lunes, 4 de agosto de 2014

¿Vacaciones?

Guadalupe I Carrillo T

La prolongada rutina laboral llegaba a su fin, o a su paréntesis, para ofrecernos unos días de descanso. Tendríamos dos semanas de vacaciones en las que habíamos planificado salir cuatro días a la bella y siempre sorprendente ciudad de Oaxaca.  El viaje en carro era inevitable pues con nosotros viajaban también libros, sillas, neveras y mucho entusiasmo para compartir con seres entrañables que nos esperaban.

   Salimos  las nueve de la mañana de la Marquesa; el tráfico era fluido, sin dejar de lado el tropezón de un gran camión que encontramos varado entre una barda del carril de ida y la otra del regreso. Grúas, ambulancias, bomberos trataban de levantar la imprudencia de aquel camionero que se traducía en el enganche de su camión sobre las murallas viales. El episodio había ocurrido muy poco tiempo antes y esto nos permitió pasar el atolladero con relativa rapidez; unos quince minutos perdidos fue el saldo registrado del incidente. Sin embargo quizás era el signo premonitorio de lo que se convertiría nuestro viaje: un clamor unánime frente al caos nacional llevado a la vía pública.
Había transcurrido una hora de trayecto. El recientemente inaugurado Circuito exterior Mexiquense, que bordea gran parte de los estados que nos separaban de Oaxaca, se veía espléndido  en su amplitud y luminoso bajo los rayos del sol. Esa luz se convirtió en calor sofocante cuando nos detuvimos ante una interminable fila de autos y camiones de dimensiones gigantescas. Estábamos atorados en una kilométrica cola que se perdía en el horizonte. De inmediato el internet portátil cumplió con su labor informativa. Cinco minutos más tarde leía los titulares que explicaban lo ocurrido: Los habitantes del municipio mexiquense de Nextlalpan habían tomado las casetas de peaje de la ruta de ida y de vuelta y no dejaban pasar ningún vehículo desde la madrugada de ese día. Habían estado sometidos a constantes robos, invasiones de predios y no soportaban un segundo más de indiferencia de parte de las autoridades. La rabia se había alzado en son de guerra y ni siquiera la presencia de los granaderos y de la policía municipal los harían cambiar de opinión.
   Pero los que estábamos allí, muchos  sumidos en absoluto desconocimiento de la raíz de tal desastre, empezábamos a resentir el lado injusto que nos regalaban. Ni para atrás, ni para adelante. Nadie se movía; la mayoría empezaba a bajarse de sus autos haciendo amistades provisionales que solo estos escenarios nos permiten realizar generosamente. El sol picaba en la piel y en el ánimo que se desgastaba minuto a minuto. Habían pasado ya dos horas: nos comunicábamos con la familia de Oaxaca, con las autoridades de las casetas de cobro; reclamos, voces que alzaban la desesperación y la impotencia. La mayoría de los allí detenidos eran traileros acostumbrados a maratones viales, a horas interminables dentro de sus cabinas. Algunos decidieron lavar las trompas de aquellos monstruos de acero, otros avisaban no solo su tardanza; avizoraban la pérdida de todo el día en aquella pista. Nosotros, lamentablemente, apostamos por la desesperación y decidimos buscar alguna salida, aunque esta supusiera desviarnos de la ruta más directa hacia Oaxaca. Estábamos a unos metros de la salida a Querétaro, Algunos camiones que nos impedían el paso lograron arrimar su lomo de metal y eso nos permitió que unos cincuenta carros nos deslizáramos por esta alternativa. De los autobuses de pasajeros se descolgaban como changos mujeres, hombres y niños que optaban por este otro acceso en otro camión que los llevara a otra ciudad. La apuesta era salir de esa cárcel monumental donde no había rejas, ni techo, ni puertas o ventanas pero en la que la libertad era tan improbable como lo sería en las celdas de alta seguridad.
   Al fin salimos de aquel laberinto borgeano. Al atravesar Zumpango, el poblado más cercano, nos encontraríamos con el Arco Norte, un nuevo camino que nos llevaría a la ciudad de Puebla y de ella a continuar hacia Oaxaca. Sin embargo  ese lunes no soplaban aires de buena suerte. Zumpango se prolongaba como una pesadilla y el llamado Arco Norte se hacía cada vez más inalcanzable. Después de cientos de preguntas a peatones de aspecto vernáculo, logramos salir de aquel atolladero que se llama desconocer una senda. Al fin palpábamos el lugar común y el viaje continuó.
   No soy supersticiosa; más bien me calificaría de poco crédula de aquello que no soy capaz de ver. Esta vez fue distinto, parecía que la mala suerte se colaba en nuestro carro para quedarse: a 40 kilómetros de la ciudad tuvimos que realizar otra larga parada: estaban reconstruyendo la carretera y esta se reducía a un solo carril. A nosotros nos tocó esperar a que la fila de los carros de ida pasaran. Y ya en la ciudad se celebraba la fiesta estatal más importante: La Gelaguetza se presentaba con todo su esplendor en el auditorio de Cerro del Fortín. El movimiento de las distintas delegaciones que van a la fiesta llevando sus ofrendas nos obligó a desviarnos por el centro de la ciudad y dar infinidad de vueltas antes de que un taxi nos aterrizara en nuestro destino: zona de fácil acceso pero que esa noche ya no encontrábamos. Nuestro viaje que debía tener una duración de unas seis horas se extendió al doble: hicimos doce horas de trayecto.
    Desafortunadamente esta pequeña odisea de asfalto, producto del hartazgo de pobladores a los que no se les escuchan sus peticiones, a quienes se les abandona en su precariedad, se extendió en los cuatro días que estuvimos en Oaxaca. El día martes unos cien choferes de camiones de carga de la Confederación Nacional de Transportes de México –CTM- apostaron sus vehículos en fila en el carril de alta velocidad a lo largo de toda la ciudad de Oaxaca. Allí estuvieron dos días. Se enfrentaban a los dirigentes del Consejo Nacional de la Productividad pues los acusaban de ser responsables de la muerte de Giovani Delfino Cano, un joven de 25 años que fue baleado el 30 de enero. El día 30 de julio, uno antes de nuestro regreso a la Marquesa, ambos grupos se golpearon a pedradas y garrotazos, dejando camiones calcinados y un buen número de heridos.
   Pero esto no fue suficiente. Ese mismo día treinta nos acercamos al centro de la ciudad. El zócalo de Oaxaca es uno de los más bellos y vistosos que he conocido en México. La alegría se cuelga de las ramas de los árboles, de los juguetes infantiles y de una marimba incansable que pareciera decirnos que también allí la ternura es posible. Al llegar a ese zócalo añorado me quedé helada: una abigarrada montaña de tiendas de campaña invadía todo. Los maestros de la sección 22 lo habían tomado para estar allí día y noche. De esa forma daban su voz de alerta a la posible aprobación de la ley educativa sin que se tomara en cuenta el consenso magisterial.
    Pero la guinda no fue esta. Aún nos esperaba el día de nuestro regreso, el 31 de julio, una manifestación a pie de cientos de personas que nos cerraban el acceso a la salida a México. Solo nos faltaban dos cuadras para llegar a ella. Tuvimos que bordear por horas la ciudad colapsada, en la que sus habitantes solo conocen el alarido como la ruta irreversible para ser vistos, o por lo menos, para no ser, de nuevo, esquivados por la indiferencia.
   Que un país funcione en estos términos, que grupos minoritarios opten por la irracionalidad y el zafarrancho en su versión más hiperbólica para lograr que los tomen en cuenta, nos habla de un deterioro moral, político y social que toca alarmas incendiarias. No dejes, México, que esta marea cubra tu bella tierra y tu enorme riqueza. Mis granos de arena son, pues, estas palabras.


