lunes, 24 de junio de 2013

La ciudad moderna en la literatura: imaginario, crónica o sueño irrealizable



 

            Guadalupe Isabel Carrillo Torea[1]

 

                                               “Las ciudades también se fundan dentro de los libros”

                                                                                                          Rosalba Campra

 

   Reflexionar sobre la ciudad es un trabajo apasionante y complejo a la vez. Entendida como  construcción cultural en la que confluyen historia, sociedad, poder, manifestaciones artísticas…la ciudad se ha transformado en el escenario por excelencia de nuestro mundo contemporáneo.

    Nos podemos asomar a sus predios, urgar en sus avenidas, deambular por sus calles a modo de caminante o mirarla  a través de la literatura. La imagen que la ciudad proyecta es, al mismo tiempo, el producto de lo que sus habitantes hemos hecho de ella participando activamente en su construcción. Se trata de un proceso vinculante en el que  vivir la ciudad es, igualmente, leerla y, en consecuencia, re-escribirla. En su artículo “Semiología y urbanismo” ((1990)1997) Roland Barthes especifica al respecto: “La ciudad es un discurso, y ese discurso es verdaderamente un lenguaje: la ciudad habla a sus habitantes, nosotros hablamos a nuestra ciudad, la ciudad en la que nos encontramos, sólo con habitarla, recorrerla, mirarla” (Barthes, 1997: 260). Más adelante insiste el semiólogo: “la ciudad es una escritura, quien se desplaza por la ciudad, es decir, el usuario de la ciudad (que somos todos los que vivimos en medios urbanos) es una especie de lector que, según sus obligaciones y sus desplazamientos, aísla fragmentos del enunciado para actualizarlos secretamente” (1997: 264).

   La posibilidad de concebir a la ciudad como un discurso que se actualiza permanentemente nos permite acercarnos a ella a través del texto literario, sea este ficcional o reflexivo.  Las líneas que presento a continuación pretenden ahondar en el proceso modernizador que vivió Venezuela a mediados del siglo XX y que se tradujo en la re-construcción de su trazado urbanístico, especialmente de la ciudad de Caracas. De todo ello da cuenta la literatura de la época sea a través de novelas, cuentos, ensayos e incluso mediante  textos periodísticos más cercanos a la crónica.

   En América Latina observamos que en las décadas de los cincuenta y sesenta la producción artística regionalista y criollista, en la que el campo era centro de atención en detrimento de la ciudad, que se concebía como su opuesto negativo, perdía pertinencia. Hasta ese entonces la urbe se había concebido como ese espacio jerárquico donde una elite de base criolla detentaba los poderes oficiales, que se imponían excluyendo a muchos sectores y confinando en las periferias a aquellos actores menos favorecidos, a los campesinos que emigraban, a los habitantes del interior que abandonaban el terruño, a los descendientes de los antiguos pobladores del continente.

   La elaboración de un discurso orientado a una idealización del mundo de lo bucólico, en el que los códigos estéticos tenían su raíz en lo propio campesino y donde el sentido identitario se vinculaba a la tierra, fue progresivamente perdiéndose para ser sustituido por aquellos elementos antes considerados prosaicos, e incluso, antipoéticos. Se trata del asfalto, las autopistas, el automóvil de alta velocidad, los edificios, el concreto…es el universo citadino, los espacios públicos del hombre que vive en la ciudad.

   El proceso urbanizador de Caracas, y de gran parte de las ciudades de Venezuela, especialmente  aquellas cercanas geográficamente a las zonas petroleras, va de la mano del sentido de modernidad. Ésta llega al país mediante la explotación del petróleo que se inicia en el periodo gomecista y que verá sus más fuertes consecuencias después de la muerte del dictador. En la década de los años 30 se urbanizan zonas antes aldeanas, mediante el proceso de asentamiento de los famosos campamentos petroleros en los que sólo había cabida para los grupos de extranjeros y sus familias, pertenecientes a las compañías de explotación petrolera en su mayoría de nacionalidad norteamericana. El venezolano, mientras tanto, permanecía en estado de marginación física y cultural. La producción literaria observa estos fenómenos y da voz a la toma de conciencia a través de la llamada “novela del petróleo”. Para la época urbanizar era sinónimo de modernizar, pero también era semejante a degradar y corromper. Los intelectuales no ven, pues, con buenos ojos el fenómeno social que se estaba produciendo. Los comentarios de Ramón Díaz Sánchez, autor de la célebre novela Mene, son elocuentes  al respecto:

Cuando se produjo el brutal impacto del petróleo, que destruyó la cultura agraria en Venezuela, la perspectiva cultural de nuestro país comenzaba a ensancharse y a embellecerse gracias a los senderos que se le abrían con los contactos de la cultura europea, tan rica en sustancia humanística, estética y filosófica. Mas junto con la economía petrolera nos llegó el pragmatismo norteamericano y todo quedó desnaturalizado y mostrenco: el arte, la Universidad, las relaciones humanas, el amor, la política. A esto se debe el que en la actualidad los venezolanos transitemos un solo camino –eso sí, bien asfaltado- hacia el horizonte de la cultura (Díaz Sánchez, 1967: 12-13).

 
   La cita fechada en 1967 es, sin embargo, reveladora del proceso que se había estado desarrollando desde los años cuarenta, cuando las migraciones hacia la ciudad dejaron abandonado el campo, creándose un gran abismo entre uno y otro espacio. Los intelectuales habían venido advirtiendo y denunciando el fenómeno, proponiendo una distribución de la riqueza petrolera más equilibrada. Durante este periodo más que narrativa urbana, prolifera  el ensayo y, junto a él, la denuncia de los intelectuales de prestigio que en la época hablan del peligro que corre el país ante la riqueza petrolera,  a la que se sumaba el crecimiento desmesurado de la infraestructura urbana de la ciudad de Caracas y, por supuesto, el consecuente sobre poblamiento de la capital producido por la migración interna y externa.

   Arturo Uslar Pietri, Ramón Díaz Sánchez,  José Rafael Pocaterra, Mariano Picón Salas,  Enrique Bernardo Núñez -que por muchos años asumió el cargo de cronista de Caracas- y Mario Briceño Iragorry -siguiente cronista de la ciudad- entre otros, fueron de las figuras más ilustres que dedicaron buena parte de su producción ensayística,  novelesca, y en algunos casos, cuentística al señalamiento de lo que consideraban podría ser, en un futuro, el causante de la ruina del país: instituir al petróleo como único medio de riqueza de Venezuela. Sin embargo, en algunas ocasiones el tono de muchos de ellos llega a ser catastrofista; por ejemplo Arturo Uslar Pietri publica en 1949 -época de exilio del escritor que se encontraba  como profesor visitante en la Universidad de Columbia, Estados Unidos- su célebre obra  De una a otra Venezuela; se trata de una serie de ensayos en los que Uslar  explica que existen dos Venezuela, una real, la que ha vivido del campo, la que cuenta con un número muy alto de pobres en condición de miseria, y la otra fingida, la que ha surgido con el nuevo rostro que el petróleo le ha delineado. Así se expresa el escritor:

 

Porque desgraciadamente hay una manera de construir en la Venezuela fingida que casi nada ayuda a la Venezuela real. En la Venezuela fingida están los rascacielos de Caracas. En la Venezuela real están algunas carreteras, los canales de irrigación, las terrazas de conservación de suelos. En la Venezuela fingida están los aviones internacionales de la Aeropostal. En la Venezuela real están los tractores, los arados, los silos ((1949)1964: 64).

                       

     Escritores como Briceño Iragorry, en cambio, asumen una postura radicalmente crítica frente a la invasión de la cultura norteamericana, asociando lo moderno a lo extranjero. En su célebre obra Mensaje sin destino publicado en 1972 el autor defiende lo autóctono que se ha visto marginado, casi a punto de perderse, para ser sustituido por el esnobismo de los habitantes citadinos; para el momento en que se publica la obra Briceño Iragorry ha sido testigo del apoderamiento de la cultura extranjera frente a la nacional desde la explotación del petróleo hasta ese presente de abundancia y ostentación que vive el país. Así lo refleja también en su novela Los Riberas (1957); escrita décadas antes que el célebre ensayo, allí  relata  la vida de una familia andina venida a la Capital para engrosar las filas de la burguesía que emergió con la bonanza petrolera. La dilapidación de la riqueza nacional se hace patente en sus líneas. Caracas era para el momento la ciudad que prometía un futuro de bonanza y modernidad.

