miércoles, 22 de abril de 2015

Un recorrido por la "Geografía del dolor"

Guadalupe I Carrillo Torea

   La revisión de exámenes y la lectura de los avances de las tesis de posgrado son de las actividades más pesadas que realiza un académico. Lo reconozco, nos sentamos frente a los documentos y miramos el reloj cada dos minutos; pasamos las hojas y contamos cuántas nos faltan, para confirmar que aún quedan muchas páginas sin ser leídas, corregidas, asimiladas. Sin embargo este fin de semana tuve la fortuna de leer una tesis de maestría sobre el cine documental, el cortometraje de financiamiento alternativo que me proporcionó información valiosa que deseo compartirles.

   Me encanta el cine pero he leído poco sobre sus entrañas, sobre los procesos de producción, financiación y edición. Por ello la sorpresa fue mayor al encontrarme con los vínculos que se han creado entre periodistas, cineastas del cortometraje documental y la sociedad. En el año 2007 la periodista Marcela Turati, colaboradora de la revista Proceso y autora de varios libros entre los que cuenta Fuego Cruzado inicia un proyecto al que titula “Periodistas de a Pie”. Se trata de una organización que ha logrado agrupar a unos 87 periodistas – el noventa por ciento mujeres- que pretenden, según palabras de la misma Turati “Buscar la dimensión social en cualquier tipo de suceso noticioso y ponerle rostro humano a la noticia”.

   En su deambular como reportera que cubre eventos muchas veces considerados “indeseables” por su raíz trágica, por su vinculación con  el narco o de la violencia social, Turati se convenció de que ese mundo que debe denunciarse queda siempre en segundo plano. Los titulares son acaparados por los políticos y los empresarios; lo que se denuncia porque afecta a la sociedad con menos recursos, irá siempre en las páginas interiores.

   Cuando eres “periodista de a pie” y te has tropezado una y otra vez con el dolor de muchos, la sensibilidad se va convirtiendo en epidermis; eso ha pasado con Turati y su organización que pretenden “enfocar la información desde la perspectiva de derechos humanos”. En ese tenor, el grupo financió un documental de apenas 7 minutos y 25 segundos  titulado “Geografía del dolor” (http://youtu.be/kfWfkjBY12U) El documental fue realizado por Mónica González Islas y presentado en la Revista Milenio. Con él ganó el Premio Nacional de Periodismo en 2011, en la categoría de Fotografía. Allí el espectador conocerá a Adela Alvarado, que trabaja como payasita y cuya hija Mónica desapareció el 14 de diciembre del 2004. Todavía está buscándola. También se encontrará con la desolación en la mirada de Salvador, que en 2008 desaparecieron a dos de sus hijos, Raúl y Salvador,  a quienes le escribe pancartas y postales viajeras; palabras que pretenden, con la evocación, traer al hijo, al hermano, al padre perdido en el marasmo de la violencia y la impunidad.

Esos seres queridos, esa familia es ahora fotografía, es memoria tenaz, adolorida. No hay diálogos, solo imágenes, palabras y una música de fondo que se percibe como una caricia que acompaña al desconsuelo. Mónica González Islas logra urdir historias que, empozadas en la tragedia, no muestran la abyección que las genera, sino la tristeza de una humanidad a quien pocos le tienden la mano. Un trabajo de extraordinaria factura documental, cuya realización no es solo denuncia, también, como ella lo señala, “homenaje y memoria”. El espectador sentirá la atmósfera de respeto y solidaridad; ese duelo que se llama ausencia, ese deseo incumplido y desgarradoramente presente.

viernes, 20 de marzo de 2015

Carmen Aristegui, Corazón de León

Guadalupe I Carrillo Torea





Carmen Aristegui está de nuevo en el ojo del huracán mediático. La noticia, con repercusión internacional, cuenta cada día con un capítulo nuevo y desafortunado. El lector estará al tanto de la controversia que se desató con la empresa MVS y que resumiré brevemente: El equipo de Aristegui divulgó que harían uso  del portal Mexicoleaks, de reciente creación, en el que se podrían consultar documentos de forma anónima. Se trataba de una vía de acceso a la información seguro y de amplio espectro informativo.

   La marca MVS argumenta que no se les había participado del uso de esta nueva fuente y que sentían que su empresa había sido utilizada como apoyo comercial por el equipo de Aristegui, sin ninguna autorización. Por absurdo que parezca, a partir de ese momento un vendaval de agresiones y descalificaciones se apoderó  de MVS y de sus directivos. El miércoles 11 de marzo, en los espacios publicitarios del programa de noticias, se leyeron desplegados en los que MVS se deslindaba no solo de la relación con Mexicoleaks, sino también de la iniciativa del grupo de noticias. Los spots se publicaron también en distintos periódicos nacionales; el tono airado de la empresa subía sus decibeles y llegaba incluso a contradecirse. Inicialmente señalaron que no formaban parte de Mexicoleaks, para después apuntalar que Mexicoleaks no era lo importante, que “el problema obedece y se limita a la disposición indebida de recursos, marcas y facultades de la empresa”[1].

