martes, 1 de octubre de 2013

APUNTES SOBRE LA LITERATURA DE PUERTO RICO DEL SIGLO XX


                                                Guadalupe I Carrillo T

   Este texto -parte de uno mayor en el que desarrollo, junto con Edgar Samuel Morales,  un estudio sobre la literatura de las Antillas Mayores- pretende ser una muestra, si bien precaria, de algunos esbozos literarios que nos dan un perfil del discurso ficcional puertorriqueño en el que, directa o indirectamente, los habitantes de la isla hablan de ellos mismos, de esa identidad maltrecha que aún no logran definir del todo. ¿Son norteamericanos de adopción? ¿Caribeños de nacimiento para enterrar entre sus playas un nacionalismo difuso e híbrido? Trataremos de despejar, en las líneas siguientes, algunas de estas dudas.

A lo largo del siglo XX la  literatura puertorriqueña ha estado profundamente marcada por temas que deriva de su sujeción neocolonial.  El status actual de Puerto Rico es el de Estado Libre Asociado de los Estados Unidos de América. Como quiera, este hecho proporciona a los puertorriqueños una marca de distinción frente a los demás pueblos del Caribe. De allí que gran parte de sus intelectuales se avocaran a estudiar y reflexionar sobre el tópico. Desde Luis Pales Matos, uno de los precursores de la negritud en la poesía, pasando por la generación de los cincuenta, también conocida como la “Generación desesperada”[1] por la angustia vital que expresaban en sus obras ante la incertidumbre nacional, buena parte de la producción literaria se ha ceñido al tema  y han apostado, la mayoría de ellos, a la lucha por la independencia insular. Quieren ser, pues, puertorriqueños en el más largo sentido de la palabra.

 

Algunos Nombres, algunas obras

Rosario Ferré escribió la novela Maldito Amor en que relata la vida de una familia puertorriqueña aristocrática a fines del siglo XIX, dueños de una finca azucarera; una época que significó la llegada del neocolonialismo norteamericano a la isla. Se trata de un texto en donde las pasiones e intereses de sus personajes giran en tomo a la finca, en el marco del progresivo e imparable adueñamiento del país por parte de los Estados Unidos:

   El Niño Ubaldino fue siempre un hombre digno, que se hubiese dejado cortar una mano antes de venderle una pulgada de tierra a los extranjeros. El Destino Manifiesto, la política del "garrote grande", el American Army Mule y hasta el jabón Palmolive y el cepillo de dientes, pasaron a formar parte del vocabulario de odio con que él imprecaba al cielo todas las mañanas. ..Nunca pudo comprender por qué el Cristo del Gran Poder nos habla enviado a aquellos extranjeros, más "jinchos que un corazón de palmillo en diciembre", a quitarnos lo nuestro.[2]

   Ferré señala en el prólogo de su novela que si bien Puerto Rico era un país de aproximadamente seis millones de habitantes hacia 1990, tres vivían en la isla y tres en el extranjero. Los que viven en la isla se harían representaciones de un lugar que sólo existe en su imaginación, y quienes viven fuera mueren añorando regresar algún día a la isla, o en un eterno viaje entre Nueva York y San Juan. En la literatura puertorriqueña, podemos observar además las propuestas de transformación del país, pues como anota Luís Rafael Sánchez:

 

Inmerso en el contexto colonial, saturado, contaminado, abrazado por él mismo, el dramaturgo, el poeta, el escritor puertorriqueño se ha colocado en el hecho creador en la actitud de la ofensiva abierta...Puesto al trabajo de crear, porque de trabajo dedicado se trata y no de una escurridiza e inoperante inspiración, el escritor, el poeta, el dramaturgo puertorriqueño debe aspirar a convertirse en un impugnador militante, en un aguafiestas, en un provocador...A partir del reconocimiento y acoso de esos demonios nacionales, podrá el escritor puertorriqueño insistir en la crisis de su nacionalidad, la modificación de su sensibilidad por la experiencia colonial, pulsar y constatar los peligros del unitema, abundar en el conocimiento de los lenguajes críticos que abracen todos los hechos de la lengua.[3]

 

   La literatura refleja una ética particular, pero también las premisas y dilemas que dan un sentido de colectividad a las experiencias históricas, tanto del pasado como del presente, e incluso en las que se constata la presencia de las constantes históricas y sociales caribeñas a que aludimos más arriba, talla de la emigración caribeña. Ileana Rodríguez señala a este respecto:

   Es pues ésta, una literatura de identidad histórica que se expresa en diversas lenguas; y esta búsqueda de la identidad es el primer encuentro de unidad que enfrenta al sujeto con la historia, con la recuperación del paisaje...las mismas estructuras que crean la dependencia económica y el imperialismo, expulsan por igual al trabajador y al intelectual, los que, al emigrar, transportan las contradicciones locales a los viejos o nuevos centros metropolitanos, ya que la población migratoria vive predominantemente en los guettos. La diáspora caribeña, que tiene sus raíces en la búsqueda del sustento, crea, irónicamente, condiciones para desarrollar el sentimiento de unidad, ya que en el extranjero, todos los isleños son vistos como iguales...todos son... caribes. Así, pues, el concepto de clase se confunde y funde con el de raza, nacionalidad.[4]

   Desde el punto de vista de Luís Rafael Sánchez existen cinco posibles problemas para el escritor puertorriqueño: la obsesión de su nacionalidad que propiciaría una literatura de culpa, en seguida, la modificación de su sensibilidad por la experiencia colonial. En tercer lugar, los peligros del unitemario; después, los lenguajes críticos y finalmente las descolonizaciones sucesivas.