   Los años cuarenta fueron un  periodo de gran afluencia urbana y de abundantes construcciones;  dando lugar a que se generara una narrativa que se fija en lo urbano como centro de atención; ésta se ha considerado una suerte de antecedente para la narrativa urbana. Ángel Gustavo Infante, escritor venezolano de los años 90, puntualizaba, en entrevista concedida a la columna “Ficción breve.com” que

 

Cuando Caracas se transforma, después de los proyectos del presidente Medina y, por supuesto, de la II Guerra Mundial, que recibe esa doble inmigración: de afuera y del mismo país. Caracas se desborda y presenta signos específicos de masificación. Entonces, con las características de la masificación sí, necesariamente, aparece otro modo de narrar, pero que a la vez hereda muchos elementos de los modos de narrar anteriores que se referían también a esos centros urbanos, por pequeños que fueran[2]

 

   Hacia los años 50 se ha hablado de una segunda etapa dentro de la narrativa venezolana. Según autores como José Balza, a partir de la publicación de El  falso cuaderno de Narciso Espejo (1952) del escritor Guillermo Meneses “cambia la historia literaria de nuestro país”[3].  La novedad fundamental de la obra se encuentra en que “la aventura novelesca pasa a convertirse en un proceso mismo de escritura”[4].  Esto, evidentemente, aporta una concepción completamente desconocida de la manera de entender un texto narrativo y, por supuesto, de escribirlo.

   El argumento del libro se desarrolla en la ciudad de Caracas y su puerto, la Guaira.  Sus personajes y sus vidas cotidianas, la prostitución, el alcoholismo, los empleados de oficinas estarán presentes. Es un universo urbano que se despliega a lo largo de la novela; todo se resuelve en esa irónica “ciudad de luz”, decorada por calles sórdidas, atestadas de basura, malolientes.  En el relato esa urbe  masificada y alienante en la que habitan sus personajes, será parte activa del acontecer.

   El antecedente inmediato del tema citadino en Meneses lo vemos en la novela Campeones escrita en 1939  donde se recrea el mundo caraqueño de las casas que se convierten en hospedaje para los jóvenes inmigrantes en el centro de la ciudad.

   En 1952 asume la presidencia de la república Marcos Pérez Jiménez, militar que había formado parte de la junta de gobierno tras el derrocamiento de Rómulo Gallegos en 1948. Pérez Jiménez toma el poder cuando el país contaba con una bonanza económica inédita, hecho que le permitió desarrollar una serie de proyectos de carácter urbano que beneficiaron, sobre todo, a la ciudad de Caracas. En 1953 se construyó la autopista Caracas-la Guaira, en 1954 la Avenida Urdaneta, el Centro Simón Bolívar, la Ciudad Universitaria y las Torres del Silencio, edificios estos que daban un tono de total modernidad a la ciudad que se vestía de concreto. El proyecto constructor respondía al llamado “Nuevo Ideario Nacional” que proponía, sobre todo, la modernización de la infraestructura urbana de las ciudades más importantes. Sin embargo, la migración que del interior del país había invadido literalmente a la ciudad capital tuvo como asentamiento la periferia de Caracas, en los llamados ranchos que cada vez se hacía más problemáticos. Arturo Almandoz explica de qué manera el gobierno del dictador Pérez Jiménez trató de resolver lo que se consideraba ya una grave dificultad del proyecto modernizador:

 

El proyecto emblemático del régimen fue la Unidad Residencial 2 de Diciembre -hoy 23 de Enero- que incluyó 26 bloques y un total de 9.000 apartamentos para una población de 60.000 habitantes. Por su magnitud, el 2 de Diciembre pasó a ser “una experiencia sociológica y urbanística sin paralelo en América Latina”, en la que, al igual que en otros superbloques, se supone que tendría lugar la súbita conversión de los migrantes campesinos en improvisados ciudadanos. Era la solución prototípica que se necesitaba para controlar una marginalidad que se tornaba alarmante, afeando el rostro urbano del Nuevo Ideal Nacional, a la vez que poniendo en peligro las progresistas metas del régimen (Almandoz, 2004: 124).

 

   Los cambios que sufría la ciudad tendrán como inmediata consecuencia la presencia de problemáticas urbanas complejas y la denuncia de artistas e intelectuales. En 1958 regresa Uslar Pietri al país y se encuentra con una ciudad capital distinta a la que había dejado décadas antes el escritor. Por ello cuando  a principios de 1958,  escribiera el discurso de incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua, Arturo Uslar Pietri habló de los cambios que en la literatura se habían producido para entonces:

 

Ya no es el escritor el solitario y prestigioso intelectual frente a una colectividad de agricultores y guerrilleros; ahora está en medio de una nación en febril y a veces inorgánica transformación. Ya no escribe para los hacendados de Peonía ni para los rentistas de  El hombre de hierro, ni para los llaneros de Altamira. Ahora ha de escribir para los apresurados habitantes de ciudades cosmopolitas, donde se editan periódicos en cuatro o cinco lenguas, y para los industrializadores de una frontera móvil y dinámica (Uslar Pietri, 1958: 291).

