nosotros trajimos el eco, y por ello, al rebotar nuestra voz sobre los árboles, los muros, las calles, las casas, eran otros los sonidos lo que se nos devolvían, porque nosotros íbamos dejando de ser aquello que fuimos. Éramos otros, sin saberlo, o sin quererlo. ¿Qué éramos? ¿Qué somos?[3]

 

   Efectivamente, la sensación de desarraigo es una constante en la mayor parte de los intelectuales que permanecieron en México. El sentido identitario se busca incansablemente porque se sabe perdido irremediablemente.

 

   En otro tenor, no sin dejar de lamentar pérdidas y tristezas vemos a María Enciso con su poema “Madre América”; la gratitud de sentirse en tierra de adopción se deja ver en todo el poema. Transcribimos la última estrofa:

 

                        Yo hablo tu propio idioma; Madre América,

                        en lengua de tu pueblo he de cantarte,

cálido acento de cansadas sienes,

reclinadas en regazo suave,

los párpados clavados en los ojos,

agujas de dolor, cristal del aire,

Por la vida futura que forjamos,

has hecho tuyas nuestras soledades,

la amarga soledad del hombre libre,

que ha visto atrás su mundo derrumbarse.[4]

 

   Década de los Setenta: Suramérica mira hacia México

 

En la década de los setenta  estallan las dictaduras en gran parte de los países de Sur América. En el campo literario se sigue hablando de una literatura del exilio, del testimonio. Sin embargo encontraremos algunos autores que erradicados en México o utilizando al país como lugar de tránsito, escribieron sobre sus experiencias positivas o negativas dentro del territorio mexicano. Son los escritores argentinos, chilenos, uruguayos…que fueron expulsados de sus países y que permanecieron largo tiempo en México. Entre ellos encontramos a escritores como Alejandro Jodorowsky, chileno de origen judío, dedicado más que todo al teatro y a la cinematografía. El escritor vivió unos años en el país para radicarse más adelante en Europa.

 

   El argentino Juan Gelman, expulsado de su país en tiempos de la dictadura, ha desarrollado un prolífico trabajo intelectual, sobre todo en el género de la lírica.  Su experiencia biográfica, de trágicos alcances, hizo de su poesía un verbo desagarrado que invoca al dolor y la pérdida.  Su hijo y su nuera formaron parte del numeroso grupo de los desaparecidos.  Ella, embarazada, da a luz a  Macarena; la pequeña fue entregada a una familia en Uruguay.  Lo sorprendente, lo que nos lleva a entender cómo la realidad supera a cualquier ficción, ocurrió hace pocos años cuando la ya joven, nieta del poeta fue identificada y logró reunirse con su familia biológica. La añoranza y la pérdida sellan buena parte de su poesía. A continuación el poema “Mi Buenos Aires querido”:

 

                        Sentado al borde de una silla desfondada,

                        mareado, enfermo, casi vivo,

                        escribo versos previamente llorados

                        por la ciudad donde nací.

 

                        Hay que atraparlos, también aquí

                        nacieron hijos dulces míos

                        que entre tanto castigo te endulzan bellamente.

hay que aprender a resistir.

 

Ni a irse ni a quedarse,

a resistir,

aunque es seguro

que habrá más penas y olvido[5].

 

   El poema citado, perteneciente al poemario Gotán, fue escrito en 1968; época en que el mundo convulsionaba con lamentables sucesos como la matanza de Tlatelolco; el mayo francés y la guerra del Vietnam. Juan Gelman siempre ha escrito vinculando su poesía con una vida azarosa, de lucha política, pero más aún, de persecución y posterior exilio.  Miguel Correa Mujica, en su estudio “Juan Gelman y la nueva poesía hispanoamericana” [6]ubica al autor dentro de esa “poesía renovada” que parte de los sesenta y que se ha mantenido aún vigente. Es la llamada “nueva poesía” en la que lo cotidiano se entrelaza con lo humano: con el dolor y la ternura al mismo tiempo. El poema citado, con título de tango, alude también a la tradición, a lo popular, a lo de todos los días. La añoranza,  el dolor del exilio y de las pérdidas familiares serán el tenor de su poesía.

 

Si bien el poema citado no pertenece a su época de exilio en México, emula el tono y la línea que siempre ha caracterizado su poesía.

 

 

7.1  Roberto Bolaño: México en su narrativa

 

A pesar de su muerte prematura (2003, cuando tenía 50 años), Roberto Bolaño ha sido de los escritores más prolíficos en la narrativa latinoamericana.  Ya en 1968, su familia se traslada a vivir a México, aunque el escritor, joven e inquieto, regresa en 1973 a Chile para apoyar el movimiento de Salvador Allende.  En medio del caos de la caída del régimen es apresado durante 8 días.  Sale de Chile, visita El Salvador; allí tiene contacto con Roque Dalton y vuelve a México donde se instala por muchos años.

