martes, 24 de septiembre de 2013

EMERGENCIA DE LA NOVELA NARCO EN MÉXICO


 

 Guadalupe I Carrillo T

   Lo que hoy se conoce como la novela narco tiene características bien diferenciadas: la violencia de su mundo, la abyección en sus más variadas perversiones como atmósfera y recurso predominante y los hechos que protagonizan sus personajes: de  nobleza inusitada en ocasiones, las más de las veces de una terrible animosidad hacia la maldad por sí misma o por venganzas implacables, la emparentan con la llamada novela negra, con abundante presencia de las características propias de la novela policial.

   Ambos géneros[1] -o subgéneros, como también se le clasifica- poseen la célebre paternidad de Edgar Alan Poe, que elabora el perfil del hábil investigador Auguste Dupin, categoría recurrente en otros autores del género, como es el caso del famoso Sherlock Homes. Algunos críticos se remontan  a la novela gótica como  antecedente de lo que será la novela negra; en definitiva se trata de una misma raíz, el crimen –el mal, como consecuencia-  y diferentes matices en la elaboración argumental: en unas ocasiones la búsqueda de asesino –novela policial- en otras el interés por resolver asesinatos –novela enigma- y las más de las veces por la representación de la sordidez que se enquista en personajes, acciones y espacios: novela negra.

  En su  primera época la novela negra estuvo más  vinculada con la investigación de crímenes, propia del género policiaco; con los años ampliará sus fronteras a medida que se adentra en el siglo XX y su  modernidad, caracterizada especialmente por el crecimiento urbano. Ciudades grandes, unidas al abandono sistemático del campo, dan como resultado la sobrepoblación de las urbes y la pérdida de capacidad para resguardar el orden. La consecuencia inmediata es predecible: aumento de la delincuencia, mayor inseguridad ciudadana, expansión de la pobreza; todo ello entreverado por  la corrupción de los altos y bajos mandos, que ven en el poder la mejor arma para vivir de la impunidad. Luis Carlos Cano Velásquez explica la evolución de la novela negra clásica hacia la contemporánea, enfocando su atención en el nuevo escenario de la sociedad contemporánea que afecta en la metamorfosis que sufre el detective. El investigador apunta:
  Aunque la novela negra  conserva la visión maniquea de oposiciones contradictorias    características de la modalidad clásica, su protagonista asume una función (exitosa en cuanto a la solución del misterio, pero fallida en el control de la corrupción) de proveer la justicia que las instituciones son incapaces de proporcionar. En el proceso de investigación, el detective se sumerge en un mundo de alienación y anarquía, persigue la verdad e, infructuosamente, intenta erradicar el mal; las sutilezas del método deductivo, de capital importancia en la narrativa detectivesca clásica, son reemplazadas por la importancia asignada a la experiencia, por un agudo conocimiento del mundo y un profundo e incorruptible sentido moral. Como resultado la novela negra afirma  la noción de que el crimen no es una aberración temporal sino un rasgo definitorio del mundo contemporáneo, más específicamente del mundo urbano…[2]

   El rasgo que caracteriza a la novela narco es justamente la aberración que señala Cano Velásquez y que se encuentra tanto  a nivel personal, como  en cada uno de los estratos sociales; por ello los argumentos detectivescos que definen a la mayor parte de la producción novelística del narcotráfico se ven atrapados por la maraña que la abyección teje permanentemente. No solamente veremos historias de asesinatos en las que se debe encontrar a la víctima; el universo que se despliega al adentrarse en el detalle, en los giros argumentales, constatan que el eje centrar alrededor del cual gira lo demás es la abyección.

   Julia Kristeva en su obra Los poderes de la perversión explica:

 

Pero había que esperar a la literatura “abyecta” del siglo XX (aquella que continúa el apocalipsis y el carnaval) para comprender que la trama narrativa es una delgada película constantemente amenazada por el estallido. Pues cuando la identidad narrada es insostenible, cuando la frontera sujeto/objeto se quebranta, y cuando incluso el límite entre adentro y afuera se torna incierto, el relato es el primer interpelado. Si a pesar de ello continúa, cambia su factura: su linealidad se quiebra, procede por estallidos, enigmas, abreviaturas, incompletudes, enredos, cortes…En un estallido ulterior, la identidad insostenible del narrador y del medio que parece sostenerlo no se narra más sino que se grita o se describe con una intensidad estilística máxima (lenguaje de violencia, de la obscenidad, o de una retórica que enlaza el texto con la poesía. El relato cede  ante un tema-grito que, cuando tiende a coincidir con los estados incandescentes de una subjetividad límite que hemos denominado abyección, es el tema-grito de dolor – del horror.  En otros términos, el tema del dolor – del horror es el último testimonio de estos estados de abyección en el interior de una representación narrativa.[3]

 

   La descripción de Kristeva sobre la narración sostenida por lo abyecto, detalla cada uno de los elementos que encontramos en la narrativa narco y que explica en buena medida la elaboración discursiva a través de un lenguaje que reproduce la jerga coloquial de sus personajes y  representa ese tema-grito que pretende atrapar subjetiva y objetivamente el dolor-horror que impregna al tópico. La oralidad se hace presente en gran cantidad de narconovelas, vinculándola con un realismo exacerbado en donde se pretende reproducir un mundo y unos hechos que parecieran inverosímiles y que superan los límites de lo posible en el comportamiento humano.

  El discurso de las narconovelas abunda en coincidencias entre unos autores y otros; por ello haremos uso de una taxonomía de orden estético a través de la cual podamos mostrar un panorama amplio de títulos que nos permita tener nociones de conjunto respecto a lo que hoy podemos clasificar como narconovelas; que no son solamente aquellas que se detienen en el narcotráfico como tema central; a esto se ha añadido la composición de un lenguaje desgarrado,  la presencia de protagonistas con perfiles conductuales semejantes, y el desarrollo de argumentos viciados de violencia, muerte y derrotas personales; tanto las acciones como el desenlace de las mismas se ven impregnadas permanentemente de la presencia del mal como rasgo definitorio, de allí que muchas veces nos encontramos frente a ambientes y situaciones exacerbadas y al borde de abismos interiores que rayan en la pérdida de la razón.

 

Realismo y voz

 Para establecer una mirada de conjunto que nos permita tener una visión clara y más completa de la producción narrativa sobre el narcotráfico, y previa lectura de un número abundante de novelas, podríamos clasificarlas en dos bloques. Uno, el más abundante, no sólo por la afluencia de las novelas sino por el éxito en su recepción y en sus dividendos editoriales, serían aquellas obras escritas y publicadas prácticamente todas en la primera década del siglo XXI por jóvenes promesas, o por escritores ya en su madurez. En su mayoría son intelectuales erradicados en los estados del norte de México (aunque también nos encontremos con otros que viven y laboran en el centro del país) que en definitiva pretenden mostrar el flagelo en el que viven cotidianamente el ciudadano común.

  El afán de denuncia –sin que por ello medie un tono moralizador- va de la mano de una inclinación hacia el realismo que en ocasiones podría tornarse desmedido. Lo vemos fundamentalmente en el uso de la oralidad muy apegada a como se concebía en las novelas regionalistas de mediados del siglo XX y ya en desuso. En aquel entonces se pretendía reproducir el habla campesina; ahora la del bato callejero, la del matón a sueldo que habla con vulgaridades, que es hijo de la ciudad y de sus bajos fondos, que pertenece a una zona del país asfixiada por la violencia.

 
   En este tenor leímos a uno de los más controvertidos autores; me refiero a Elmer Mendoza, escritor prolífico que ha recibido reconocimientos de carácter internacional. Su  novela, Un asesino solitario (1999) publicada por Tusquets Editores en 1999, fue la primera que salió al mercado editorial con el tópico del narco; sin embargo ella cuenta con un antecedente célebre, la novela Complot Mongol, publicada en 1969 y escrita por Rafael Bernal, considerada por la crítica como “la novel inaugural del género policiaco en México”[4] según palabras de Claudia Sánchez Quiroz en su reseña al libro de Bernal. La obra de Bernal se desarrolla en la Ciudad de México, en sus barrios céntricos. El protagonista, Filiberto García es un veterano de la Revolución mexicana; encarna al matón a sueldo, frío, implacable a la hora de matar y decidido a perder la vida si es necesario para cumplir con su cometido; el mundo del espionaje y de las drogas es el catalizador que mueve los hilos argumentales y configura el perfil de sus personajes.  La novela, editada por Joaquín Mortiz, agrupa estructuras semejantes, tipologías o argumentos que siguen el mismo esquema narrativo de la novela policial; además de la presencia de expresiones coloquiales llenas de tipicismos mexicanos que repetirán después Elmer Mendoza y muchos que siguieron esta línea estilística y argumental. En entrevista concedida al diario el País de España el 26 de septiembre del 2011, Mendoza reconoce la influencia que ha tenido la obra de Bernal en su narrativa y en el trabajo del lenguaje.