    Había un enojo superlativo cuya raíz resultaba tan débil y tan insustancial que la misma Aristegui señaló que se trataba de un “conflicto artificial”. Sin embargo MVS avanzó a trote desbordado y el jueves 12 despidió a los periodistas Daniel Lizárraga e Irving Huerta, miembros de la unidad de investigación del equipo de la periodista; casualmente los dos que desarrollaron la investigación sobre la llamada Casa Blanca, propiedad millonaria de la esposa del Presidente Enrique Peña Nieto y que desató una oleada de críticas a nivel nacional e internacional hacia la pareja presidencial.

   Si la empresa contratante  echa a dos de los miembros más importante de tu equipo, cualquiera podría hacer una lectura clara de lo que se sugiere: un despido indirecto para la directora.

   Con la coherencia que la caracteriza, Aristegui defendió públicamente a sus compañeros y el viernes 13 cerró su programa expresando los mejores deseos para que hubiese una reconsideración por parte de la empresa y un regreso de los miembros del grupo. Sin embargo el domingo vino la estocada final: Aristegui y todo su equipo fue despedido de MVS. A pesar de que había un contrato de por medio firmado en diciembre y que los códigos de ética acordados por ambas partes resguardaban que los procedimientos contaran con un mínimo de consideración, esta desapareció y dejó al descubierto un campo de batalla en el que ha imperado el mal trato, el desdén e incluso la patanería.

    Aristegui presentó el día de ayer, jueves 20 de marzo, un comunicado en el que describe lo ocurrido, en el que manifiesta su desconcierto y sugiere la intervención de manos poderosas en todo este litigio. Se dirigió  a la familia Vargas, dueños de la empresa de comunicación, apelando a su cordura, a los años de armónica colaboración laboral y diciendo, con claridad meridiana, que desea volver, con todo su equipo, a las instalaciones de MVS.

   Una hora después, el representante del grupo Vargas leyó un comunicado en el que, categóricamente, le dice NO a la periodista. Sus argumentos esgrimen altivez de parte de Aristegui, se quejan de que ella les dio “ultimatums” y “condicionamientos” para su regreso y que como empresa no lo pueden tolerar. Pero van más allá, exhibiéndola como una mujer de ambiciones ilimitadas. Transcribo las palabras del comunicado: “Hace quince días se le autorizó –refiriéndose a Aristegui-  la compra del automóvil de lujo que le proporciona la empresa, con el doble del valor establecido en el contrato. Se renovaron las cortinillas para la difusión de su noticiero en el Canal 52 Mx y a la mayoría de la gente de su equipo se les incrementó el sueldo.”

   Que una empresa de esas dimensiones ventile la compra de “cortinillas”,  el aumento de sueldo de empleados –sin señalar a cuál porcentaje ascendía el aumento-, y la compra de un auto de lujo, es un acto de patanería que raya en la vulgaridad. Más aún cuando hemos vivido décadas escuchando la voz mesurada de una mujer valiente. Aristegui hurga en los meandros del mundo político, saca las hebras para descubrir lo que va más allá, lo que no se ve pero debe saberse y corregirse.

  En 2014 la Universidad de Guadalajara le dio la distinción “Corazón de León”, hoy el título es de una pertinencia absoluta. Solo un corazón de león logrará que el abatimiento pese menos que la esperanza. Ella lo logrará. Miguel Hernández, el poeta pastor, escribió desde los muros de su prisión: “No, no hay cárcel para el hombre/ no podrán atarme, no/ este mundo de cadenas/ me es pequeño y exterior/ ¿quién encierra una sonrisa?/ ¿quién amuralla una voz?”

   Carmen Aristegui, la nitidez de tu voz nunca será amurallada.





[1] Revista Proceso. 15 de marzo del 2015. N° 2002. Página 6.

viernes, 6 de marzo de 2015

¡Nixon No! Uno de los mejores cuentos de Salvador Garmendia



Guadalupe Isabel Carrillo Torea

El texto que presento a continuación pertenece al libro Miradas a la ciudad que me publicara la Universidad Autónoma del Estado de México en 2011. Es libro impreso que pronto pasará a digital, pero en el “mientras tanto” de estos años quiero compartir en el blog la reseña que hice a uno de los mejores cuentos del escritor venezolano Salvador Garmendia.




¡Nixon No!
El  relato que nos ocupa goza de una singularidad que lo enriquece y podría situarlo entre los más interesantes de la enorme producción de Salvador Garmendia. En primer término la estructura  que apuesta a la presentación de dos discursos paralelos  es poco usual dentro de la narrativa breve, que exige no sólo la economía descriptiva sino también la sencillez y precariedad en las técnicas narrativas. Sin embargo, la capacidad de innovación que caracteriza la prosa garmendiana anticipa su aceptación como una más de sus buenas creaciones.

