jueves, 10 de diciembre de 2015

¿Dónde está mi Ítaca?






"Ten siempre a Ítaca en tu mente
llegar allí es tu destino."
Constantino Cavafis.



Soy venezolana. No se trata de un toponímico que pronuncio raramente. Más allá de una nacionalidad, es una forma de ver la vida, de enfrentarla. El carácter tropical se lleva en las venas; corre libremente por todo el cuerpo, nos arranca la sonrisa.




   Sin embargo, he vivido la mayor parte del tiempo en el extranjero. Estuve cinco años en Madrid, tres en San Juan de Puerto Rico y llevo 16 en México. Aprendí a amar estas geografías, a su gente. Quizás nos vamos mimetizando en algunas costumbres. Nos enamoramos de su comida y adquirimos hábitos que no eran nuestros. Pero el venezolano gritón y dicharachero seguía siendo mi referente. Su carcajada me venía en tiempo presente. Ir a Venezuela era zambullirme en el aire fresco del Caribe. Me sentía feliz de volver allí. Ver a la familia, a los amigos. Pisar sus aceras, las calles peatonales de Caracas: Sabana Grande, Chacaíto…visitar mis tierras andinas,  sus montañas enormes y silenciosas, como quien guarda un secreto milenario. Venezuela era mi Ítaca: mis sueños empezaban en la orilla de sus playas y terminaban en la penumbra del Roraima. 

   Salí de allí para México justo el año en que ganó por primera vez Hugo Chávez. Los años pasaron y ese recuerdo que era mi patria y que yo actualizaba anualmente se enrarecía cada vez más. Los protagonistas cambiaron de cara pero no de actitud. Acentuaron vivencias típicas de los políticos: favoritismos, dividendos por debajo de la mesa, pero sobre todo hiperbolizaron el rencor. Esa ha sido la clave de los 17 años de chavismo: el rencor que se ha traducido en expropiaciones arbitrarias, presos políticos, descalificaciones incendiarias; y allá, al fondo del túnel, latía, como bomba de tiempo, el odio. Ese minotauro en el centro del laberinto se tradujo en rebatiña para unos y en brutal escacez para otros; en violencia, en actitudes rastreras de venezolano a venezolano. La cotidianidad se resolvía en las filas al supermercado y la humillación se convirtió en rutina. Pero el milagro llegó para quedarse.

    Desafortunadamente existe un virus letal que se llama poder y que lo padecen nuestros líderes políticos. La consecuencia a mediano plazo es la imposición de sus ideologías y el creer, triste falacia, que el pueblo lo soporta todo. El poder ciega, envilece, nos hace perder la perspectiva de lo que somos y de lo que nos pertenece.   Los 17 años de chavismo deja un saldo demoledor para el país y su gente. Pero instalar la esperanza era imprescindible. Y se logró.

 Busquemos nuevamente a Ítaca, que nuestro país sea ese buen puerto al que queremos llegar.
   
    
  






lunes, 19 de octubre de 2015

¿Estudiantes o clientes?

Guadalupe Carrillo Torea



El coordinador de la licenciatura se acercó esa mañana a mí con una encomienda: quería que fuera revisora de una tesis de Comunicación en la que se habían analizado tres pinturas de célebres artistas del Renacimiento: Rafael, Tizziano y Leonardo Da Vinci. Me llamó la atención que un tema tan sumamente estudiado fuera retomado por un estudiante  para su titulación. Un primer síntoma de que algo no iba bien.

   Me di a la lectura del texto. Objetivo: confirmar que a través de los cuadros, los artistas quisieron enviar algún mensaje. Claro, había que buscar algo comunicable; y como en este mundo casi todo se rige por el vínculo “emisor-receptor-mensaje”, el tema no perdía pertinencia.

   Sin embargo, al pasar de las páginas notaba estilos muy distintos en la redacción; información bastante técnica acerca del arte del Renacimiento, de la vida de los mismos pintores. Pero no había fuentes citadas, todo brotaba por generación espontánea. Tuve que detener la lectura. Encendí la computadora y me di a la tediosa tarea de reproducir largas oraciones de la tesis en Google. Brotaron cientos de links: “Wikipedia”, “El rincón del Vago”, “escritores del Renacimiento”…Ahí estaba en su totalidad la tesis. Copia fiel, sin modificar absolutamente nada.