 En la primera novela de Mendoza –Un asesino solitario- , y  través de la voz del narrador protagonista, en un tono de oralidad urbana, haciendo uso de los modismos regionales de la zona norte del país –Culiacán, Sinaloa- vemos de forma indirecta, como si asistiéramos a una radionovela, y de la mano de una voz, parte de la vida de Jorge Macías, sicario a sueldo al que se le encarga el asesinato del candidato en turno.

   Con el tenue disfraz de cambios de nombres y lugares, al autor implícito permite que nos ubiquemos en el México de los políticos corruptos y de la supremacía de los cárteles de la droga en los espacios más poderosos.  La historia la desmenuza el protagonista de la novela desde una perspectiva vacua. Jorge Macías, asesino a sueldo y antiguo guarura del presidente, se le encarga que mate a Luis Donaldo Colosio, tarea que lleva a cabo con absoluta inescrupulosidad; sin remordimiento ninguno cuenta la historia de cómo realizó este asesinato y todos los que le pedían; es una confesión que adquiere visos de testimonialidad, pues sólo escuchamos su voz, su punto de vista, su vida desaliñada es el producto del contacto con la ferocidad y el horror. A través de  un único foco narrativo  se construye una atmósfera que va del cinismo al humor negro. Vemos el lenguaje de violencia del que habla Julia Kristeva líneas arriba traducido en un recurrente soliloquio; el interlocutor, siempre ausente, permite que el protagonista desarrolle su locuacidad que raya en la verborrea ramplona, propia de un individuo sin instrucción. Transcribimos algunas de sus intervenciones:

Tratando de entender a la pinche vida eché un lente por el lugar, que Cifuentes y sus compañeros ya habían inspeccionado, el guarura más guapo del mundo y el destripador eran una sola masa roja, estaban encimados, bien chilo; ¿Es cierto que murió el jefe H? pregunté, Los hombres como el jefe H no mueren, pendejo, gritó Jiménez bien encabronado.[5]

   El tono coloquial, con lenguaje soez logra esa condición de lenguaje horror- dolor; sin embargo éste se presenta a lo largo de toda la obra, convirtiéndose en un discurso tedioso e incluso redundante; esto explica la controversia que en intelectuales y críticos se ha venido presentando, con opiniones muchas veces encontradas. En la Revista Letras Libres, por ejemplo, con fecha de septiembre del 2005 el crítico Rafael Lemus arremete agriamente contra la narco novelas en un artículo intitulado “Balas de Salva. Notas sobre el narco y la narrativa mexicana”.  Lemus explica:

Una narrativa sobre el narco, una estrategia ordinaria: costumbrismo minucioso, lenguaje coloquial, tramas populistas. El costumbrismo es, suele ser, elemental. A veces excluye, casi completamente, la invención, como si la imaginación no pudiera agregar nada a la realidad. La prosa es, intenta ser, voz, rumor de calles. Hijos bastardos de Rulfo, sabemos que nada hay más artificioso que registrar literariamente el habla popular. Todos se empeñan en esa tarea, algunos entregados a un fin dudoso: recrear una prosa idéntica al lenguaje coloquial, aun si ésta no es literariamente pertinente. Las tramas son, suelen ser, convencionales. Una idea parece sedarlas: ya es demasiado perturbador el contexto, demasiado brutal la violencia, para aparte crear tramas delirante.[6]

   El tono despectivo que invade el comentario de Lemus, le resta seriedad o credibilidad, aunque la descripción de las categorías de la que echan mano los escritores no estén lejos de las que él registra; de allí que al mes siguiente hubiese una respuesta escrita por Eduardo Antonio Parra, uno de los novelistas del tópico, rebatiendo los planteamientos del primero. Con mayor decoro Parra trata de explicar el por qué del realismo, o de los coloquialismos de la narrativa narco; el autor detalla que la tendencia al tópico procede de una realidad padecida permanentemente, y no recibida a través de los medios de comunicación. Sin ir a los extremos, efectivamente, muchos de los recursos estilísticos y temáticos que emplean los narradores, responden al afán de recrear literariamente lo que rodea al universo narco. El mismo Mendoza, en la entrevista concedida al diario El País y ya comentada líneas arriba, reconoce: "Parto de un lenguaje callejero, del lenguaje que no tiene a veces mayor explicación que la arbitrariedad. Sin embargo, al principio me gustaba mucho desbocarme, ahora creo que me autoregulo lo suficiente."
 
   Elmer Mendoza tuvo un éxito abrumador con la publicación de esa primera novela, de tal modo que en 2001 TusQuets Editores presenta El amante de Janis Joplin que según algunos críticos es considerada la novela en la que se “explora  el mundo de las víctimas sin redención”. Su protagonista, David, en clara alusión al bíblico joven David que lucha contra Goliat, es un serrano humilde  con una gran habilidad en el lanzamiento de piedras a gran distancia, su puntería es envidiable. Sin embargo comete el error de acercarse a la amante del capo Rogelio Castro, que lo agrede al verlo cerca de su novia. Para defenderse David le lanza una piedra que acaba con la vida del capo. Esto lo lleva a huir de su territorio; a partir de ese hecho los azares de David se presentan velozmente. Entre ellos tiene un encuentro sexual con la famosa cantante Janis Joplin, conocida por el gusto que tenía de tener relaciones con desconocidos a quienes no volvía a ver.

   La composición argumental va de la mano, de nuevo, de un lenguaje coloquial confuso, en el que David escucha una voz interior que constantemente lo reta a realizar actos desproporcionados; el lenguaje de los delincuentes se reproduce sobradamente. A continuación una pequeña muestra: ¿Qué bronca, carnal?, No voltees, síguete derecho hasta el Zapata ¿por qué ?No hables y no seas culón. El Cholo avanzó hacia el boulevard al tiempo que intentaba  reconocer al intruso pero sin fortuna: ¿Qué onda, carnal, quién eres? Cállate y sigue como te ordené. En cuanto llegaron al Zapata, y antes de que el Cholo pudiera impedirlo, el tipo se bajó y fue reemplazado por el Chato, que cargaba una maleta negra. Quiubo, pinche Cholo,¿te cagaste? El Chato vestía mezclilla  y sonreía bajo la sombra de una gorra beisbolera, Tú y tu socio me cagan lo que tengo entre las piernas, güey, y que sea la última vez que me haces este numerito”.

   El comportamiento del personaje que raya literalmente en el retraso mental, es sublimado cuando lo apresan y, pretendiendo matarlo previa castración, él se niega a semejante indignidad y se lanza al mar.  La ingenuidad del personaje es su redención. El antihéroe se transforma y cobra la fuerza necesaria para valorarlo.

   En 2004 le publican Efecto Tequila, la misma editorial que en 2007 le otorgan el premio Tusquets Editores de Novela a su obra Balas de Plata. La prueba del ácido, publicada en 2010, es uno de sus últimos títulos en el que se mantiene la temática narco, incluyendo la ingerencia del ya famoso detective Edgar, El Zurdo Mendieta, protagonista de la novela anterior,  a quien se le asigna el caso del asesinato de la bailarina Mayra Cabral de Melo; el estilo coloquialista de Mendoza, ya más atemperado, no pierde, sin embargo, el abuso de una oralidad abyecta y degradante.

   El éxito editorial explica en buena medida la prolífica publicación no sólo de Elmer sino de un sinnúmero de títulos. Entre ellos citamos algunos representativos: Malasuerte en Tijuana de Hilario Peña (2009); Tiempo de Alacranes de Bernardo Fernández, Premio Semana Negra de Gijón en 2005. Al otro Lado, de Heriberto Yépez,  publicado por la editorial Planeta en 2008. ¿Y     qué fue de Bonita Malacón de José Dimayuga, (2007). Jesús Malverde. El santo Popular de Sinaloa escrito por Manuel Esquivel y publicado en 2009 por la misma editorial Jus; la novela es una   épica de Malverde, convertido en una suerte de Robin Hood mexicano que luchará a brazo partido por ayudar a los más pobres, quitándoselo a los ricos.  El Cerco, de Juan Antonio Rosado, publicado por la editorial Jus en 2008.  La mayor parte de las novelas citadas utilizan la técnica de la heteroglosia generando una suerte de polifonía de voces que enriquecen el texto a nivel argumental y que hablan del énfasis por rescatar la vida de la gente de a pie y sus vicisitudes.