domingo, 13 de julio de 2014

La región vacía: Después de la caída



 Guadalupe Isabel Carrillo Torea

“Además de sembrar la muerte, sembrarían el azar de la muerte”.
Mario Szichman

La narrativa que  Mario Szichman ha ido ofreciéndonos por décadas se ha ubicado en dos vertientes: una inicial donde se rescata las raíces judías de su autor y la experiencia que ese pueblo ha vivido en tierras latinoamericanas después del exilio europeo; allí  encontramos a Los judíos del mar dulce, publicada en 1971 y reeditada en 2013 y  A las 20:25 la Señora pasó a la inmortalidad, de 1981. La otra, aún más prolífica, se ubica en lo que conocemos como novela histórica tradicional. Desde la premiada novela Los papeles de Miranda, que sale a la luz en el 2000, pasando por  Las dos muertes del general Bolívar  (2004, 2012), y Los años de la Guerra a Muerte  ( 2007, 2013) y concluyendo con la reciente publicación de Eros y la doncella (2013) por la Editorial Verbum, de Madrid en la que se pone en escena los demenciales años de la Revolución francesa.
   En esta ocasión, Szichman vuelve a sorprendernos con la publicación de La Región Vacía 2014, de nuevo con la editorial Verbum, que ya se encuentra a la venta en versión impresa y digital. El lector se enfrenta a un argumento de orden histórico que complica la categorización que ha venido dándose en la crítica tradicional sobre la novela histórica: se trata de un acontecimiento ocurrido recientemente, que supuso un parte aguas no solo  en la historia nacional de Estados Unidos, sino de todo el orbe: la caída de las torres gemelas en Nueva York.
   Tanto el autor como muchos de sus lectores  vivimos en aquel 11 de septiembre del 2001 –virtual o físicamente- la tragedia  que se narra y las nefastas consecuencias que  ocasionó a nivel internacional. Artistas de distintas disciplinas han dado cuenta del hecho. Por ello el trabajo de puesta en escena supone, para el autor, un reto mayor: cómo abordarlo desde otro ángulo en el que se pueda decir lo innombrado. Szichman lo logra ampliamente en estas páginas. El autor se distancia del tópico cliché que hemos encontrado en novelas y películas, esto es, resaltar la vida de las víctimas ya idealizadas, y de sus familiares  desde un agigantado sentido de drama épico.
    El tono del narrador baja sus decibeles y recurre a la sobriedad, para hurgar en la minucia; en los personajes famosos como Osama Bin Laden o George W. Bush, y en los anónimos que tuvieron protagonismo como los anteriores. Se detiene, a través de la narración de los hechos,  en razones y sinrazones; cuestiona la victimización sistemática que sirvió para beneficio político y  comercial;  en el fetichismo que se desencadenó en la búsqueda de los restos de aquellos que, simplemente, se habían evaporado en la pira demoledora en que se convirtió el World Trade Center.
Szichman reflexiona en torno a la satanización de quienes llevaron a término el estallido de los aviones comerciales;  revisa sus razones últimas y nos advierte que, como seres humanos, todos estamos conformados por aquello que delineó nuestro perfil interior. El narrador explica, al referirse a los piratas aéreos: “La furia de todos ellos, una furia incubada en siglos de frustración, apaciguada en cinco rezos diarios, propulsada por la injusticia, atenuada por escasos momentos de ternura y espoleada por la aflicción, por la eterna aflicción, movería edificios enormes, disiparía hasta sus cimientos. Sus vidas se disolverían en un instante sin dolor, como si nunca hubieran existido” (p. 62). Igualmente reconoce la manipulación de la que fueron objeto los familiares que, sin darse cuenta, desdibujaban el rostro real de sus muertos para reconstruir uno a la medida de sus nostalgias. Al referirse a la protagonista madre de dos víctimas, explica el narrador: “Comenzó a frecuentar un grupo de familiares de víctimas tratando de mostrar compasión, pero ya a los pocos días descubrió que los muertos de todos esos familiares se habían hecho más buenos gracias a la muerte”. (p. 67).
    La interpretación de esta monumental tragedia, llevada de la mano de una prosa impecable, es uno de los grandes aciertos de Szichman. Personajes y hechos pasan por el filtro de las motivaciones explícitas y soterradas que explican de otro modo acciones y reacciones. Por ejemplo abunda en la inestabilidad material de las torres desde su diseño y construcción. Cuando fueron calificadas como las más grandes del mundo, los dispositivos de seguridad habían hecho alarde de una  fortaleza que hablaba de la precariedad de la que se sujetaban los dos monstruos de concreto (ver p. 48). La simulación era el tácito lema a seguir por autoridades y agencias comerciales que veían exclusivamente sus beneficios, no los de la colectividad.
