viernes, 4 de abril de 2014

LA INSERCIÓN EN LO SOCIAL O SU RECHAZO


Guadalupe I Carrillo Torea


Si bien vivimos inmersos en un mundo socializado, no por ello participamos de las directrices que esas sociedades nos pretenden imponer. Más aún cuando queremos tomar las riendas de nuestra vida desde ángulos alternos.

   Casarte, tener hijos, prosperar económicamente para disfrutar de una cotidianidad en la holgura y la comodidad. En general estas suelen ser las expectativas de muchos ciudadanos que conviven a nuestro alrededor. Para una gran mayoría la preparación profesional podría pasar a un segundo plano; es más importante la abundancia económica y las aspiraciones materiales. Otros grupos menos numerosos, entre los que me incluyo, valoramos la profesión y nos sumergimos en ella como una alternativa válida que nos da sentido y trascendencia.

   Desde la literatura el mundo puede representarse. Habrán miradas más distorsionadas que otras; algunas lo verán desde el pesimismo; otras en el optimismo y la esperanza; pero todos tienen que enfrentarlo y repensarlo. El proceso es interminable en la medida en que lo pronunciemos. La palabra que escribo, la palabra que leo, que me conmueve,  me libera de mí, de mis demonios y me permite sentarme en la vida con paz. Allí siento el rumor de mi espíritu.

Al  nombrarlo, la buena literatura desviste al hombre de sus prejuicios. Lo muestra desde sus entrañas, en sus laberintos más recónditos; en la pesadilla y la lucidez. La nobleza deambula muy cerca de la perversión. Nuestras fronteras son cada vez más tenues y admitirlo es una forma de sabiduría; la literatura da fe de ello, lo plasma, lo reflexiona. Por ello apuesto por la versatilidad, la inclusión y la tolerancia.

   Ese filtro llamado “verbo” rompió murallas; abrió rutas para el consuelo; suturó cicatrices en los sueños y me ha mostrado en su belleza que somos capaces de dibujar el mundo con otros ojos; besarlo en tono de caricia.

   Me alejo de esa sociedad que se escandaliza, que condena y excluye sistemáticamente; se disfraza de apariencias y buenos modales, pero es el tono gris del universo; la sombra de la hipocresía lo cubre por completo. La autenticidad y la coherencia, en cambio,  cobran caro su brillo. Nos invitan a exámenes constantes; nos retan y nos hacen crecer. Vale la pena escarbar en ese territorio interior; deshacer la maraña que hemos ido tejiendo para desprendernos de la desilusión.

   Edificar un espacio paralelo en el que habitemos con nuestra historia es una buena opción. Ese territorio inasible que construimos hacia dentro, ajeno de disonancias, abierto a la vida y a todos sus traspiés. Que caer sea el paso previo a levantarse y que seguir adelante se convierta en el decreto unánime. La falsedad está exiliada; camina por otros derroteros. Aquí queremos que la armonía sea una forma de belleza, un lugar común.

   Ya  reconciliados, con la certeza del perdón adentro, podremos, de nuevo, mirar  en el horizonte algo que se parezca a la felicidad.
  


viernes, 28 de marzo de 2014

VENEZOLANOS CONGRUENTES



Guadalupe I Carrillo T

    Hoy los supuestos líderes políticos reprimen comportamientos, dictan directrices a seguir, ejemplos dignos de sermones callejeros, pero les falta el ingrediente que le da consistencia a aquello que podría sonar hueco: la autenticidad y la congruencia. Nada legitima con mayor autoridad la vida de los seres humanos que la veracidad de lo que viven, donde no se lastima al otro, donde la certeza es la consigna inmediata que nunca se debilita,  donde podemos mostrar sin tapujos lo que somos o lo que  queremos de nosotros.

   El pueblo venezolano que hoy continúa en pie de guerra me ha dado una gran lección. Pensé que los ideales terminaban cuando tu vida o tu libertad corría peligro. Creí que hay límites para los riesgos; que sobre todo se impone el instinto de supervivencia. Estaba equivocada. Mi país está abarrotado de compatriotas blindados de convicción y de coherencia.

