martes, 25 de febrero de 2014

¿Podrá Venezuela "Arar en Paz"?


Guadalupe I Carrillo T
 
 

Pensé poner mi corazón, con una cinta

morada, encima de la montaña más alta del mundo,

para que, al levantar la frente al cielo, los hombres

viesen su dolor hecho carne, humanado.

Esta primera estrofa  que pertenece al poema “Aren en Paz” fue escrita por el gran poeta Blas de Otero, en la época de la guerra civil española. España había quedado en la ruina económica más profunda de su historia. A esta se añadía el odio social, el derrumbe de una humanidad que estaba dejando de entender qué era un compatriota y porqué se había convertido en su enemigo, en el oponente de sus sueños, en el que había que liquidar hasta quitarle la vida. Esto ocurre en Venezuela desde hace unos años. Pero las últimas semanas la voz subió sus decibeles y solo sabe de alaridos; es el idioma que todos hablan pero pocos, muy pocos  entienden.

Pensé mutilarme ambas manos, desmantelarme

Yo mismo mis dos manos, y asentarlas

Sobre la losa de una casa en ruinas:

Así oraría por los desolados

   No pretendo reseñar lo que los medios internacionales han cubierto hasta la saciedad; esto que escribo quiere ir de la súplica a la oración. Como Blas de Otero, solo deseo “orar por los desolados”. ¿Y quiénes son? ¿A quiénes incluir? A todos los que esta guerra alucinada le ha ido mermando la raíz de su alma. Venezuela vive en la mutilación; los estudiantes, la sociedad civil se está desmantelando con la apuesta que les queda: la terquedad como única consigna. Escuchaba la voz desesperada de un estudiante en la calle: “¡Aquí, en este país no queda nada, y yo voy a luchar hasta el final!. ¡No me la calo! Gritó con el timbre de la desesperación ensartado en su voz.

 

El diálogo es el visitante que no llega, que se retrasa día a día. Por eso buscan en las calles, en las arengas multitudinarias un sustituto que pueda calmar un cansancio que se torna ancestral y que ya no puede sostenerse. Blas de  Otero continúa:

Después, como un cadáver puesto en pie

de guerra, clamaría por los campos

la paz del hombre, el hambre de Dios vivo

la represada sed de libertad.

La apuesta a la calle es el pie de guerra, es el clamor por una paz, por un bienestar que cada vez se hace más tenue, que se desdibuja en el horizonte de la mayoría. Por ello el tono de la indignación no ha cesado; pero desafortunadamente se mezcla con el vandalismo, con el quién es más vivo. Robar, saquear, matar sin prejuicios, con saña y sin remordimientos es el olor de lo que se está pudriendo en una sociedad cada vez más desquiciada. Me uno a las entrañables palabras de Otero y digo:

Noches y días suben a mis labios

-ellos en són de sol; ellas, de blanco-,

Detrás acude la esperanza con

Una cinta amarilla entre las manos.

Esperanza, días en són de sol, noches de blanco…¿podrá venir todo esto a Venezuela? ¿Cuántos hombres y mujeres tendrán que padecer cárceles injustas, cuántos jóvenes recibirán como última caricia un tiro en la cabeza, o un perdigón en el ojo? ¿Por cuánto tiempo esta será la despedida a una vida que se perdió en la multitud? Venezuela se deshace en las manos de su gente, a Venezuela se le perdió el futuro. Por eso la apuesta total sigue siendo esta:

Miradme bien, y ved que estoy dispuesto

para la muerte. Queden estos hombres.

Asome el sol. Desnazca sobre el mundo

la noche. Echadme tierra. Arad en paz.

 

Que ese sol caribeño que tanto amamos, dé luz y  nos permita arar en paz, llegar al puerto en el que un venezolano reconozca a un compatriota en el otro venezolano, sea chavista, sea opositor.

 

 

 

 

miércoles, 29 de enero de 2014

Gaudeamus Igitur


 

Guadalupe Carrillo Torea

Gaudeamus Igitur/ Iuvenes dum summus

La semana pasada nos extendieron una invitación a los profesores de la facultad de Humanidades: el director saliente rendía su último informe de actividades y nos convocaba al acto. Los informes suelen ser aburridos, complacientes; quienes los leen asumen logros de quienes estamos allí como si fueran personales. Sin embargo este fue diferente. La apertura del acto estuvo amenizada por un grupo de voces que, a capela, cantaron el himno universitario internacional: El Gaudeamus Igitur. Quizás mi ánimo estaba en buena sintonía porque al oír el himno me sentí realmente conmovida; no solo por la alegría literal de la que allí se habla, ni tampoco por la bella melodía que la sostiene, era algo más. El reconocimiento a la universidad desde su ángulo más noble: la juventud, la generación de conocimiento, el valor de la educación superior que forma desde su universalidad.

