miércoles, 20 de abril de 2016

¿Cuánto importa la familia?



Guadalupe Carrillo Torea









Para Alicia, Francisco, Anabel y José María,
los primeros Vaysianos.

La pregunta que formulo como título de este texto es la reflexión que ha estado rondándome durante las últimas semanas. A mis 20 años soñaba con la libertad. Era el tesoro más preciado: la autonomía económica, si bien precaria, me permitió alquilar junto con mis primos Alicia y Francisco un apartamento en el que nos sentíamos a nuestras anchas. Recorrí mi infancia junto a esos primos tan queridos y nos conocíamos bien. Habíamos rellenado de risas y aventuras los años de la adolescencia. Las vacaciones nos unían en los mismos espacios: en las hojas secas de la finca de mi papá, en las cajas grandes que convertíamos en lavadoras humanas o en Caracas. Capucal, la casa de la Gran Mamá, o  la Quinta Unión,  de la querida tía Leonor, eran esos lugares comunes donde el afecto echaba raíces sólidas, interminables.

  Todo ello nos convenció de que podíamos lanzarnos a la aventura de convivir por nuestra cuenta los tres juntos. Un año más tarde se unió al grupo Anabel, mi sobrina mayor, cercana en edad y en el deseo de ser independientes; y por último mi hermano José María, que iba y venía entre nuestro departamento y su novia.

   La camaradería se fue convirtiendo en nuestro rasgo distintivo. ¿Peleábamos? Muchas veces, pero los desencuentros no alcanzaron el afecto. Él crecía intacto. Ese amor filial nos hizo cómplices frente a los nudos que va tejiendo la vida y nos permitió salir ilesos de la tristeza, del desánimo, de la desilusión.

   Esa década de los 20 años en la que te vas haciendo adulto, te insertas en el mundo laboral con sus exigencias y también sus discontinuidades. Entrábamos a lo que muchas veces llamamos “la vida dura”, de la que te haces responsable, de la que tienes tanto que aprender. Pero hacerlo en familia, con los tuyos, con la sangre que duele y también hace feliz, es ubicarte en la mejor esquina del mundo. Desde ella desandamos caminos sinuosos; cruzamos por otros más amplios. Tuvimos éxitos y fracasos; tanteábamos la vida pretendiendo acariciarla, aunque muchas veces salía magullada. Pero estábamos juntos, y eso nos daba una seguridad pétrea.

El tiempo que pasa inexorablemente nos llevó a latitudes opuestas. Pasan los años sin vernos, ya no solo a ellos, a gran parte de esa familia numerosa de la que tengo el placer de pertenecer.  La diáspora venezolana, sin embargo, ha tenido la luminosa consecuencia de acercar a muchos de los primos que han optado por México como segundo hogar. Hace un año se estableció en Ciudad de México el primo Guillermo – cuya infancia compartí en la risa y la picardía- y su esposa. Ahora, pocos meses atrás me encontré con María Eugenia y Gastón. Probablemente habrían pasado unos 25 años desde la última vez que la vi. Y de nuevo se produjo la magia: nos abrazamos mientras la alegría nos pisaba los talones, sin paréntesis que recordar, con el cariño en el aquí y el ahora.

 Reencontrarte con la familia, esa que estuvo en la raíz de tu infancia, en tu adolescencia y juventud  ha llenado mis pulmones de gratitud. Y me digo, sí importa, claro que importa rescatar los afectos, actualizarlos, apretarlos a ti para que sigan ahí, latiendo siempre.



miércoles, 27 de enero de 2016

Venezuela, la hipérbole del Caribe


 Guadalupe Carrillo Torea





   El dicho de que la realidad supera a la fantasía no necesita probarse. El día a día así nos lo ratifica con creces.  El vínculo entre literatura y vida es indivisible; la narrativa nos muestra  personajes,  tramas y desenlaces que se aferran ferozmente a la cotidianidad, que, aun siendo constante, lleva como  unívoco ingrediente el asombro.