   Esperé unas dos semanas hasta que la paciencia del tesista se doblegó y me pidió una entrevista. Claro que sí, cuando quieras. Al día siguiente estaba allí. Un chico de unos 28 años, trajeado para ir a trabajar, con el rostro lleno de cicatrices de un agresivo y prematuro acné. Su mirada delataba zozobra, inquietud. Nos sentamos con el documento en la mano. Desafortunadamente tuve que empezar a descuartizar su tesis. Heredé de la sangre gallega el diálogo directo, sin cortapisas, pero en estas tierras latinoamericanas la frontalidad lastima. Hay que suavizar el golpe,  de lo contrario esa profesora es muy dura. No me comprende.

   Del recuerdo recojo el tono de la sinceridad sin ofensas. Le mostré los links donde los párrafos de su tesis se reproducían interminablemente. Fíjate: de la página 10 a la 22 se encuentra en “El Rincón del Vago”. De la 35 a la 50 en “Temas del Renacimiento”, y de 61 a la 70 en Wikipedia…estuvimos más de 40 minutos revisando hoja a hoja su información. Las evidencias eran rotundas. Sin embargo la sorpresa no se hizo esperar. El chico me miró y con determinación me dijo: Yo no me copié nada. Pensé que no había entendido y respondí desconcertada: ¿Cómo dices? Que no me copié nada.

   He aprendido que dialogar es un arte en el que se hace indispensable la voluntad de las partes. Si alguien me dice que ahora es noche, aunque sean las cinco de la tarde con un sol espléndido frente a mí, abandono lo que nunca llegará a ser un diálogo. Y así lo hice. Con un escueto “No puedo aprobar tu tesis” terminé mi monólogo.

   Semanas más tarde la asesora del joven me pidió una entrevista. Llegaron juntos a mi cubículo. La maestra de unos sesenta años, con el cabello encanecido y el gesto fatigado esperaba mis comentarios. Dije y mostré lo mismo que unos días antes. Miraba con recelo las pruebas, aunque su tono era conciliador. Haremos las correcciones, yo hablaré con él. Pero a medida que pasaban los minutos,  ese acento de aceptación inicial pasó a otro de altanería. Sentía que me decía entrelíneas “qué se creerá esta chamaquita”.

   Pasaron los meses: dos, tres, cinco. Una nueva visita de asesora y tesista me traía la novedad de la tesis corregida. Sí. Ya no había copia textual, pero todo el contenido era el parafraseo de las fuentes de internet. Escribí mi dictamen aprobatorio, anotando el matiz de que “la tesis puede pasar al examen de titulación”. Pasar, que no significa aprobar.

   El día llegó. La universidad privada que me había convocado al examen, tenía un vínculo especial con mi universidad pública. La privada está “incorporada” a la mía; quiere decir que los títulos de los estudiantes llevarán el membrete de la UAEM. Eso es un privilegio para una universidad privada y para sus alumnos.

   Me tocó ser presidenta del sínodo. Había dos maestras más: su asesora y una  suplente. El chico había invitado a la mitad del pueblo donde vive, había unas sesenta personas. Comenzó su presentación, powerpoint de por medio. Las diapositivas pasaban y él no solo trastabillaba en el discurso, con el correr de los minutos enmudeció. Y su mutismo se extendió con ahinco cuando la primera sinodal lo acribilló a preguntas que no supo responder. Ni una.

   Mi intervención, que era la última, se hizo irrelevante; el hombre había caído en un pozo de incongruencias que no lograba desenmarañar. Nos retiramos a deliberar: Reprobado; esta licenciatura nunca había tenido un caso de estudiante reprobado en su examen de titulación, señaló la supervisora con nerviosismo. Además el joven había gastado mucho dinero en impresión de tesis, pago a sinodales, ayuda a la biblioteca de la universidad; cómo hacerle presentar otra tesis, comentaban los administrativos. Y luego cómo decírselo frente a familia, amigos, conocidos. Tenían bandejas de canapés y refrescos para después del examen. El caos y el bochorno se apoderó de los directivos de la licenciatura. Se le llamó aparte. Me tocó iniciar el dictamen: No podemos aprobarte. En el examen mostraste una total desinformación. Palideció y, de nuevo, como lo hizo meses atrás, objetó: Estaba un poco nervioso, pero sí contesté a las preguntas. Me lo sé todo. Fueron los nervios. Ante la ausencia de un posible diálogo le explicamos el procedimiento a seguir: Al ser reprobado el alumno tiene derecho a presentar seis meses después la tesis. ¿La misma tesis? Creo que deberían hacer muchas correcciones a este documento, argumenté con claridad, este chico no conoce su tesis, ni la teoría que manejó. No pueden dejar que presente lo mismo.