   Los dos discursos están diseñados con narradores diferentes: uno en primera persona se encuentra en un viejo restaurante caraqueño en el que reflexiona largamente sobre aspectos cotidianos propios de la urbe. El segundo es un narrador que explica siempre en plural, más bien como narrador testigo,  la situación que se vivía en la ciudad de Caracas el día 13 de mayo de 1967 –la fecha se señala expresamente pero no corresponde a la realidad ocurrida en 1958- cuando Richard Nixon, como Vicepresidente de Estados Unidos,   y su esposa visitan el país. La reacción de la ciudadanía fue en extremo violenta, al punto de que el  Vicepresidente norteamericano tuvo que cancelar los actos públicos que tenía planificados para ese día.

   El relato se desarrolla  a través del contrapunteo de los dos textos que se interrumpen sin previo aviso. El autor los distingue no sólo por las diferencias de estilo, de narradores y situaciones, sino que se apoya en el uso de la letra cursiva para el segundo, de modo que no haya posibilidad de confusión de parte del lector. Las dos anécdotas, aunque referidas a situaciones distintas, confluyen en un mismo día y en una misma ciudad bajo la influencia también de un solo acontecimiento: la conmoción producida por la visita de Richard Nixon. El uso de espacios diferentes da pie a que el lector alcance una imagen totalizadora del pulso de la ciudad a través de los acontecimientos que ocurren en ella y en los que participa masivamente sus habitantes.

Primer apartado
El primer texto proyecta a la ciudad a través de un espacio público limitado; es un restaurante en el que de forma reducida encontramos los más variados elementos del universo citadino, de tal forma que tanto narrador como lector se sienten espectadores del gran teatro urbano al mirar lo que allí ocurre. El famoso local se encuentra extrañamente vacío a las dos de la tarde, hora en que llega nuestro personaje. Con mirada retrospectiva, él mismo explica detalladamente lo que allí suele ocurrir. Mantiene, no obstante, el mismo tono agresivo que se percibía en el cuento anteriormente analizado, donde personas y cosas son vistas a través del tamiz de la mediocridad que pareciera caracterizar a los seres de ciudad:

Las mesas vacías, increíblemente solas a esta hora, las dos de la tarde, en que el tumulto es habitual en el restaurante “Álvarez”, tanto como la acometida de los mozos que se cruzan cargados de platos vaporosos y la espera junto a las columnas encaladas de los grupos de comensales retrasados que trabajan en las oficinas y los almacenes de la cuadra, todos en un mismo empaque de mediana prosperidad,[…]y en menor cantidad, mujeres aclimatadas a una robusta soltería, más discretas, acaso, en su comportamiento, aunque sin llegar a reprimir una que otra carcajada chillona que haría volver la cabeza a ese tipo de cliente solitario y malhumorado que nunca deja de mostrar su mediano compendio de fealdades en estos lugares. (1970: 81)

   La descripción de situaciones y personas que regularmente decoran un espacio público orientado a la convivencia y al cruce de ideas, se transforma en el escenario que permite al narrador exteriorizar agriamente su opinión sobre aquello que suele conformar la fauna citadina y que él ambienta con el uso de  adjetivos que los afean. Por ejemplo, a los mozos los llama “piezas de edad decrépita”; la servilleta es “el trozo de almidón calcificado encima de mis piernas”; las mesas vacías van “cubriendo de una soledad frágil todo el cuadro del patio central y los corredores laterales”. 

   El acento que prevalece es, pues, el de la medianía que siempre viste a la urbe y que alcanza niveles de decrepitud, de acabamiento. El proceso de cosificación parte de este primer discurso en el que advertimos el énfasis invariable de un espectador que todo lo ve con amargura; los objetos  y personas que describe, en su condición fractal, sintetizan la noción de ciudad del mismo autor.
   La utilización insistente del enfoque subjetivo que ya se había presentado en el relato “Estar solo” vuelve aquí con la misma neurótica tensión, impregnando la atmósfera de pesimismo. Es un recurso estilístico más vanguardista que contrasta con la tradicional forma de narrar  en tercera persona.

   Gran parte de la  mirada de lo exterior de nuevo se ejecuta a través de los sentidos; para el narrador los comensales que esperan se pasan “la voz de un bigote a otro, de una a otra dentadura, como una bola de saliva y aire caliente que nadie quisiera dejar caer,” (1970: 81). El sentido de lo grotesco se impone como denso aire irrespirable, como manera de definir la ciudad.

   Este primer apartado se verá interrumpido con la narración de la llegada de Nixon, y líneas más adelante, se retoma; en esta ocasión la reflexión del narrador, aún en el restaurante, todavía decidiendo el menú, da un giro completamente distinto. El hombre piensa: “Cuantos habrán muerto en esta casa…”[1] A partir de esa idea, todo el discurso se centrará en la muerte desde la perspectiva más alienante, la de su uso comercial. Carrozas fúnebres, utensilios mortuorios, limosinas negras, las coronas de flores impregnando su olor en todos los rincones de la casa, el hálito de muerte adherido al polvo… Aparentemente  estos elementos eran comunes en una época en que aquella vieja casona, descrita como “mansión” fue habitada por muchas familias que a su vez vivieron constantemente la experiencia de los entierros solemnes.