   A la par de estas novelas, a las que podríamos clasificar de la nueva narrativa popular urbana que coinciden en la oralidad, en los argumentos, en la presentación de personajes anti heroicos y en la descripción en profundidad del mundo de sicarios, capos o consumidores consuetudinarios de la droga; encontramos el segundo grupo de novelas, en ellas observamos un mayor  apego a técnicas tradicionales en la construcción espacial y temporal y en una mirada omnisciente de los sucesos; entre ellas encontramos a la ya célebre  La Reina del Sur[7]  de Arturo Pérez Reverte, autor español que estudió a detalle los hechos del narcotráfico en México y que ha tenido un éxito editorial incuestionable.   Aborda con mayor detalle el tema de la sorpresa, del misterio de las tramas

   Crimen de Estado escrita por Gregorio Ortega Molina, en el que se revela las implicaciones de la cúpulas de poder en la fuerza del narcotráfico y sus cárteles; la obra fue publicada en 2009 por Plaza y Janés sigue esta misma línea estética, así como el libro de relatos La Santa Muerte (2003) y Sicarios  (2007) escritos ambos por Homero Aridjis  y publicados por Alfaguara; La esquina de los ojos rojos (2006)  -publicado también por Alfaguara- de Rafael Ramírez Heredia, escritor de fama nacional. Los trabajos del Reino de Yuri Herrera, que ganó el I Premio Otras voces, otros ámbitos, fue publicado por primera vez en 2004; la novela fluctúa entre el despliegue de un lenguaje más bien poético, las más de las veces,  y  la presentación de la simpleza y bajeza de muchos de los personajes que abundan en el narcotráfico. 

   Como podemos apreciar cada vez se van sumando más editoriales de prestigio a la publicación de novelas narco. Planeta, Plaza y Janés, Tutsquet…muestran abiertamente la política que hoy tienen las editoriales: el lema es vender, vender y vender. Incluso vemos más escritores con alto nivel intelectual que se interesan en escribir acerca de la temática, aunque no sea en el género novelístico. Un ejemplo lo vemos con la obra de  Sergio González Rodríguez, prestigioso periodista mexicano escribió El hombre sin cabeza en 2009. Encontramos en su texto la hibridez de géneros entre el documental y el tono muchas veces lírico que imprime el autor a algunas de las anécdotas narradas, y el carácter protagónico con que se ubica al contar  testimonios personales; el texto es un estudio muy bien documentado de las últimas prácticas que los grupos delictivos han llevado a cabo para dar fin a la vida de sus víctimas: la decapitación, la tortura, el desollamiento, entre otros, muestran la cara más perversa que invade al mundo del narcotráfico y que se ha impuesto como práctica común.

  Aunque establecimos categorías en el estudio de las novelas con temática narco como una medida pedagógica y analítica, considero que la calidad estética, los procedimientos narrativos y el esfuerzo literario deben verse en  cada uno de los textos de manera individual.  No podemos descalificar o redimir masivamente.  La época de los dictámenes dogmáticos ha caducado y  estas obras nos muestran otra vez la versatilidad que se desprende de la literatura como expresión artística.  Las coincidencias nos ayudan a tener una mirada de conjunto, sin perder por ello el valor de cada una.

                                                          BIBLIOGRAFÍA

Dimayuga, José. 2007. Y qué fue de Bonita Malacón. Editorial Jus. México.

Esquivel. Manuel. 2009. Jesús Malverde. El santo popular de Sinaloa. Editorial Jus. México.

González Rodríguez Sergio: 2008. El hombre sin cabeza.  Anagrama.  Crónicas, México.

Fernández, Bernardo. 2005 Tiempo de Alacranes. Editorial Joaquín Mortíz. Premio Semana Negra de Gijón. México DF.

Hernández, Anabel. 2010. Los señores del narco. Editorial Grijalbo. México.

Kristeva, Julia. (1988). 2004. Los poderes de la perversión. Siglo XXI Editores. Argentina.

Mendoza, Elmer. 1999. Un asesino solitario. Fabula. Tusquets Editores, México.

_______________. 2001. El amante de Janisn Joplin. Colección Andanzas. Tusquets Editores. México.

_______________. 2004. Efecto Tequila.  Colección Andanzas. Tusquets Editores. México.

_________________. 2008.  Balas de Plata. Premio Tusquets Editores de Novela. México.

_________________. 2010. La prueba del Ácido. Editorial Tusquets Editores. México.

Pérez –Reverte, Arturo: La Reina del Sur.  Punto de Lectura, México, Quinta reimpresión, 2008.

Ravelo, Ricardo. 2007. Los Narcoabogados.  Debolsillo,, Primera reimpresión, México.

_____________. 2009. Osiel.  Vida y tragedia de un Capo. Grijalbo, México.

_______________.2007. Crónicas de Sangre.  Cinco historias de los Zetas.  Debolsillo, México, 2007.

 

_______________. 2008. Los capos.  Las narco-rutas de México. Debolsillo. Cuarta Reimpresión, México.

 

Reyna, Juan Carlos. 2011. Confesiones de un sicario. Editorial Grijalbo. México.

 

Ronquillo, Víctor: La Reina del Pacífico y otras mujeres del barco. Planeta, Colección Temas de Hoy, México.

Rosado, Juan Antonio. 2008.  El cerco. Editorial Jus. México.

Rotker, Susana. 2005. Bravo Pueblo. Editorial La Nave Va. Caracas.

Scherer García, Julio: La Reina del Pacífico: es la hora de contar. Grijalbo, México, 2008.

________________: Máxima Seguridad. Almoloya y Puente Grande. Editorial De Bolsillo. 2009.

________________:. 2011. Historia de muerte y corrupción. Calderón, Mouriño, Zambada, El Chapo y la Reina del Sur. Editorial Grijalbo. México.

Turati, Marcela. 2011. Fuego cruzado. Editorial Grijalbo. México.

HEMEROGRAFÍA

 

Cervantes, Sergio, “La narcoviolencia en Sinaloa”, en Historia de la violencia, criminalidad y narcotráfico en el noreste de México, Memoria del XVII Congreso de Historia >Regional, versión internacional, Culiacán, Instituto de Investigaciones Sociales/ Universidad Autónoma de Sinaloa, 2002.

Heau, Catherine: “Poder y corrido. Una reseña histórica”. Publicado en la Revista Comunicación y Política. En su versión 16. UAM: México.

---  y Jiménez, Gilberto: “La representación social de la violencia en la trova popular mexicana” publicado en la Revista  Mexicana de Sociología. Año 66, N°  4. Oct-dic . 2004.

 

Cano Velásquez, Luis Carlos: “Novela negra, modernismo y revolución en Sombra de la Sombra, de Paco Ignacio Taibo II. Artículo publicado en la Revista Co-herencia. N°5. Vol 3. Julio – Diciembre.

Lemus, Rafael. “Balas de salva. Notas sobre elnarco y la narrativa”. En la página http://www.letraslibres.com/index.php . Página consultada el 9/09/2009

 
Nota: Una parte de este texto fue publicado por la Revista Arenas, de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Número 23.
 

 

 

 

 

 

 

 




[1] No pretendemos en estas líneas discutir en torno a la noción de género o subgénero; preferimos emplear el término primero por considerar que tanto la novela policial como la novela negra poseen suficiente consistencia literaria y estética.
[2] Cano Velásquez, Luis Carlos: “Novela negra, modernismo y revolución en Sombra de la Sombra, de Paco Ignacio Taibo II. Artículo publicado en la Revista Co-herencia. N°5. Vol 3. Julio – Diciembre. Páginas 76-77.
[3] Kristeva, Julia. (1988). 2004. Los poderes de la perversión. Siglo XXI Editores. Argentina. Página 186.
[4] En la página web: http://www.literaturamexicanasigloxx.blogspot.com/elcomplot-mongol-reseña revisada el 24 de septiembre del 2013
[5] Mendoza, Elmer. 1999. Un asesino solitario. Fabula. Tusquets Editores, México.
[6] Lemus, Rafael. “Balas de salva. Notas sobre el narco y la narrativa”. En la página http://www.letraslibres.com/index.php . Página consultada el 9/09/2009.
[7] Cf. Pérez –Reverte, Arturo: La Reina del Sur.  Punto de Lectura, México, Quinta reimpresión, 2008.

martes, 17 de septiembre de 2013

NARRATIVA CUBANA. ABILO ESTÉVEZ, LA HABANA, SU CIUDAD.


Guadalupe I Carrillo T

 

   Abilio Estévez, escritor cubano contemporáneo, ha incursionado en la narrativa elaborando discursos cuya concepción estética y estructural se deslinda del tradicional  modo que entender la ficción y su vinculación con  textos de otras cualidades estilísticas, como lo son el ensayo, la autobiografía, la remembranza…

   Después del éxito de su novela Tuyo es el reino, publicada en 1997, en la que abunda en el tema del exilio, las tragedias vividas por los balseros o, en definitiva, la situación de la Cuba actual, se edita su segundo éxito Los palacios distantes (2002) en el que de nuevo toca los aspectos sociales de la Cuba contemporánea. El autor mira una Habana envejecida, devastada, llena de antiguos palacios venidos a menos en los que no viven las familias pudientes. Casas palaciegas en las que no faltaban los esclavos mandingas, yorubas o lucumís, pero donde después llegaron a vivir treinta o cuarenta familias hacinadas. Esto como resultado de la lujuria de amos y esclavos en un país proclive a las mezclas, los desfogues y las lujurias.

 Ya no son palacios, sino solares, conventillos falansterios, corrales, casas de vecindad o cuarterías. La Habana estaría en una dimensión en donde no existen realmente las transformaciones, situada en el lado inmóvil del mundo, derrotada y desecha.  Se esboza en la obra una mirada pesimista, crítica de una realidad social anquilosada en el tiempo y la historia.