Vivat Academia/ vivant profesores

Tantas veces pensamos que lanzar vivas al cielo solo se hace en los estadios de futbol, o en los conciertos multitudinarios. En esta ocasión le tocaba a la Academia, a quienes la humanizan y la enaltecen. He disfrutado por catorce años la experiencia universitaria en el lugar que realmente la salva de no convertirse en una maquinaria de burocracias. En ese devorador mundo que se llama papeleo, oficios, idas y venidas en oficinas, búsqueda de constancias para archivar lo intangible: la convivencia con los estudiantes, la transmisión no solo del conocimiento, también de la experiencia de lo que hemos ido siendo. Verlos vivir su frescura, sus años espléndidos, es para mí un privilegio rotundo. Ellos pasean su inquietud,  pero también el desasosiego al enfrentarse a ese futuro que apenas empiezan a construir.

   No solo hay alegría en los chicos, de pronto la tristeza se les empoza en la mirada. Esos son los rostros de una universidad pública que no discrimina por razones económicas. Es abierta, y  enseña a  quienes la construimos día a día a que  también aprendamos a serlo.

Alma mater floreat/ quae nos educavit

   Quien educa puede ser calificado de madre, de padre.  Incidir positivamente sobre la vida de otros que apenas arrancan es más que una gran responsabilidad, es  también suerte y salud. Las pesadillas burocráticas a las que nos someten cada vez más en la universidad empaña su raíz: convertirse en Alma Mater.

 

   Afortunadamente en esta ocasión me había equivocado en mi apreciación. El informe del director saliente fue un discurso equilibrado, lleno de gratitud para todos los que lo acompañaron en estos años frente a la dirección de la facultad. Se habló de ese “humanismo que transforma”, lema escogido por la nueva administración de Rectoría para definir a la Universidad Autónoma del Estado de México. Quiera la historia mostrarnos que el humanismo se imponga como paisaje, como timbre de voz, como vida.

 

 

 

miércoles, 22 de enero de 2014

Nombrar "Lo que no tiene nombre"