   La información sobre el pasado de la mansión es fragmentada y confusa. A modo de reflexión el narrador asoma datos incompletos en los que conjetura acerca de cuáles fueron sus dueños, o quiénes la siguieron habitando. Como comúnmente ocurría en la mayor parte de las ciudades capitales de América Latina, los grandes caserones del centro de la ciudad que habían pertenecido a familias adineradas en sus inicios, pasan a convertirse en vecindades ocupadas por numerosos grupos de gentes  venidas del interior del país. El narrador deja caer datos que parecieran coincidir con este tipo de viviendas, pero no se manifiesta claramente.

   Se detiene obsesivamente en el recuerdo de la muerte, que asume como el mejor inquilino de aquel lugar. La inclinación al morbo que caracteriza la prosa de Garmendia se patentiza en las líneas del primer apartado.  El narrador convierte  las antiguas pompas fúnebres en asunto central, deteniéndose perezosamente en detalles minúsculos del aroma de las flores,  la disposición del cadáver, o el trabajo de los mortuorios, las recepciones que elegantemente presentaban y que se convertían en el atractivo de la multitud, asomada a balcones, ventanas y puertas. El personaje exacerba el tema al asumir que el olor a vieja muerte lo ha impregnado también a él, al extremo de señalar al mesero: “aquí huele a muerto, ¿verdad?” (1970:85).

   Se advierte una búsqueda del resquebrajamiento tonal, mediante la ruptura de tensiones. Después de una larga descripción de los actos mortuorios, y de insistir en el olor a muerto que se había adherido a su cuerpo, el narrador corta la reflexión para dirigirse al mesero y finalmente ordenar su comida: “y por un instante pienso en lo que pasaría un segundo después, alguna especie de fractura violenta, de agua desbordada, irreparable…, pero no hay caso: uno es una mierda y está listo; en vista de lo cual, ordeno un pasticho  horneado a la romana.” (1970:85). Se establece un contraste entre la grotesca reflexión sobre la muerte caricaturizada a través de su  comercialización  y el teatro que se construye a su alrededor; de inmediato el narrador pasa  a pedir “un pasticho horneado a la romana”. Este corte abrupto imprime tal ironía  al discurso que podríamos más bien hablar de un texto mordaz, donde hay una burla abierta a la sociedad de la que se siente excluido. Ridiculizar los actos mortuorios al contrastarlos con la realidad banal de pedir un pasticho supone,  así mismo, colocar  bajo el mismo rasero todos los actos urbanos que son vistos desde la hipocresía que los construye.


Segundo apartado
El segundo texto está  escrito con letras cursivas, se omiten en casi todos los párrafos los signos de puntuación e incluso  el uso de las mayúsculas. Nos encontramos ante un ejercicio a modo de escritura automática, práctica muy común en la producción literaria de las neo-vanguardias latinoamericanas. El narrador habla a través de un nosotros activo; inmerso en la multitud, explica lo que él, como parte de la masa, realiza y ve ante  la visita de Richard Nixon.  El texto recrea  la acalorada manifestación que, de forma espontánea, ocurrió el día 13 de mayo de 1958 – y no en 1967 como se señala en el texto- en las calles de la ciudad de Caracas cuando el  entonces vicepresidente visitó el país.  El hecho histórico tuvo resonancia internacional; las fotografías del carro lleno de salivazos,  que llevaba a Nixon y a su esposa recorrieron el mundo como un hecho inédito que fue aplaudido por los grupos de izquierda que en aquella década brotaba con mayor vigor en todo el continente. [2]

   De nuevo la mirada subjetiva se hace presente a través del ánimo agresivo e hiriente de un ciudadano común que describe los acontecimientos con una óptica que mezcla la espontaneidad, la violencia del acto, la ridiculización e, igualmente, la crítica política.

nixon con cara de perro afeitado de bajo pedigree recorriendo todo el mundo ajeno con sus pistoleros rubios de luger en las costillas y su mujercita que le pasaron la mano en maiquetía cuando iba a empezar a sonreírle a los ratoncitos de la prensa todos amontonados y aguzando sus cámaras sacudiendo sus guindalejos sin que ninguno se atreviera a atravesar la distancia prevista ni romper el vidrio imaginario que los separaba de aquellas hileras de dientes bien cuidados como si fueran peces raros en un acuario (1970: 83)
 
   El narrador utiliza el vocabulario típico del caraqueño de a pie, del que vive en las zonas más peligrosas de la ciudad y cuyo comportamiento en los espacios públicos suele poseer la espontaneidad, la rudeza y el humor de estos grupos sociales que se  mantienen atentos ante los acontecimientos que ocurren en su ciudad.  Al describir a los guardaespaldas de Nixon, el narrador les llama “rubios de luger” aludiendo al color de su pelo, que contrasta con el tipo mestizo venezolano; “luger” refiere a la pistola alemana que cobró fama a partir de la Segunda Guerra Mundial y que en los años sesenta seguía usándose:

el 13 de mayo de 1967 con todo el pueblo embochinchado en caracas y la gente decente chorreada de miedo en sus casas cientos de litros de saliva regados por toda la avenida sucre y los teléfonos llenándose de ladridos en la embajada americana pueblo de mierda gritaban en las oficinas de palacio y nunca se había visto nada semejante al cadillac negro todo sudado de gargajos chorreando baba puteado hasta la misma madre le entraron a patadas como hacen los policías en el barrio negro y un tipo que le dio un puntapié del demonio salió en la portada del times y se fregó para toda la vida pasó tres años preso y después en el barrio le decían míster nixon (1970: 83).