 

   Narrador y poeta, empieza su trayectoria creativa con la poesía.  Es fundador del movimiento llamado “Infrarealismo”, junto a otros nóveles poetas como Mario Santiago Papasquiaro o Rubén Medina; estos jóvenes  escriben contra el discurso oficial y contra los poetas considerados ya sagrados, como es el caso de Octavio Paz. Tratándose de un movimiento de vanguardia, el  lenguaje se muestra desgarrado, acercándose a un realismo hipertrofiado. Con los años el escritor se inclina más a la narración y se va alejando  del  estilo infrarealista.[7]

 

   La narrativa de Bolaño está absolutamente vinculada con su vida, también azarosa, y con los permanentes cambios a los que se sometió. Cambios geográficos, políticos y también literarios. Ciudad de México, Acapulco, Chihuahua, Sonora…la mayor parte del territorio mexicano se encuentra en los recorridos de las páginas del escritor. Desde la novela Los Detectives Salvajes (1998) que lo proyectó internacionalmente y que se desarrolla en buena medida en Ciudad de México y Sonora, hasta la póstuma e inacabada 2666, que ocurre en Santa Teresa, seudónimo de Chihuahua, pasando por numerosos cuentos.  México es el referente ineludible.  Es, además, el país con sus exteriores, las calles, los cafés, el desierto; pero también  el de los giros dialectales, el humor y la trampa; el de la pobreza y los feminicidios nunca resueltos.

 

   De los libros de cuentos publicados consideramos el más representativo  Putas asesinas (2001).  De los trece cuentos, cinco de ellos ocurren en México: “El Ojo Silva”, “Gómez Palacio”; “Últimos atardeceres en la tierra”; “Dentista” y “Carnet de Baile”.  Desde una postura completamente biográfica, a pesar de tratarse de ficción; la dominante argumental suele ser la historia del chileno radicado en México que se encuentra con otros paisanos dispuestos a luchar por un trabajo en el país o animados también a encontrarlos en otros continentes y dejar México. Así es “El Ojo Silva” a quien el protagonista, chileno, conoce en las calles del DF y que reencuentra en Bélgica, país al que ha ido el protagonista por alguna actividad de orden literario.  Casi siempre el amigo chileno cuenta historias de vivencias sórdidas en mundos grises, y acabados por la pobreza extrema…

 

  En  “Gómez Palacio”, el protagonista realiza largos traslados por el país hasta llegar al  pueblo llamado Gómez Palacio, ubicado en el norte, en el Estado de Chihuahua, adonde acude por una cita laboral.  Dará un taller de escritura a un reducido número de jóvenes que viven en ese lugar perdido del desierto norteño:

 

   “…Fui a Gómez Palacio en una de las peores épocas de mi vida. Tenía 23 años y sabía que mis días en México estaban contados. Mi amigo Montero, que trabajaba en Bellas Artes, me consiguió un trabajo en el taller de literatura de Gómez Palacio, una ciudad con un nombre horrible. EL empleo acarreaba una gira previa, digamos una forma agradable de entrar en materia, por los talleres que Bellas Artes tenía diseminados en aquella zona.  Primero unas vacaciones por el norte, me dijo Montero, luego te vas a trabajar a Gómez Palacio y te olvidas de todo. No sé por qué acepté. Sabía que bajo ninguna circunstancia me iba a quedar a vivir en Gómez Palacio, sabía que no iba a dirigir un taller de literatura en ningún pueblo perdido del norte de México…”[8]

 

   En general, el panorama que se le ofreció de la ciudad, del edificio de Bellas Artes y hasta de los alumnos y la directora era  desolador. El desierto vacío frente a él, el calor sofocante de aquellas zonas; la decrepitud de la arquitectura sin atención ni mantenimiento.  La directora –quien se encargaba de llevarlo y traerlo del taller al motel- representa el estereotipo de la mujer madura, casada pero viviendo la soledad de los matrimonios mal avenidos.  Así la describe el protagonista:

 

   “…Al principio los dos observábamos la carretera en silencio. Cuando dejamos atrás el motel ella se puso a hablar de su poesía, de su trabajo y de su poco comprensivo marido. Cuando se quedó sin palabras encendió el radiocassette y puso una cinta de una cantante de rancheras. Tenía una  voz triste que siempre iba un par de notas por delante de la orquesta. Soy su amiga, dijo la directora…”[9]

 

   También los alumnos viven en la precariedad.  Sólo hay cinco: uno trabajaba de obrero en una fábrica; otro era mesero en un restaurante; dos iban a la prepa y la única chica ni trabajaba ni estudiaba.  Más que una actitud xenófoba hacia el país que visita, el protagonista tiene una mirada crítica que se manifiesta no sólo en la selección del lugar –ese norte tan golpeado y abandonado- sino también por el tedio que cubre el ambiente y que pareciera que contagia a quienes permanecen en él. Hablamos de Xenofobia del extranjero hacia el país porque esta también sería una de las formas del fenómeno.