  Se hace referencia del alambicado sistema que ofrecía el FBI para confirmar la seguridad máxima nacional. La realidad que se puso al descubierto después del atentado fue otra: constantes errores por parte de los encargados de la supervisión de los aeropuertos, omisiones a gran escala, advertencias en las que se veía claramente la próxima emergencia nacional fueron insuficientes y hasta ignoradas con premeditación por parte de la agencia: “Tantas cosas que podrían haber salido mal. En primer lugar estaban los controles de seguridad en los aeropuertos. ¿Cómo harían los 19 miembros de Al-Qaida para atravesarlos? Pues de la manera más inepta posible. Las sirenas de alarma se activaron a cada paso, lejos de causar aprensión, facilitaron el operativo. Los seres atolondrados suelen despertar menos sospechas que quieres se pasan de vivos” (p. 59), nos aclara el narrador. La presencia del personaje Patrick Cassidy, ex funcionario del FBI que había sido retirado de su cargo, al que en un último momento se le asigna la seguridad de buena parte del World Trade Center, confirma la laxitud con la que había  sido asumida las señales de alarma de un ataque próximo a las torres. A la crítica del sistema de seguridad, se suman las del poder; la fría y premeditada violencia, el fanatismo religioso, los mesianismos ancestrales.
   La polifonía de voces que allí encontramos nos dan un panorama totalizador donde lo humano y sus meandros más profundos se yerguen como única excusa, o razón última posible. De allí que podamos ver la estructura novelística como un gran collage en el que convergen los hechos, sus ejecutores, las víctimas, y ese “día después” en el que tanto autoridades como hombres de a pie no sabían cómo enfrentar el vacío al que se les había orillado.
    En este impase que se prolonga a lo largo de toda la novela brotan sus dos protagonistas: Marcia, madre de dos ejecutivos que mueren dentro de la Torre Norte, y Jeremiah, periodista que cubrirá las calamitosas secuelas de la destrucción de las torres. Sus dramas personales se entretejen con este otro macro- drama. La afición de Marcia a la composición de collages la convierte en el espejo de ese collage mayor que es la novela. Ella utiliza materiales variados para sus obras: recortes de revistas, fotografías,  trozos de tela, pinturas…el novelista recurrirá igualmente a muy diversos escenarios, y a un número importante de miradas: la mesiánica de Bin Laden, la insegura de Bush, la sufriente de Marcia y la impersonal de Jeremiah, como una suerte de llamado a la reflexión sobre la verdad última de los acontecimientos.
   No se pretende justificar lo sucedido. La novela viene a ser un ejercicio de comprensión que permite a su autor re-escribir una historia para entenderla como parte constitutiva del mundo.  Si bien la muerte es el desenlace  para casi todos los personajes que habitan la novela, también en sus páginas se da la bienvenida a la vida que, sin alardes, se acepta como una bendición. De allí que la cotidianeidad emerja inevitablemente al mostrarnos, en ese gran collage, sucesos en apariencia banales que se convierten en el guiño de su autor para suavizar el  tono dramático que el hecho de suyo posee. Veremos entonces la visita de Marcia a su tío Augustus, dramaturgo venido a menos, que la invita a la puesta en escena de una obra teatral donde el absurdo se hace presente. La obra se había representado durante años sin ninguna modificación, aunque el tío acuñaba siempre que se trataba de una nueva. Y su título, “La luciérnaga” no coincidía con un guion en el que jamás se le mencionaba. Sin embargo para el tío toda justificación era posible al señalar que se trataba “de una obra de vanguardia”. 
   El énfasis en el histrionismo, que ya se ha visto en otras novelas de Szichman, como es el caso de Eros y la Doncella, se repite en La región Vacía. Así lo vemos en la extraordinaria escena en la que Bin Laden señala con sus manos el número de los impactos de los aviones en el atentado milimétricamente organizado por él. El arrobamiento con el que el terrorista va contando uno a uno los choques de aquellos aviones, presagian la razón final de sus motivaciones: eliminar el poder hegemónico de Estados Unidos; una tarea que asume como  encargo divino.
   La calidad argumental de la novela va de la mano de una esmerada prosa que evita dramatismos o tonos sensacionalistas. La palabra de Szichman tiene la mesura de quien conoce de cicatrices, abandonos y también de hallazgos felices, por ello la belleza deviene en ahínco, en énfasis inevitable. La capacidad del autor de encarnarse en sus personajes y reproducir la sensibilidad que los caracteriza es realmente magistral. La nitidez de la tristeza, o el fervor de la alegría se explayan en sus páginas para ofrecernos historias saturadas de claroscuros tal como lo es, ya sabemos, la vida.