   Inventario secreto de la Habana (2004) una de sus obras más recientes, no puede clasificarse a través de los cánones tradicionales en los que se distinguían claramente los géneros existentes. En esta ocasión la obra está  estructurada a modo de  collage por diferentes discursos: reflexiones biográficas emparentadas con el estilo ensayístico; recuerdos de la infancia; relatos que parecieran elaborados a través del filtro de la ficción pero que se circunscriben a relatar la vida o anécdotas de sus familiares, de sus amigos, de personajes cuyas vidas extraordinarias parecieran salidas de la fantasía.

   El contrapunteo de distintos discursos va de la mano de recurrentes citas de autores célebres que, alguna vez, vivieron,  visitaron o hablaron de La Habana. En general son apartados en los que se alaban y se admiran a la ciudad capital desde distintas  miradas –antropológicas, poéticas, científicas-. Porque, en definitiva, a pesar de la diversidad de la naturaleza de los textos el asunto principal, el tópico único  de la obra viene a ser la Habana. No se trata únicamente de describirla, o de contar anécdotas que ocurren en sus calles o bien de señalar datos históricos sobre su fundación o la edificación de sus predios. La ciudad se transforma para el hablante en un tú al que se ama y se odia con la misma intensidad. En las primeras páginas el autor nos dirá:

En la Habana siempre me dio miedo el mar, Y como en La Habana casi todos los caminos conducen al mar, casi todos los caminos me conducían al miedo. Conozco ciudades costeras, incluso puertos, a los que el mar no interesa demasiado, o acaso no depositan en él toda su miseria y su grandeza. […] Más que en ningún otro sitio que yo conozca, el mar de La Habana tien un poco de bien azaroso y un mucho de mal necesario. La Habana posee, por tanto, para mí, cierto aire de indefensión y de tristeza. De miedo. Una ciudad que mira al mar con tanta insistencia, con tanta inquietud, no sólo debe de sentirse indefensa, sino también triste y muy, muy acobardada. (Estévez. 2004: 18)

   La construcción que el autor, desde una primera persona, realiza de la ciudad, de lo que la rodea y la constituye, las reflexiones que la misma le suscita proyectan una relación yo-ciudad  o bien yo-Habana en la que ésta última prácticamente perfila la silueta interior de aquel que la habita, la recuerda o la padece. El discurso reflexivo, cargado de subjetividad da cuenta de una ciudad que se construye de nuevo a través del filtro de la nostalgia, del temor o la fascinación:

Aunque nací en la Habana, no puedo negar que invariablemente la buscaba, la reclamaba como se busca y se reclaman las ciudades remotas, que son, por eso mismo, las ciudades fantásticas, las que pueblan las ilusiones de cualquier infancia: París, Alejandría, Roma, Bagdad, Ispahán, Port-ao- Prince…Desde que tuve uso de razón, como suele decirse, La Habana fue para mí un espacio distante, un territorio que de algún modo no me pertenecía, un sitio de donde venía y adonde iba, pero en el que no estaba, un lugar que debía ser alcanzado, merecido o hasta conquistado. Sobre todo, La Habana era una mención, es decir, un nombre, dos palabras (2004: 88).

   Detenerse en una ciudad real no impide que ésta sea reinventada en función de la manera en que ha sido vivida o añorada; esto último prevalece en toda la obra, de modo que La Habana se transforma en el lugar a través del cual el autor rescata su infancia, la ingenuidad y frescura que ésta de suyo alberga, permite que la escritura se vea literalmente envuelta en una atmósfera de afectos y aventuras. Cada detalle que viste a la capital de la Isla motiva un comentario, un suceso, un sentimiento.

   La obra se proyecta desde las lejanas costas de la ciudad de Palma de Mallorca, primero; más adelante en Barcelona y algunos otros territorios europeos en los que se encuentra el autor. Sin embargo describir otras ciudades, hablar de ellas, remitirá, inevitablemente a La Habana:

Debo reconocerlo: no hizo falta emprender aquel largo viaje que me trajo a Barcelona, soportar las mil vicisitudes de la aventura (no siempre dichosa) o ese cuarto a oscuras de la calle Valencia, frente a los monstruos empecinados de la Sagrada Familia. La Habana siempre estuvo lejos. ¿O será mejor corregir la expresión y decir que fui yo quien siempre permaneció lejos de La Habana, que mi ciudad no era mi ciudad? Aunque es probable que tampoco sea justo, y pueda replantearlo de otro modo: ¿y si, después de todo, era yo el habitante de una ciudad en la que no me hallaba? (2004: 87).

   A lo largo de las páginas de la obra se advierte una insistente necesidad de definir la relación del yo narrativo con la ciudad. Pero no con cualquiera; La Habana que se habitó y que se añora es, sin embargo, el espacio del extrañamiento, el lugar inexistente que provoca una búsqueda constante: “Aunque nací en La Habana, no puedo negar que invariablemente la buscaba, la reclamaba como se busca y se reclaman las ciudades remotas, que son, por eso mismo, las ciudades fantásticas, las que pueblan las ilusiones de cualquier infancia” dirá el autor otorgándole a la ciudad un valor de territorio anhelado, paraíso perdido que nunca llega a encontrarse.  La ciudad define al yo, le concede una identidad que debe renovar constantemente. La ciudad, las ciudades vienen, entonces, a ser centro del mundo.

   Por otra parte vemos que  el valor de la ciudad como espacio de heterogeneidades también alcanza el sentido de universalidad que  ya había advertido Ítalo Calvino en sus Ciudades Invisibles (1994), y  que viste a muchas de nuestras ciudades. Abilio  Estévez señala: “una ciudad es muchas ciudades. Sus variaciones están asociadas a numerosos detalles y sutilezas que no sólo dependen de la arquitectura o la división territorial,” (2004: 173). Efectivamente, el escritor recorre, a través del texto,  infinidad de calles, rincones, alamedas y las vincula con su experiencia de antaño para construir una imagen específica de la ciudad. Es la Habana maravillosa, ajena a cualquier vínculo de crítica social o política. Es la ciudad que, de algún modo, ha sustituido a la casa, antiguo rincón del mundo, porque acoge tanto o más que aquella.

   La hibridez de los discursos muestra a  la ciudad  como un caleidoscopio de impresiones que fluctúan entre descripciones de la vida cotidiana, incluso doméstica, de quienes habitan la ciudad, hasta las más serias reflexiones, confrontando sus ideas con la de intelectuales o escritores como Alejo Carpentier, Lezama Lima, Labrador Luis Piñera o Lino Novás, de tal modo que la anécdota más simple se entreteje de erudición, historia y, claro está, ficción.    Inventario secreto de La Habana  es, pues, una original propuesta narrativa y ensayísitica del discurso de ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 9 de septiembre de 2013

LA TOLERANCIA UNIVERSITARIA


Guadalupe I Carrillo T

 

Toda mi vida he ejercido la docencia. En los años universitarios, mientras estudiaba mi carrera de Letras, estuve frente a adolescentes de secundaria. Fueron tiempos difíciles porque tenía 18 años, así que mi edad era muy cercana a la de mis alumnas; todas, ellas y yo adolecíamos de muchas experiencias y de la serenidad que nos da el fragor de los días. Más adelante me dieron la oportunidad de dictar clases en la preparatoria, que para mí supuso una gran hazaña. Seguía en la veintena de la vida y disfruté realmente a los chicos que ya apreciaban más el conocimiento y el amor por la literatura.

   Ahora, a mis 50 años, bien puestos y mejor vividos; con la preparación y el sudor que nos regalan los doctorados, siento que estoy en un  momento ideal de mi actividad docente. Puedo compartir con estudiantes de licenciatura, maestría y doctorado. La sensación de aire fresco que me invade cuando estoy con los alumnos es intransferible. Esto, en lo que aún creo, ha pasado también por turbulencias y desconciertos. El tiempo largamente invertido en la convivencia con los chicos nunca quitará de mi diccionario personal la palabra “asombro”. Porque somos distintos, cada quien con  su historia; porque el cruce de unos y otros nos regalan páginas a esa biografía que escribimos.

   El asombro tiene también sus bemoles. Altos, bajos, intermedios. Mi asignatura de creación literaria que doy en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales es optativa; el número de estudiantes varía radicalmente de un semestre a otro. Se trabaja al modo de taller. Los alumnos escriben, leen en clase, compartimos sus experiencias;  mi trabajo es acompañarlos para que la literatura se transforme en el decir; en el trazo y la metáfora; en historias que relatan y los convierte en espejos de ellos mismos. En aquel semestre que ahora recuerdo el grupo fue pequeño. Siete alumnos que sentían el escozor intelectual por la escritura. Dos de ellos eran pareja. La chica asimilaba extraordinariamente bien no solo instrucciones, sino lecturas, modos discursivos. Ambos eran ingeniosos, muy originales en su modo de escribir. Tenían tantas lecturas como las que podría tener un estudiante de licenciatura en letras, aunque ellos estudiaban comunicación.