   Otra novela particularmente interesante de Rosario Ferré es: La casa de la laguna, en la que describe muy detalladamente la alta sociedad puertorriqueña, con sus prejuicios raciales, sus pruritos frente a la limpieza étnica y sus costumbres avejentadas que contrastaban, en el Puerto Rico de inicios del siglo XX, con las prácticas sociales y culturales de los norteamericanos que día tras día se apoderaban del país y de su economía:

   Unas cuantas familias burguesas, sin embargo, las que realmente tenían mucho dinero, como los Mendizábal, se aferraron tercamente a las antiguas costumbres españolas, y les exigieron a sus hijos un código de comportamiento estricto. Les advirtieron que tuviesen mucho cuidado con sus nuevas amistades, y les aconsejaron que preguntaran por los apellidos antes de establecer relaciones serias, para así verificar la pureza de los linajes... El concepto de igualdad bajo la ley que el nuevo régimen democrático de los Estados Unidos había impuesto férreamente en la Isla, y que ellos habían abrazado con tanto ahínco porque querían ser buenos ciudadanos norteamericanos, se ponía en práctica de una manera muy distinta en el continente.[5]

   En esa misma obra se proporcionan datos interesantes sobre los movimientos independentistas de la década de los treinta, ante los cuales el senador Millard Tydings prefirió someter al Congreso de los Estados Unidos un proyecto para reconocer la independencia de Puerto Rico.  De Pedro Albizu Campos, uno de los líderes más conspicuos del nacionalismo puertorriqueño, la autora señala que era:



   El hijo de un hacendado de Ponce y una mujer mulata, era sin duda, un fenómeno interesante: Nadie entendía cómo había logrado estudiar leyes en Harvard, en donde combinó sus estudios legales con los de la ciencia militar, y se graduó a la cabeza de su clase. Allí se hizo amigo de los nacionalistas irlandeses, quienes acababan de lograr su independencia en 1916 gracias a los jóvenes martirizados durante el Domingo de Pascua Yo no le tengo tanto miedo a Albizu Campos como a Luís Muñoz Marín -dijo Arístides -.Ese joven es un listo; no pretende llevarnos a la independencia con balas, como Albizu, sino a lo sucu sumucu, de una forma taimada. Primero quiere lograr la autonomía y, más tarde, la República nacionalista.  En Irlanda sucedió lo mismo hace catorce años; no hay nada nuevo bajo el soI.[6]

   Además de esos textos, se debe subrayar la obra de Julia de Burgos, poeta e intelectual que mantuvo un compromiso social y político en la isla en los años de mayor desasosiego económico, en los que se confrontaban las tendencias nacionalistas frente a las que apoyaban la adhesión a los Estados Unidos como Estado Libre Asociado, eufemismo que en realidad trataba -y trata- de maquillar una dependencia absoluta frente al imperio del Norte. El nombre de Julia de Burgos se encuentra entre los más convocados tanto en los años de su mayor producción poética como en la actualidad. Sus obras completas fueron publicadas en una edición inglés-español preparada por Jack Agüeros para Curbstone Press, en Canadá, precedida por una muy completa introducción que habla de la vida y obra de la autora. La poesía de nuestra autora, desarrollada entre las décadas de los años treinta hasta los cincuenta, mantiene un estilo que se ha calificado de neo- romántico u otras veces moderno, donde prevalece el tono intimista del que brota un vínculo de inevitable solidaridad con sus convicciones de orden social y nacional.

   En toda su poesía podemos leer entrelíneas la presencia inamovible de su Puerto Rico natal a la que tantas veces evocó, al extremo de que en la actualidad se habla de ella como una suerte de icono nacional, elocuente palabra de aquellos que han quedado sin voz.  En varios de sus poemas la temática social está muy presente, como en sus poemas: Una canción a Albizu Campos, Himno de amor a Rusia y Canto a Martí.  El famoso poema "Himno de sangre a Trujillo" es muy representativo de su posición ideológica frente alas discontinuidades del dictador Trujillo, del que cito algunas de estrofas:

   Que ni muerto ni las rosas del amor te sostengan / General de la muerte para ti la impiedad / Que la sangre te siga, General de la muerte / Hasta el hongo, hasta el hueso, hasta el breve gusano condenado a tu estiércol.../ Que las flores no quieran germinar en tus huesos / Ni la tierra te albergue: que nada te sostenga, General, que tus muertos / te despueblen la vida y tú mismo te entierres.[7]


   La calidad de su poesía se vio estruendosamente vinculada a su vida personal, que para la sociedad de la época fue considerada no sólo de absolutamente excéntrica, sino que además se apreció como escandalosa. Fue de las pocas mujeres graduadas en la universidad por aquellos años de 1930; sabía varios idiomas, dominaba el inglés como segunda lengua y se dio la libertad de casarse en varias oportunidades e incluso de establecer una relación adúltera con el hombre que le arrebataría algunos de sus mejores versos.  Su participación en la política del país y en concreto en el partido nacionalista la llevó a un compromiso de por vida del que no se sustrajo tampoco su poesía.  El poema "Puerto Rico está en ti" es una elocuente manifestación de ello, de él solo cito algunas estrofas:


   Puerto Rico depende de tu vida y tu nombre, / Colgando en ti van millones de esperanzas / Para resucitar en lo que nos fue robado / y hacer valer de nuevo el honor de la Patria. / La voz de Independencia que contigo seguimos / Los que vivos de honor limosna rechazan / De un Puerto Rico "estado asociado y ridículo"... / De tus hermanos libres que en "New York" te acompañan / Y sigue tu camino con la luz de una estrella, / Gilberto Concepción de la Gracia y de batalla.[8]

 

   Se ha documentado que la soledad y el alcohol acabaron con sus últimas energías en la ciudad de Nueva York. Internada en un hospital psiquiátrico se le preguntó cual era su profesión, y pese a contestar: poeta, en el expediente se anotó: amnésica. Su vida terminó en la misma ciudad, en la que murió abandonada en una calle para ser luego enterrada en una fosa común.