viernes, 23 de mayo de 2014

La ceniza que nos cubre





Guadalupe I Carrillo T


La infancia, esa etapa de la vida tantas veces celebrada por poetas y trovadores, no siempre luce con luz propia. Tiene, como todo lo que atañe al ser humano,  claros y  oscuros. En esa bruma que se llama recuerdo, me acerco a mis siete años en la escuela para niñas que llevaban adelante un grupo de religiosas. Cursaba el primer año de primaria; me sentía mayor por haber salido del pre-escolar; a diario  ramalazos de alegría se apoderaban de mí; estaba estrenando una nueva etapa de vida.

   La rutina de hacer fila, levantar el brazo para la distancia entre una y otra compañera, rezar, cantar el himno nacional y desfilar a las aulas se repetía varias veces al día: al inicio y después de cada recreo. Esa rutina se vio de pronto alterada cuando en medio de los empujones que traen los finales del recreo, una de las niñas de los cursos más altos pasó junto a mí  y me zarandeó con un buen jalón de pelo. Me asustó la violencia de aquel gesto improvisado pero lo atribuí a un descuido pasajero.

   El miedo, sin embargo, se alojó en mí cinco días después de que aquella estudiante  hubiese repetido en cada uno de los momentos en que hacíamos la fila el mismo acto: un duro y estremecido jalón. El silencio, compañero inevitable del temor, me mantuvo agazapada en la resignación de ser agredida. Cuando el escenario mañanero repetía una y otra vez el momento en que mi verdugo privado volvería a ejecutar su agresión, me quedaba paralizada, mirándola desde mi vulnerabilidad. 

   No aguanté más. Lo dije a mi madre, siempre con la duda de si sería creída mi pequeña historia de tortura matutina. Creo que la intuición de la que ella gozó  toda su vida, supo reconocer este acto de bullying que su hija padecía.
   Sin hacer mayores preguntas, sin mencionar la gravedad de lo que ocurría,  mi madre actuó. Al día siguiente se acercó a mí una de las religiosas. Me miró fijamente, con serena convicción me tomó de la mano y me dijo: “Ven, no tengas miedo. Vamos a la fila de las niñas de sexto”. Cuando nos acercamos allí me animó: “Señálame quién de ellas te está tirando del pelo”. Mi dedo acusador se movió con la urgencia del sometido. La miré de frente y dije: “Es ella”. La religiosa me acompañó de nuevo a mi fila. “Nunca más va a ocurrir”. Fue su comentario final. Las lágrimas corrían por mi rostro compungido; la abracé por la cintura en señal de absoluta gratitud. Efectivamente, nunca volvió a ocurrir.

   Esta historia con final feliz, se convierte hoy en un relato rosa ante la gravedad de lo que pasa en México con las prácticas del bullying.  El día 20 de mayo, hace tres días,  murió el niño de doce años, Héctor Alejandro Martínez, estudiante  de la secundaria número siete en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Seis días atrás sus compañeros de clases lo sujetaron por los brazos y las piernas para convertirlo en un “columpio” humano. El zarandeo llevó a que el cuerpo de Héctor se golpease con la pared una y otra vez, hasta que perdió el conocimiento. Los golpes le habían causado un traumatismo cráneo encefálico que le provocó muerte cerebral.