Guadalupe I Carrillo T


Hace unos meses, revisando blogs de literatura que tanto disfruto –los blogs son altamente recomendables, doy fe de ello- me encontré con el nombre de una escritora colombiana a la que nunca había leído. Se llama Piedad Bonnett. Ha escrito varias novelas, ha recibido premios literarios por su obra poética;  también publica en la página web Prodavinci que convoca a excelentes articulistas de toda América Latina. Es una mujer inteligente y ha logrado plasmar su talento en la maravillosa forma de las palabras.
   En 2013 Alfaguara publicó su última novela Lo que no tiene nombre. La radicalidad de la expresión anuncian la temática trágica de la obra. Piedad Bonnett nos relata la experiencia más triste que podría  vivir un ser humano: la muerte de un hijo por mano propia. Daniel, su hijo de 28 años recién cumplidos, saltó al vacío desde la azotea del edificio donde vivía en la ciudad de Nueva York, en la que se encontraba estudiando hacía meses una maestría.
    El reto que supone para una escritora que en esas páginas es también madre adolorida, literalmente con herida de muerte, enfrentar a través de las palabras esta historia de pesadumbre es una labor ímproba.  Supone la entereza de nombrar el dolor, de verlo frente a frente, de no caer en lamentos desesperados. Supone, en definitiva, la difícil búsqueda de la objetividad unida a la ternura materna y a la realidad que de tan trágica pareciera que no se toca nunca. Y sin embargo Piedad Bonnett logra combinar todos estos elementos llevada por la honestidad que da la palabra que nombramos con valentía. Ella nos dirá: “Daniel se mató, repito una y otra vez en mi cabeza, y aunque sé que mi lengua jamás podrá dar testimonio de lo que está más allá del lenguaje, hoy vuelvo tercamente a lidiar con las palabras para tratar de bucear en el fondo de su muerte, de sacudir el agua empozada, buscando, no la verdad, que no existe, sino que los rostros que tuvo en vida aparezcan en los reflejos vacilantes de la oscura superficie” (2013: 20, 21).
   La obra, de carácter testimonial, que no busca la ficción sino la representación de la vida personal o de tragedia familiar, comienza con la llegada de los parientes al edificio en el que residía su hijo Daniel. Ya ocurrió el tétrico suicidio y van a buscar sus pertenencias, van a cremar su cuerpo, a cerrar el ciclo de una vida cuyo sufrimiento tenía que detenerse. Más adelante se va al pasado y a la explicación de una muerte ceñida a la juventud plena. Su hijo padecía  un trastorno psíquico  de grandes dimensiones desde hacía casi una década y las alucinaciones, las crisis depresivas, las voces que le decían que se matara venían a él una y otra vez.
   La voz de Bonnett busca el exorcismo del dolor, quiere quitarse el estigma que socialmente se encaja en el alma de aquellos han padecido la pérdida de un ser querido a través del suicidio. Ella lo enfrenta como si se encontrara en un ring de boxeo, esperando los golpes de su oponente: “La noticia de que se trató de un suicidio hace que muchos bajen la voz, como si estuvieran oyendo hablar de un delito o de un pecado…Y es que la sola palabra suicidio asusta a muchos interlocutores. En varios de los correos que recibo se habla de “lo que ha sucedido” o simplemente se soslaya el hecho mismo con expresiones como “te acompaño en estos momentos” o “te pienso todo el tiempo”. (2013: 77).
   La edición del libro, cuidada con la ternura de la pérdida, de la añoranza infinita,  añade en cada uno de los capítulos pinturas dibujadas por Daniel. Su condición de artista que quería dedicarse al dibujo a tiempo completo fue otras de las grandes incomprensiones que vivió. Más de uno lo desanimó ante la incongruencia social de quienes no pueden vivir del arte. Y él se alejó de su vocación para evocar otros demonios.
   La obra es pues una suerte de terapia personal  en la que pretende comprender al hijo, a su enfermedad, a las irremediables motivaciones que lo llevaron a correr para encontrarse con la muerte. Así nos dice: “No voy a pronunciar el nombre de esta enfermedad, piensa el médico, porque no quiero rotularlo, no quiero condenarlo, no voy a hacerle perder las esperanzas y sumergirlo en la desesperación. Porque no hay enfermedades sino pacientes. No voy a pronunciar ese nombre, dice el enfermo, porque van a huir de mi, porque me abandonarán, porque me recluirán, porque no me amarán ni se casarán conmigo. Porque me mirarán con miedo. No voy a pronunciar ese nombre, dice el padre, dice la madre, porque no puede ser, no puede ser, no puede ser”. (101).
   Como muchas de los desaciertos de la ciencia o de quienes la ejercen, a Daniel le recetaron un medicamento para un acné galopante que acosaba su cara de adolescente. Sin embargo la medicina estaba llena de contra indicaciones que no fueron supervisadas y que incluían la posibilidad de que brotaran enfermedades psíquicas de largo alcance.  Allí empezaron los trastornos, que más adelante se desatarán como una tormenta invernal: “…su hermana nos llama a decirnos que lo nota “raro”: que habla de sus opciones de vida, que no duerme, que sale a dar paseos y regresa de inmediato, que tiene súbitos accesos de llanto y que acaba de decirle que tiene miedo de que lo aprese la policía. Con el corazón encogido de dolor y estupefacción le digo que lo devuelva de inmediato, en el vuelo más próximo” (139)
   No se trata de una novela, no es un diario, tampoco una crónica. Es reflexión frente a esa derrota que se llama muerte, que se enuncia como dolor impalpable, de tan grande y tan hondo.  Recomiendo su lectura. Son páginas de honestidad desgarrada y de afecto absoluto escritas a través de una bella prosa que invita a la lectura.
  



jueves, 9 de enero de 2014

Oaxaca: luces y sombras


Guadalupe I Carrillo

“Ya va a venir el día, ponte el alma”

César Vallejo

 

Una de las primeras ciudades que visité hace catorce años cuando llegué a vivir a México fue Oaxaca. Y me enamoré perdidamente de ella: Además de la riqueza arqueológica que rodea a la ciudad –recordemos a Mitla y Monte Albán-,  el casco urbano, de espléndida arquitectura,  rechina su belleza frente a un sol intenso que invita a sentarse en la sombra de los portales y a escuchar la marimba tintineando felicidad; la armonía es protagonista privilegiada  del  decorado urbano. Colores vivos empapelan las paredes y dan a las calles sensación de que hay vida bella y buena.

   En noviembre de 2013 volvimos a recorrerla.   Esa bella ciudad, que sigue seduciendo a turistas de todo el planeta, está habitada por la pobreza de la mayor parte de su gente. Muchas veces creemos ingenuamente que aquellos espacios que visitamos mantendrán su sello personal de forma  indeleble. Pensaba que los allí congregados seguirían teniendo el éxito que el turismo aporta a la ciudad y que esa pobreza que ahora veía no era real. Estaba equivocada.