 



[1] Entre ellos encontramos a escritores como René Marqués, Pedro Juan Soto, Luis Rafael Sánchez, conocido autor de la novela La Guaracha del Macho Camacho, entre otros.
[2] Ferré, Rosario. Maldito Amor. Ediciones Huracán. 1991. Puerto Rico.
[3] Sánchez, Luís Rafael: Cinco problemas al escritor puertorriqueño.  En Revista Vórtice, II números 2-3 , 1979, Pp. 120-121.  
[4] Rodríguez, Ileana et al.: Lectura Crítica de la Literatura Americana.  Actualidades fundacionales.  Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1997, Pp. 559-560.
[5] Ferré, Rosario: La casa de la Laguna. Emecé, Buenos Aires, 1997, Pp.36-37.
[6] Ídem. Pp. 132-133.
[7] Agüeros, Jack: Song of the simple truth.  Obra poética completa de Julia de Burgos.  Curbstone Press, Canadá, 1997, P. 392.
[8] Ídem. P. 500.

martes, 24 de septiembre de 2013

EMERGENCIA DE LA NOVELA NARCO EN MÉXICO


 

 Guadalupe I Carrillo T

   Lo que hoy se conoce como la novela narco tiene características bien diferenciadas: la violencia de su mundo, la abyección en sus más variadas perversiones como atmósfera y recurso predominante y los hechos que protagonizan sus personajes: de  nobleza inusitada en ocasiones, las más de las veces de una terrible animosidad hacia la maldad por sí misma o por venganzas implacables, la emparentan con la llamada novela negra, con abundante presencia de las características propias de la novela policial.

   Ambos géneros[1] -o subgéneros, como también se le clasifica- poseen la célebre paternidad de Edgar Alan Poe, que elabora el perfil del hábil investigador Auguste Dupin, categoría recurrente en otros autores del género, como es el caso del famoso Sherlock Homes. Algunos críticos se remontan  a la novela gótica como  antecedente de lo que será la novela negra; en definitiva se trata de una misma raíz, el crimen –el mal, como consecuencia-  y diferentes matices en la elaboración argumental: en unas ocasiones la búsqueda de asesino –novela policial- en otras el interés por resolver asesinatos –novela enigma- y las más de las veces por la representación de la sordidez que se enquista en personajes, acciones y espacios: novela negra.

  En su  primera época la novela negra estuvo más  vinculada con la investigación de crímenes, propia del género policiaco; con los años ampliará sus fronteras a medida que se adentra en el siglo XX y su  modernidad, caracterizada especialmente por el crecimiento urbano. Ciudades grandes, unidas al abandono sistemático del campo, dan como resultado la sobrepoblación de las urbes y la pérdida de capacidad para resguardar el orden. La consecuencia inmediata es predecible: aumento de la delincuencia, mayor inseguridad ciudadana, expansión de la pobreza; todo ello entreverado por  la corrupción de los altos y bajos mandos, que ven en el poder la mejor arma para vivir de la impunidad. Luis Carlos Cano Velásquez explica la evolución de la novela negra clásica hacia la contemporánea, enfocando su atención en el nuevo escenario de la sociedad contemporánea que afecta en la metamorfosis que sufre el detective. El investigador apunta:
  Aunque la novela negra  conserva la visión maniquea de oposiciones contradictorias    características de la modalidad clásica, su protagonista asume una función (exitosa en cuanto a la solución del misterio, pero fallida en el control de la corrupción) de proveer la justicia que las instituciones son incapaces de proporcionar. En el proceso de investigación, el detective se sumerge en un mundo de alienación y anarquía, persigue la verdad e, infructuosamente, intenta erradicar el mal; las sutilezas del método deductivo, de capital importancia en la narrativa detectivesca clásica, son reemplazadas por la importancia asignada a la experiencia, por un agudo conocimiento del mundo y un profundo e incorruptible sentido moral. Como resultado la novela negra afirma  la noción de que el crimen no es una aberración temporal sino un rasgo definitorio del mundo contemporáneo, más específicamente del mundo urbano…[2]

   El rasgo que caracteriza a la novela narco es justamente la aberración que señala Cano Velásquez y que se encuentra tanto  a nivel personal, como  en cada uno de los estratos sociales; por ello los argumentos detectivescos que definen a la mayor parte de la producción novelística del narcotráfico se ven atrapados por la maraña que la abyección teje permanentemente. No solamente veremos historias de asesinatos en las que se debe encontrar a la víctima; el universo que se despliega al adentrarse en el detalle, en los giros argumentales, constatan que el eje centrar alrededor del cual gira lo demás es la abyección.

   Julia Kristeva en su obra Los poderes de la perversión explica:

 

Pero había que esperar a la literatura “abyecta” del siglo XX (aquella que continúa el apocalipsis y el carnaval) para comprender que la trama narrativa es una delgada película constantemente amenazada por el estallido. Pues cuando la identidad narrada es insostenible, cuando la frontera sujeto/objeto se quebranta, y cuando incluso el límite entre adentro y afuera se torna incierto, el relato es el primer interpelado. Si a pesar de ello continúa, cambia su factura: su linealidad se quiebra, procede por estallidos, enigmas, abreviaturas, incompletudes, enredos, cortes…En un estallido ulterior, la identidad insostenible del narrador y del medio que parece sostenerlo no se narra más sino que se grita o se describe con una intensidad estilística máxima (lenguaje de violencia, de la obscenidad, o de una retórica que enlaza el texto con la poesía. El relato cede  ante un tema-grito que, cuando tiende a coincidir con los estados incandescentes de una subjetividad límite que hemos denominado abyección, es el tema-grito de dolor – del horror.  En otros términos, el tema del dolor – del horror es el último testimonio de estos estados de abyección en el interior de una representación narrativa.[3]

 

   La descripción de Kristeva sobre la narración sostenida por lo abyecto, detalla cada uno de los elementos que encontramos en la narrativa narco y que explica en buena medida la elaboración discursiva a través de un lenguaje que reproduce la jerga coloquial de sus personajes y  representa ese tema-grito que pretende atrapar subjetiva y objetivamente el dolor-horror que impregna al tópico. La oralidad se hace presente en gran cantidad de narconovelas, vinculándola con un realismo exacerbado en donde se pretende reproducir un mundo y unos hechos que parecieran inverosímiles y que superan los límites de lo posible en el comportamiento humano.