   Una tarde de domingo, sonó mi celular. El coordinador de la licenciatura me recordaba, a través de una asistente, que al día siguiente se repetiría el examen del joven reprobado seis meses atrás, pedía disculpas por avisar tan tarde, lo habían olvidado. Cómo, si no me han entregado la tesis corregida. Es que es la misma, doctora. ¿No hubo ningún cambio? Pregunté alarmada. Ninguno.

   Fui a regañadientes, y con la decepción en los labios. La institución había permitido que todo siguiera igual: misma tesis, ninguna reflexión extra, la misma asesora… El joven nos esperaba con dos amigos. Hizo su presentación con menos inseguridad pero sin dejar de vacilar. Mi intervención apenas alcanzó los ocho minutos, de los cuales dos fueron interrumpidos por la asesora –nunca ningún sinodal puede detener el discurso de otro-. Pasamos a deliberar y lo aprobamos; allí me enteré que el tesista había reprobado a lo largo de su carrera unas 20 asignaturas;  era la reencarnación del mal estudiante. Me sentí profundamente decepcionada de mí; la presión institucional venció a la calidad académica. Había sido una pieza más de eso que se llama “estudiante-cliente” de muchas universidades privadas, que protegen el interés mayor: el bolsillo.

(Aclaro que no tengo nada en contra de las buenas universidades privadas, que abundan. Pero creo que son más frecuentes estos casos que acá narro)
  



















lunes, 28 de septiembre de 2015

La Soledad

Guadalupe Carrillo 






La semana pasada encontré un artículo del escritor venezolano Héctor Torres al que admiro por su prosa sensible y  la belleza de su palabra. El artículo se titulaba “Elogio a la Soledad”. En él Torres se define como un solitario irredento que ha encontrado desde su niñez pasión por la soledad. Por los beneficios de una soledad bien llevada que nos permite reconocernos en nuestro interior y alcanzar esa paz que siempre buscamos.

   Es un bello texto cargado de comprensión, de mirada compasiva hacia el mundo. Sin embargo en él no se habla de la soledad accidental, aquella que nos viene sin buscarla y que muchas veces trae pesadumbre: la soledad que convocan las pérdidas, las rupturas, o una larga vida que nos va arrebatando amigos, hermanos, familia. Con ella hay que lidiar de otra manera, pero para bien o para mal, ocurre que nos enfrenta con nosotros mismos.  Podría, pues,  convertirse en ademán de serenidad en la medida en que veamos en ella una oportunidad para encontrar nuestras contradicciones, nuestros miedos ancestrales y doblegarlos.

   Siempre he sido “amiguera”. Adoro el contacto afectivo: convivir con amigos, con la familia, con mis estudiantes de la universidad, con mis mascotas, pues como bien dice Antonio Machado, “un corazón solitario no es un corazón”. Sin embargo cuando busco  la soledad fructífera, ella me viste de sosiego; me sumerge en aguas apacibles y me permite tocar el equilibrio interior. En la soledad entiendes la finitud de tu aliento, mides los centímetros de tu humildad, los agrandas.

   En la soledad arranca la creación: un artista siempre  la sentirá su aliada. Y lejos de asumirla como algo inevitable, la disfruta, es agua mansa; caricia quizás. Que la soledad no sea corrosiva, que vaya contigo, lector, a mostrarte el horizonte nítido de tu vida.
  




miércoles, 9 de septiembre de 2015

Miradas al mundo a través de “La Sal de la Tierra”

Guadalupe Carrillo Torea



Las películas documentales han tenido cada vez más presencia en el mercado cinematográfico. La brevedad que las caracterizada ha ido ampliando el formato para ofrecernos composiciones en las que la imagen, la palabra, el sonido y la investigación se complementan y se transforman en una obra de arte.

   Es el caso del documental publicado en 2014 cuyo título, de clara alusión bíblica, nos sitúa en lo que debería ser el centro de nuestra atención: exaltar  la vida del hombre y sus infinitos matices, considerándolo “la sal de la tierra”. Así lo hizo a lo largo de su vida el fotógrafo Sebastiao Salgado. De origen brasileño, el artista salió de su país cuando el Brasil caía en una de sus más férreas dictaduras. El destino europeo se prolongó por muchos años junto a su esposa. En París nacería su primer hijo Juliano, quien décadas más tarde dirigiría el documental junto a Wim Wenders.