 

   En 1960 nos encontraremos con el tema urbano de forma preeminente, pero no podemos hablar de unidad temática o de una manera única de ver la ciudad.  Caracas continuaba  experimentando cambios, de modo que sus habitantes –sus escritores-se encontraban con la necesidad de delinear un rostro que se re-inventaba permanentemente y que iba mostrando su realidad. Son los años de cambios convulsivos, de dictaduras férreas en esas zonas del cono sur, de protestas estudiantiles, de deseos de libertad inminente. Se crearon grupos en los que se encontraban narradores y poetas -Sardio, El Techo de la Ballena y Tabla Redonda-. En general postulaban una estética más audaz; incorporaban en sus discursos  lo cotidiano que deriva también en lo urbano; el tono de los textos suele ser polémico e irreverente; los de Tabla Redonda a través de la trasgresión se convierten en el  grupo más beligerante. Esta literatura es asumida como una suerte de contra-cultura que se mantendrá viva y en evolución- con las variantes que aporta cada periodo- en la década de los años 70 y 80.

   La publicación en 1959 de Los pequeños seres del escritor Salvador Garmendia estableció un cambio significativo dentro de la temática y estética literaria. En ella la ciudad  y sus habitantes vienen a ser protagonistas. Se trata de un universo sórdido, desleal, inmerso en la agonía que la cotidianidad de las grandes ciudades aporta. Incluso se ha hablado del escritor como “el precursor de la literatura urbana”[5] en el país.  En Los Pequeños seres (1958) se toca el tema también espinoso de la desadaptación de los inmigrantes del interior del país, que en Caracas vivían en las pensiones del centro, padeciendo toda suerte de dificultades y derrotas. Al respecto Salvador Garmendia reconoce:

 

En la vida de todo venezolano que se vino a la capital, urgido por el viento de los años 40          que sopló del campo a la ciudad, hubo siempre una fachada de pensión alterando el pulso del recién llegado. Escenario del más recalcitrante costumbrismo. La pensión caraqueña siguió viviendo para la crónica periodística y el sainete radical, hasta mucho más allá de su sustitución por el hotel de inmigrantes de la siguiente década. La picaresca estudiantil hizo acopio de anécdotas jocosas y tragicómicas en esos corredores abiertos a la luz, donde el tiempo caminaba en puntillas y todo parecía detenido en una realidad a medias que no terminaba de despertar.[6]

 

   En general la escritura de Salvador Garmendia mantendrá como centro de atención para sus ficciones a los ciudadanos anodinos que decoran el paisaje urbano. La tendencia a la exaltación de lo feo se convertirá en un modo personal de desarrollar el discurso y en una estética bien definida que procedía de la observación directa a los espacios urbanos que se convertían en decorado permanente en muchos espacios de la ciudad capital. En su artículo “La aventura de narrar” el escritor detalla:

 

Poco a poco, fui percibiendo en esas calles voces que se iban haciendo inteligibles. La mugre florecía por todas partes a mi paso, hasta que fui descubriendo que esas manchas y esos detritus tenían su acento propio. No era la marca laboriosa de la vejez o el abandono como en las viejas casas de provincia, sino la polución de cada día, el residuo de lo que va de paso, sobrantes desprendidos de las personas cuya existencia continúa bullendo en las basuras, con restos todavía  palpitantes de ansiedad o angustia, terror o soledad. Intentaba descifrar las frases que veía escritas en esas manchas. Eran agresivas a veces, o podían estar llenas de humillaciones o de súplica. Creo haber aprendido mucho entre los desechos (Garmendia, 1990: 16-17)

 

   Narradores, poetas, ensayistas abordarán a la ciudad desde sus distintos estilos y asumiendo diferentes problemáticas urbanas; el panorama literario se hace cada vez más prolífico y complejo. De esta época cito dos ejemplos muy representativos  en las obras de dos autores venezolanos de gran importancia: Miguel Otero Silva y su novela Cuando quiero llorar no lloro (1979), y Adriano González León con País Portátil (1963).  En el primer caso se narra la vida de tres jóvenes de clases sociales diferentes que mueren trágicamente en la ciudad de Caracas, los tres portaban el nombre de Victorino.  El narrador recrea la sociedad venezolana de la década del 50 y 60 en la que Caracas, ya inmersa en la modernidad, es rica en contradicciones, en terribles oposiciones sociales.