  El discurso de las narconovelas abunda en coincidencias entre unos autores y otros; por ello haremos uso de una taxonomía de orden estético a través de la cual podamos mostrar un panorama amplio de títulos que nos permita tener nociones de conjunto respecto a lo que hoy podemos clasificar como narconovelas; que no son solamente aquellas que se detienen en el narcotráfico como tema central; a esto se ha añadido la composición de un lenguaje desgarrado,  la presencia de protagonistas con perfiles conductuales semejantes, y el desarrollo de argumentos viciados de violencia, muerte y derrotas personales; tanto las acciones como el desenlace de las mismas se ven impregnadas permanentemente de la presencia del mal como rasgo definitorio, de allí que muchas veces nos encontramos frente a ambientes y situaciones exacerbadas y al borde de abismos interiores que rayan en la pérdida de la razón.

 

Realismo y voz

 Para establecer una mirada de conjunto que nos permita tener una visión clara y más completa de la producción narrativa sobre el narcotráfico, y previa lectura de un número abundante de novelas, podríamos clasificarlas en dos bloques. Uno, el más abundante, no sólo por la afluencia de las novelas sino por el éxito en su recepción y en sus dividendos editoriales, serían aquellas obras escritas y publicadas prácticamente todas en la primera década del siglo XXI por jóvenes promesas, o por escritores ya en su madurez. En su mayoría son intelectuales erradicados en los estados del norte de México (aunque también nos encontremos con otros que viven y laboran en el centro del país) que en definitiva pretenden mostrar el flagelo en el que viven cotidianamente el ciudadano común.

  El afán de denuncia –sin que por ello medie un tono moralizador- va de la mano de una inclinación hacia el realismo que en ocasiones podría tornarse desmedido. Lo vemos fundamentalmente en el uso de la oralidad muy apegada a como se concebía en las novelas regionalistas de mediados del siglo XX y ya en desuso. En aquel entonces se pretendía reproducir el habla campesina; ahora la del bato callejero, la del matón a sueldo que habla con vulgaridades, que es hijo de la ciudad y de sus bajos fondos, que pertenece a una zona del país asfixiada por la violencia.

 
   En este tenor leímos a uno de los más controvertidos autores; me refiero a Elmer Mendoza, escritor prolífico que ha recibido reconocimientos de carácter internacional. Su  novela, Un asesino solitario (1999) publicada por Tusquets Editores en 1999, fue la primera que salió al mercado editorial con el tópico del narco; sin embargo ella cuenta con un antecedente célebre, la novela Complot Mongol, publicada en 1969 y escrita por Rafael Bernal, considerada por la crítica como “la novel inaugural del género policiaco en México”[4] según palabras de Claudia Sánchez Quiroz en su reseña al libro de Bernal. La obra de Bernal se desarrolla en la Ciudad de México, en sus barrios céntricos. El protagonista, Filiberto García es un veterano de la Revolución mexicana; encarna al matón a sueldo, frío, implacable a la hora de matar y decidido a perder la vida si es necesario para cumplir con su cometido; el mundo del espionaje y de las drogas es el catalizador que mueve los hilos argumentales y configura el perfil de sus personajes.  La novela, editada por Joaquín Mortiz, agrupa estructuras semejantes, tipologías o argumentos que siguen el mismo esquema narrativo de la novela policial; además de la presencia de expresiones coloquiales llenas de tipicismos mexicanos que repetirán después Elmer Mendoza y muchos que siguieron esta línea estilística y argumental. En entrevista concedida al diario el País de España el 26 de septiembre del 2011, Mendoza reconoce la influencia que ha tenido la obra de Bernal en su narrativa y en el trabajo del lenguaje.

 En la primera novela de Mendoza –Un asesino solitario- , y  través de la voz del narrador protagonista, en un tono de oralidad urbana, haciendo uso de los modismos regionales de la zona norte del país –Culiacán, Sinaloa- vemos de forma indirecta, como si asistiéramos a una radionovela, y de la mano de una voz, parte de la vida de Jorge Macías, sicario a sueldo al que se le encarga el asesinato del candidato en turno.

   Con el tenue disfraz de cambios de nombres y lugares, al autor implícito permite que nos ubiquemos en el México de los políticos corruptos y de la supremacía de los cárteles de la droga en los espacios más poderosos.  La historia la desmenuza el protagonista de la novela desde una perspectiva vacua. Jorge Macías, asesino a sueldo y antiguo guarura del presidente, se le encarga que mate a Luis Donaldo Colosio, tarea que lleva a cabo con absoluta inescrupulosidad; sin remordimiento ninguno cuenta la historia de cómo realizó este asesinato y todos los que le pedían; es una confesión que adquiere visos de testimonialidad, pues sólo escuchamos su voz, su punto de vista, su vida desaliñada es el producto del contacto con la ferocidad y el horror. A través de  un único foco narrativo  se construye una atmósfera que va del cinismo al humor negro. Vemos el lenguaje de violencia del que habla Julia Kristeva líneas arriba traducido en un recurrente soliloquio; el interlocutor, siempre ausente, permite que el protagonista desarrolle su locuacidad que raya en la verborrea ramplona, propia de un individuo sin instrucción. Transcribimos algunas de sus intervenciones:

Tratando de entender a la pinche vida eché un lente por el lugar, que Cifuentes y sus compañeros ya habían inspeccionado, el guarura más guapo del mundo y el destripador eran una sola masa roja, estaban encimados, bien chilo; ¿Es cierto que murió el jefe H? pregunté, Los hombres como el jefe H no mueren, pendejo, gritó Jiménez bien encabronado.[5]

   El tono coloquial, con lenguaje soez logra esa condición de lenguaje horror- dolor; sin embargo éste se presenta a lo largo de toda la obra, convirtiéndose en un discurso tedioso e incluso redundante; esto explica la controversia que en intelectuales y críticos se ha venido presentando, con opiniones muchas veces encontradas. En la Revista Letras Libres, por ejemplo, con fecha de septiembre del 2005 el crítico Rafael Lemus arremete agriamente contra la narco novelas en un artículo intitulado “Balas de Salva. Notas sobre el narco y la narrativa mexicana”.  Lemus explica:

Una narrativa sobre el narco, una estrategia ordinaria: costumbrismo minucioso, lenguaje coloquial, tramas populistas. El costumbrismo es, suele ser, elemental. A veces excluye, casi completamente, la invención, como si la imaginación no pudiera agregar nada a la realidad. La prosa es, intenta ser, voz, rumor de calles. Hijos bastardos de Rulfo, sabemos que nada hay más artificioso que registrar literariamente el habla popular. Todos se empeñan en esa tarea, algunos entregados a un fin dudoso: recrear una prosa idéntica al lenguaje coloquial, aun si ésta no es literariamente pertinente. Las tramas son, suelen ser, convencionales. Una idea parece sedarlas: ya es demasiado perturbador el contexto, demasiado brutal la violencia, para aparte crear tramas delirante.[6]

   El tono despectivo que invade el comentario de Lemus, le resta seriedad o credibilidad, aunque la descripción de las categorías de la que echan mano los escritores no estén lejos de las que él registra; de allí que al mes siguiente hubiese una respuesta escrita por Eduardo Antonio Parra, uno de los novelistas del tópico, rebatiendo los planteamientos del primero. Con mayor decoro Parra trata de explicar el por qué del realismo, o de los coloquialismos de la narrativa narco; el autor detalla que la tendencia al tópico procede de una realidad padecida permanentemente, y no recibida a través de los medios de comunicación. Sin ir a los extremos, efectivamente, muchos de los recursos estilísticos y temáticos que emplean los narradores, responden al afán de recrear literariamente lo que rodea al universo narco. El mismo Mendoza, en la entrevista concedida al diario El País y ya comentada líneas arriba, reconoce: "Parto de un lenguaje callejero, del lenguaje que no tiene a veces mayor explicación que la arbitrariedad. Sin embargo, al principio me gustaba mucho desbocarme, ahora creo que me autoregulo lo suficiente."
 
   Elmer Mendoza tuvo un éxito abrumador con la publicación de esa primera novela, de tal modo que en 2001 TusQuets Editores presenta El amante de Janis Joplin que según algunos críticos es considerada la novela en la que se “explora  el mundo de las víctimas sin redención”. Su protagonista, David, en clara alusión al bíblico joven David que lucha contra Goliat, es un serrano humilde  con una gran habilidad en el lanzamiento de piedras a gran distancia, su puntería es envidiable. Sin embargo comete el error de acercarse a la amante del capo Rogelio Castro, que lo agrede al verlo cerca de su novia. Para defenderse David le lanza una piedra que acaba con la vida del capo. Esto lo lleva a huir de su territorio; a partir de ese hecho los azares de David se presentan velozmente. Entre ellos tiene un encuentro sexual con la famosa cantante Janis Joplin, conocida por el gusto que tenía de tener relaciones con desconocidos a quienes no volvía a ver.

   La composición argumental va de la mano, de nuevo, de un lenguaje coloquial confuso, en el que David escucha una voz interior que constantemente lo reta a realizar actos desproporcionados; el lenguaje de los delincuentes se reproduce sobradamente. A continuación una pequeña muestra: ¿Qué bronca, carnal?, No voltees, síguete derecho hasta el Zapata ¿por qué ?No hables y no seas culón. El Cholo avanzó hacia el boulevard al tiempo que intentaba  reconocer al intruso pero sin fortuna: ¿Qué onda, carnal, quién eres? Cállate y sigue como te ordené. En cuanto llegaron al Zapata, y antes de que el Cholo pudiera impedirlo, el tipo se bajó y fue reemplazado por el Chato, que cargaba una maleta negra. Quiubo, pinche Cholo,¿te cagaste? El Chato vestía mezclilla  y sonreía bajo la sombra de una gorra beisbolera, Tú y tu socio me cagan lo que tengo entre las piernas, güey, y que sea la última vez que me haces este numerito”.

   El comportamiento del personaje que raya literalmente en el retraso mental, es sublimado cuando lo apresan y, pretendiendo matarlo previa castración, él se niega a semejante indignidad y se lanza al mar.  La ingenuidad del personaje es su redención. El antihéroe se transforma y cobra la fuerza necesaria para valorarlo.

   En 2004 le publican Efecto Tequila, la misma editorial que en 2007 le otorgan el premio Tusquets Editores de Novela a su obra Balas de Plata. La prueba del ácido, publicada en 2010, es uno de sus últimos títulos en el que se mantiene la temática narco, incluyendo la ingerencia del ya famoso detective Edgar, El Zurdo Mendieta, protagonista de la novela anterior,  a quien se le asigna el caso del asesinato de la bailarina Mayra Cabral de Melo; el estilo coloquialista de Mendoza, ya más atemperado, no pierde, sin embargo, el abuso de una oralidad abyecta y degradante.