   El entusiasmo que me regalaron con el buen nivel empezó a opacarse lentamente. Al chico, con su pelo largo hasta los hombros, le ocurría algo. Su carácter empezó a enrarecerse. Se sentaba en el pupitre, bajaba la cabeza, se colocaba la capucha  y solo miraba a la mesa de madera que tenía enfrente. Así un día, dos; semanas enteras y el comportamiento seguía idéntico. A eso se añadieron sus textos. En general les doy el tema que van  a abordar para las prácticas. Este era una presentación personal. Quién eres, cómo te ves, qué hay dentro de ti. La advertencia de que la lectura va a ser pública les permite seleccionar lo que desean que otros oigan y lo que prefieren reservarse. Alan, que así llamaré a mi alumno, quiso leer su texto. Mi alegría inicial empezó a enturbiarse. Alan leía su rabia en tonos hiperbólicos. Hablaba de “las vaginas resecas de sus compañeras de clase”, de “la frigidez femenina siempre presente”, de la “próstata inflamada”…todo era deformidad, senilidad prematura, llagas y pústulas en la memoria que no le permitían ver más allá. No hubo un solo atisbo de ternura en su texto. La abyección era la dominante.

   No suelo hacer juicios morales a los textos de mis alumnos. Me gusta que se expresen con libertad, que entiendan, en la práctica, que la literatura verbaliza al hombre y como tal, podría también tocar historias poco edificantes. En esa ocasión me abstuve de preguntarle por qué la amargura empañaba su escritura. Preferí esperar a los siguientes textos.

   Las semanas pasaban y Alan mantenía ese comportamiento errático que encajaba a la perfección con sus escritos. A pesar de que yo  había hecho un gran esfuerzo por ignorar las anomalías o el tono agresivo de sus lecturas, tuve que manifestarme. Les había pedido que narraran un evento. Él escribió lo que quiso. Se trataba de un texto abigarrado, laberíntico que nada tenía que ver con una narración. Al finalizar le dije: “Yo no pedí ese tema; creo que tendrás que repetirlo”. Se levantó furioso, arrugó el papel y lo tiró al suelo, empujó la silla en la que yo me encontraba y salió del aula dando un portazo.

   Continué la clase como si no hubiera pasado nada pero mi paciencia había llegado a su fin. Busqué al coordinador de la licenciatura y le expuse lo que había estado ocurriendo. Su explicación me despejó el horizonte de dudas: el chico consumía, o había consumido, drogas fuertes durante muchos años y eso había provocado en él una inclinación inevitable a la depresión. Se manifestaba además con muchos picos. De pronto estaba eufórico o sencillamente llegaba enmudecido, miraba el pupitre sin levantar la cabeza hasta que la clase finalizaba y se iba.

El coordinador fue muy comprensivo y ofreció ayudarme hablando con Alan. El cambio fue notable, asumió un tono más cordial y trató de ceñirse a la dinámica de la clase. Aún así el tono retador no desapareció, sencillamente se suavizó porque el añadido de Alan era sentirse no solo escritor sino intelectual de tiempo completo. Me pedía que trabajáramos a los poetas simbolistas, adoraba la poseía de Baudelaire, su vida bohemia y descentrada. Su apego a lo impronunciable era evidente y las clases no habían dejado de ser un campo de batalla en el que ambos medíamos fuerzas.

   Mi mayor preocupación fue darme cuenta de que realmente me sentía retada por el chico. Incluso llegué a sentir temor de sus reacciones, hasta que lo racionalicé.  Era el último examen. Les había pedido que leyeran El Túnel de Ernesto Sábato. La brevedad de la novela y la trama atrae mucho a los chicos que solían devorarla en menos de una semana, pues su protagonista es un pintor que padece problemas de orden emocional severos. Anoté varias preguntas para comprobar la comprensión y lectura de la novela, entre ellas,  qué impresión habían tenido del personaje femenino: María Iribarne. Les proponía que explicaran por qué podíamos hablar de ella como un personaje enigmático, pues su silencio frente al desenfrenado cuestionamiento de Juan Pablo Castel ante todo lo que ella hacía,  la convertían en un enigma. Al final del examen comenté a los chicos que les daría revisión de sus documentos en la siguiente clase.

   Cuando leí las respuestas de Alan me quedé petrificada. Decía grosso modo lo siguiente: “María Iribarne no es un personaje enigmático. Ella es una puta, puta, puta, puta, que juega con los hombres y está hueca y parece miembro del SNI”. Además de los adjetivos propinados a María Iribarne, de la simpleza con la que abordaba las respuestas, añadía algo totalmente fuera de contexto. Hablaba del SNI, el Sistema Nacional de Investigadores, al que pertenecen aquellos cuya producción es evaluada por el CONACYT, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología y que goza de gran prestigio nacional en el ambiente universitario. Ser miembro del SNI es el pedigrie de todo investigador.

   Esto ya no lo podía dejar pasar. Hablé con el director de la facultad que me pidió un comentario detallado del comportamiento de Alan para pasar el caso a Consejo Universitario y plantear la posible expulsión del alumno. Pero yo no estaba tranquila. Hacer esto último era reconocer que no había podido con él. Que su violencia interior había aniquilado mi entereza y mi destreza como profesora. Y decidí enfrentarlo directamente.

   El día de la revisión del examen los hice entrar uno por uno, ya sabemos que  Fuenteovejuna funciona a las mil maravillas en recintos universitarios y quise desarmarlo en la soledad del tú a tú. Cuando entró le pregunté con el examen en la mano: ¿Qué es esto? Él se sintió desconcertado. Y ya continué yo: le dije lo que me había callado todo el semestre. Su indolencia, la agresividad que siempre protagonizó llegaban al colmo con el comentario que había escrito. “Este es un examen, continué,  esta es una universidad. No puedes expresarte como si estuvieras en una cantina”. Luego lo desarmé aún más cuando le dije lo machista que era. Me miró con cara de horror. Él se consideraba absolutamente liberal, sentía que trataba a las mujeres como sus iguales porque en esa anarquía interior en la que residía desde hacía años todo era válido. Le dije de inmediato: “Si no fueras machista por qué tendría que ser ella puta; estar con varios hombres no la hace puta. Pero es que además, no lo dijiste una sola vez; tenías que repetirlo como una letanía”.

   Añadí como colofón que estaba pensando en  llevar su caso al Consejo Universitario. Su actitud cambió por completo. Pidió sinceras disculpas y entendió, o así lo creo ahora, que el descontrol reinante lo cegaba y lo hacía incapaz de convivir con los demás. “No pensé que fuese una falta de respeto hacia usted”, me dijo. “No me gustó la novela y tampoco el personaje”, “por eso me expresé así”. Los límites entre unos seres humanos y otros tienen tan diversas interpretaciones que nos llevan a dudar  dónde está la línea tenue en que podríamos  irrespetarnos. Alan reprobó el examen, no así la asignatura en la que había alcanzado un escaso aprobatorio. Me sentí aliviada. Siempre, siempre hay que enfrentar lo que nos reta. La justicia, la valentía, el reconocimiento personal no es un don, es un trabajo del día a día.

  

 

 

  

martes, 3 de septiembre de 2013

EL ENSAYO LATINOAMERICANO CONTEMPORÁNEO: REFLEXIÓN Y CUESTIONAMIENTO DE LA DEMOCRACIA


 

 

 Guadalupe I Carrillo

Intentar, probar, examinar son sinónimos de lo que, en su raíz filológica, podía entenderse por ensayo. Cuando Montaigne publica su obra titulándola con el mismo nombre en plural –Ensayos- entregaba textos de carácter reflexivo; discursos bien estructurados en los que prevalecía el trabajo artístico del lenguaje y, sobre todo, la honestidad del autor. “He aquí un libro de buena fe, lector”, fue su frase inicial, elemento clave para desentrañar lo que, aún en la actualidad, puede buscarse en los ensayos;  la buena fe, la convicción de quien escribe sobre un tópico determinado, la certeza de que no hay engaños. Esta propuesta de una pertinencia inapelable, es, en nuestras décadas de un siglo XXI apenas naciente, una determinación sobre valuada; la palabra personal, que tanta importancia poseía en siglos anteriores, ha sido disminuida por el mismo ser humano que prefiere imponerse con astucia y olvidar “la buena fe”.

   La expresión de Montaigne acude al deíctico “aquí”, proporcionando el sentido de actualidad inherente al discurso ensayístico; apela, además, al vocativo “lector”, otro de los elementos constitutivos mediante el cual se construye lo que en su momento, Gadamer concibió como círculo hermenéutico, esto es, la relación entre autor, lenguaje y lector, que armónicamente componen  el trabajo interpretativo. Todo ensayista es un hermeneuta del mundo que lo rodea. El lenguaje, su herramienta interpretativa, será  el medio a través del cual se lleve a cabo el proceso dialógico con  el lector, que a su vez realizará un nuevo proceso de comprensión. El mundo de la razón, de las ideas plasmadas a través del lenguaje son las bases para la conformación de un ensayo.