   Se trata, pues, de contarnos con la palabra, pero, sobre todo, con profusión de imágenes, la trayectoria profesional de este hombre que dejó todo de lado para dedicarse, literalmente, a recorrer el planeta en busca de los hombres. Y los encontró en los más diversos escenarios, participando en actividades inusitadas, donde la desmesura tiene su reino. Por ejemplo la siguiente fotografía tomada en una mina de oro de Brasil. Cientos de hombres vestidos de barro pasan el día entero buscando el preciado metal. Sin descanso, con la obsesión sobre sus espaldas.



   Salgado se adentraba a la selva, al valle, a la montaña y allí su cámara escarbaba en gestos y miradas. Convivía por meses en comunidades perdidas en la geografía de la tierra: grupos indígenas, campesinos, migrantes... En ese recorrido, sin embargo, la ausencia paterna se convertía en costumbre, de allí que su hijo Juliano confiesa la necesidad de acercarse a conocer al padre a través de la filmación del documental. Y así lo hizo.

   Un trabajo ininterrumpido en busca de ese hombre social lo llevaría al África, a su hambruna y la animalidad que anida tantas veces en el ser humano. Acompañó a multitudes que salían despavoridas de Ruanda durante meses. Una vez fuera del país se les llamó a un retorno hacia la muerte. A pesar de la perplejidad frente al dolor, las fotografías nos muestran la compasión deslumbrando el escenario. Un padre que limpia el cuerpo del hijo muerto para poder enterrarlo. O el niño que mantiene en pie su coraje y su determinación para salir de la desgracia.

   La devastación se apoderó del ánimo de Salgado. Cómo creer en ese hombre que destruye sistemáticamente a su prójimo. Una vuelta a la casa paterna, a centenares de hectáreas que se habían hundido en la sequía apagan aún más sus energías. Pero su compañera de vida le sugiere una posible solución: sembremos de nuevo todo. Así fue. Aquellas tierras renacieron y se convirtieron en exóticos paisajes de la naturaleza. Desde entonces Salgado también quiso rescatar esa madre tierra para creer otra vez en el hombre. 

   El documental, de extraordinaria factura artística,  está hecho con la certeza de quien plasma belleza y nobleza al mismo tiempo. Puede encontrarse en Netflix.






  

  

viernes, 28 de agosto de 2015

¿Estudiar la felicidad?





Guadalupe Carrillo Torea


El canal de Noticias colombiano, NTN24, tan polémico por su sesgo político, es también un espacio para la reflexión, la cultura y el conocimiento universal. Uno de sus programas semanales titulado “Efecto Naim” es dirigido  por el venezolano Moisés Naim, residenciado desde hace décadas en Estado Unidos. Naim posee una trayectoria política y profesional de larga data. Es economista, escritor y columnista. Su programa goza de una diversidad temática envidiable. Cada tópico es abordado con un profesionalismo tan evidente que el espectador siente que no está frente a un improvisado charlatán.

   El día de ayer Moisés Naim presentó a  Carol Graham autora de numerosos estudios sobre la felicidad. Uno de sus últimos títulos La felicidad alrededor del mundo es una investigación acerca de los países cuyos habitantes se sienten más felices, independientemente si sus condiciones de vida o de confort sean las mejores o las peores. Como anfitrión Naim cuestiona a la investigadora acerca de cómo medir algo tan subjetivo y efímero. La respuesta de Graham iba orientada hacia el sentido común: “Las personas más felices son aquellas que cuentan con la capacidad humana de la adaptación frente a la adversidad”, también son aquellas que gozan del privilegio de poseer un “carácter positivo”. Por ello los datos que arrojó el proyecto de Graham sobre los lugares en donde se encuentran los más felices tiene una explicación: América Latina es el territorio donde hay más personas felices.

   Si, usted, querido lector, visita alguna isla caribeña o incluso las playas del caribe peninsular, no cuestionaría la afirmación de Graham. En esos lugares la cotidianidad está impregnada de una alegría inquebrantable. El trato afectuoso, el compadrazgo prematuro y la familiaridad son constantes que se deslizan como un lugar común. El clima tropical, además,  permite que el desasimiento material sea el ademán de la mayoría. A pesar de tratarse de ese “tercer mundo” del que muchos huyen; aun cuando los problemas sociales de pobreza, de inseguridad e impunidad parecieran asfixiarnos, hay una fisura imperceptible dentro de nosotros por donde entra el aire fresco de la esperanza y de la solidaridad. Quizás no sentirnos solos sea la mejor manera de alejarnos de la desolación.