   Repetir dislates no los convierte en verdades; aunque no lo creamos, el dislate es y será siempre un error y quien lo ve, así lo percibe. La hipérbole, esa figura literaria que nos convoca a la exageración, se ha convertido en rúbrica, en ademán casero para un país como Venezuela.  Las últimas declaraciones de la Ministra de Salud, la tantas veces mentada, Luisana Melo, advirtiendo que la escasez de pasta dental se debe a la mala costumbre que ha adquirido el venezolano  de cepillarse tres veces al día, en vez de una, como ella misma recomienda, es, entre otras desmesuras, una de las más apremiantes. Dice la ministra que es necesario volver a la higiénica normativa de una limpieza dental al día. No escuchen a los odontólogos, son malos consejos de charlatanes del consumismo, diría Luisana.

   Pero la señora fue más allá, y ahí sí, la hipérbole se convirtió en insulto, en agravio imperdonable:  El venezolano consume medicamentos de forma alarmante, por eso los anaqueles se encuentran vacíos. Tenemos que moderar la búsqueda incontrolable de medicamentos y consumir los indispensables, "aprendan a hacer uso racional de los fármacos”.  Esta declaración llega a decibeles alarmantes de indecencia. Que un padre, una madre, un hijo, o una anciana necesiten de una medicina para conservar la vida es el colmo de la orfandad, es la indefensión crónica que vulnera nuestra humanidad. Y que además nos digan que se trata de “vicios aprendidos” y no de necesidades imperantes para conservar nuestro aliento sin jadear, es ya demasiado.

   Pero en Venezuela vamos más allá.  La muerte del famoso Pram, El Conejo, generó la indignación de sus antiguos compañeros de celda quienes, en honroso homenaje, lanzaron tiros al aire desde armas de calibres inusitados. Armas de guerra, armas a las que tendría acceso únicamente la Guardia Nacional. En la azotea de la cárcel de la Isla de Margarita los presos lanzaban balas como fuegos artificiales: así de abundantes y variadas eran. Paralelamente en las noticias digitales mostraban una entrevista realizada en Globovisión  en  el 2013 por Vladimir Villegas a la famosa Iris Varela, la rudísima ministra que, según sus propias declaraciones, prácticamente a ninguna cárcel del país se había filtrado ni siquiera una hojilla de afeitar.

   Los videos circulaban velozmente; entre otros, Nicolás Maduro felicitaba a Iris por su eficiente trabajo en las cárceles del país. El timbre del orgullo chavista aplaudía una nueva falacia. Y la guinda del pastel fue la última declaración de Héctor Rodríguez, ex ministro de Educación. Como el gobierno en estos 16 años tuvo que alfabetizar al país, el modelo rentista petrolero fracasó. Ellos no. Nuestro analfabetismo es el culpable.

   Todos lo sabemos: “No hay cosa que fin no tenga”. Si bien el discurso chavista persiste en la insolencia del disparate, la claridad de los amaneceres está allí, con la obstinada conciencia de quien conoce el tono sereno de la verdad, de la justicia que nos alcanzará indefectiblemente. Ese mentado “pueblo analfabeta” reconoce la exageración, que se ha tornado en falsedad. Ellos corregirán la plana, que se asomará, nítida, a nuestro discurso.

   

martes, 26 de enero de 2016

La historia de EL


Guadalupe I Carrillo


Dentro del cine de Oro mexicano que se desarrolló en las décadas de los cuarenta y cincuenta se filmó una película cuya raíz histórica es particularmente interesante. Se trata de Él la película dirigida por Luis Buñuel y cuyo guión no fue de su autoría sino que procede del libro homónimo de la escritora Mercedes Pinto. De origen español,  Pinto le tocó vivir en Mallorca en la época de la Dictadura de Primo de Rivera. La España dura, de mentalidad retrógrada, que no admitía el divorcio y que imponía la religión y el nacionalismo como los más altos baluartes. En esa época Mercedes Pinto se casa con un hombre acaudalado, de grandes ambiciones. La había deslumbrado su caballerosidad, su aplomo, la virilidad de sus pasos. Sin embargo ya en los días de la luna de miel el hombre empezó a actuar con una agresividad inusitada y una celopatía cabalgante se adueñó de todos los minutos de su vida. A partir de ese momento la vida de Mercedes Pinto se convertiría en un tránsito permanente al infierno.