   El éxito editorial explica en buena medida la prolífica publicación no sólo de Elmer sino de un sinnúmero de títulos. Entre ellos citamos algunos representativos: Malasuerte en Tijuana de Hilario Peña (2009); Tiempo de Alacranes de Bernardo Fernández, Premio Semana Negra de Gijón en 2005. Al otro Lado, de Heriberto Yépez,  publicado por la editorial Planeta en 2008. ¿Y     qué fue de Bonita Malacón de José Dimayuga, (2007). Jesús Malverde. El santo Popular de Sinaloa escrito por Manuel Esquivel y publicado en 2009 por la misma editorial Jus; la novela es una   épica de Malverde, convertido en una suerte de Robin Hood mexicano que luchará a brazo partido por ayudar a los más pobres, quitándoselo a los ricos.  El Cerco, de Juan Antonio Rosado, publicado por la editorial Jus en 2008.  La mayor parte de las novelas citadas utilizan la técnica de la heteroglosia generando una suerte de polifonía de voces que enriquecen el texto a nivel argumental y que hablan del énfasis por rescatar la vida de la gente de a pie y sus vicisitudes.

   A la par de estas novelas, a las que podríamos clasificar de la nueva narrativa popular urbana que coinciden en la oralidad, en los argumentos, en la presentación de personajes anti heroicos y en la descripción en profundidad del mundo de sicarios, capos o consumidores consuetudinarios de la droga; encontramos el segundo grupo de novelas, en ellas observamos un mayor  apego a técnicas tradicionales en la construcción espacial y temporal y en una mirada omnisciente de los sucesos; entre ellas encontramos a la ya célebre  La Reina del Sur[7]  de Arturo Pérez Reverte, autor español que estudió a detalle los hechos del narcotráfico en México y que ha tenido un éxito editorial incuestionable.   Aborda con mayor detalle el tema de la sorpresa, del misterio de las tramas

   Crimen de Estado escrita por Gregorio Ortega Molina, en el que se revela las implicaciones de la cúpulas de poder en la fuerza del narcotráfico y sus cárteles; la obra fue publicada en 2009 por Plaza y Janés sigue esta misma línea estética, así como el libro de relatos La Santa Muerte (2003) y Sicarios  (2007) escritos ambos por Homero Aridjis  y publicados por Alfaguara; La esquina de los ojos rojos (2006)  -publicado también por Alfaguara- de Rafael Ramírez Heredia, escritor de fama nacional. Los trabajos del Reino de Yuri Herrera, que ganó el I Premio Otras voces, otros ámbitos, fue publicado por primera vez en 2004; la novela fluctúa entre el despliegue de un lenguaje más bien poético, las más de las veces,  y  la presentación de la simpleza y bajeza de muchos de los personajes que abundan en el narcotráfico. 

   Como podemos apreciar cada vez se van sumando más editoriales de prestigio a la publicación de novelas narco. Planeta, Plaza y Janés, Tutsquet…muestran abiertamente la política que hoy tienen las editoriales: el lema es vender, vender y vender. Incluso vemos más escritores con alto nivel intelectual que se interesan en escribir acerca de la temática, aunque no sea en el género novelístico. Un ejemplo lo vemos con la obra de  Sergio González Rodríguez, prestigioso periodista mexicano escribió El hombre sin cabeza en 2009. Encontramos en su texto la hibridez de géneros entre el documental y el tono muchas veces lírico que imprime el autor a algunas de las anécdotas narradas, y el carácter protagónico con que se ubica al contar  testimonios personales; el texto es un estudio muy bien documentado de las últimas prácticas que los grupos delictivos han llevado a cabo para dar fin a la vida de sus víctimas: la decapitación, la tortura, el desollamiento, entre otros, muestran la cara más perversa que invade al mundo del narcotráfico y que se ha impuesto como práctica común.

  Aunque establecimos categorías en el estudio de las novelas con temática narco como una medida pedagógica y analítica, considero que la calidad estética, los procedimientos narrativos y el esfuerzo literario deben verse en  cada uno de los textos de manera individual.  No podemos descalificar o redimir masivamente.  La época de los dictámenes dogmáticos ha caducado y  estas obras nos muestran otra vez la versatilidad que se desprende de la literatura como expresión artística.  Las coincidencias nos ayudan a tener una mirada de conjunto, sin perder por ello el valor de cada una.

                                                          BIBLIOGRAFÍA

Dimayuga, José. 2007. Y qué fue de Bonita Malacón. Editorial Jus. México.

Esquivel. Manuel. 2009. Jesús Malverde. El santo popular de Sinaloa. Editorial Jus. México.

González Rodríguez Sergio: 2008. El hombre sin cabeza.  Anagrama.  Crónicas, México.

Fernández, Bernardo. 2005 Tiempo de Alacranes. Editorial Joaquín Mortíz. Premio Semana Negra de Gijón. México DF.

Hernández, Anabel. 2010. Los señores del narco. Editorial Grijalbo. México.

Kristeva, Julia. (1988). 2004. Los poderes de la perversión. Siglo XXI Editores. Argentina.

Mendoza, Elmer. 1999. Un asesino solitario. Fabula. Tusquets Editores, México.

_______________. 2001. El amante de Janisn Joplin. Colección Andanzas. Tusquets Editores. México.

_______________. 2004. Efecto Tequila.  Colección Andanzas. Tusquets Editores. México.

_________________. 2008.  Balas de Plata. Premio Tusquets Editores de Novela. México.

_________________. 2010. La prueba del Ácido. Editorial Tusquets Editores. México.

Pérez –Reverte, Arturo: La Reina del Sur.  Punto de Lectura, México, Quinta reimpresión, 2008.

Ravelo, Ricardo. 2007. Los Narcoabogados.  Debolsillo,, Primera reimpresión, México.

_____________. 2009. Osiel.  Vida y tragedia de un Capo. Grijalbo, México.

_______________.2007. Crónicas de Sangre.  Cinco historias de los Zetas.  Debolsillo, México, 2007.

 

_______________. 2008. Los capos.  Las narco-rutas de México. Debolsillo. Cuarta Reimpresión, México.

 

Reyna, Juan Carlos. 2011. Confesiones de un sicario. Editorial Grijalbo. México.