   Esta muerte prematura producto de la violencia de otros chicos de la misma edad, que además convivían diariamente con el adolescente, no puede más que estremecer nuestras entrañas. La conmoción nacional no es suficiente ante este crimen -acuñarle otro sustantivo sería caer en eufemismos imperdonables-.

   En el portal de youtube subieron hace un par de días el acto de humillación y maltrato al que fue sometida una adolescente de unos catorce años en la ciudad de Zacatecas. Sus compañeros la rodearon, le echaron en cara que la chica les escribía mensajes hirientes en las redes sociales y le pedían que se disculpara. Inicialmente la chica se resistió, pero sus compañeros, especialmente una de ellas, la forzaron a hacerlo con tirones de pelo que lanzaron al suelo a la agredida. Con su cuerpo en tierra le ordenaron que tenía que arrodillarse para pedir disculpas: “¡Te arrodillas, cabrona!”. “¡Y lo dices recio que no te oímos!” El espectáculo duró unos cuatro minutos. A medida que crecía la rabia en la compañera, la chica recibía una lluvia de patadas en su estómago y piernas, mientras los compañeros, con la voz asustada ante la rudeza inclemente de aquella acosadora, le pedían que detuviese el castigo que cobraba dimensiones alarmantes. 

   Según datos arrojados por el periódico El Economista, de acuerdo a los estudios de la OCDE,  México ocupa el primer lugar a nivel internacional con mayores casos de bullying en el nivel secundaria. La Comisión de Derechos Humanos documentó que en 2011, el 30% de los niños de primaria declararon sufrir de bullying; para 2013 ya la cifra subió a 40%.

    La violencia que se ha apoderado de la población adolescente cobra dimensiones escalofriantes y nos cuestiona en la raíz de nuestro entramado social. Estas generaciones que apenas se asoman a la vida, arrastran una herencia ancestral llamada odio, miedo, rabia. Sus carencias son su piel, su puñetazo.  Recuerdo los versos del gran poeta pastor, Miguel Hernández, cuando enfático decía: “No perdono a la muerte enamorada/no perdono a la vida desatenta/no perdono a la tierra ni a la nada”.

   Lo imperdonable que nombra Miguel Hernández  tendría que ser el motor que nos anime a decir BASTA. Mirar la importancia de la educación de calidad, preparar a los maestros, darles la formación adecuada, sensibilizarlos, es el comienzo de ese gran reto que se llama EDUCAR.  Apenas el primer paso para que nuestros alumnos sean atendidos, escuchados y también, por supuesto, amados. Solo así se curan las heridas enquistadas en la sociedad, solo así dejarán de pensar que la solución está en el golpe, en la humillación, en la violencia desalmada.