   Hoy el TSJ de Venezuela rechazó la apelación de los abogados de Leopoldo López quienes pedían su excarcelación inmediata. María Corina Machado regresó de su viaje a Perú rodeada de diputados peruanos que fungieron literalmente como escudos humanos para protegerla del linchamiento que le ha urdido la Asamblea Nacional de mayoría chavista. Ambos personajes son, o los han convertido, en héroes nacionales. De esa mitad de nación que hace mes y medio grita  con ahínco su desesperanza entre avenidas y calles de todo el país. Sus voces son heridas que supuran derrotas; hay una mueca generalizada que dice “hasta aquí”, que no aguanta más.

   Pero me detengo en estos héroes, los visibles y los que han colocado en primera fila a pesar de su anonimato inicial. Él preso; solitariamente preso. ¿Y el drama familiar? El niño de un año que apenas tambalea sus primeros pasos; la pequeña que cree que su papá puede estar de nuevo de gira; la esposa con el gesto irremediable de tristeza colmada. En el chavismo no hay escrúpulos; Leopoldo López puede ser un nuevo Simonovis. La eternidad empapela las paredes de las cárceles venezolanas.
   María Corina todavía va y viene; ¿hasta cuándo podrá hacerlo? ¿En qué segundo se detendrán las manecillas de ese reloj que se llama “arbitrariedad chavista” para que su esperanza quede confinada  a cuatro paredes? Cualquiera en su lugar habría impuesto la razón que avizora otros derroteros. Alternativas como “me voy del país” o “la justicia es la gran ausente, buscaré otras salidas, otros territorios libres; lucharé desde fuera”. No lo hacen. En ellos no solo hay compromiso, hay una única opción y la tomaron hace ya años. Esa opción se llama “futuro para Venezuela”. No han sido suficiente los golpes, las descalificaciones públicas, la humillación machista que alguna vez dijo  a María Corina que “águila no mata mosca”. Ella irá al paredón de la injusticia con la frente en alto.

   Lo mismo ocurre con nuestros estudiantes caídos. O con esos que aún tienen aliento para decir: “no salgo de la calle; prefiero luchar hasta morir”. Son muchachos que dejaron sus sueños derramados en aceras y barricadas; sin atisbo de dudas, se mantendrá ahí quién sabe hasta cuándo.  La congruencia no solo tiene trono hoy en Venezuela; tiene nombres y apellidos. Que nadie le amordace la valentía; que esté ahí como un presente continuo, como un clamor sin fin.
  






lunes, 10 de marzo de 2014

PINTAR ARCOIRIS EN EL CORAZÓN


Guadalupe I Carrillo T

En el taller de Creación literaria que dicto a los estudiantes de la licenciatura en comunicación creo que aprendo más de mis alumnos que ellos de mí. Me actualizan en la frescura, en la plenitud y muchas veces en el esplendor de su veracidad. Ellos desbordan autenticidad y en esa tesitura muestran con claridad meridiana qué llevan dentro.

   El último día hicimos un ejercicio poético de raíz más bien prosaica. Primero les leí un texto de Cortázar extraído de unos de sus libros más estridentes: Historia de cronopios y de famas , el texto se titula “Instrucciones para dar cuerda a un reloj”. Efectivamente Cortázar explica en un tono de gran lirismo cómo dar cuerda a un reloj; un acto tan sencillo y tan ordinario, entra en el mágico mundo de la poesía a través de sus palabras. El autor aprovecha para reflexionar sobre el tiempo, la muerte, la esclavitud que ejerce Cronos sobre los hombres y explica cómo tocar la manija  para  ejercer el ritmo del tiempo: “Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas,  el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan”. Más adelante insistirá: “Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante”.

   Los chicos quedaron maravillados de escuchar las palabras de Cortázar. Les dije que hicieran otras instrucciones para actos sencillos: comer una manzana, cerrar una puerta…La originalidad se hizo presente en el aula; en un estilo semejante al de Cortázar dispusieron cómo atarse los cordones de los zapatos para de inmediato dar el primer paso firme hacia la vida, otro nos instruyó de cómo dar un mensaje a su compañero, alguno más explicó cómo  despertar y levantarse. La mayoría hizo uso de su espontaneidad, del  sentido del humor y de la poesía que, envuelta en palabras, recogía afectos, lanzaba al aire ilusiones tempranas, modos de la ternura.