   El relato anterior se encuentra cargado de un evidente  humor cáustico a través del cual  logra desmontar la solemnidad –la falsedad, podría también decirse- que envuelve los eventos públicos de corte político; la  anécdota misma se encuentra cargada de contradicciones: por una parte vemos la  abyección de la masa que violentamente agrede al mandatario norteamericano, considerado siempre como el todo poderoso del planeta; a esto se añade la manera en que el narrador parodia una situación de suyo dramática al concluir que el “tipo que le dio un puntapié del demonio salió en la portada del times y se fregó para toda la vida pasó tres años preso y después en el barrio le decían mister nixon” . Más adelante se añade:

En medio de la dispersión final, con la garganta ardida, sajada a gritos, los comercios cerrados, gente de hogar agolpada en las ventanas de los edificios, asomando unas caritas de mentira, como si uno los estuviera viendo en fotografías al día siguiente, y uno y todo aquel gentío desmelenado, de camisas abiertas bajado; destrozos de pancartas en el piso, el resto de una furia despellejada (1970: 85)


   A pesar de que lo descrito es pródigo en detalles que representan ampliamente la demencia de una  masa  enardecida que invade los espacios públicos, esta es vista, nuevamente, a través del filtro del humor. El narrador señala que “se les quedó todo comprado para la recepción y los centenares de copas que se iban a llenar de demi sec se quedaron en fila como los cadetitos de natilla de conejo blanco y ni una sola se levantó a tiempo” (1970: 83). El sentido apocalíptico e incluso cosificador que presenta la ciudad  es resuelto estéticamente  por el autor mediante el uso del humor y la parodia. Asimismo, la preeminencia que las “cosas”  alcanzan como forma de recrear lo que es al ciudad y lo que somos en ella se hace evidente en las líneas que unen los dos relatos. El narrador en primera persona advierte en el restaurante: “Pero aquí no llega el ruido de la calle; tal vez se haya quedado sola, regada de papeles y algún zapato abandonado”. Los objetos aparecen como los significantes más elocuentes, los que mejor describen situaciones, sentimientos, actitudes dentro de la trama. Esta es otra de las posibilidades que la cosificación como proceso otorga, la preponderancia de los objetos sobre las personas, recurso a través del cual el autor concede un rostro a la ciudad; ella se viste de los objetos que por su carácter inanimado le imprimen ese sello. La despersonalización de los ciudadanos que participan en la revuelta es otra más de sus caras.

   El acontecimiento narrado, que históricamente ocurre en la década del sesenta, muestra una ciudad que se mueve sumida en la hostilidad, el caos, la degradación. El sentido apocalíptico que aquí se propone  es el de un espacio urbano que ha perdido su añeja costumbre de convivencia e intercambio social. Sin embargo el autor no sataniza a la urbe; más bien asume una postura de complicidad hacia todo lo que ella constituye, mediante el recurso constante del humor y la parodia que rompen las tensiones propias de una ciudad siempre en movimiento para desencadenar la risa y, en consecuencia, la aceptación de la misma a pesar la rudeza del asfalto.

Como se ha expuesto, los dos textos analizados dan cuenta de los plurales rostros que la ciudad posee en la prosa garmendiana. Las diferencias, sin embargo, se unifican a través de elementos que conforman sólidamente el estilo de un autor cuya obsesión fue siempre la ciudad y la vida que ella, indirectamente, nos diseña. Ser urbanícola es, para Garmendia, una condición humana de la que ningún habitante de ciudad puede sustraerse. Nuestros gestos, pensamientos y modos de ver la vida van signados, entonces, por la ciudad
        





[1] La cursiva es del autor.
[2] El evento puede verse en  las páginas de Youtube

miércoles, 25 de febrero de 2015

La Marca indeleble del Maestro



Guadalupe Isabel Carrillo Torea


La universidad, ese cotidiano que empezó hace 35 años como estudiante y que ahora continúa desde el otro lado de la barrera, en la docencia, la investigación y la academia, es un espacio lleno de complejidades, contradicciones, burocracias y también humanidad. No solo me apasiona el conocimiento, siento la convivencia con mis alumnos como un regalo que la vida me ha concedido y que no dejaré nunca de agradecer.