jueves, 8 de mayo de 2014

El Bautizo

Guadalupe Isabel Carrillo T

Un mes antes nos habían dado el aviso de lo que pretendía ser un gran acontecimiento: el bautizo de la sobrina-ahijada. Por su comportamiento, esta vecina del pueblo que acababa de invitarnos a la fiesta, nos había demostrado con los años que su manera de relacionarse no pasaría de saludos efusivos cada vez que nos cruzábamos de carro a carro. Había simpatía entre nosotros y ellas pero la sensación de barrera permanente nos mantuvo al margen sin saber bien si acercarnos más o mantener la distancia que tácitamente se  dispuso en la cotidianidad. Se trataba de una familia de varias hermanas solteras y un hermano, padre de la niña protagonista del evento, que iban y venían a esa majestuosa casa construida a cuenta gota –hacía siete años del inicio de la construcción y aún no era habitada, solo eventuales fines de semana-.
   Los vimos pasar tantas veces sin acercarse a nadie que no fueran ellos mismos; la construcción se detuvo por tantos meses para reiniciarse a marchas forzadas; con quejas de vecinos que reclamaban un mal trazo de linderos, con el frío rechazo de la gente del poblado, que preferimos esperar a que aquellos posibles amigos dieran los primeros pasos para la amistad.
   El día se aproximaba pues no solo la vecina se acercó a avisarnos que nos invitaba a una celebración que se efectuaría un mes después. Además se tomó la molestia de llevarnos tarjeta de invitación una semana antes.
   Como somos amigueros por naturaleza y esa gente nos causaba cierta sensación de agrado y al mismo tiempo de desconcierto; dijimos desde el primer momento que iríamos sin falta y lo agendamos para no errar en la fecha.
   Los primeros tropezones vinieron al pensar en el regalo para la bautizada. Conocíamos al padre de la niña y su aspecto no era el de un hombre joven. Corpulento, moreno; si bien aún no se apreciaban canas en su escasa cabellera, le  calculaba fácilmente unos cuarenta y cinco años. Podría ocurrir que compráramos un vestido para una niña menor de un año y que la aquella pequeña hubiera sido bautizada con más edad. El desconcierto se superó con la selección de unos aretes que le quedarían a una pequeña de entre un año hasta los cinco.
   Tres días antes del evento notamos gran movimiento alrededor. Instalaron un tráiler en el terreno de al lado que se encontraba vacío y que también fue usado como estacionamiento para los visitantes. En el jardín del enorme terreno donde se levantaba la casa se montó fierro a fierro una elegante lona blanca en forma de techo de salón de fiesta; pero, además, para evitar pisadas incómodas en el irregular césped, se afincó un piso de madera laminada. Hubo plantas de luz y enormes linternas.
   El día del festejo calculado para las dos de la tarde, los ruidos no se hicieron esperar. Desde la mañana un ejército de hombres y mujeres iban y venían colocando mesas y sillas. De varios camiones salían cajas de refrescos, de utensilios de cocina: ollas, bandejas, cubiertos; mantelería y decorado asomaban la cercana conclusión de que se trataba de algo en grande.
   Estábamos entusiasmados con lo que se vislumbraba pero la salida de nuestra casa se prolongó por la inquietud que nos generaba el desconocimiento de cada uno de los invitados. Y lo dicho se hizo realidad: llegamos al lugar; en la puerta de entrada se encontraba el padre de la niña y una de sus hermanas; pero quien nos había invitado, la hermana mayor que llevaba la batuta de la fiesta y a quien más conocíamos, no estaba. Con esa sensación de timidez que nos alcanza cuando nos sentimos solos entre una masa de desconocidos, tuvimos que acercarnos a la que, pensábamos, era la mamá de la niña, pues la llevaba en brazos y la pequeña tenía puesto un trajecito muy semejante al que se suele usar en los bautizos.
   Sin conocernos, la señora nos saludó con mucha amabilidad. Le pregunté si ella era la mamá y, al asentir, me tomé la libertad de preguntarle por la edad de la niña: un año, solo tenía un año. Cruzamos pocas palabras y nos acercamos a algunas de las mesas que aún permanecían vacías. Mi marido y yo estuvimos allí, solos los dos unas cuantas horas y para no decaer el ánimo ante la situación que se estaba dibujando, decidimos ser observadores más que actores. El jardín estaba lleno de juegos para niños: al fondo un inflable que apenas se estaba convirtiendo en castillo. En la otra esquina un señor mayor tenía dispuesta su maquinaria para hacer algodones de azúcar. Cerca de nosotros se iba llenando una mesa con dulces, globos, recuerditos infantiles y en el centro la flamante presencia de dos piñatas: una de MikyMouse y otra de Mini.
    Todo estaba dispuesto para que más que un bautizo aquello fuera el gran festín de la población menor. La ternura decoraba aquel lugar, porque no solo eran las cosas: los invitados adultos traían niños como racimos; aquellos pequeños invadieron el lugar de carreras y risas que se desplegaban para que los viéramos  como papalotes en el cielo.
   En el transcurso de la reunión nos dimos cuenta que aquel tráiler instalado días antes contenía dos lujosos baños, con aire acondicionado, lavabo, alfombras, y cuatro personas que lo mantenían en la mayor pulcritud…Esa gente había tirado la casa por la ventana. Sin embargo el clima se tornó más que raro, desconcertante. Los invitados llegaron en traje informal; la mayoría en pantalón de mezclilla, sombreros, camisas sport. Pero los meseros iban vestidos de etiqueta: sacos negros con corbatines; pantalones también negros. Su servicio era impecable, digno de la más formal celebración. Cuando llegó la hora de la comida tipo buffet, nos acercamos a hacer fila frente a una larga mesa que contenía los más variados platillos  mexicanos. Sin embargo me llamó la atención que la mayoría de ellos eran recetas muy sencillas, típicas de la población campesina. También me extrañó que las bebidas, todas nacionales, se racionaban con insistencia. Al lado derecho del templete se encontraba otra larga mesa con más bandejas de comida a las que nadie tenía acceso; los meseros nos desviaban directamente a la mesa central. Me acerqué a pedir otra bebida que de lejos había observado y, gentilmente, el mesero cercano a nosotros nos comentó que aquello estaba reservado para otros invitados.
Mientras el padre de la niña se acercó a  nuestro lugar notamos su nerviosismo a flor de piel. Fumaba con desesperación: con el último cigarrillo encendía el próximo; además sus brazos estaban llenos de pulseras de cuero, oro y plata hasta el antebrazo; pero lo que más me sorprendió fue ver en su cinturón un revólver. Era aparatoso y brotaba de su cadera como si fuera un animal en alerta.

   En una fiesta fundamentalmente infantil, con decenas de niños corriendo por todos lados, el anfitrión iba y venía con un arma de fuego. Su niña, cargada en los brazos de la madre, era para mí la mayor garantía de que ese ser con el ánimo exaltado tendría que calmarse a como diera lugar. Minutos después la explicación se presentó frente a nosotros. Una gran parafernalia de coches y sirenas se acercaron  al lugar, haciéndonos pensar que había ocurrido algo grave. No, estábamos equivocados, de una limosina  salía el gobernador del estado, con un séquito de unos 30 guarda espaldas más los demás secretarios;  todos ellos ocuparon la mayor parte del espacio que quedaba. La fiesta se convirtió en un evento social y, por qué no, político. Nuestro conocido había echado la carne al asador. Supongo que aquel bautizo habrá sido una inversión de cientos de miles de pesos que solo agradarían unas horas de la vida del Gobernador. A los demás invitados en cambio,  la inesperada visita nos hizo salir lo más pronto posible de aquel confuso desencuentro entre ciudadanos de a pie y políticos que orbitan en otras latitudes.