   Sin embargo durante años se impuso el criterio conservador de aquellos que le aconsejaban lo que a casi todas las mujeres se les pide: aguantar. Y lo hizo, tuvieron hijos y vivieron juntos por algunos años, hasta que la violencia del marido lanzó zarpazos de odio, golpeándola físicamente, amenazándola de muerte. Fue internado en un siquiátrico del que salió meses después. Durante toda la experiencia vivida Pinto decidió verbalizar lo que padecía y escribió este texto al que podríamos calificar de testimonial en el que cuenta el horror que la acompañó por tanto tiempo.

   Su historia tuvo aún más avatares pues aún casada con Él, aunque ya separada físicamente, le pidieron dictara una conferencia en una institución hospitalaria y Pinto la intituló “El divorcio como medida higiénica”. El escándalo no se hizo esperar y el mismísimo Primo de Rivera la llamó a su riguroso despacho para comunicarle que debía salir exiliada inmediatamente del país. Así lo hizo llevándose a sus hijos a Uruguay donde vivió algunos años para después trasladarse a México. Es aquí donde conoce a Buñuel quien se interesa vivamente en su historia y en el texto escrito que había sido publicado en una sola oportunidad.

   Del texto brota una voz femenina que con languidez, con pesar ancestral y en un tono lírico de hermosa cadencia le habla al dolor en estos términos: “Tú, dolor amigo, me has despertado violentamente de mi plácido sueño juvenil, para poner ante mí  en las sordas negruras de la noche, cuadros mil de violencia y de furor”[1]. Es la introducción que ha titulado “Invitación al Dolor”. El cierre de esta comenta  cómo ha sido escrito el título de la obra: “A manera de título, el manuscrito empezaba con esta palabra escrita en color rojo, no sé si con tinta o con sangre”.

   La lectura del texto nos muestra a una mujer inteligente sumida en una tragedia personal de alcances épicos. La sensibilidad se hace huella en las palabras, se asoma a cada página acompañada del desconcierto que brotaba cada vez que ÉL era defendido por sus seres queridos. Allí habla una intelectual, una madre y una esposa que ha sido secuestrada por el desconcierto.

   La película filmada en 1953 sigue el guió de Mercedes Pinto, pero el foco que observa lo que ocurre le da un giro diferente.  Nos encontramos ante una mirada masculina que se detiene en el hombre enfermo. La denuncia de la agresividad del hombre se hace manifiesta y el sufrimiento de la mujer también. Sin embargo ella, protagonizada por Delia Garcés, una mujer cuya belleza y dulzura sobresalen,  es encarnada desde la sumisión. Brilla su rostro, sus maneras suaves, su delicadeza; pero el intelecto parece ausentarse de las escenas. Se escapa la inteligencia que sí encontramos en el libro y la voz, la masculinidad de Arturo de Córdova cubren la pantalla por completo.

   Es una buena interpretación, las escenas de violencia más fuertes son dosificadas e insinuadas por la cámara con respeto al espectador y la genialidad de Buñuel se hace presente. No cabe duda. Pero quien ha leído el testimonio escrito y ve la película echa de menos la representación inteligente de una mujer cuya valentía cruzó el océano y cuya voz se hizo escuchar por décadas y en cientos de lugares del planeta.




[1] Él de Mercedes Pinto. 1926. Página 6

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Los Incondicionales



Guadalupe Carrillo Torea



Tengo cuatro perros Golden Retriver: Dos con nombres que remiten a mi raíz, Venezuela: Catire, que sería el güero mexicano o el rubio español, y Cotufa, la palomita de maíz. De ellos descienden Pelusa  y Pepucha. Tres hembras y un macho.

    Aunque es una obviedad decirlo, los amo con la alegría y el entusiasmo con el que ellos me aman a mí. La incondicionalidad en el afecto, que en ellos es un sello definitivo, me ha permitido crear la conciencia de la solidaridad con los demás  seres caninos.
  
En días pasados encontré en internet el anuncio de una casa de acogida perruna que pedían donativos de croquetas y arroz para sus huéspedes. La dirección era muy cercana al lugar donde trabajo así que dejé un mensaje diciéndoles que deseaba ayudarles. Respondieron enseguida dejándome un número telefónico. Me comuniqué, intercambiamos datos y al día siguiente me acerqué con mi bulto y mis paquetes de arroz.