 Al acercarnos a Oaxaca la realidad había cambiado radicalmente y pronto seríamos testigos de ello. Quisimos adentrarnos en su corazón urbano, por ello  decidimos ir  al Mercado público, donde participa el pueblo. Nos cruzábamos con decenas de indígenas que deambulan su vejez de un lado para otro; doblada la espalda, los pies parecían suelas desgastadas, ancestrales. Esos ancianos vendían alimentos o artesanías. Ellos que están al final del camino, aún tienen que recorrerlo sin descanso.

Más tarde fuimos a los portales con la ilusión de volver a lo conocido y disfrutado. El bullicio se hacía presente, la gente se arremolinaba, y las mercancías de artesanía, de ropa, de globos que ondeaban una alegría quizás aparente, quizás real estaban allí, al lado de campesinos que permanentemente se detenían a ofrecerte su material. Nos sentamos en uno de los restaurantes. La sorpresa se había instalado junto a nosotros porque en ese espacio tan diverso los niños van y viene realizando su trabajo cotidiano.

   Se acercó a nosotros uno de ellos. Traía su caja de madera y su pequeño asiento, también de madera; nos ofreció darle una pulida a nuestro calzado. Los dedos de ese niño, que debían estar tocando juguetes despreocupadamente, se embadurnaban de betún y acariciaban mis zapatos con el esmero de un especialista. Le pregunté quién le había enseñado a bolear, me contestó con gran orgullo: mi abuelito. ¿Dónde se perdió la infancia de esas criaturas? ¿Cuándo desapareció el asombro en esa mirada de adulto prematuro?

    La desnutrición que ha sumido a esa población desprotegida por generaciones, ha dejado como secuela la generalización de una estatura muy pequeña. La mayoría de las personas, hombres y mujeres, que veíamos tenían un tamaño reducido. Trabajar para despejar la penuria no es suficiente. No alcanza para despejar la sensación de estómago vacío; la miseria se ha convertido en rutina para cientos de miles que no solo van a la ciudad de Oaxaca, también para aquellos que habitan en su estado, en sierras  apartadas por kilómetros  de las urbes. Dicen que aquella gente se acostumbró a ir siempre descalza

 En uno de sus ensayos, Leonardo Padrón cita al premio Nobel de Economía, Joseph E. Stiglitz, quien asegura que “el 1% de la población tiene lo que el 99% necesita. Padrón acota: “Una cifra de escándalo. De esas que masticas con incredulidad”[1]. Este desbalance tan hiperbólico está en Oaxaca. La ciudad encantada, la ciudad de las tragedias colectivas. ¿Podrás, Oaxaca, ponerte algún día el alma?




[1]  En http://leonardopadron.com/la-soledad-de-las-mayorias/

jueves, 5 de diciembre de 2013

"Niños en el crimen". Testimonios desgarrados en México


 
Guadalupe I Carrillo Torea
 

De nuevo la editorial Grijalbo saca a la luz el último trabajo de investigación del periodista Julio Sherer García. Su trayectoria profesional es conocida ampliamente en México. Por su compromiso social, por la acendrada crítica al sistema político que nos gobierna. En las últimas décadas su trabajo se centró en la búsqueda de la posible sensibilidad de un amplio sector de la sociedad que permanece en el olvido. Sus pasos atravesaron el umbral de barrotes, telas metálicas y vigilancia extrema, para acercarse a los que ya han perdido la libertad y se encuentran sumidos en reclusorios de alta seguridad.

   A través del recurso de la entrevista, el periodista ha hurgado en la vida de aquellos que se clasifican como escoria social: los capos del narcotráfico, sus sicarios, las mujeres inmersas en ese mundo de manera voluntaria o por simple abolengo, como la llamada Reina del Pacífico. El rostro personal de estos individuos se traduce en el volumen que Sherer le da a sus voces casi  inaudibles, opacadas por los muros que rodean su futuro.

   En esta ocasión el desdichado turno tocó a  los menores infractores: Niños en el crimen es el título que encabeza los testimonios más desgarradores rescatados por Sherer García en su larga trayectoria periodística. El autor visitó los Centros de Adaptación Penitencial en donde se alojan adolescentes entre 12 y 17 años de edad. Son asesinos confesos que pagan penas de entre 1 o tres o cinco años de cárcel.