miércoles, 23 de abril de 2014

REQUIEM A LA LECTURA EN MÉXICO

Guadalupe Carrillo T

Esta mañana pude sentarme frente al computador a realizar una de mis actividades favoritas: leer la prensa. Sin embargo, en esta ocasión me enfrenté al riesgo que todos corremos cuando queremos saber cómo rueda el mundo y quién se ha caído en el camino. El periódico La Jornada, uno de los más concurridos por su versatilidad y defensa de la cultura y la educación, publicó, a mi juicio,  una de las noticias más alarmantes del año. Escribe en su portada en grandes titulares: “En México se leen 2.8 libros al año, la gente prefiere ver la televisión”. El interior de la nota arroja datos aún más demoledores. Según investigaciones realizadas por la UNESCO “México ocupa el penúltimo lugar de un listado de 108 naciones en los índices de lectura a escala mundial”.
   La precisión de las cifras no deja  resquicio a la equivocación.  Treinta y cinco de cada cien personas no ha concluido la lectura de un libro en toda su vida. Las encuestas señalan que otros 48 de cada cien  no han asistido nunca a una biblioteca pública y otras tantas tienen la gran excusa de la “falta de tiempo” para justificar la omisión de esta práctica.
   Desafortunadamente, en la columna advierten que no se trata simplemente de un acto de desidia generalizado. La desnutrición, las enfermedades de la vista ausentes de un buen diagnóstico y de un posterior tratamiento vienen a ser las causas principales que provocan que la población ni siquiera se plantee la lectura como un ejercicio habitual; leer es un decorado más de la actividad escolar y ahí la dejan colgada como un afiche que permanecerá mudo en la pared.
   Añadir los costos económicos que implica la adquisición de un libro vendría a ser el colofón para diseñar un panorama desolador en la población del país. Los centenares de hombres y mujeres que no conocen a cabalidad qué es vivir con salud y que reducen su actividad al trabajo y la televisión abruman por ser mayoría.
    Hace unos años desarrollamos un proyecto de investigación que pretendía hacer un registro de la práctica lectora en los estudiantes universitarios de nuestra universidad, pública y diversa. Los resultados no fueron alentadores, por ello también allí quisimos ser propositivos frente a esa realidad que describe una actividad signada por la obligatoriedad, no por el gusto.
   Los talleres de lectura deben ser rediseñados y una etapa inicial sería la de permitir la selección de textos guiados por los intereses personales y no por la imposición. Aunque sus títulos carezcan de calidad literaria o de información relevante hay que orientar a niños y jóvenes hacia ese espacio maravilloso que se descubre en la palabra, en el discurso y  que nos dará la capacidad de contarnos a nosotros mismos para descubrir quiénes somos y quiénes podemos ser.
   Hoy se celebra el día del libro; esta noche Elena Poniatoska recibirá el premio Cervantes por su capacidad creadora y su incisivo discurso periodístico; esta semana el país lloró la partida de García Márquez. En la ciudad de Toluca se ha desarrollado una campaña de difusión de la poesía de grandes escritores. En las paredes públicas leemos versos y estrofas escritos con pincel, así que quien desee recorrer las calles de la ciudad podrá también recrear la sensibilidad leyendo hermosa poesía.

   Tantos eventos, tantas personas que nos remiten a la gloria de libros y al placer de la lectura no pueden pasar desapercibidos. Sobre todo necesitamos la decisión de un estado, de un sistema que no ve redituable la educación y menos aún, la cultura. La conciencia, el reconocimiento de que nos falta crecer como país debe empezar por mejorar la salud física y luego, indiscutiblemente, la intelectual.

viernes, 4 de abril de 2014

LA INSERCIÓN EN LO SOCIAL O SU RECHAZO


Guadalupe I Carrillo Torea


Si bien vivimos inmersos en un mundo socializado, no por ello participamos de las directrices que esas sociedades nos pretenden imponer. Más aún cuando queremos tomar las riendas de nuestra vida desde ángulos alternos.

   Casarte, tener hijos, prosperar económicamente para disfrutar de una cotidianidad en la holgura y la comodidad. En general estas suelen ser las expectativas de muchos ciudadanos que conviven a nuestro alrededor. Para una gran mayoría la preparación profesional podría pasar a un segundo plano; es más importante la abundancia económica y las aspiraciones materiales. Otros grupos menos numerosos, entre los que me incluyo, valoramos la profesión y nos sumergimos en ella como una alternativa válida que nos da sentido y trascendencia.

   Desde la literatura el mundo puede representarse. Habrán miradas más distorsionadas que otras; algunas lo verán desde el pesimismo; otras en el optimismo y la esperanza; pero todos tienen que enfrentarlo y repensarlo. El proceso es interminable en la medida en que lo pronunciemos. La palabra que escribo, la palabra que leo, que me conmueve,  me libera de mí, de mis demonios y me permite sentarme en la vida con paz. Allí siento el rumor de mi espíritu.