   Me conmovió especialmente el texto de un chico: “Instrucciones para que ella te ame  por  siempre”. El y su novia tomaron la asignatura conmigo; siempre están juntos. No sé si conocerlos, verlos llevar y traer su amor a la mesa, al salón de clases; o si el hacernos testigos de esa felicidad pequeña que para ellos es maravillosamente descomunal influyó en mi percepción de su texto. Al leerlo sentí un ramalazo de ternura.  No solo el título era hermoso. El contenido se detenía en aconsejar cuidadosamente a cualquier ser humano del esmero indispensable para amar. De las renuncias a aquel jersey que te gustaba pero que pospones para invitarla a un buen restaurante. De las horas invertidas en paseos, tardes de café, mañanas de cine y  besos a granel; de la necesidad de complacerla, porque en eso reside también su placer.

El texto era un original decálogo de propuestas para quienes están inmersos en el deseo de amar con ahínco. Es en realidad la radiografía del buen querer. Paradójicamente, en este mundo de la inmediatez, de la ausencia de compromisos, él, con 23 años,  pide que ella  “lo ame por siempre”.

   Más que lo que se pide, me conmueve que mis jóvenes alumnos tengan la nobleza a flor de piel; la pasión como gesto; la creatividad estrenándose cada mañana. Qué gusto me da acompañarlos, qué privilegio aprender a pintar arcoíris en el corazón.

 

martes, 25 de febrero de 2014

¿Podrá Venezuela "Arar en Paz"?


Guadalupe I Carrillo T
 
 

Pensé poner mi corazón, con una cinta

morada, encima de la montaña más alta del mundo,

para que, al levantar la frente al cielo, los hombres

viesen su dolor hecho carne, humanado.

Esta primera estrofa  que pertenece al poema “Aren en Paz” fue escrita por el gran poeta Blas de Otero, en la época de la guerra civil española. España había quedado en la ruina económica más profunda de su historia. A esta se añadía el odio social, el derrumbe de una humanidad que estaba dejando de entender qué era un compatriota y porqué se había convertido en su enemigo, en el oponente de sus sueños, en el que había que liquidar hasta quitarle la vida. Esto ocurre en Venezuela desde hace unos años. Pero las últimas semanas la voz subió sus decibeles y solo sabe de alaridos; es el idioma que todos hablan pero pocos, muy pocos  entienden.

Pensé mutilarme ambas manos, desmantelarme

Yo mismo mis dos manos, y asentarlas

Sobre la losa de una casa en ruinas:

Así oraría por los desolados

   No pretendo reseñar lo que los medios internacionales han cubierto hasta la saciedad; esto que escribo quiere ir de la súplica a la oración. Como Blas de Otero, solo deseo “orar por los desolados”. ¿Y quiénes son? ¿A quiénes incluir? A todos los que esta guerra alucinada le ha ido mermando la raíz de su alma. Venezuela vive en la mutilación; los estudiantes, la sociedad civil se está desmantelando con la apuesta que les queda: la terquedad como única consigna. Escuchaba la voz desesperada de un estudiante en la calle: “¡Aquí, en este país no queda nada, y yo voy a luchar hasta el final!. ¡No me la calo! Gritó con el timbre de la desesperación ensartado en su voz.

 

El diálogo es el visitante que no llega, que se retrasa día a día. Por eso buscan en las calles, en las arengas multitudinarias un sustituto que pueda calmar un cansancio que se torna ancestral y que ya no puede sostenerse. Blas de  Otero continúa:

Después, como un cadáver puesto en pie

de guerra, clamaría por los campos

la paz del hombre, el hambre de Dios vivo

la represada sed de libertad.

La apuesta a la calle es el pie de guerra, es el clamor por una paz, por un bienestar que cada vez se hace más tenue, que se desdibuja en el horizonte de la mayoría. Por ello el tono de la indignación no ha cesado; pero desafortunadamente se mezcla con el vandalismo, con el quién es más vivo. Robar, saquear, matar sin prejuicios, con saña y sin remordimientos es el olor de lo que se está pudriendo en una sociedad cada vez más desquiciada. Me uno a las entrañables palabras de Otero y digo:

Noches y días suben a mis labios

-ellos en són de sol; ellas, de blanco-,

Detrás acude la esperanza con

Una cinta amarilla entre las manos.

Esperanza, días en són de sol, noches de blanco…¿podrá venir todo esto a Venezuela? ¿Cuántos hombres y mujeres tendrán que padecer cárceles injustas, cuántos jóvenes recibirán como última caricia un tiro en la cabeza, o un perdigón en el ojo? ¿Por cuánto tiempo esta será la despedida a una vida que se perdió en la multitud? Venezuela se deshace en las manos de su gente, a Venezuela se le perdió el futuro. Por eso la apuesta total sigue siendo esta:

Miradme bien, y ved que estoy dispuesto

para la muerte. Queden estos hombres.