   Dirigirse directamente a alguien, receptor de lo que escribiremos, implica también la presencia de un “yo” que se involucra directamente con lo que expone. Es la presencia reflexiva y al mismo tiempo crítica de la que nos habla Liliana Weinberg en su obra El ensayo entre el paraíso y el infierno :

 

El paso del “yo” hermenéutico al “yo” crítico ha dado lugar a una de las más ricas vetas del ensayo, particularmente productiva en el ámbito hispanoamericano. En efecto, a partir de Voltaire y los enciclopedistas, además del fundamental precedente americano del padre Las Casas, el ensayo se enlaza con la interpretación y la crítica de un nuevo ámbito de la actividad humana: el de las costumbres. Nace así el ensayo que Walter Mignolo denomina “ideológico” y que habrá de alcanzar su apogeo ligado a fenómenos en apariencia independientes de él: la extensión de la lectura, la proliferación de libros y periódicos, el surgimiento de una “opinión pública” y la aparición de un tiempo y un espacio públicos, todos ellos imbricados a su vez con una nueva figura, la del intelectual (Weinberg, 2001: 36-37).

 

   El ensayo “ideológico” que señala Mignolo unido al sentido crítico que explicita Liliana Weinberg conforman un tipo de discurso muy recurrente en la literatura actual que, además, utiliza como recurso editorial la prensa escrita y cuya extensión se adapta a la de los artículos periodísticos.  La misma investigadora en su obra Literatura Latinoamericana. Descolonizar la imaginación publicada en el 2004, insiste:

 

 

Necesario es así entender que el ensayo entra en diálogo con otras formas discursivas afines –artículo, estudio, discurso, intervención, polémica, panfleto y muchas más-. Y que las fronteras entre unas y otras son muchas veces porosas, dentro de esa gran familia que algunos críticos denominan “prosa de ideas” (2004: 24).

 

   El espectro discursivo  que la literatura  abarca es cada vez más amplio, de allí que la “prosa de ideas” de la que se habla actualmente sea un calificativo pertinente para incluir en él textos que se alejan de los clásicos esquemas exigidos en su momento por los formalistas rusos. El lenguaje es un instrumento interpretativo cargado de ideologías, a través del cual se proyecta el sentido de subjetividad y sujetividad de quienes con honestidad firman sus artículos.  Esto permite que la libertad  se entronice y adquiera validez. Ser neutral no es una característica del ensayista; su interés mayor radica en juzgar, denunciar, e, incluso, convencer al lector, teniendo –como había insistido Montaigne- presente el deseo “de buena fe” hacia el lector; la exactitud en los datos aportados, la precisión de la información  y, por ende,  acudir a fuentes seguras y confiables serán algunos de los elementos a tomar en cuenta por el buen ensayista.

   Lo que el autor manifieste en sus discursos mostrará igualmente la relación que existe entre éste y la historia, entre sus circunstancias y el modo de ver la vida en la actualidad. Todo ello debe tomarse en cuenta por el lector que se enfrenta a un  discurso de quien ya se ha detenido frente a la realidad y la ha juzgado.

 

Desencuentros en el discurso

   La historia de América Latina se ha visto entreverada por las ideas y propuestas de escritores que, indiscutiblemente, influyeron en la mentalidad de las épocas. El siglo XX, por ejemplo, cuenta con figuras señeras como José Carlos Mariátegui cuya propuesta analítica desde una perspectiva económica y sociológica estableció una forma interpretativa novedosa; mirando  la realidad peruana  desde ángulos poco visitados.  Henríquez Ureña, José Emilio Rodó, Domingo Faustino Sarmiento fueron algunos de los nombres de aquellos que a través del ensayo re-pensaron a América Latina y su realidad.

     La rapidez informática que caracteriza nuestra época inclina a muchos de nuestros escritores a desarrollar su producción bajo los mismos esquemas. La “prosa de ideas” que abunda en los periódicos a los que acudimos por Internet es la que se impone como una nueva modalidad ensayística. El ensayo extenso es cada vez menos recurrente, dando paso a estos artículos que van al día de lo que acontece a nuestro alrededor.

 

   Dos figuras de prestigio innegable han desarrollado a lo largo de las últimas décadas líneas de pensamiento radicalmente opuestas a propósito de los sucesos que  han marcado la vida social y política de nuestros países. Mario Vargas Llosa y Eduardo Galeano, ambos  del cono sur, vivieron en países signados por dictaduras y represiones. El primero nació en Arquipa, Perú y Galeano en Montevideo. Las coincidencias continúan desde la óptica generacional: el peruano nació en 1936 y el uruguayo en 1940. Ambos se dedicaron al periodismo aunque también incursionaron en la narrativa.  Vargas Llosa ha desarrollado un trabajo novelístico más abundante, obteniendo  el reconocimiento más alto a su obra literaria, el anhelado Premio Nobel; en menor proporción ha ocurrido con Galeano en el mundo periodístico; recientemente en una reunión del MERCOSUR fue designado como “Ciudadano Ilustre”. Su último libro Espejos. Una historia casi universal (2008) ha tenido un éxito editorial que lo ubica entre los ensayistas más leídos de América Latina.

  Las coincidencias, sin embargo, se reducen a lo biográfico. La columna “Piedra de Toque” que publica el diario español “El País” ha sido el instrumento a través del cual el escritor peruano ha puesto de manifiesto su postura cada vez más radicalmente inclinada a la derecha ideológica. Mediante un discurso directo en el que describe personas o situaciones concretas, casi siempre de carácter político, el escritor, con la fluidez que lo caracteriza,  agrede y descalifica  a quienes no coinciden con su ideología. La fuerza de sus palabras, sin  embargo, lo muestran como una voz que ve desde lejos impidiéndole un trabajo hermenéutico más profundo. Efectivamente, sus ensayos  pueden clasificarse como esa “prosa de ideas” que caracteriza al ensayo y en la que se evidencia la inclinación ideológica del escritor; sin embargo haría falta preguntarnos hasta qué punto la subjetividad  y la posibilidad de opinar desvirtúan de tal modo la realidad que parecieran transformarla en lo que el ensayista en turno considera como veraz.   

  Para entender en profundidad lo que planteo, analizaremos  dos artículos que causaron revuelo en buena parte de nuestros países. El primero se titula “Corrido Mexicano”, escrito en noviembre del 2006.  Refiere el escritor la situación vivida en México meses antes, a partir del dos de Julio, día en que se celebraron las elecciones nacionales en las que contendía como principal líder Andrés Manuel López Obrador. Conocemos las consecuencias que el conteo de votos que daba una mínima victoria al candidato de la derecha, Felipe Calderón Hinojosa provocó en el país. López Obrador, ex Gobernador del Distrito Federal, poseía un nivel de aceptación altísimo. Los que por él votaron sintieron que el fraude volvía a imponerse como el único recurso a seguir por quienes ostentaban el poder. En una nación que había sufrido la traumática experiencia de 70 años de gobierno de un único partido, el triunfo más que dudoso del candidato de la derecha removió viejos temores y provocó manifestaciones sociales de largo alcance.

   Sin embargo así se expresó Vargas Llosa sobre el fenómeno que estaba aún desarrollándose en México:

 

A juzgar por lo que ha sido la conducta de éste último –se refiere a López Obrador- desde que perdió las elecciones –un verdadero corrido melodramático y payaso, indigno de un País de la importancia política, cultural e histórica de México en el contexto latinoamericano-, hubiera sido arriesgadísimo confiar el poder a quien puso de manifiesto en todas estas semanas tan poco respeto por la voluntad popular y ha estado dispuesto a socavar, mediante asonadas callejeras, esas instituciones democráticas que su Nación comienza a edificar, por las que ha proclamado su desprecio. Lastimoso espectáculo del peor tercermundismo –el caudillo tonitronante y mesiánico, las barricadas, los garrotes, la demagogia, el populismo desenfrenado y la amenaza de la fuerza para convertir revolucionariamente una derrota electoral en una victoria.

 

   La descalificación raya en la burla y hasta en el desprecio, condiciones que exceden cualquier postura que pueda sentirse medianamente serena para poder entender los fenómenos políticos y sociales que tanta complejidad poseen. Más adelante Vargas Llosa afirmará convencido: “He leído todo lo que he podido sobre las elecciones mexicanas y estoy seguro de que el gigantesco fraude electoral para robarle la victoria que alega López Obrador no tiene fundamento”. Semejante contundencia alcanzada a través de lecturas –y cuáles serían esas lecturas- llevarían a un lector crítico, conocedor de la situación de la que se habla, a dudar acerca  de lo que se lee; pero aquellos otros que se encuentran ajenos a tales sucesos podrían creer ciegamente en lo que el ensayista comenta y construir una realidad inexistente. En un mundo globalizado donde la rapidez de las comunicaciones alcanza la inmediatez, podemos ser, literalmente, testigos de los eventos que ocurren en cualquier rincón de nuestro planeta; sin embargo opinar acerca de la política de nuestros países, re-ordenar lo que entendemos por democracia y sus muy variadas maneras de llevarla a la práctica es tarea de mayor complejidad que no se resuelve a través de enfáticas y dudosas afirmaciones. Por otra parte, la manipulación que muy frecuentemente realizan los medios de comunicación acerca de sucesos políticos y sociales podrían llegar a deformar la realidad, construyendo otra más a su gusto o a sus intereses.