   La novela de González León va más allá de presentar a la ciudad capital.  El protagonista, Andrés Barazarte, perteneciente a la guerrilla urbana, que se traslada de este a oeste de Caracas, en un mediodía, realiza igualmente un desplazamiento interior.  Se trata, pues, de un viaje con ribetes míticos en los que se explora  la historia del país mismo. María Celina Núñez, a propósito de la obra, advierte que “hay, en primer lugar, un retrato de la contemporaneidad correspondiente a los años 60. La ciudad de entonces, el clima político, la guerrilla urbana, la represión oficial. Pero también se conforma, a base de pinceladas, la historia de la familia Barazarte y, con ella, la del país: el paso de una Venezuela rural a urbana, la impronta de la explotación petrolera”.[7]

     La evolución de la que habla la investigadora  y su repercusión en la literatura del país es inevitable. Sin embargo, en la historia de la literatura venezolana se hace difícil señalar caracterizaciones o etapas bien definidas. Evidentemente, el progreso social y urbano impondría una temática diferente a la del típico par “civilización/barbarie”, pero ello no supuso una uniformidad en los asuntos a tratar o en la estética narrativa. El mismo Adriano González León presentará a la ciudad como ese gran monstruo que devora a sus habitantes. Su obra Asfalto-infierno (1963) escrita  en prosa, es, sin embargo, un trabajo experimental en el que prevalece el tono poético y desgarrador. El narrador habla a la ciudad de Caracas en estos términos:

 

BESTIA AFILADA. Alzar la cara hacia donde se supone cielo abierto defrauda al primer toque de ojo. Desde allá le caen las luces de los autos, pasan las luces de los autos, pájaros disparados como en la montaña rusa de los parques de diversiones. Ciudad de circunvalación celeste, marcada por el neón, invención veloz del concreto pretensado. Y pasan mil faros más. Mil faros más. Por arriba, por su cabeza, el culo de los automovilistas sobre su cabeza, mi cabeza cortada por guardafangos, ahíta de humo de escape, tres neumáticos contra ella, gomas, ruedas, gomas, inflexión respiratoria, todos los mecanismos hidráulicos (González León, 1963: 127).

 

  Los  discursos de carácter  experimental  no se harían esperar; así tenemos  Rajatabla (1970)  de Luis Brito García, que representó un momento de ruptura narrativa cuyas consecuencias serían inmediatas. Al mismo tiempo se tornó la mirada hacia atrás, con ánimo de  rescatar  novelas que en su momento no tuvieron acogida por la crítica, como es el caso de Enrique Bernardo Núñez, cuyas obras se reeditaron a raíz de su muerte en 1964 y encontraron un aplauso y admiración inéditos. De cualquier modo, y como puntualiza Domingo Miliani

 

...la década del 60-70,...produjo la agudización de una crisis ideológica, de la cual no escaparía ninguna manifestación de la cultura. La violencia revolucionaria y las divisiones de partidos políticos, las persecuciones y la prisión, las torturas e interrogatorios, los juicios militares, desmembraron o reagruparon a intelectuales y artistas, a tiempo que aportaron una temática doliente[...]El estilo de narrar venezolano, acartonado a veces, lento, propenso a las circunvoluciones del barroco, fue puesto en entredicho[...]A la vieja tragicidad filantrópica de algunas novelas se opuso ahora la pintura viva, casi grotesca, de una clase media amorfa y hacinada en los barrios suburbanos; al idilio sobreviviente de las novelas románticas se le enfrentó un eros golpeante, el humor negro, el sexo enfurecido, la conspiración y la insurgencia verbales, como reflejo literario de la insurgencia armada que marca de sangre los años del 62 en adelante.[8]

 