Asome el sol. Desnazca sobre el mundo

la noche. Echadme tierra. Arad en paz.

 

Que ese sol caribeño que tanto amamos, dé luz y  nos permita arar en paz, llegar al puerto en el que un venezolano reconozca a un compatriota en el otro venezolano, sea chavista, sea opositor.

 

 

 

 

miércoles, 29 de enero de 2014

Gaudeamus Igitur


 

Guadalupe Carrillo Torea

Gaudeamus Igitur/ Iuvenes dum summus

La semana pasada nos extendieron una invitación a los profesores de la facultad de Humanidades: el director saliente rendía su último informe de actividades y nos convocaba al acto. Los informes suelen ser aburridos, complacientes; quienes los leen asumen logros de quienes estamos allí como si fueran personales. Sin embargo este fue diferente. La apertura del acto estuvo amenizada por un grupo de voces que, a capela, cantaron el himno universitario internacional: El Gaudeamus Igitur. Quizás mi ánimo estaba en buena sintonía porque al oír el himno me sentí realmente conmovida; no solo por la alegría literal de la que allí se habla, ni tampoco por la bella melodía que la sostiene, era algo más. El reconocimiento a la universidad desde su ángulo más noble: la juventud, la generación de conocimiento, el valor de la educación superior que forma desde su universalidad.

Vivat Academia/ vivant profesores

Tantas veces pensamos que lanzar vivas al cielo solo se hace en los estadios de futbol, o en los conciertos multitudinarios. En esta ocasión le tocaba a la Academia, a quienes la humanizan y la enaltecen. He disfrutado por catorce años la experiencia universitaria en el lugar que realmente la salva de no convertirse en una maquinaria de burocracias. En ese devorador mundo que se llama papeleo, oficios, idas y venidas en oficinas, búsqueda de constancias para archivar lo intangible: la convivencia con los estudiantes, la transmisión no solo del conocimiento, también de la experiencia de lo que hemos ido siendo. Verlos vivir su frescura, sus años espléndidos, es para mí un privilegio rotundo. Ellos pasean su inquietud,  pero también el desasosiego al enfrentarse a ese futuro que apenas empiezan a construir.

   No solo hay alegría en los chicos, de pronto la tristeza se les empoza en la mirada. Esos son los rostros de una universidad pública que no discrimina por razones económicas. Es abierta, y  enseña a  quienes la construimos día a día a que  también aprendamos a serlo.

Alma mater floreat/ quae nos educavit

   Quien educa puede ser calificado de madre, de padre.  Incidir positivamente sobre la vida de otros que apenas arrancan es más que una gran responsabilidad, es  también suerte y salud. Las pesadillas burocráticas a las que nos someten cada vez más en la universidad empaña su raíz: convertirse en Alma Mater.

 

   Afortunadamente en esta ocasión me había equivocado en mi apreciación. El informe del director saliente fue un discurso equilibrado, lleno de gratitud para todos los que lo acompañaron en estos años frente a la dirección de la facultad. Se habló de ese “humanismo que transforma”, lema escogido por la nueva administración de Rectoría para definir a la Universidad Autónoma del Estado de México. Quiera la historia mostrarnos que el humanismo se imponga como paisaje, como timbre de voz, como vida.

 

 

 

miércoles, 22 de enero de 2014

Nombrar "Lo que no tiene nombre"