   La falta de objetividad al evaluar de manera parcial un proceso político que debe ser contextualizado y mirado desde la perspectiva de los años precedentes, invalidan el sentido de autoridad ética o de agudeza intelectual del ensayista que arremete contra los últimos hechos, consecuencia de los difíciles meses preelectorales y de las tensiones del gobierno federal y el  de la Ciudad de México.  Por otra parte, la posibilidad de revisar unas elecciones que tanta desconfianza provocaron en buena parte de la ciudadanía era un derecho inalienable.

    Es de todos conocido el desenlace de las elecciones del 2006 y de la posterior evolución que políticamente se está llevando a cabo en México; por todo ello afirmar categóricamente que no hubo fraude a cuatro meses de las elecciones –recordemos que el artículo se escribió en el mes de noviembre de ese mismo año- por las lecturas hechas a través de los medios de comunicación escrita y los canales internacionales de televisión tan manipulados en aquellas circunstancias, es un dislate de considerables dimensiones que podría incluso interpretarse como un acto irresponsable de un charlatán. La puesta en marcha de movimientos democráticos de gran envergadura merece la detenida observación de aquellos que pretendemos desentrañar sus raíces y entender sus consecuencias.

   El segundo artículo, más altisonante todavía titulado “Raza, Botas y Nacionalismo” publicado el 15 de enero del 2006 en la columna Tribuna del diario El País,  refiere la visita que pocos días después de su primer triunfo realizó Evo Morales, actual presidente de Bolivia, para más adelante reflexionar sobre los dislates que la izquierda naciente latinoamericana comete sin cesar. El escritor comienza en estos términos su ensayo:

 

La gira por Europa de Evo Morales, presidente electo de Bolivia, que dentro de unos días asumirá la primera magistratura de su país, ha sido un gran éxito mediático. Su atuendo y apariencia, que parecían programados por un genial asesor de imagen, no altiplánico sino neoyorquino, han hecho las delicias de la prensa y elevado el entusiasmo de la izquierda boba a extremos orgásmicos. Pronostico que el peinado estilo “fraile campanero” del nuevo mandatario boliviano, sus chompas rayadas con todos los colores del arcoiris, las casacas de cuero raídas, los vaqueros arrugados y los zapatones de minero se convertirán pronto en el nuevo signo de distinción vestuario de la progresía occidental.

 

La pasión crítica que se revela en el párrafo anterior denuncian igualmente un sentimiento de odio y de desprecio que invierte los esquemas tradicionales, esto es, el resentimiento era un estado emotivo prolongado que aparentemente sólo experimentan los marginados socialmente. Vargas Llosa en cambio, nos muestra que todos lo podemos experimentar con la misma fuerza destructiva.

   En los párrafos siguientes y refiriéndose a la condición indígena del presidente boliviano dirá el escritor:

 

Tampoco el señor Evo Morales es un indio, propiamente hablando, aunque naciera en una familia indígena muy pobre y fuera de niño pastor de llamas. Basta oírlo hablar su buen castellano de erres rotundas y sibilantes eses serranas, su astuta modestia (“me asusta un poco, señores, verme rodeado de tantos periodistas, ustedes perdonen”), sus estudiadas y sabidas ambigüedades (“el capitalismo europeo es bueno, pues, pero el de los Estados Unidos no lo es”) para saber que don Evo es el emblemático criollo latinoamericano, vivo como una ardilla, trepador y latero, y con una vasta experiencia de manipulador de hombres y mujeres, adquirida en su larga trayectoria de dirigente cocalero y miembro de la aristocracia sindical.

 

   Las afirmaciones de tono dogmático en las que se simplifica exageradamente fenómenos tan complejos como los que ha vivido Bolivia, desmerecen las propuestas del autor, haciendo del discurso un panfleto de tonos totalitarios. La democracia que como básica acepción hace referencia a la elección presidencial a través de la voluntad expresa del pueblo, pierde pertinencia en el artículo de Vargas Llosa, que omite en sus líneas el detalle más importante que legitima a Evo Morales como actual mandatario del país: fue elegido a través de las urnas por sus conciudadanos y representa, quiéralo o no, la voz de la población indígena que ve en él a un digno representante. El proceso democrático de elección presidencial que vivió Bolivia cae en el olvido en un crítico que se deja llevar más por lo mediático, lo aparente y por un evidente prejuicio que le impide ver más allá de lo que las imágenes presentan; considerando, sobre todo, que el presidente Morales aún no entraba en funciones.

   La evidente subjetividad con la que se maneja el escritor en el momento de hacer crítica acerca de la política de los países, desvirtúa el sentido de credibilidad pues nos revela que prevalece una mirada unívoca, parcial y, en consecuencia, imprecisa y hasta errónea.

   Un tercer artículo fue publicado en el periódico El País, en la columna Tribuna el nueve de marzo del 2008 a propósito del incidente vivido entre Ecuador, Colombia y Venezuela por el ataque perpetrado por el ejército colombiano en territorio ecuatoriano a un grupo de las FARC, del que tanto se ha hablado. El artículo se titula “Tambores de guerra”; con el tono enfático que lo caracteriza el escritor peruano arremete en contra de la respuesta desproporcionada que el mandatario venezolano mostró en un incidente que no tocaba las fronteras de su país. El histrionismo de Hugo Chávez que para muchos de sus seguidores constituyó uno de sus mayores carismas, fue, sin embargo, uno de los grandes obstáculos en el desarrollo de una política internacional  venezolana que se ha inclinado más hacia desencuentros con los mandatarios de otros países que a  posibles acuerdos. La imagen que se  dibujaba hacia el exterior donde la riqueza que el petróleo venezolano aportaba, fue el instrumento usado por Chávez para controlar y dirigir las políticas de países menos favorecidos económicamente, sigue vigente para muchos. Afirmar que esto es así, sería aventurado pues no conocemos la información  de primera mano. Las conjeturas están a la orden del día en el mundo de la política; un buen analista debe apostar por el rigor informativo como la primera de sus herramientas.

   En el caso que nos ocupa Vargas Llosa sostiene categóricamente:

 

Las payasadas del mandatario venezolano son pintorescas, pero, en este caso, también preocupantes. Pues, en la actualidad se trata, políticamente hablando, de un animal herido, que se siente cada vez más rechazado por su pueblo y totalmente incapaz de revertir una crisis económica y social desatada por su ignorancia y megalomanía. En esas circunstancias no se puede descartar que reabra la crisis, directamente, o a través del gobierno ecuatoriano del presidente Correa, quien, a juzgar por su errático comportamiento desde el inicio de este conflicto –aceptando en un principio las excusas y explicaciones del presidente Uribe y, luego, escalando las protestas y magnificando lo sucedido-, después de mantener una cierta independencia, parece haberse resignado a integrar también, junto con el boliviano Evo Morales y el nicaragüense Daniel Ortega, la cofradía de vasallos políticos de Hugo Chávez.

 

   Si bien la habilidad en el uso del lenguaje aporta frescura y fluidez a los textos; si, como señaló alguna vez el gran cuentista Horacio Quiroga el uso del adjetivo debe ser exacto, evitando los ripios,  una expresión mesurada es el mejor recurso para ser justos en el análisis y la reflexión. La descripción de la conducta de Hugo Chávez tildándola  de “payasadas”; calificarlo como “animal herido…cada vez más rechazado por su pueblo…” lejos de minar la imagen del expresidente venezolano ensucian la de quien escribe, mostrando una y otra vez su apresuramiento en los juicios y la desproporción de sus afirmaciones. El insulto, declarado y directo, podría ser sustituido por el manejo de la ironía, figura mucho más elegante que manifiesta las sutilezas de una mente ágil y un talento macerado por el tiempo y la experiencia. Los párrafos del ensayo de Vargas Llosa enumeran con una pasión cegadora las maravillas de la democracia colombiana, las glorias del expresidente Álvaro Uribe, “ejemplo odiado –señala Vargas Llosa- por quienes quisieran, como Chávez, convertir a América Latina en una sociedad comunista a la manera de Cuba o en ese galimatías socialista y bolivariano en que él ha transformado a Venezuela”, concluye el escritor.

   A pesar de haber citado solamente tres ejemplos de los cientos que circulan desde hace años en la prensa española e internacional, creo que ellos son una muestra más que fehaciente de una manera de ver la política y la historia que construimos en Latinoamérica sin claroscuros, sin matices, al modo “malos y buenos” que tanto predica el actual gobierno norteamericano.