 

   “Últimos atardeceres en la tierra” es uno de los pocos cuentos en donde se manifiesta de manera más clara la xenofobia del mexicano hacia el extranjero y a la inversa; debido muchas veces a la incomprensión de las costumbres o de las maneras de tratarse unos y otros.  La veremos, pues, en diferentes formas y a través de diversos recursos estilísticos.  Si bien el narrador habla en tercera persona, el foco desde el cual mira es el de uno de los protagonistas: B y el padre de B, ambos chilenos. Así serán lacónicamente llamados ambos a lo largo de todo el relato, en clara alusión al apellido del autor.

 

    A través de B, que es un joven de unos 18 años con el que el padre puede compartir como si fuera un adulto de su edad, acudimos al viaje que hacen padre e hijo para el puerto de Acapulco.  La situación pareciera tranquila.  Un hotel de mediana calidad, salidas al mar, comidas, lecturas y algunos paseos.  Entre ellos a la tan famosa “Quebrada de la Virgen” donde los clavadistas diariamente dan muestras de su habilidad al lanzarse al mar.

 

   Sin embargo, será en este lugar donde arranca lo que más adelante se mostrará como gestos de clara xenofobia, que se puede interpretar de ambas partes, tanto de quien describe el lugar y lo que en él ocurre como de parte de los nativos. Al salir del restaurante que escogieron para ver el espectáculo se cruzan con un ex clavadista con el que dialogan hasta envolverse en una larga conversación que los lleva a irse juntos, B y su padre, con el ex clavadista:

 

   “…Sin saber cómo, de pronto B se encuentra caminando con su padre y con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado aparcado el Mustang y luego los tres se montan en el coche y B oye como si estuviera escuchando la radio las instrucciones que el ex clavadista le da a su padre. El coche durante un rato se desliza por la avenida Miguel Alemán, pero luego gira hacia el interior y pronto el paisaje de hoteles y restaurantes dedicados al turismo se transforma en un paisaje urbano ligeramente tropical. El coche sin embargo sigue subiendo, alejándose de la herradura dorada de Acapulco, internándose por calles mal asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a una especie de restaurante o más bien casa de comidas corridas en cuya acera polvorienta se detienen…”[10]

 

   La situación de encontrar a un lugareño dos extranjeros, da pie a que se adentren a aquellas zonas donde el turismo no tiene prácticamente cabida.  Sin embargo, la descripción anticipa la posibilidad de que en aquellas zonas también acampe la delincuencia y el abandono a la ciudad.     Días más tardes el ex clavadista busca al padre de B para que vayan juntos a tomar unas copas.  El lugar era un prostíbulo donde, además de haber mujeres, los hombres jugaban a las cartas.  B, que acompaña a su padre, se excede en la bebida y en el consumo de marihuana, “mota”, que las mujeres le ofrecen.  Su padre se sienta a jugar con el ex clavadista y con dos desconocidos.  Va ganando el padre, cuando la situación se enrarece.  Pero dejemos al narrador que nos cuente:

 

  El padre de B termina de contar su dinero y mira a los tres hombres que tiene enfrente y a la mujer vestida de blanco.  Bueno, caballeros, nosotros nos vamos, dice.  Hijo, ponte a mi lado, dice…Ahora vamos a salir, piensa B.  Los dos desconocidos se plantan interfiriendo el paso…No me estorbes, susurra su padre, y B tarda en comprender que le está hablando a él.  El ex clavadista se mete las manos en los bolsillos.  El desconocido vuelve a insultar al padre de B, lo insta a volver a la mesa, a volver a jugar. Ya no se juega más, dice el padre de B…Después su padre camina un poco encorvado hacia la salida y B le concede espacio suficiente para que se mueva a sus anchas.  Mañana nos iremos, mañana volveremos al DF, piensa B con alegría.  Comienzan a pelear.[11]

 

   Con este final abierto nos muestran un posible desenlace trágico en el que el padre de B se enfrentará en franca desventaja a los tres hombres con los que ha jugado por horas; a esto se añade, como indicio el título del cuento “últimos atardeceres en la tierra”.  Previo a la pelea, una de las mujeres advierte a B que algo malo va a ocurrirles, que mejor se fuera.  Es evidente que en el lugar las prácticas del juego y la posterior agresión hacia los desconocidos o en este caso, al extranjero, eran común en aquellos lugares semipúblicos.