   Graham fue más allá del carácter positivo, señaló que aquellos que se sienten más plenos son los altruistas, o los individuos que salen de sus círculos personales para dar de su tiempo, de sus recursos y, claro está, de su vida. Comparó esta manera de encontrar la felicidad con el llamado “Sueño Americano”, donde todo radica en el esfuerzo personal para amasar fortuna. Graham sostiene que los americanos ricos siguen apostando por este “sueño”, no así los pobres que viven el día a día, sin expectativas de un futuro mejor.

   El estudio de Graham es también propositivo. La estudiosa habla de una “economía del bienestar” que podríamos intentar llevar adelante en la medida en que ese bienestar sea una lúcida certeza en nuestras vidas.

  El tópico es complejo y está lleno de aristas y claroscuros. Sin embargo, dejando de lado la ingenuidad, y retomando las historias tejidas en nuestro continente, apuesto por él y por su posible “felicidad”.

   

miércoles, 12 de agosto de 2015

EL ASOMBRO QUE ACORRALA





Regresábamos de comer por las calles de Toluca. Dejar el carro lejos y obligarte así a caminar unas diez cuadras es un ejercicio agradable y sano.  Estábamos a unos pasos de acceder a la puerta del automóvil cuando pasó rozándonos la voz asustada de un hombre con acento extranjero, italiano, para más señas; venía conduciendo una camioneta Honda. Solo gritaba con desesperación  la palabra “¡Aeroporto!”. Mi esposo se detuvo y le contestó en su idioma que se estacionara para explicarle qué rumbo tomar. Creí que se trasladaba al aeropuerto de la ciudad, pero no. Quería salir de esas calles para dirigirse a la Ciudad de México y en ella continuar a la terminal aérea Benito Juárez.

   Samuel se acercó al carro del hombre atribulado que se había estacionado unos metros adelante, mientras yo esperaba dentro del nuestro. Después de unos cuantos minutos los dos  estaban frente al auto y Samuel me pedía con un gesto de mano que saliera a saludarlo. El italiano cumplía con la célebre tradición que los caracteriza: manoteaba, era alegre, expresivo con su cuerpo que movía aún nerviosamente. Una y otra vez nos decía cuánta gratitud sentía de que un mexicano que camina al azar por la calle pudiese explicarle en su lengua cómo llegar a su destino. Saludó feliz, preguntó nuestros nombres y nos explicó con ayuda de gestos y de palabras a media lengua entre el inglés, el español y el italiano que venía de Valle de Bravo donde había asistido a una convención de la marca Hugo Boss.

   Nosotros regresábamos a la universidad después de la comida,  así que vestíamos con cierta formalidad. Samuel llevaba saco y corbata. Nuestro recientemente conocido lo elogió por su buen vestir y en un extraño gesto de generosidad le explicó que le quería regalar uno de los trajes que le habían ofrecido en la convención. Fue corriendo a la camioneta y volvió con un traje negro con tenues líneas de color morado envuelto en el típico plástico que entregan en las tintorerías. Insistía con gestos y manos que no se sintiera ofendido por el regalo; él quería devolver el acto samaritano con ese obsequio. Abrió la puerta de nuestro auto y colocó allí el traje.

   Nuestro asombro se materializó en gestos de desconcierto; nos mirábamos uno al otro y él veía nuestra sorpresa dibujada en los rostros. De pronto me miró y me dijo eufórico: “Guadalupe, ¿qué talla es? ¿Media? ¡Viene!”. Entró a su camioneta a toda prisa, rebuscó en distintas prendas también enfundadas en plásticos y me mostró varios modelos de chamarras. Que cuál quería, que escogiera: la café o la roja. O quizás la beige. “Me gusta más  la café”, dije con cierta inquietud. La desmesura se estaba convirtiendo en el timbre de voz de este desconocido; algo se estaba desviando de la normalidad y no me gustaba.