   En ese tenor, conversaba con jóvenes egresados de distintos espacios universitarios. Ya eran profesionales que ejercían sus carreras. No recuerdo si hablamos de su satisfacción en el plano laboral; me queda en la memoria el comentario que varios de ellos hicieron acerca de su experiencia estudiantil: “No tuve algún profesor que haya dejado huella en mí”, dijo uno; y otro continuó: “Ninguno de mis maestros fueron buenos”, “había mucha mediocridad, eran muy distantes; sentía que no aportaban nada a mi vida”.

   Los comentarios, sin duda llenos de honestidad, destilaban también desencanto. Pero lo más grave era palpar la aridez de esa experiencia universitaria, como si se tratara de un terreno baldío, yerto.

   Los dichos de aquellos jóvenes me desconcertaron profundamente. Mis años de carrera estuvieron signados por la presencia de muy buenos maestros. Especialmente  uno de ellos al que veía con verdadera admiración: Basilio Tejedor. Lo encontré en los pasillos, en el aula y en la cafetería cuando yo rozaba los 16 años. Creo que aún la adolescencia me rondaba los ánimos pero la convicción de estudiar literatura se imponía sobre todo lo demás. Me dio clases en los cinco años de la carrera de Letras; en el primero desveló la riqueza de los clásicos griegos y romanos: corrí por los campos que atravesaba Aquiles en busca de Héctor; me colé por el caballo de Troya diseñado por el gran Ulises, y lloré junto a Dido la despedida de su Eneas. El entusiasmo de Tejedor por la belleza virgiliana me llevó a leer una y otra vez las famosas Bucólicas, a postrarme ante las Geórgicas y también, claro está, ante Virgilio.

   Más tarde, disfruté las fechorías del Don Juan Tenorio de Zorrilla, o los eufóricos versos de José de Espronceda, en el más genuino acento romántico: “Que es mi barca mi tesoro/que es mi dios la Libertad/Mi ley, la fuerza y el viento/ mi única patria, la Mar”.

   Pero la enseñanza no se quedó en los libros. Fue mucho más allá. El padre Tejedor era un prestidigitador que lograba hacer del buen trato una consigna habitual. Su estima, siempre visible, me llegaba como agua mansa.  La sensibilidad se posaba en su sonrisa, en su pasión por Cervantes y por ese mundo que es la literatura.  Recuerdo que en aquellos años empecé a dar clases en una secundaria. Tenía que explicar fundamentalmente gramática. Esa árida disciplina que ni si quiera entendía bien yo. Acudí a Tejedor que todas las noches estudiaba largas horas en la biblioteca de la universidad para preguntarle cómo decirle a mis alumnitas de doce años  qué eran las oraciones reflejas, recíprocas y cuasi reflejas. Su explicación me dejó maravillada; la entendía con una claridad meridiana. Gracias a esas asesorías hoy soy fanática de la gramática española.


   Por supuesto, fue el asesor de mi tesis de licenciatura y se convirtió en un gran amigo al que años después reencontré en la Maestría en letras como profesor invitado. Desafortunadamente ya no está entre nosotros. Me dejó la lucidez de la palabra. Fue el primero en decirme, formalmente, que escribía bien; ese piropo, viniendo del maestro, fue para mí un aplauso al corazón. Gracias, mi inolvidable Teje, Teje.

miércoles, 28 de enero de 2015

La ridícula idea de no volver a verte










Guadalupe Carrillo Torea

Cuando el duelo se hace presente, cuando reconocemos que está ahí, cubriéndonos de pies a cabeza, entendemos en toda su amplitud títulos como el que preside este texto. Se trata de una de las últimas publicaciones de la escritora española Rosa Montero, un tributo a la vida y también a la muerte de seres entrañables. La voz de Montero se siente desde el inicio templada por la honestidad y el deseo de ser veraz en su dolor.

   A raíz de la muerte de su esposo Pablo –padeció un cáncer fulminante que acabó con su vida en pocos meses-  y como una necesidad de entender la sensación pétrea de su pena, la escritora se planta frente al papel rescatando su biografía y la de un personaje de dimensiones míticas: la científica Marie Curie, descubridora del radio, del polonio y de la radiactividad. Montero desarrolla una investigación documental de la vida y obra de Marie y se encuentra con un ser excepcional que si bien dedicó su vida con energía titánica al trabajo científico, dejó en su diario huellas que delatan a la mujer apasionada, a la amante incansable y a la viuda que se hunde en el más profundo desconsuelo.

   Con once años de casados, Pierre Curie pierde la vida al ser arrollado por una carroza. Tenían dos hijas y la menor apenas contaba con 14 meses. A partir de ese momento Marie, al igual que la narradora, utiliza la palabra como la única ruta que la desplazará hacia un lugar menos oscuro, para que ese grito interior no sea tan desgarrado.