Guadalupe I Carrillo T


Hace unos meses, revisando blogs de literatura que tanto disfruto –los blogs son altamente recomendables, doy fe de ello- me encontré con el nombre de una escritora colombiana a la que nunca había leído. Se llama Piedad Bonnett. Ha escrito varias novelas, ha recibido premios literarios por su obra poética;  también publica en la página web Prodavinci que convoca a excelentes articulistas de toda América Latina. Es una mujer inteligente y ha logrado plasmar su talento en la maravillosa forma de las palabras.
   En 2013 Alfaguara publicó su última novela Lo que no tiene nombre. La radicalidad de la expresión anuncian la temática trágica de la obra. Piedad Bonnett nos relata la experiencia más triste que podría  vivir un ser humano: la muerte de un hijo por mano propia. Daniel, su hijo de 28 años recién cumplidos, saltó al vacío desde la azotea del edificio donde vivía en la ciudad de Nueva York, en la que se encontraba estudiando hacía meses una maestría.
    El reto que supone para una escritora que en esas páginas es también madre adolorida, literalmente con herida de muerte, enfrentar a través de las palabras esta historia de pesadumbre es una labor ímproba.  Supone la entereza de nombrar el dolor, de verlo frente a frente, de no caer en lamentos desesperados. Supone, en definitiva, la difícil búsqueda de la objetividad unida a la ternura materna y a la realidad que de tan trágica pareciera que no se toca nunca. Y sin embargo Piedad Bonnett logra combinar todos estos elementos llevada por la honestidad que da la palabra que nombramos con valentía. Ella nos dirá: “Daniel se mató, repito una y otra vez en mi cabeza, y aunque sé que mi lengua jamás podrá dar testimonio de lo que está más allá del lenguaje, hoy vuelvo tercamente a lidiar con las palabras para tratar de bucear en el fondo de su muerte, de sacudir el agua empozada, buscando, no la verdad, que no existe, sino que los rostros que tuvo en vida aparezcan en los reflejos vacilantes de la oscura superficie” (2013: 20, 21).
   La obra, de carácter testimonial, que no busca la ficción sino la representación de la vida personal o de tragedia familiar, comienza con la llegada de los parientes al edificio en el que residía su hijo Daniel. Ya ocurrió el tétrico suicidio y van a buscar sus pertenencias, van a cremar su cuerpo, a cerrar el ciclo de una vida cuyo sufrimiento tenía que detenerse. Más adelante se va al pasado y a la explicación de una muerte ceñida a la juventud plena. Su hijo padecía  un trastorno psíquico  de grandes dimensiones desde hacía casi una década y las alucinaciones, las crisis depresivas, las voces que le decían que se matara venían a él una y otra vez.
   La voz de Bonnett busca el exorcismo del dolor, quiere quitarse el estigma que socialmente se encaja en el alma de aquellos han padecido la pérdida de un ser querido a través del suicidio. Ella lo enfrenta como si se encontrara en un ring de boxeo, esperando los golpes de su oponente: “La noticia de que se trató de un suicidio hace que muchos bajen la voz, como si estuvieran oyendo hablar de un delito o de un pecado…Y es que la sola palabra suicidio asusta a muchos interlocutores. En varios de los correos que recibo se habla de “lo que ha sucedido” o simplemente se soslaya el hecho mismo con expresiones como “te acompaño en estos momentos” o “te pienso todo el tiempo”. (2013: 77).
   La edición del libro, cuidada con la ternura de la pérdida, de la añoranza infinita,  añade en cada uno de los capítulos pinturas dibujadas por Daniel. Su condición de artista que quería dedicarse al dibujo a tiempo completo fue otras de las grandes incomprensiones que vivió. Más de uno lo desanimó ante la incongruencia social de quienes no pueden vivir del arte. Y él se alejó de su vocación para evocar otros demonios.
   La obra es pues una suerte de terapia personal  en la que pretende comprender al hijo, a su enfermedad, a las irremediables motivaciones que lo llevaron a correr para encontrarse con la muerte. Así nos dice: “No voy a pronunciar el nombre de esta enfermedad, piensa el médico, porque no quiero rotularlo, no quiero condenarlo, no voy a hacerle perder las esperanzas y sumergirlo en la desesperación. Porque no hay enfermedades sino pacientes. No voy a pronunciar ese nombre, dice el enfermo, porque van a huir de mi, porque me abandonarán, porque me recluirán, porque no me amarán ni se casarán conmigo. Porque me mirarán con miedo. No voy a pronunciar ese nombre, dice el padre, dice la madre, porque no puede ser, no puede ser, no puede ser”. (101).
   Como muchas de los desaciertos de la ciencia o de quienes la ejercen, a Daniel le recetaron un medicamento para un acné galopante que acosaba su cara de adolescente. Sin embargo la medicina estaba llena de contra indicaciones que no fueron supervisadas y que incluían la posibilidad de que brotaran enfermedades psíquicas de largo alcance.  Allí empezaron los trastornos, que más adelante se desatarán como una tormenta invernal: “…su hermana nos llama a decirnos que lo nota “raro”: que habla de sus opciones de vida, que no duerme, que sale a dar paseos y regresa de inmediato, que tiene súbitos accesos de llanto y que acaba de decirle que tiene miedo de que lo aprese la policía. Con el corazón encogido de dolor y estupefacción le digo que lo devuelva de inmediato, en el vuelo más próximo” (139)
   No se trata de una novela, no es un diario, tampoco una crónica. Es reflexión frente a esa derrota que se llama muerte, que se enuncia como dolor impalpable, de tan grande y tan hondo.  Recomiendo su lectura. Son páginas de honestidad desgarrada y de afecto absoluto escritas a través de una bella prosa que invita a la lectura.
  