 

Ronquillo, Víctor: La Reina del Pacífico y otras mujeres del barco. Planeta, Colección Temas de Hoy, México.

Rosado, Juan Antonio. 2008.  El cerco. Editorial Jus. México.

Rotker, Susana. 2005. Bravo Pueblo. Editorial La Nave Va. Caracas.

Scherer García, Julio: La Reina del Pacífico: es la hora de contar. Grijalbo, México, 2008.

________________: Máxima Seguridad. Almoloya y Puente Grande. Editorial De Bolsillo. 2009.

________________:. 2011. Historia de muerte y corrupción. Calderón, Mouriño, Zambada, El Chapo y la Reina del Sur. Editorial Grijalbo. México.

Turati, Marcela. 2011. Fuego cruzado. Editorial Grijalbo. México.

HEMEROGRAFÍA

 

Cervantes, Sergio, “La narcoviolencia en Sinaloa”, en Historia de la violencia, criminalidad y narcotráfico en el noreste de México, Memoria del XVII Congreso de Historia >Regional, versión internacional, Culiacán, Instituto de Investigaciones Sociales/ Universidad Autónoma de Sinaloa, 2002.

Heau, Catherine: “Poder y corrido. Una reseña histórica”. Publicado en la Revista Comunicación y Política. En su versión 16. UAM: México.

---  y Jiménez, Gilberto: “La representación social de la violencia en la trova popular mexicana” publicado en la Revista  Mexicana de Sociología. Año 66, N°  4. Oct-dic . 2004.

 

Cano Velásquez, Luis Carlos: “Novela negra, modernismo y revolución en Sombra de la Sombra, de Paco Ignacio Taibo II. Artículo publicado en la Revista Co-herencia. N°5. Vol 3. Julio – Diciembre.

Lemus, Rafael. “Balas de salva. Notas sobre elnarco y la narrativa”. En la página http://www.letraslibres.com/index.php . Página consultada el 9/09/2009

 
Nota: Una parte de este texto fue publicado por la Revista Arenas, de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Número 23.
 

 

 

 

 

 

 

 




[1] No pretendemos en estas líneas discutir en torno a la noción de género o subgénero; preferimos emplear el término primero por considerar que tanto la novela policial como la novela negra poseen suficiente consistencia literaria y estética.
[2] Cano Velásquez, Luis Carlos: “Novela negra, modernismo y revolución en Sombra de la Sombra, de Paco Ignacio Taibo II. Artículo publicado en la Revista Co-herencia. N°5. Vol 3. Julio – Diciembre. Páginas 76-77.
[3] Kristeva, Julia. (1988). 2004. Los poderes de la perversión. Siglo XXI Editores. Argentina. Página 186.
[4] En la página web: http://www.literaturamexicanasigloxx.blogspot.com/elcomplot-mongol-reseña revisada el 24 de septiembre del 2013
[5] Mendoza, Elmer. 1999. Un asesino solitario. Fabula. Tusquets Editores, México.
[6] Lemus, Rafael. “Balas de salva. Notas sobre el narco y la narrativa”. En la página http://www.letraslibres.com/index.php . Página consultada el 9/09/2009.
[7] Cf. Pérez –Reverte, Arturo: La Reina del Sur.  Punto de Lectura, México, Quinta reimpresión, 2008.

martes, 17 de septiembre de 2013

NARRATIVA CUBANA. ABILO ESTÉVEZ, LA HABANA, SU CIUDAD.


Guadalupe I Carrillo T

 

   Abilio Estévez, escritor cubano contemporáneo, ha incursionado en la narrativa elaborando discursos cuya concepción estética y estructural se deslinda del tradicional  modo que entender la ficción y su vinculación con  textos de otras cualidades estilísticas, como lo son el ensayo, la autobiografía, la remembranza…

   Después del éxito de su novela Tuyo es el reino, publicada en 1997, en la que abunda en el tema del exilio, las tragedias vividas por los balseros o, en definitiva, la situación de la Cuba actual, se edita su segundo éxito Los palacios distantes (2002) en el que de nuevo toca los aspectos sociales de la Cuba contemporánea. El autor mira una Habana envejecida, devastada, llena de antiguos palacios venidos a menos en los que no viven las familias pudientes. Casas palaciegas en las que no faltaban los esclavos mandingas, yorubas o lucumís, pero donde después llegaron a vivir treinta o cuarenta familias hacinadas. Esto como resultado de la lujuria de amos y esclavos en un país proclive a las mezclas, los desfogues y las lujurias.

 Ya no son palacios, sino solares, conventillos falansterios, corrales, casas de vecindad o cuarterías. La Habana estaría en una dimensión en donde no existen realmente las transformaciones, situada en el lado inmóvil del mundo, derrotada y desecha.  Se esboza en la obra una mirada pesimista, crítica de una realidad social anquilosada en el tiempo y la historia.

   Inventario secreto de la Habana (2004) una de sus obras más recientes, no puede clasificarse a través de los cánones tradicionales en los que se distinguían claramente los géneros existentes. En esta ocasión la obra está  estructurada a modo de  collage por diferentes discursos: reflexiones biográficas emparentadas con el estilo ensayístico; recuerdos de la infancia; relatos que parecieran elaborados a través del filtro de la ficción pero que se circunscriben a relatar la vida o anécdotas de sus familiares, de sus amigos, de personajes cuyas vidas extraordinarias parecieran salidas de la fantasía.