   La obra es pues un contrapunteo entre la vida de Marie Curie, y el duelo de ambas. Hay una disección cuidadosa de todo aquello que decora la palabra “duelo”: la incredulidad ante el dolor, la sensación de orfandad, las culpas que laceran en el recuerdo de aquello que no se hizo o que no se dijo, o el abrazo que no se dio. La muerte inesperada, la muerte prematura, la muerte que no estaba en la bitácora de vida:

Uno descubre que está jugando al escondite inglés cuando se le muere alguien cercano que no debería haber muerto. Un fallecimiento intempestivo y fuera de lugar, la Parca avanzando a toda velocidad a nuestras espaldas mientras no miramos. Eso le sucedió a Marie: de pronto llegó corriendo la Muerte y plantó su manaza amarilla sobre Pierre. Fue el 9 de abril de 1906. Llevaban once años juntos. Él tenía 47, ella 38. (2013:110)

Rosa Montero apuesta por un discurso híbrido donde lo biográfico, lo personal y también lo histórico –sin dejar nunca el tono intimista de su vida y de la de Marie- están presentes. Nos cuenta retazos de su conviviencia con Pablo, de la muerte que llegó apresurada, del deterioro físico que hablaba del otro, del más profundo:

Una noche estábamos en el hospital, ya muy cerca del fin. Habíamos ingresado por urgencias porque Pablo se encontraba violentamente agitado, confuso, incoherente…Esa noche, muy tarde, tras suministrarle todo tipo de drogas, consiguió quedarse tranquilo. Me incliné sobre él para comprobar que estaba bien…Éramos los dos únicos habitantes del mundo y me parecía notar bajo los pies la pesada y chirriante rotación del planeta. En ese momento Pablo abrió los ojos y me miró. “¿Estás bien?”, susurré, aunque para entonces ya resultaba prácticamente imposible hablar con él y trabucaba todo y decía esmeraldas cvuando quería decir médicos, por ejemplo. Y, en ese minuto de serenidad perfecta, Pablo sonrió, una sonrisa hermosa y seductora; y con una ternura absoluta, la mayor ternura con que jamás me habló, me dijo: “Mi perrita”. Fue una palabra rebotada por su cerebro herido, una palabra espejo sacada de otra parte, pero creo que es lo más hermoso  que me han dicho en mi vida. 2013: 118-119)

Montero rescata la vida de Curie,  en la que sobresale como la mayor tragedia la muerte de Pierre, y de alguna manera la utiliza como espejo de su duelo. Sin embargo la balanza se inclina sobre Curie, dejando en la opacidad el drama personal de la escritora y más aún, resguardando la intimidad de su vida con Pablo. Se percibe en ese gesto una suerte de pudor del que emana una ternura intacta, intransferible.


   Una lectura imprescindible para entender cómo duelen las pérdidas genuinas y cómo, a pesar de nosotros mismo, la vida sigue sin parar.

martes, 13 de enero de 2015

A Julio Scherer García, in memoria




Guadalupe I Carrillo Torea



La belleza del lenguaje no será para la filigrana narcisista,
Sino para la precisión, don supremo del periodismo escrito.
Julio Scherer García



No es hiperbólico decir  que el reciente fallecimiento de Julio Scherer García -periodista de larga data, director de la Revista Proceso, entre otras-  ha cimbrado a la sociedad mexicana en su conjunto. Desde el espectro periodístico –que era su epidermis-, pasando por los intelectuales comprometidos, y también el pueblo llano que supo admirar su luminoso espíritu.

   No hay queja posible cuando hablamos de la muerte de quien vivió 88 largos y fecundos años; pero si ese alguien ha tenido la altura de un titán y la coherencia como piel, es inevitable  percibir la  conciencia de haber perdido a un ser irrepetible.

    Reconozco sin falsa modestia que conocí en profundidad la obra escrita de Don Julio Scherer. En este blog hay algunos trabajos de análisis de varios de sus libros. Me hipnotizaba su prosa directa que no perdía ni un ápice de belleza y, sobre todo, que traslucía una sensibilidad arrolladora. Ahora que veo en fotos a ese hombre de gran altura, grueso de cuerpo, de cara muy ancha, anticipo lo intimidante que podría resultar una conversación con él, con su fuerte exigencia y su incapacidad de usar eufemismos para nombrar lo bueno y lo malo, no solo de quienes lo rodeaban, sino de sí mismo.

    Leo los testimonios de tantos que lo conocieron y convivieron con ese hombre en apariencia duro, pero dotado de la virtud mayor: ver al hombre desde su humanidad y tratar de entenderla. Pero no a cualquier hombre. Scherer García buscó a aquellos que habían caído en el abismo de su miseria: los capos de los carteles, los sicarios, los niños y adolescentes recluidos en cárceles para menores, las mujeres sumidas en el mundo del narcotráfico... Habló con ellos, y hurgó en busca de sus almas. Quería rescatarlos, traerlos a un espacio de luz.

   El compromiso social y político inquebrantable lo alcanzó hasta el final de sus días. La revista Proceso, que fundó y dirigió por décadas, dedicó su último número a la memoria de Scherer García. Ciento doce páginas de testimonios, de cartas de despedida; anécdotas que retratan el temple del director, del periodista, el padre amoroso y el ser humano que se enfrentaba a sus demonios sin temor. Uno de los artículos publicados, escrito por Scherer García y titulado “Morir a tiempo” es una desgarradora confesión del anciano que se reconoce frágil, a orillas de una muerte que él mismo requiere imperiosamente.  Cuenta su tragedia personal y concluye con asombrosa honestidad: “Cuento todo esto sin pesar. No me tengo lástima”.