   A lo largo de sus páginas y desde una primera persona testimonial el autor nos narra las visitas realizadas a varios de estos centros donde tuvo acceso no solo a los expedientes de los allí recluídos, también a diálogos directos con chicos y chicas que anhelan una libertad arrebatada por la ejecución de crímenes inimaginables. La crueldad y más aún, la impasibilidad que embarga a los chicos al cometer los crímenes viene a ser la constante en casi todos ellos, sin distinción de sexo o de edad. Sin embargo Sherer va más allá de ese perfil casi monstruoso de sus protagonistas. Los visita desde la sensibilidad y es capaz de describirlos en el sufrimiento que los embarga. En el trayecto realizado por la Comunidad de Tratamiento Especializado el autor advierte:

Durante el recorrido observo a algunos adolescentes. Se  mantienen en grupos de ocho o 10, silenciosos. En su quieta soledad, sólo dos juegan frontón a mano. A nuestro paso, los jóvenes responden con una inclinación de cabeza y sonríen con dificultad. En sus rostros es patente el síndrome del encierro, la depresión. No sabría de qué manera transmitir el sentimiento que me despertaron. Sentí su depresión, pero no como un dolor. Es la suya una forma de quietud, una no vida, como si sus ojos ya hubieran mirado todo lo que habría que mirar. Su hastío me pareció una forma de muerte” (p. 21)

   Más adelante y después de reflexionar con datos duros sobre el estado de abandono en el que viven estos chicos que han ido creciendo en la calle o rodeados de grupos delictivos, el periodista relata las fichas personales de varios de los cientos de adolescentes que están recluidos. Su pasado reciente, su entorno familiar casi siempre fracturado y las dificultades personales que acompañaron su entrada al crimen. Anoto uno de ellos, la extensión de la cita obedece a la pertinencia del cuadro delictivo:

Desde pequeño Víctor padeció las agresiones de un padre alcoholizado…La primera ocurrió a sus siete años, víctima de golpes en el cuerpo propinados con un cable de acero. La segunda a los diez, cuando su padre le encajó unas pinzas en la pierna.La madre de la criatura no intercedía por él. El miedo lo paralizaba. Posteriormente, Víctor fue expulsado del kínder como consecuencia de las golpizas que les propinaba a sus compañeros…En la secundaria fue expulsado por sus incesantes pleitos con alumnos y profesores. Desde los 15 años robaba a clientes habituales y ocasionalmente a peatones…Ingresó a San Fernando por secuestro y homicidio agravado, delitos que cometió en complicidad de dos muchachos mayores que él y de sus padres. La participación de Víctor en el crimen fue directa: convenció a un niño de cinco años de edad para que lo acompañara hasta una casa que rentaban en Iztapalapa. Ahí mantuvo al chiquito durante una semana hasta que, todos juntos, adolescentes y adultos, decidieron matarlo. Víctor amarró de pies y manos al pequeño y le inyectó ácido muriático en diversas partes de su cuerpo. Los padres de Víctor recibieron una larga sentencia. La de Víctor fue de cinco años. Lo protegió su minoría de edad. (Pp. 58-59)

                  

   La última parte del documento presenta los diálogos sostenidos entre el periodista y algunos de los jóvenes, chicos y chicas, presos en los centros de readaptación. Las conversaciones muestras ampliamente la tensión en la que se sostiene la existencia de estos adolescentes que han padecido la derrota de sus vidas, el abismo que los acompaña. El timbre de sus voces se torna opaco, de una adultez prematura, son aquellos que rozan continuamente los bordes de la demencia.

   La revista Proceso reseñó la reciente salida del Ponchis, el “niño sicario” que purgó tres años de cárcel. Había degollado a cuatro personas, y descuartizado a otras dos. El 18 de noviembre de este año, días antes de que saliera en libertad, periodistas de la Revista entrevistaron a la presidenta del Tribunal Unitario de Justicia para adolescentes (TUJA), Ana Virinia Pérez, quien reconoció que la terapia recibida por el Ponchis en sus años de reclusión no fue suficiente. El adolescente de 17 años delinquirá de nuevo. No muestra arrepentimiento ni temor por lo realizado tiempo atrás.

   El libro de Julio Sherer, de una pertinencia aplastante, se vuelve clamor desesperado. Hay que detenerse a ver a la sociedad, la pobreza lacerante de millones de familias; el abandono no puede seguir siendo la consigna.

                  

  

 

viernes, 22 de noviembre de 2013

LA MIRADA ATENTA. LECTURAS A EROS Y LA DONCELLA


 
Guadalupe I Carrillo Torea
 

La estética de la recepción es, dentro de la gama de teorías literarias, una de las más importantes. Su reflexión parte de que una obra escrita  está  viva y   se dinamiza con el acto de la lectura Hans Robert Jauss, su principal teórico, hablaba de un “horizonte de expectativas” que posee el lector y que se fundirá con el de la obra a la que se enfrenta, de tal modo que la recepción genera un proceso de percepción que varía por el contenido de la obra y por el bagaje biográfico de quien la lee. Es una labor dialógica en la que lector y obra se comunican. La obra modifica la visión del mundo de quien la lee, a su vez, el lector nutre a la obra con sus percepciones.