jueves, 9 de enero de 2014

Oaxaca: luces y sombras


Guadalupe I Carrillo

“Ya va a venir el día, ponte el alma”

César Vallejo

 

Una de las primeras ciudades que visité hace catorce años cuando llegué a vivir a México fue Oaxaca. Y me enamoré perdidamente de ella: Además de la riqueza arqueológica que rodea a la ciudad –recordemos a Mitla y Monte Albán-,  el casco urbano, de espléndida arquitectura,  rechina su belleza frente a un sol intenso que invita a sentarse en la sombra de los portales y a escuchar la marimba tintineando felicidad; la armonía es protagonista privilegiada  del  decorado urbano. Colores vivos empapelan las paredes y dan a las calles sensación de que hay vida bella y buena.

   En noviembre de 2013 volvimos a recorrerla.   Esa bella ciudad, que sigue seduciendo a turistas de todo el planeta, está habitada por la pobreza de la mayor parte de su gente. Muchas veces creemos ingenuamente que aquellos espacios que visitamos mantendrán su sello personal de forma  indeleble. Pensaba que los allí congregados seguirían teniendo el éxito que el turismo aporta a la ciudad y que esa pobreza que ahora veía no era real. Estaba equivocada.

 Al acercarnos a Oaxaca la realidad había cambiado radicalmente y pronto seríamos testigos de ello. Quisimos adentrarnos en su corazón urbano, por ello  decidimos ir  al Mercado público, donde participa el pueblo. Nos cruzábamos con decenas de indígenas que deambulan su vejez de un lado para otro; doblada la espalda, los pies parecían suelas desgastadas, ancestrales. Esos ancianos vendían alimentos o artesanías. Ellos que están al final del camino, aún tienen que recorrerlo sin descanso.

Más tarde fuimos a los portales con la ilusión de volver a lo conocido y disfrutado. El bullicio se hacía presente, la gente se arremolinaba, y las mercancías de artesanía, de ropa, de globos que ondeaban una alegría quizás aparente, quizás real estaban allí, al lado de campesinos que permanentemente se detenían a ofrecerte su material. Nos sentamos en uno de los restaurantes. La sorpresa se había instalado junto a nosotros porque en ese espacio tan diverso los niños van y viene realizando su trabajo cotidiano.

   Se acercó a nosotros uno de ellos. Traía su caja de madera y su pequeño asiento, también de madera; nos ofreció darle una pulida a nuestro calzado. Los dedos de ese niño, que debían estar tocando juguetes despreocupadamente, se embadurnaban de betún y acariciaban mis zapatos con el esmero de un especialista. Le pregunté quién le había enseñado a bolear, me contestó con gran orgullo: mi abuelito. ¿Dónde se perdió la infancia de esas criaturas? ¿Cuándo desapareció el asombro en esa mirada de adulto prematuro?

    La desnutrición que ha sumido a esa población desprotegida por generaciones, ha dejado como secuela la generalización de una estatura muy pequeña. La mayoría de las personas, hombres y mujeres, que veíamos tenían un tamaño reducido. Trabajar para despejar la penuria no es suficiente. No alcanza para despejar la sensación de estómago vacío; la miseria se ha convertido en rutina para cientos de miles que no solo van a la ciudad de Oaxaca, también para aquellos que habitan en su estado, en sierras  apartadas por kilómetros  de las urbes. Dicen que aquella gente se acostumbró a ir siempre descalza

 En uno de sus ensayos, Leonardo Padrón cita al premio Nobel de Economía, Joseph E. Stiglitz, quien asegura que “el 1% de la población tiene lo que el 99% necesita. Padrón acota: “Una cifra de escándalo. De esas que masticas con incredulidad”[1]. Este desbalance tan hiperbólico está en Oaxaca. La ciudad encantada, la ciudad de las tragedias colectivas. ¿Podrás, Oaxaca, ponerte algún día el alma?




[1]  En http://leonardopadron.com/la-soledad-de-las-mayorias/