   Se trata de un espacio muy amplio  dividido en tres patios. Una pequeña habitación que funciona de comedor, oficina,  para los dos responsables del lugar que albergan la cantidad astronómica de 115 perros. Debo reconocerlo: nunca en mi vida había visto tanto peludos de cuatro patas juntos. En uno de los patios abierto había unos cuarenta animalitos. Estaban muy tranquilos; el chico que me los presentó me aclaró que acababan de comer y eso los serenaba por varias horas. En el otro adyacente se encontraban unos veinte; allí permanecían aquellos que les costaba más convivir con los demás o quienes habían sido recién rescatados y se encontraban en condiciones de salud precarias –los testimonios del maltrato animal son desoladores y las fotografías de los pequeños agredidos y famélicos, una muestra de crueldad avasallante-. En un tercer jardín había unos seis y dentro de la casa, en habitaciones más pequeñas, los de raza chica que pueden permanecer encerrados por algunas horas, pero que también contarán con su rato de libertad. La oficina estaba repleta de sacos de croquetas que, voluntarios habían donado desde hacía varias semanas. En Facebook el grupo se llama "Adopciones caninas, salva una vida" y desde allí pedían la ayuda para alimentos y lo que un samaritano perruno pudiera ofrecer.

   La diferencia del comportamiento de un perro que le tocó el triste destino de estar en la calle y el de uno que ha sido cuidado, atendido y amado, es  abismal. Aquellos llevan el miedo y el hambre como una gran cicatriz; acercarte a ellos supone, muchas veces, su huida, pues creen que, de nuevo, serán golpeados. Sin embargo, en esta casa de acogida, apuestan  por los que se encuentran en esta primera situación. Los reciben, los acompañan y les cambian la vida.

    El trabajo que realizan, de una nobleza desconcertante, supone la entrega de casi todo su tiempo. Hacen guardias para que los animales allí reunidos nunca estén sin compañía humana. Y la política de adopción comienza por el reconocimiento de las casas donde irán a vivir y el acuerdo de toda la familia que verdaderamente desee al perro. De lo contrario, no los entregan, prefieren continuar con ellos. Se trata pues de una obra altruista, donde las voluntades se unieron  para hacer el bien a quienes te lo agradecerán con una mirada, con la movida de su cola, con el afecto incondicional. Serán los más felices al verte y los más tristes al darse cuenta que te vas. Entonces la gratitud, con la que muchas veces lucramos, es, en este caso, real, verdadera, trasparente.




jueves, 10 de diciembre de 2015

¿Dónde está mi Ítaca?






"Ten siempre a Ítaca en tu mente
llegar allí es tu destino."
Constantino Cavafis.



Soy venezolana. No se trata de un toponímico que pronuncio raramente. Más allá de una nacionalidad, es una forma de ver la vida, de enfrentarla. El carácter tropical se lleva en las venas; corre libremente por todo el cuerpo, nos arranca la sonrisa.




   Sin embargo, he vivido la mayor parte del tiempo en el extranjero. Estuve cinco años en Madrid, tres en San Juan de Puerto Rico y llevo 16 en México. Aprendí a amar estas geografías, a su gente. Quizás nos vamos mimetizando en algunas costumbres. Nos enamoramos de su comida y adquirimos hábitos que no eran nuestros. Pero el venezolano gritón y dicharachero seguía siendo mi referente. Su carcajada me venía en tiempo presente. Ir a Venezuela era zambullirme en el aire fresco del Caribe. Me sentía feliz de volver allí. Ver a la familia, a los amigos. Pisar sus aceras, las calles peatonales de Caracas: Sabana Grande, Chacaíto…visitar mis tierras andinas,  sus montañas enormes y silenciosas, como quien guarda un secreto milenario. Venezuela era mi Ítaca: mis sueños empezaban en la orilla de sus playas y terminaban en la penumbra del Roraima. 

   Salí de allí para México justo el año en que ganó por primera vez Hugo Chávez. Los años pasaron y ese recuerdo que era mi patria y que yo actualizaba anualmente se enrarecía cada vez más. Los protagonistas cambiaron de cara pero no de actitud. Acentuaron vivencias típicas de los políticos: favoritismos, dividendos por debajo de la mesa, pero sobre todo hiperbolizaron el rencor. Esa ha sido la clave de los 17 años de chavismo: el rencor que se ha traducido en expropiaciones arbitrarias, presos políticos, descalificaciones incendiarias; y allá, al fondo del túnel, latía, como bomba de tiempo, el odio. Ese minotauro en el centro del laberinto se tradujo en rebatiña para unos y en brutal escacez para otros; en violencia, en actitudes rastreras de venezolano a venezolano. La cotidianidad se resolvía en las filas al supermercado y la humillación se convirtió en rutina. Pero el milagro llegó para quedarse.