   El contrapunteo de distintos discursos va de la mano de recurrentes citas de autores célebres que, alguna vez, vivieron,  visitaron o hablaron de La Habana. En general son apartados en los que se alaban y se admiran a la ciudad capital desde distintas  miradas –antropológicas, poéticas, científicas-. Porque, en definitiva, a pesar de la diversidad de la naturaleza de los textos el asunto principal, el tópico único  de la obra viene a ser la Habana. No se trata únicamente de describirla, o de contar anécdotas que ocurren en sus calles o bien de señalar datos históricos sobre su fundación o la edificación de sus predios. La ciudad se transforma para el hablante en un tú al que se ama y se odia con la misma intensidad. En las primeras páginas el autor nos dirá:

En la Habana siempre me dio miedo el mar, Y como en La Habana casi todos los caminos conducen al mar, casi todos los caminos me conducían al miedo. Conozco ciudades costeras, incluso puertos, a los que el mar no interesa demasiado, o acaso no depositan en él toda su miseria y su grandeza. […] Más que en ningún otro sitio que yo conozca, el mar de La Habana tien un poco de bien azaroso y un mucho de mal necesario. La Habana posee, por tanto, para mí, cierto aire de indefensión y de tristeza. De miedo. Una ciudad que mira al mar con tanta insistencia, con tanta inquietud, no sólo debe de sentirse indefensa, sino también triste y muy, muy acobardada. (Estévez. 2004: 18)

   La construcción que el autor, desde una primera persona, realiza de la ciudad, de lo que la rodea y la constituye, las reflexiones que la misma le suscita proyectan una relación yo-ciudad  o bien yo-Habana en la que ésta última prácticamente perfila la silueta interior de aquel que la habita, la recuerda o la padece. El discurso reflexivo, cargado de subjetividad da cuenta de una ciudad que se construye de nuevo a través del filtro de la nostalgia, del temor o la fascinación:

Aunque nací en la Habana, no puedo negar que invariablemente la buscaba, la reclamaba como se busca y se reclaman las ciudades remotas, que son, por eso mismo, las ciudades fantásticas, las que pueblan las ilusiones de cualquier infancia: París, Alejandría, Roma, Bagdad, Ispahán, Port-ao- Prince…Desde que tuve uso de razón, como suele decirse, La Habana fue para mí un espacio distante, un territorio que de algún modo no me pertenecía, un sitio de donde venía y adonde iba, pero en el que no estaba, un lugar que debía ser alcanzado, merecido o hasta conquistado. Sobre todo, La Habana era una mención, es decir, un nombre, dos palabras (2004: 88).

   Detenerse en una ciudad real no impide que ésta sea reinventada en función de la manera en que ha sido vivida o añorada; esto último prevalece en toda la obra, de modo que La Habana se transforma en el lugar a través del cual el autor rescata su infancia, la ingenuidad y frescura que ésta de suyo alberga, permite que la escritura se vea literalmente envuelta en una atmósfera de afectos y aventuras. Cada detalle que viste a la capital de la Isla motiva un comentario, un suceso, un sentimiento.

   La obra se proyecta desde las lejanas costas de la ciudad de Palma de Mallorca, primero; más adelante en Barcelona y algunos otros territorios europeos en los que se encuentra el autor. Sin embargo describir otras ciudades, hablar de ellas, remitirá, inevitablemente a La Habana:

Debo reconocerlo: no hizo falta emprender aquel largo viaje que me trajo a Barcelona, soportar las mil vicisitudes de la aventura (no siempre dichosa) o ese cuarto a oscuras de la calle Valencia, frente a los monstruos empecinados de la Sagrada Familia. La Habana siempre estuvo lejos. ¿O será mejor corregir la expresión y decir que fui yo quien siempre permaneció lejos de La Habana, que mi ciudad no era mi ciudad? Aunque es probable que tampoco sea justo, y pueda replantearlo de otro modo: ¿y si, después de todo, era yo el habitante de una ciudad en la que no me hallaba? (2004: 87).

   A lo largo de las páginas de la obra se advierte una insistente necesidad de definir la relación del yo narrativo con la ciudad. Pero no con cualquiera; La Habana que se habitó y que se añora es, sin embargo, el espacio del extrañamiento, el lugar inexistente que provoca una búsqueda constante: “Aunque nací en La Habana, no puedo negar que invariablemente la buscaba, la reclamaba como se busca y se reclaman las ciudades remotas, que son, por eso mismo, las ciudades fantásticas, las que pueblan las ilusiones de cualquier infancia” dirá el autor otorgándole a la ciudad un valor de territorio anhelado, paraíso perdido que nunca llega a encontrarse.  La ciudad define al yo, le concede una identidad que debe renovar constantemente. La ciudad, las ciudades vienen, entonces, a ser centro del mundo.

   Por otra parte vemos que  el valor de la ciudad como espacio de heterogeneidades también alcanza el sentido de universalidad que  ya había advertido Ítalo Calvino en sus Ciudades Invisibles (1994), y  que viste a muchas de nuestras ciudades. Abilio  Estévez señala: “una ciudad es muchas ciudades. Sus variaciones están asociadas a numerosos detalles y sutilezas que no sólo dependen de la arquitectura o la división territorial,” (2004: 173). Efectivamente, el escritor recorre, a través del texto,  infinidad de calles, rincones, alamedas y las vincula con su experiencia de antaño para construir una imagen específica de la ciudad. Es la Habana maravillosa, ajena a cualquier vínculo de crítica social o política. Es la ciudad que, de algún modo, ha sustituido a la casa, antiguo rincón del mundo, porque acoge tanto o más que aquella.

   La hibridez de los discursos muestra a  la ciudad  como un caleidoscopio de impresiones que fluctúan entre descripciones de la vida cotidiana, incluso doméstica, de quienes habitan la ciudad, hasta las más serias reflexiones, confrontando sus ideas con la de intelectuales o escritores como Alejo Carpentier, Lezama Lima, Labrador Luis Piñera o Lino Novás, de tal modo que la anécdota más simple se entreteje de erudición, historia y, claro está, ficción.    Inventario secreto de La Habana  es, pues, una original propuesta narrativa y ensayísitica del discurso de ciudad.