Al  nombrarlo, la buena literatura desviste al hombre de sus prejuicios. Lo muestra desde sus entrañas, en sus laberintos más recónditos; en la pesadilla y la lucidez. La nobleza deambula muy cerca de la perversión. Nuestras fronteras son cada vez más tenues y admitirlo es una forma de sabiduría; la literatura da fe de ello, lo plasma, lo reflexiona. Por ello apuesto por la versatilidad, la inclusión y la tolerancia.

   Ese filtro llamado “verbo” rompió murallas; abrió rutas para el consuelo; suturó cicatrices en los sueños y me ha mostrado en su belleza que somos capaces de dibujar el mundo con otros ojos; besarlo en tono de caricia.

   Me alejo de esa sociedad que se escandaliza, que condena y excluye sistemáticamente; se disfraza de apariencias y buenos modales, pero es el tono gris del universo; la sombra de la hipocresía lo cubre por completo. La autenticidad y la coherencia, en cambio,  cobran caro su brillo. Nos invitan a exámenes constantes; nos retan y nos hacen crecer. Vale la pena escarbar en ese territorio interior; deshacer la maraña que hemos ido tejiendo para desprendernos de la desilusión.

   Edificar un espacio paralelo en el que habitemos con nuestra historia es una buena opción. Ese territorio inasible que construimos hacia dentro, ajeno de disonancias, abierto a la vida y a todos sus traspiés. Que caer sea el paso previo a levantarse y que seguir adelante se convierta en el decreto unánime. La falsedad está exiliada; camina por otros derroteros. Aquí queremos que la armonía sea una forma de belleza, un lugar común.

   Ya  reconciliados, con la certeza del perdón adentro, podremos, de nuevo, mirar  en el horizonte algo que se parezca a la felicidad.
  


viernes, 28 de marzo de 2014

VENEZOLANOS CONGRUENTES



Guadalupe I Carrillo T

    Hoy los supuestos líderes políticos reprimen comportamientos, dictan directrices a seguir, ejemplos dignos de sermones callejeros, pero les falta el ingrediente que le da consistencia a aquello que podría sonar hueco: la autenticidad y la congruencia. Nada legitima con mayor autoridad la vida de los seres humanos que la veracidad de lo que viven, donde no se lastima al otro, donde la certeza es la consigna inmediata que nunca se debilita,  donde podemos mostrar sin tapujos lo que somos o lo que  queremos de nosotros.

   El pueblo venezolano que hoy continúa en pie de guerra me ha dado una gran lección. Pensé que los ideales terminaban cuando tu vida o tu libertad corría peligro. Creí que hay límites para los riesgos; que sobre todo se impone el instinto de supervivencia. Estaba equivocada. Mi país está abarrotado de compatriotas blindados de convicción y de coherencia.

   Hoy el TSJ de Venezuela rechazó la apelación de los abogados de Leopoldo López quienes pedían su excarcelación inmediata. María Corina Machado regresó de su viaje a Perú rodeada de diputados peruanos que fungieron literalmente como escudos humanos para protegerla del linchamiento que le ha urdido la Asamblea Nacional de mayoría chavista. Ambos personajes son, o los han convertido, en héroes nacionales. De esa mitad de nación que hace mes y medio grita  con ahínco su desesperanza entre avenidas y calles de todo el país. Sus voces son heridas que supuran derrotas; hay una mueca generalizada que dice “hasta aquí”, que no aguanta más.

   Pero me detengo en estos héroes, los visibles y los que han colocado en primera fila a pesar de su anonimato inicial. Él preso; solitariamente preso. ¿Y el drama familiar? El niño de un año que apenas tambalea sus primeros pasos; la pequeña que cree que su papá puede estar de nuevo de gira; la esposa con el gesto irremediable de tristeza colmada. En el chavismo no hay escrúpulos; Leopoldo López puede ser un nuevo Simonovis. La eternidad empapela las paredes de las cárceles venezolanas.
   María Corina todavía va y viene; ¿hasta cuándo podrá hacerlo? ¿En qué segundo se detendrán las manecillas de ese reloj que se llama “arbitrariedad chavista” para que su esperanza quede confinada  a cuatro paredes? Cualquiera en su lugar habría impuesto la razón que avizora otros derroteros. Alternativas como “me voy del país” o “la justicia es la gran ausente, buscaré otras salidas, otros territorios libres; lucharé desde fuera”. No lo hacen. En ellos no solo hay compromiso, hay una única opción y la tomaron hace ya años. Esa opción se llama “futuro para Venezuela”. No han sido suficiente los golpes, las descalificaciones públicas, la humillación machista que alguna vez dijo  a María Corina que “águila no mata mosca”. Ella irá al paredón de la injusticia con la frente en alto.

   Lo mismo ocurre con nuestros estudiantes caídos. O con esos que aún tienen aliento para decir: “no salgo de la calle; prefiero luchar hasta morir”. Son muchachos que dejaron sus sueños derramados en aceras y barricadas; sin atisbo de dudas, se mantendrá ahí quién sabe hasta cuándo.  La congruencia no solo tiene trono hoy en Venezuela; tiene nombres y apellidos. Que nadie le amordace la valentía; que esté ahí como un presente continuo, como un clamor sin fin.