   Fui a comprar el número de Proceso con el temor de que ya se hubiese agotado. Al acercarme pregunté al dueño, un señor de unos sesenta años: ¿Tiene el último número de la Revista Proceso? Me contestó: Sí, ahí abajo lo encuentra, es el último que me queda. Claro, respondí, como está dedicado a  Julio Scherer se habrá vendido mucho. Sí, contestó con pesar; perdimos a un gigante, no habrá otro como él. La convicción del vendedor de revistas me reveló, otra vez, la grandeza de don Julio Scherer García; el pesar de su pérdida y el compromiso de continuar tras sus pasos, siempre firmes, siempre honestos.




   

jueves, 18 de diciembre de 2014

ENCUENTRO CON LA LIBERTAD




Para Sara: con interminable gratitud




 Guadalupe Carrillo Torea


El mes de diciembre se asocia al frío –al menos en estas latitudes-, a las fiestas y, sobre todo, a los buenos deseos. En México suelen hablar del período “Guadalupe-Reyes”, esto es, que las parrandas arrancan el 12 de diciembre, día de la celebración de la Virgen de Guadalupe, y no concluyen sino hasta el 6 de enero, conmemoración de la llegada de los Reyes Magos.

   Aunado a la fiesta, las felicitaciones y las reflexiones están a la orden del día; las veremos profusamente en Facebook, en tuiter (ya la Real Academia de la Lengua españolizó la palabra con el uso de una sola t), y en ese ciber espacio que nos colma de información.

   No suelo conmoverme con la Navidad porque la asocio inevitablemente al ventajismo comercial que nos impulsa al consumo desaforado y porque siento que nos están imponiendo patrones de conducta.  Obviamente se trata de una percepción subjetiva que podría ser rebatida con argumentos muy valiosos. Mi pretensión es humilde: solo expongo lo que siento y pienso; no quiero llevar el agua a mi molino para que también, ustedes, queridos lectores, se ubiquen en esta zona de  los descreídos. Justamente, sobre eso quería sentarme a teclear: la desconfianza con la que veo las fiestas decembrinas han tenido un hermoso revés esta semana. Acabo de concluir un trabajo en equipo –de dos personas, pero equipo al fin- que se extendió por dos años y que tuvo su cierre mágico el pasado martes. Fue una experiencia novedosa para mí. Cada quince días me sentaba a conversar la vida; a escarbar en recuerdos amables o perturbadores,  en acontecimientos menudos, en detalles que el afecto va dejando desperdigados en esa espacio interior que llamamos alma y que por tanto tiempo abandonamos; la dejamos al garete, para recogerla después hecha un guiñapo.

   A mí me había ocurrido algo así, pero el diálogo franco se convirtió en ensalmo que sanó de raíz los raspones de la desesperanza; la mirada sombría dio paso a ese chorro de luz que me mostró que el camino no era tan sinuoso como imaginaba y que, al cruzarlo, podría encontrarme conmigo de nuevo, con la serenidad a cuestas, tratando de alcanzar la armonía interior convertida en certeza.

   Se trató, pues, de eso que popularmente se conoce como terapia y que yo llamé “encuentro con la libertad”. De una a otra sesión mi universo emocional hizo un largo registro de lo bueno y lo malo. La postura neutral de un buen terapeuta – y la mía es excelente- da pie a la aceptación  del otro de manera incondicional. No hay juicios morales, por tanto, las batallas que relatas no tendrán como respuesta la descalificación, al contrario: entrarás de puntillas a ese espacio sanador donde la empatía tiene su reino; y la tristeza que ocurre la entiende, la asimila también el que está frente a ti, en una dimensión tan semejante a lo que tú percibes que te llega a abrumar su comprensión.

   El terapeuta escucha el dolor, y, con la paciencia milenaria del orfebre, lo transmuta, hace de él enseñanza imprescindible; ya no habrá Fatum que te arrincone en una orilla de la vida. Tomar las riendas de cada uno de tus días no solo es consigna, también rotunda convicción.

    Acudir a un psicólogo va en contra de la autosuficiencia, valor muy cotizado en una sociedad que se define desde su soberbia y su individualidad; se ve mal que puedas declararte incapaz de resolver tus propios conflictos. Cuántas veces tildamos de débiles a quienes van en busca de ese otro que pueda mostrarnos horizontes más amplios y  tonos menos grises. Para mí, la experiencia fue, justamente, a la inversa. Nunca he sentido mi geografía emocional tan robustecida como lo percibo ahora: cuestionarme, inconformarme con mis reacciones inmediatas se ha convertido en lugar común, en un saludable ejercicio de humildad. Aprendí que fallar no es sinónimo de pérdida sino de un rehacernos constantemente, día a día, por siempre, para mirar después, nítidamente, el arcoiris.