 

    Desde este hemisferio encontramos a Eduardo Galeano. Si bien sus artículos se involucran con la realidad política y social que nos afecta en nuestro día a día, el escritor es más proclive a desarrollar discursos que  cuestionan  instituciones, sistemas de poder políticos o económicos, gobiernos… Galeano revisa constantemente la pertinencia de la historia oficial, la que nos han enseñado a memorizar sin siquiera preguntarnos  por su validez.  Se aprecia en sus textos  una clara tendencia hacia la izquierda ideológica pero su estilo, más mesurado, no le lleva al insulto ni a la descalificación, el autor logra, a través de un tono permanentemente irónico, desmontar mitos modernos  

   Tomo igualmente tres artículos del escritor. El primero titulado “Espejos blancos para caras negras”  publicado en el diario La Jornada el 21 de agosto de 1999; a pesar de haber sido escrito hace 14 años, la pertinencia en el tópico a tratar lo actualiza; se trata de  una reflexión en torno al racismo vivido en América Latina, construido desde las lejanas fechas de la conquista y la colonia; su fomento estuvo a cargo de instituciones como la Iglesia Católica y el Estado que se imponía para entonces. Aparentemente Galeano no insulta ni descalifica, describe  la vida de personajes históricos:

 

San Martín de Porres fue el primer cristiano de piel oscura admitido en el blanquísimo santoral de la Iglesia Católica. Murió en la ciudad de Lima, hace tres siglos y medio, con una piedra por almohada y una calavera al lado. Había sido donado al convento de los frailes dominicos. Por ser hijo de negra esclava, nunca llegó a sacerdote, pero se destacó en las tareas de limpieza. Abrazando con amor la escoba, barría todo; después, afeitaba a los curas y atendía a los enfermos; y pasaba las noches arrodillado en oración.  Aunque estaba especializado en el sector servicios, San Martín de Porres también sabía hacer milagros, y tantos hacía que el obispo tuvo que prohibírselos. En sus raros momentos libres, aprovechaba para azotarse la espalda, y mientras se arrancaba sangre se gritaba a sí mismo: “¡Perro vil!”. Pasó toda la vida pidiendo perdón por su sangre impura. La santidad lo recompensó en la muerte

 

 

   El tono claramente hiperbólico que utiliza el escritor es, sin embargo, el mismo que podría leerse en los antiguos santorales que difundió la Iglesia Católica durante siglos y que proyectaron una imagen ficticia y del todo sumisa de los creyentes. Más allá de la anécdota, se pretende poner de manifiesto las posturas ideológicas que instituciones ancestrales han impuesto de forma dogmática, apostando  por la alienación de los fieles; la historia que se relata nos instala en una realidad aún presente en nuestro continente: el color de la piel determina una situación social inapelable.

   En su conjunto el artículo al que hago referencia no hace alusión a situaciones políticas concretas, sin embargo, la denuncia  que aún lacera el cuerpo maltrecho de nuestras sociedades pone de manifiesto posturas políticas y compromisos fundamentales que pretenden mejorar siglos de retorcidas imposiciones ideológicas.

   El escritor hace un recorrido por épocas y geografías de nuestro continente en las que  diferencias raciales mantenían la rígida distancia entre los blancos (entiéndase, aristócratas) y los negros o mulatos, esa “piel mala” a la que alude Galeano. Las mujeres del siglo XVI se untaban cremas que permitieran aclarar su piel mestiza…sin embargo, en la actualidad, según datos aportados por el ensayista

 

La revista estadounidense Ebony, de lujosa impresión y amplia circulación, se propone celebrar los triunfos de la raza negra en los negocios, la política, la carrera militar, los espectáculos, la moda y los deportes. Según palabras de su fundador, Ebony “quiere promover los símbolos del éxito en la comunidad negra de Estados Unidos, con el lema: Yo también puedo triunfar

 

   A pesar de las estadísticas y las leyes que dicen lo contrario, la presencia del racismo, demoledora de cualquier intento de estima de quienes padecen el rechazo social, sigue persistentemente imponiendo condiciones, coartando posibilidades y definiendo las rutas que muchos de nosotros tendremos que seguir. Tangencialmente el tópico de la democracia  está presente al plantearnos las verdaderas posibilidades de libertad que como individuos poseemos en nuestros países.

   En otros artículos el autor  reconstruye el funcionamiento real de la democracia, ajeno a las teóricas propuestas de tantos que han hablado en su nombre. El ensayo “Teatro del bien y del mal” extraído del diario La Luciérnaga, Córdoba, Argentina, publicado en noviembre del 2001, plantea fundamentalmente cómo se escribe nuestra historia contemporánea; de qué manera la democracia, el sistema político considerado más viable –por su apuesta hacia la libre elección y participación popular- para nuestros países de Occidente, es en realidad una farsa construida por las potencias imperialistas de nuestro planeta que imponen sus intereses, aunque con ello arrastren consigo miles de vidas humanas, o  destruyan países ya empobrecidos por luchas milenarias.

   El escritor hace un recuento de  los actores y los procedimientos de las guerras acaecidas en las últimas décadas; nos muestra cómo los antiguos aliados, entiéndase Bin Laden o Saddam Hussein, se convirtieron en los grandes enemigos. Explica Galeano:

 

Saddam Hussein era bueno, y buenas eran las armas químicas que empleó contra los iraníes y los kurdos. Después, se amaló. Ya se llamaba Satán Hussein cuando los Estados Unidos, que venían de invadir Panamá, invadieron Irak porque Irak había invadido Kuwait. Bush Padre tuvo a su cargo esta guerra contra el Mal. Con el espíritu humanitario y compasivo que caracteriza a su familia, mató a más de cien mil iraquíes, civiles en su gran mayoría.

 

   La  invasión a Irak que supuso la destrucción del gobierno de Hussein y la puesta en marcha de una “democracia” desde la libertad, como tanto lo ha proclamado el ex presidente Bush, es una de las acciones de mayor cinismo del gobierno norteamericano que históricamente ha mostrado su desprecio  por la libertad y la justicia, en aras de sus propios y muy rentables intereses.

   Galeano evoca, entre otros lamentables eventos, la intervención de Henri Kissinger en el golpe de estado chileno como una de las más escandalosas muestras de la arbitraria injerencia del gobierno de Estados Unidos en la democracia de otros países. El escritor recuerda: “El 22 de septiembre de 1973, exactamente 28 años antes de los fuegos de ahora, había ardido el palacio presidencial en Chile. Kissinger había anticipado el epitafio de Salvador Allende y de la democracia chilena, al comentar el resultado de las elecciones: “No tenemos por que aceptar que un país se haga marxista por la irresponsabilidad de su pueblo”.

    “La monarquía universal” es el título del último artículo que comentaremos en estas páginas. Fue extraído del diario La Jornada  publicado el 22 de agosto del año 2000. La reflexión se centra en las nuevas condiciones políticas que vivió la humanidad años después del desmoronamiento de la llamada cortina de hierro ¿Sin totalitarismos en el horizonte, se impondrá la democracia como sistema unívoco? se cuestiona Galeano. La respuesta no se hace esperar al comparar el significado literal de la palabra democracia como “gobierno del pueblo” con la realidad que vivimos. Galeano la califica de “poderocracia: una poderocracia globalizada”.

   El autor describe de qué manera se conforman instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas,  todas ellas indispensables en la toma de decisiones que afectarán la economía de los países del orbe. El matiz se encuentra en que la mayor parte de los miembros no poseen el derecho a votar sino a “opinar”, así lo explica el autor:

              Ciento ochenta y dos países integran el Fondo Monetario Internacional.                              

                          De ellos, 177 ni pinchan ni cortan. El Fondo Monetario, que dicta órdenes          

                           al mundo entero y en todas partes decide el destino humano y la    frecuencia de vuelo de las moscas y la altura de las olas, está en manos de los cinco países que tienen cuarenta por ciento de los votos: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia y Gran Bretaña. Los votos dependen de los aportes de capital: el que más tiene, más puede. Veintitrés países africanos suman, entre todos, 1 por ciento; Estados Unidos dispone de 17 por ciento. La igualdad de derechos, traducida a los hechos.

 

 La puesta en práctica de la democracia pasa, antes, por el tamiz del poder que ejercen las tres organizaciones internacionales. Por ello para nuestro ensayista la democracia se encuentra depauperada por la evidente compra del poder que desde instancias mayores se lleva a cabo sistemáticamente. De allí el título del ensayo; no podemos hablar de democracia, hablemos mejor de “monarquía universal”.

   Los cuestionamientos presentados por Eduardo Galeano van enfocados hacia el desmontaje de los mitos del poder. Sin dejar de lado hechos y actores, el escritor proyecta su mirada al conjunto, a lo universal, a la maquinaria que mantiene ajustados los hilos que, en definitiva, deciden nuestro presente y futuro inmediato. Mario Vargas Llosa, desafortunadamente, mantiene una mirada tan cercana a lo que ocurre y a quienes lo protagonizan que pierde el sentido de perspectiva que todo buen intérprete de la realidad debe permanentemente considerar.

   La opinión de ambos influye o determina en muchas ocasiones la afinidad o el desacuerdo de sus lectores que a su vez podrán construir una ideología que los defina. El papel que desempeña un ensayista es, pues, de gran envergadura para entender y reconstruir nuestras democracias.