    Desafortunadamente existe un virus letal que se llama poder y que lo padecen nuestros líderes políticos. La consecuencia a mediano plazo es la imposición de sus ideologías y el creer, triste falacia, que el pueblo lo soporta todo. El poder ciega, envilece, nos hace perder la perspectiva de lo que somos y de lo que nos pertenece.   Los 17 años de chavismo deja un saldo demoledor para el país y su gente. Pero instalar la esperanza era imprescindible. Y se logró.

 Busquemos nuevamente a Ítaca, que nuestro país sea ese buen puerto al que queremos llegar.
   
    
  






lunes, 19 de octubre de 2015

¿Estudiantes o clientes?

Guadalupe Carrillo Torea



El coordinador de la licenciatura se acercó esa mañana a mí con una encomienda: quería que fuera revisora de una tesis de Comunicación en la que se habían analizado tres pinturas de célebres artistas del Renacimiento: Rafael, Tizziano y Leonardo Da Vinci. Me llamó la atención que un tema tan sumamente estudiado fuera retomado por un estudiante  para su titulación. Un primer síntoma de que algo no iba bien.

   Me di a la lectura del texto. Objetivo: confirmar que a través de los cuadros, los artistas quisieron enviar algún mensaje. Claro, había que buscar algo comunicable; y como en este mundo casi todo se rige por el vínculo “emisor-receptor-mensaje”, el tema no perdía pertinencia.

   Sin embargo, al pasar de las páginas notaba estilos muy distintos en la redacción; información bastante técnica acerca del arte del Renacimiento, de la vida de los mismos pintores. Pero no había fuentes citadas, todo brotaba por generación espontánea. Tuve que detener la lectura. Encendí la computadora y me di a la tediosa tarea de reproducir largas oraciones de la tesis en Google. Brotaron cientos de links: “Wikipedia”, “El rincón del Vago”, “escritores del Renacimiento”…Ahí estaba en su totalidad la tesis. Copia fiel, sin modificar absolutamente nada.

   Esperé unas dos semanas hasta que la paciencia del tesista se doblegó y me pidió una entrevista. Claro que sí, cuando quieras. Al día siguiente estaba allí. Un chico de unos 28 años, trajeado para ir a trabajar, con el rostro lleno de cicatrices de un agresivo y prematuro acné. Su mirada delataba zozobra, inquietud. Nos sentamos con el documento en la mano. Desafortunadamente tuve que empezar a descuartizar su tesis. Heredé de la sangre gallega el diálogo directo, sin cortapisas, pero en estas tierras latinoamericanas la frontalidad lastima. Hay que suavizar el golpe,  de lo contrario esa profesora es muy dura. No me comprende.

   Del recuerdo recojo el tono de la sinceridad sin ofensas. Le mostré los links donde los párrafos de su tesis se reproducían interminablemente. Fíjate: de la página 10 a la 22 se encuentra en “El Rincón del Vago”. De la 35 a la 50 en “Temas del Renacimiento”, y de 61 a la 70 en Wikipedia…estuvimos más de 40 minutos revisando hoja a hoja su información. Las evidencias eran rotundas. Sin embargo la sorpresa no se hizo esperar. El chico me miró y con determinación me dijo: Yo no me copié nada. Pensé que no había entendido y respondí desconcertada: ¿Cómo dices? Que no me copié nada.

   He aprendido que dialogar es un arte en el que se hace indispensable la voluntad de las partes. Si alguien me dice que ahora es noche, aunque sean las cinco de la tarde con un sol espléndido frente a mí, abandono lo que nunca llegará a ser un diálogo. Y así lo hice. Con un escueto “No puedo aprobar tu tesis” terminé mi monólogo.