   He sido espectadora privilegiada de la vitalidad que desborda  una obra de ficción cada vez que dicto las clases de la asignatura  Creación Literaria. Con los jóvenes estudiantes no solo hacemos trabajo de escritura, también de lecturas de todos los géneros: narrativa, teatro, poesía, ensayo. Cada semestre varío los títulos que estudiaremos. Con el lanzamiento de la novela de Mario Szichman Eros y la doncella por la editorial Verbum este 2013 y la llegada de sus ejemplares a México decidí incorporarla a nuestro estudio. Se trata de una obra extensa, con una galería de personajes ambiciosa y que, además, se construye a partir de ese gran hito en la historia como lo  fue la Revolución Francesa.

   La edad de mis estudiantes oscila entre los 19 y 25 años. Veintidós alumnos, la mayoría de ellos del tercer semestre, otros del noveno, de la licenciatura de Comunicación, y también dos alumnas de la licenciatura de letras. Era un gran reto la lectura, comprensión y análisis de una obra compleja en su estructura y rica en historia. Sin embargo, sabía que la prosa impecable de Szichman llevaría de la mano a los chicos por ese laberinto de eventos que se desarrollaron en aquella Revolución y que están plasmados en la novela.

   Progresivamente íbamos dando plazos para avanzar en la lectura y comentar sus páginas. En el lapso de dos meses discutimos cada parte, hablamos de sus personajes, de la presencia permanente del binomio de  Eros y  Tánatos. En ese juego dialógico que implica el estudio de un texto participó también la editora de la novela, Carmen Virginia Carrillo, que visitaba el país en esas semanas y que nos desveló uno de los grandes logros de la novela: El prólogo anticipa y compacta el contenido total de lo que después se desarrollará ampliamente. Esa anticipación es, al mismo tiempo, el mayor reto para su autor, esto es, cómo mantener la intensidad en los acontecimientos y el interés de unos lectores que ya conocen lo que ocurrirá en toda la novela. Los chicos miraban maravillados a Carmen Virginia que respondía a sus preguntas dando detalles puntuales de ese trabajo de orfebrería que supone la edición de una novela.

   El cierre de nuestro estudio se vería reflejado en el examen que finalmente tuvimos para reconocer el grado de comprensión de la novela y la capacidad dialógica entre lectores y obra. Hice cinco preguntas que abordaron distintos espectros de la novela: sus personajes, tomándolos en cuenta en su condición de las parejas a partir de la relación Eros y Tánatos que envuelve sus vidas. Las diferentes manifestaciones artísticas a través de las cuales se reflejan también los hechos narrados: La pintura, con la intervención de David; la escultura de la mano de Madame Tussaud y la narrativa con las reflexiones meta-escriturales de Louvet.

     Quise saber qué interpretación le daban a esta excéntrica pareja, Robespierre y la Doncella,  que permanentemente nos interpela en la ficción. Y por último su opinión personal. Qué les atrajo, que les conmovió, qué perturbó su imaginación. En definitiva, cómo fue ese proceso de la estética de la recepción.

   Las respuestas ilustran un mosaico rico en percepciones, muchas de ellas extraordinariamente inteligentes. Era la mirada atenta de un buen lector. La mayoría de ellos recordaba el detalle de que Danton se había sorprendido al ver las arrugas en la mejilla de su esposa muerta pues el personaje no  recordaba haberlas visto en vida de Gabrielle. Todos quedaron maravillados con las escenas en las que actuaba el gran mago y a la mayoría le perturbó hasta la intranquilidad los ríos de sangre que corrían en aquel París demencial ante la mirada impávida de un público ya habituado al espectáculo de la muerte. La interpretación que hacen de Robespierre y la Doncella la ejemplifico con el comentario que señaló  un alumno: “Se trataba de una diosa pidiendo sacrificios a su leal y devoto seguidor”.

    Los chicos habían superado los retos y lo confirmaron ampliamente en sus respuestas. El mayor atractivo además de la prosa fue el tono íntimo por el que Szichman nos lleva a reconocer y admirar en su total dimensión  aquella tragedia colectiva. Uno de ellos acota: “Literalmente te transporta al lugar de los hechos”. Otra más señala asertivamente: “Como novela histórica es claro que debe referirse a acontecimientos reales; pero en Eros y la Doncella lo importante no es “lo que pasó”, sino “cómo se cuenta” y es ahí donde está el logro literario de la novela”. La chica continúa: “La narrativa es atrayente y fluida y el trabajo del lenguaje, espléndido”.

   Luego dieron paso a las preferencias personales: “Al leer  Eros y la Doncella puedes hacerte tu propia historia y tus propios héroes, el mío es Francisco de Miranda”. En clase, ya la alumna me había expresado la atracción que había sentido por ese venezolano tan controvertido, preguntándome incluso si se podía considerar como uno de los  protagonistas, como bien lo advierte en su comentario.