 

    La extensión del relato,  en el que ocasionalmente aparecía el ex clavadista en busca del chileno que desea jugar, divertirse y estar con mujeres da muestras de un posible acuerdo previo con lugareños que deseaban sacar provecho del desconocimiento del extranjero de los lugares y las personas con las que se relacionaba.  Hay un claro mensaje de hostilidad  del acapulqueño –probablemente el padre de B moriría en el enfrentamiento- y una denuncia hacia el mexicano que ocasiona situaciones de ventajismo.  Digamos que la victimización del extranjero es manifiesta.

 

   El cuento “Dentista” se desarrolla en Irapuato. Sin embargo, en este caso el protagonista que va a visitar a un amigo en esta ciudad se asume como mexicano, no como extranjero.

 

   Más revelador y completamente autobiográfico será el cuento “Carnet de Baile”. En él,

el narrador protagonista, que no señala su nombre, habla de su experiencia familiar; de lecturas.  Señala la llegada de él y su familia en 1965; su regreso a Chile y su posterior encarcelamiento producto del estallido de la dictadura de Augusto Pinochet.  Sin embargo, el texto, en general, es más que un cuento; es una serie de remembranzas familiares y sociales.  Para dejar más claro el carácter híbrido del discurso, el autor enumera en apartados lo que está relatando hasta desembocar en reflexiones literarias sobre gustos de unos y otros –mexicanos y chilenos- y de las filiaciones que se tienen hacia los escritores o poetas consagrados: “Los poetas mexicanos de entonces que eran mis amigos con quienes compartía la bohemia y las lecturas, se dividían básicamente entre vallejianos y nerudianos. Yo era parriano en el vacío, sin la menor duda”[12] . Se trata, pues, de un discurso más reflexivo que narrativo, aunque ambos se entrelazan.

   Es difícil definir una prosa tan heterogénea como la que se ha publicado de Roberto Bolaño. La sensación de inacabamiento, de falta de revisión de los textos, muchas veces le dan al lector la sensación de encontrarse frente a un galimatías narrativo, donde algunos personajes entran en el argumento y desaparecen sin previo aviso, o historias muy diversas se entrelazan, como ocurre con la novela ya mencionada 2666, en cuyo prólogo el editor admite que el escritor había pensado que el documento fueran varias novelas, aunque la compactaron en una sola a petición del mismo editor y de la viuda de Bolaño.

 

    La lista de los numerosos escritores que estando en México hablan del país no termina, evidentemente, con Roberto Bolaño.  El tópico de la xenofobia se oculta o sencillamente se vela, pues en los claroscuros que nos conceden nuestras experiencias, permanecer en un país es muestra de que éste ha brindado acogida, abrigo y trabajo; ingredientes indispensables para permanecer en él y quererlo.

 

 



[1] Anaya, José Vicente: En la página web www.circuitodepoesia.com . “España, aparta de mí este cáliz. Poetas del exilio español en México. Revisado el 14 de marzo 2012.
[2] Cf: “La fiel Poesía de León Felipe”. La Jiribilla. Rodríguez Rivera, Gullermo. EN www.rebelion.org/noticia.php?id=33081. Consultado el 15 de marzo del 2012.
[3] “Los Refugiados y el derecho” Arnaiz Amigo, Aurora. En www.juridicas.unam . Consultado el 15 de marzo de 2012
[4] Cf: http://www.poema-de-amor.com.ar/mostrar-poema.pah?poema=5700 . Consultado el 16 de marzo de 2012
[5] Del poemario Gotán. Cf: www.sololiteratura.com/gel/gelpoelamento.htm . Consultado el 17 de marzo del 2012.
[6] Correa Mujica, Miguel.Cf: http://hometown.aol.com/correamcorrea/idex.html . Consultado el 17 de marzo del 2012.
[7] Cf: W http://es.wikipedia.org/wiki/Roberto_Bolaño . Consultado el 18 de marzo del 2012.
[8] Bolaño, Roberto. 2001. Putas Asesinas. Cuento: “Gómez Palacio”. Editorial Anagrama. Barcelona.
[9] Op. cit. Página 232
[10] Op cit. P. 250.
[11] Ídem. P.252.
[12] Op. cit. Página 401.