   Semanas más tarde la asesora del joven me pidió una entrevista. Llegaron juntos a mi cubículo. La maestra de unos sesenta años, con el cabello encanecido y el gesto fatigado esperaba mis comentarios. Dije y mostré lo mismo que unos días antes. Miraba con recelo las pruebas, aunque su tono era conciliador. Haremos las correcciones, yo hablaré con él. Pero a medida que pasaban los minutos,  ese acento de aceptación inicial pasó a otro de altanería. Sentía que me decía entrelíneas “qué se creerá esta chamaquita”.

   Pasaron los meses: dos, tres, cinco. Una nueva visita de asesora y tesista me traía la novedad de la tesis corregida. Sí. Ya no había copia textual, pero todo el contenido era el parafraseo de las fuentes de internet. Escribí mi dictamen aprobatorio, anotando el matiz de que “la tesis puede pasar al examen de titulación”. Pasar, que no significa aprobar.

   El día llegó. La universidad privada que me había convocado al examen, tenía un vínculo especial con mi universidad pública. La privada está “incorporada” a la mía; quiere decir que los títulos de los estudiantes llevarán el membrete de la UAEM. Eso es un privilegio para una universidad privada y para sus alumnos.

   Me tocó ser presidenta del sínodo. Había dos maestras más: su asesora y una  suplente. El chico había invitado a la mitad del pueblo donde vive, había unas sesenta personas. Comenzó su presentación, powerpoint de por medio. Las diapositivas pasaban y él no solo trastabillaba en el discurso, con el correr de los minutos enmudeció. Y su mutismo se extendió con ahinco cuando la primera sinodal lo acribilló a preguntas que no supo responder. Ni una.

   Mi intervención, que era la última, se hizo irrelevante; el hombre había caído en un pozo de incongruencias que no lograba desenmarañar. Nos retiramos a deliberar: Reprobado; esta licenciatura nunca había tenido un caso de estudiante reprobado en su examen de titulación, señaló la supervisora con nerviosismo. Además el joven había gastado mucho dinero en impresión de tesis, pago a sinodales, ayuda a la biblioteca de la universidad; cómo hacerle presentar otra tesis, comentaban los administrativos. Y luego cómo decírselo frente a familia, amigos, conocidos. Tenían bandejas de canapés y refrescos para después del examen. El caos y el bochorno se apoderó de los directivos de la licenciatura. Se le llamó aparte. Me tocó iniciar el dictamen: No podemos aprobarte. En el examen mostraste una total desinformación. Palideció y, de nuevo, como lo hizo meses atrás, objetó: Estaba un poco nervioso, pero sí contesté a las preguntas. Me lo sé todo. Fueron los nervios. Ante la ausencia de un posible diálogo le explicamos el procedimiento a seguir: Al ser reprobado el alumno tiene derecho a presentar seis meses después la tesis. ¿La misma tesis? Creo que deberían hacer muchas correcciones a este documento, argumenté con claridad, este chico no conoce su tesis, ni la teoría que manejó. No pueden dejar que presente lo mismo.

   Una tarde de domingo, sonó mi celular. El coordinador de la licenciatura me recordaba, a través de una asistente, que al día siguiente se repetiría el examen del joven reprobado seis meses atrás, pedía disculpas por avisar tan tarde, lo habían olvidado. Cómo, si no me han entregado la tesis corregida. Es que es la misma, doctora. ¿No hubo ningún cambio? Pregunté alarmada. Ninguno.

   Fui a regañadientes, y con la decepción en los labios. La institución había permitido que todo siguiera igual: misma tesis, ninguna reflexión extra, la misma asesora… El joven nos esperaba con dos amigos. Hizo su presentación con menos inseguridad pero sin dejar de vacilar. Mi intervención apenas alcanzó los ocho minutos, de los cuales dos fueron interrumpidos por la asesora –nunca ningún sinodal puede detener el discurso de otro-. Pasamos a deliberar y lo aprobamos; allí me enteré que el tesista había reprobado a lo largo de su carrera unas 20 asignaturas;  era la reencarnación del mal estudiante. Me sentí profundamente decepcionada de mí; la presión institucional venció a la calidad académica. Había sido una pieza más de eso que se llama “estudiante-cliente” de muchas universidades privadas, que protegen el interés mayor: el bolsillo.

(Aclaro que no tengo nada en contra de las buenas universidades privadas, que abundan. Pero creo que son más frecuentes estos casos que acá narro)