   La obra los había envuelto en su ficción. Algunos incluso asumían de manera personal eventos, situaciones o comportamientos de los personajes a los que criticaban con pasión: “El pintor pintaba realmente lo que se le daba la gana; el más claro ejemplo fue con Mirabeau. El señor más feo descrito en la novela; y creo que me lo imaginé aún peor de lo que ya estaba. David lo arregló, le hizo su photo shop de la época, para transmitir ciertas cualidades que querían decir de la persona que probablemente sus facciones físicas no expresaban”.

   Hubo un real crecimiento en mis alumnos como críticos literarios, como lectores que comprenden, aprecian y disfrutan una obra de ficción de gran calidad. Así lo demuestra la agudeza de una de ellas al manifestar: “El mayor acierto es la exquisita descripción que hace del Eros en el momento en que parece reinar el Tánatos. Estos dos elementos hacen de la obra del escritor argentino un libro único”.  

   De nuevo la estética de la recepción se manifestó con acierto, nos enriqueció como lectores y le dio vida una y otra vez al texto a medida que las lecturas reconstruyeron ese extraordinario y contradictorio mundo que ficcionaliza Szichman en Eros y la Doncella.

 

lunes, 4 de noviembre de 2013

LA EDUCACIÓN BÁSICA RURAL, A LA DERIVA


Guadalupe I Carrillo T


Tenía el oficio en mis manos. Dos meses atrás nos habían invitado a los investigadores de la Universidad, a colaborar  en la Semana de la Ciencia y la Tecnología que promueve anualmente la Secretaría de Educación Pública. Había anotado que podría dictar una charla a estudiantes de primaria, secundaria o preparatoria sobre el tema seleccionado. Me gusta mucho el tópico de la lectura y su estímulo, más aún en estudiantes de esos niveles educativos, así que había escrito como título de mi charla “La Lectura”, así , lacónicamente.
   La respuesta a mi propuesta, sin embargo, me desconcertó. Estábamos anotadas en sendos recuadros dos investigadoras. Mi colega dictaría su charla en una Secundaria de la ciudad de Toluca, donde se aclaraba que podría  disponer de Cañón y Laptop. Mi charla fue destinada a la población de Tlachaloya, y se me advertía que “No podría disponer ni de cañón ni de laptop”.
    Además de no conocer Tlachaloya ni de saber cómo acceder a ella, me desalentó que hubieran asignado un lugar tan apartado de los predios de la Ciudad Universitaria, situada en Toluca. Implicaba traslado público o la ayuda de alguien que supiera llegar  hasta aquel lugar para ir en mi automóvil; se trataba de una zona rural que acá en México suele tener el estigma de las carencias. Pocos maestros y  mal remunerados, instalaciones deficientes y, claro está, el rezago de estudiantes que arrastran lagunas cognoscitivas, además de las afectivas y familiares.
   La dirección de la secundaria generaba aún mayor desaliento a mi futura visita. Decía: : “La secundaria se encuentra en la calle Manuel Rincón S/N, Tlachaloya Primera sección. A cinco minutos de la Facultad de Ciencias Agrícolas, entrando a la comunidad la primera calle a la izquierda”. La cartografía apuntada daba cuenta de la ausencia de señalización y de lo apartado del lugar. Aunque pertenece al municipio de Toluca, su acceso se extiende a unos veinte minutos fuera de la ciudad, después de pasar varios poblados.
   Tenía pocos días para decidir si iría o no a la cita pero la cercanía de la fecha me forzó a tratar de buscar soluciones y a no titubear. El miércoles a las doce de la mañana era el encuentro con los chavitos de la secundaria y allí estaría puntualmente.
   Los cinco minutos que separaban a la facultad de Ciencias Agrícolas de Tlachaloya se convirtieron en unos quince más pero después de varias preguntas nos encontramos, un colega que amablemente me acompañó y yo, a las puertas de la secundaria. Nos abrió el portón una adolescente de unos doce años. No tenía idea de quiénes éramos pero nos dejó pasar, acotando que claro que esa era la secundaria, ella recién había abierto las puertas al director que salía de sus predios y que no estaría para recibirnos en su escuela.
    Buscamos las oficinas administrativas. Una secretaria nos dijo que nos esperáramos porque iría a buscar a la maestra. El largo tiempo transcurrido nos iba mostrando el panorama real que encontraríamos. Estaban buscando a un grupo para la charla a quienes no se les había advertido que esta se daría. Una señora más bien robusta nos saludó y nos indicó que era la Orientadora de la institución.  Unos cincuenta chicos se acercaban a nosotros y entraban en un salón acondicionado como laboratorio de biología. Había unas seis mesas y sus bancas estaban  apiñadas sobre las mismas.