   Después de unos minutos de forcejeo verbal, donde el italiano insistía en mostrar más y más chamarras, y dos trajes de caballero que también quería darle a Samuel, dimos la media vuelta, ahora con más determinación,  y le repetimos que no hacía falta ningún regalo, que buen regreso…

   De nuevo en el carro, listos para arrancar, vemos regresar al italiano a paso firme con media docena de ganchos de los que colgaban chamarras y trajes. Su rostro desencajado se acercó a la ventana del auto. Los ojos pequeños parecían salírsele de las órbitas porque ahora sí estaba desesperado: “¡Tomen todo esto, per favore!” y de inmediato vino la petición: “Somos seis”, dijo apurado –aunque en ese momento estaba solo él-; “Regálenme una cena para seis y se quedan con todo”. El desconcierto era ya atmósfera que se respiraba con dificultad. Lo decía todo con tanta rapidez y tan atropelladamente que mi primera reacción fue pensar en la dificultad de llevar a cenar a seis personas que ni conocíamos y que estarían en el DF. Pero sus manos se asomaban al interior del carro frotando los dedos: pedía billetes mexicanos. “Para no cambiar dólares en el banco, me dan para la cena”.


   La adrenalina avanzó por todo mi cuerpo en busca de una salida rápida frente al acoso del hombre que a cada segundo se acaloraba más. Con torpeza sacamos nuestras carteras. Busqué dos billetes de doscientos pesos, Samuel hizo lo mismo, y se lo pasamos a él que los contaba con fruición. La sensación de atropello se apoderó de mí. El italiano contaba los billetes, 800 pesos, y nos preguntaba, como si no entendiera, qué cantidad le ofrecíamos, si aquello alcanzaría para seis personas…hasta que nos hartamos y la franqueza se asomó para quedarse: - Oiga, nosotros no queremos esa ropa. - No tenemos por qué darle dinero. El hombre indignado me gritó: - ¿Cree que con 40 euros –ya había hecho la cuenta mentalmente de los 800 pesos- me alcanza? Y añadió con fuego en los ojos: ¡Con eso no compro ni un capuchino! Samuel le pasó todos sus trajes,  también el que había regalado en un primer momento, le quitó el dinero de las manos y arrancamos de allí, de esa desagradable experiencia. Con los ochocientos pesos  acá, en México, me indigestaría de capuchinos.

martes, 14 de julio de 2015

UNA VISITA FELIZ



Guadalupe Carrillo Torea




Vivo en México desde hace 15 años. Es, pues, país de acogida por el que siento una honda gratitud. Adaptarte al otro, recorrer la geografía de sus ciudades, de su humor e incluso de sus melancolías no es tarea fácil. Lo corroborarán tantos que también lo han experimentado y que no están en su país de origen.

   He disfrutado a México pero el saldo a pagar es la lejanía familiar. Mis hermanos están esparcidos por el continente. La mayoría vive en Venezuela;  las posibilidades de visitas no son tan frecuentes como lo desearíamos todos. Sin embargo este mes gocé de un privilegio inusual: después de seis años de ausencia física, mis hermanas Carmen Virginia y María del Rosario se acercaron a México y estuvimos juntas durante diez días.

   Provengo de una familia numerosa. Ocho hermanos, diez tíos, decenas de primos…la experiencia es fascinante: Sientes que el universo que habitas está saturado de algo mágico en el que solo  cabe, en exclusiva, la solidaridad. Se coincide en el afecto, porque la raíz es la misma; las montañas que vieron nacer a mi padre y a sus hermanos es la que camino yo con los míos. Uso refranes que heredé y mis gestos o el tono de voz evocan a la madre y a su biografía. Por ello, la convivencia con mis hermanas se convirtió en un ejercicio afectivo que caló dentro como una lluvia de abrazos al alma.

    María del Rosario nos regaló su sangre flamenca. Ese espíritu andaluz –aunque de madre gallega- que sabe combinar la estridencia, el aplauso y la ternura en una sola vuelta. Chayín, como suele llamarla la familia, es naturalmente alegre. Sin alardes, disfruta de una intuición femenina que le permite diseccionar sombras, recuerdos y cicatrices emocionales; es por ello, “curadora” de profesión, - bruja, como lo diría ella-.

   Carmen Virginia no solo es “hermana mayor”; su inteligencia avizora tempestades y también mar en calma. Vigía de nuevos horizontes, escruta el silencio. La sobriedad que heredó del padre, baña de sensatez sus palabras, sus gestos, su mirada del mundo.


   En esos diez días tratamos afanosamente de urdir un poco de felicidad, esa que nos llega a bocanadas cuando estás con aquellos que son tu gente, tu sangre, tu infancia y tus años compartidos. Gracias, hermanas, gracias por venir.