    El ruido de sus doce años no se hizo esperar. Entre gritos, carcajadas y empujones los chicos iban entrando al laboratorio y bajaban estrepitosamente las bancas donde se sentarían. Buscaban sentarse con los amigos hasta que la Orientadora lanzó el primer alarido de alerta: “Jóvenes, Joooooovenes!”. “Silencioooooo!”.  Mientras tanto observé que no había una sola silla para nosotros y que hablaríamos desde un pequeño podio en el que permaneceríamos de pie. El espacio, los chicos y nuestra presencia se estaba envolviendo en una atmósfera de  improvisación que me inquietaba cada vez más.
   Por fin la voz de la Orientadora afloró con más decibeles que los gritos de los chicos y logró explicarles: “Estos profesores vienen de la Universidad de Toluca y les van a dar…”Se interrumpe y me pregunta: “¿Van a dar un taller?”, le aclaro que no, que el tiempo es muy breve y que sería solo una conferencia sobre la lectura. “Van a dar una conferencia y ustedes deben estar callados para escucharlos”. Acto seguido un aliento de alivio nos cubrió cuando notamos que los chicos empezaban a callar y a mirarnos. Mi colega empezó hablando del por qué estábamos allí, de la importancia de la lectura en esas edades, de lo poco que se lee en el país. La Orientadora se paseaba vigilante de mesa en mesa e iba decomisando gorras, diademas, palitos, ganchos con los que los niños habían intentado distraer su atención.
   Tocó el turno de mi intervención pero ya el tiempo transcurrido, de unos quince minutos,  había mellado el lapso disponible de los chicos para la concentración. Sin embargo les desconcertó mi acento extranjero y eso permitió que los primeros cinco minutos me miraran. Además quise que hubiera un intercambio entre ellos y nosotros así que les pregunté qué libro estaban leyendo en ese momento. Una de las chicas respondió con entusiasmo que leían el Diario de Ana Frank. “¿Y de qué trata el Diario de Ana Frank?”. De inmediato la chica respondió: “Es la historia de una chava que está encerrada en una casa con su familia y que se enamora de un chavo”. Traté de ampliarles el radio de comprensión de Ana Frank y les hablé de la trágica circunstancia que vivían ella y su familia perseguidos por el nazismo pero creo que justo esa información se perdió en la densa nube de rumores, gritos y risas que ya para el momento reinaba por completo en el salón. Hasta que mi paciencia se colmó. Con sinceridad les dije que habíamos ido hasta allá porque creíamos que el tema de la lectura era muy importante para ellos y su formación; que además veníamos de lejos y que era muy desconsiderado de su parte que lo tomaran como una broma, o como la oportunidad de hacer notar su rebeldía frente  a gente desconocida,  como lo éramos nosotros. Se los dije con el mismo tono de voz con el que había dicho lo demás pero hacerlo público alarmó a la Orientadora y al otro maestro que había guardado silencio durante todo ese rato.
    A esas edades los chicos entienden muy bien lo que están haciendo. A pesar de la inmadurez que los caracteriza, estaban conscientes de que la desatención hacia nosotros era una forma no solo de rebeldía sino de agresión a todos: sus superiores, sus maestros, hasta a sus padres. Hacer pública mi decepción era un acto de justicia necesaria para que también  entiendan que la minoría de edad no los excluye de la educación y de  la deferencia hacia los que quieren darnos algo bueno.
   Les había insistido en la necesidad de leer por gusto, de que vieran la lectura como una diversión, un acto grato que puede extenderse el tiempo que queramos. Sin embargo ante mis palabras de reclamo y ya con la conferencia concluida levantó la voz la ya famosa Orientadora: “Antes de que se vayan los profesores les quería decir, niños, que así no van a llegar a ninguna parte. Seguro que ninguno de ustedes va a estudiar una carrera porque no quieren servir para nada, quieren seguir de vagos por la vida. Y además, como castigo, esta semana se van a quedar sin recreo y en ese tiempo se sentarán a leer!”
    Las palabras demoledoras de la maestra fue el colofón para que todo el esfuerzo se transformara en total derrota. Ahora leer sería sinónimo de castigo. No por ello los chicos se sintieron apabullados, quizás por la costumbre de las amenazas incumplidas de orientadores y maestros. Salieron corriendo del salón. Gritaban y reían como si todo lo anterior hubiera sido un paréntesis prácticamente inexistente en su rutina escolar.
   Pido al lector que saque sus propias conclusiones. Las mías tienen el tinte de la decepción, el mal sabor del testimonio de lo que es y seguirá siendo la dinámica de una escuela rural de provincia.