   La heterogeneidad es, pues, una de las características más resaltantes de la literatura venezolana de la época y, al mismo tiempo, elemento que enriquece y amplía el panorama literario. Para la década del sesenta la ciudad se había instalado como centro de atención de artistas y escritores. Aunque el desarrollo urbano se encontraba todavía en expansión, muchos escritores vieron la necesidad de re-construir las ciudades latinoamericanas en el discurso literario. Así lo aprecia Alejo Carpentier en su obra Tientos y diferencias (1964) donde señala: “me convenzo de que la gran tarea del novelista americano de hoy está en inscribir la fisonomía de sus ciudades en la literatura universal, olvidándose de tipicismos y costumbrismos”, para más adelante añadir: “la gran dificultad de utilizar nuestras ciudades como escenarios de novelas está en que nuestras ciudades no tienen estilo. Más o menos extensas, más o menos gratas, son un amasijo, un arlequín de cosas buenas y cosas detestables –remedos horrendos, a veces, de ocurrencias arquitectónicas europeas” (Carpentier, 1964: 14, 15). La literatura tendrá, pues, como finalidad, imprimir estos devaneos culturales que se presentan en sus ciudades. Representarlas  a través del lenguaje, mediante la creación o la crónica estableciendo una suerte de “estética del asfalto” en la que se parodia, satiriza, alaba o condena a estos espacios en los que confluyen la realidad y la ficción irrevocablemente,

serán, en buena medida,  la labor del escritor, pues la ciudad es, en definitiva, el lugar en el que habitan los cambios, donde se organiza la cultura y deambulan los fantasmas de nuestra historia moderna.

 

 

 

 
 

BIBLIOGRAFÍA

ALMANDOZ, Arturo. 2004. La ciudad en el imaginario venezolano II. De 1936 a Los pequeños seres. Fundación para la cultura urbana. Caracas.

BARTHES, Roland. ((1990) 1997). La aventura semiológica. Paidós Comunicación. Segunda reimpresión. Barcelona

CARPENTIER, Alejo. 1964. Tientos y diferencias. UNAM. México.

DÍAZ SÁNCHEZ, ramón. 1967. “Prólogo”. Obras Selectas. Caracas.

GARMENDIA, Salvador. 1990. “La aventura de narrar”. En Quimera (Edición Latinoamericana),  N° 6, septiembre –octubre. Caracas.

GONZÁLEZ LEÓN, Adriano. 1963. Asfalto Infierno. Monte Ávila Editores. Caracas.

USLAR PIETRI, Arturo. 1958. “Discurso de incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua” en Letras y hombres de Venezuela. Editorial Edime. Caracas.

 

HEMEROGRAFÍA

GARMENDIA, Salvador. 1990: “Siempre habrá un Balzac donde haya más de una persona”. Papel Literario. El Nacional, Caracas, 25-7-1999.

 

ARTÍCULOS  EN INTERNET

BALZA, José: “Los cuadernos reversibles” (la otra narradita venezolana), en página electrónica: http://www.invencionero.com/balna.htm

CAÑIZALES, Andrés: “Muere Salvador Garmendia, precursor de la literatura urbana”. En: http://www.unidadenladiversidad.com/actualidad/actualidad_ant/2001/mayo_01/actualidad

MILIANI, Domingo: “Diez años de narrativa venezolana (1960-1970)”. En “Ficción breve venezolana.com” en la página http://www.letraila.com/ficcionbreve/ensayos/ens-122.htm

NÚÑEZ, María Celia: “País Portátil”. En: “Ficción breve venezolana.com” de la página web: http://www.letralia.com/ficcionbreve/ensayos/adria-mc.htm

 

 
El presente artículo fue publicado en la Revista del Centro de Historia del Estado Trujillo. Venezuela.


[1] Doctora en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesora Investigadora adscrita al Centro de investigación en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel I.
[2] Entrevista publicada en “Ficciónbrevevenezlana.com en la página http://www.letralia.com/ficcionbreve/entrevistas/entrev05.htm
[3] Balza, José: “Los cuadernos reversibles”, página 5.
[4] La misma página citada.
[5] Así lo afirma Andrés Cañizales en artículo publicado en la página web en la que se anuncia la muerte del escritor: “Muere Salvador Garmendia, precursor de la literatura urbana”. En: http://www.unidadenladiversidad.com/actualidad_ant/2001/mayo_01/actualidad
[6] S. Garmendia, “Siempre hay un Balzac donde haya más de una persona”. Papel Literario. El Nacional. Caracas 25-7-1999.
[7] El artículo se encuentra en la columna “Ficciónbreve venezolana.com” de la página http://www.letralia.com/ficcionbreve/ensayos/adria-mc.htm
[8] En “Diez años de narrativa venezolana (1960-1970)” Por Domingo Miliani. Columna “Ficciónbreve venezolana.com. http://www.letralia.com/ficcionbreve/ensayos/ens-122.htm

miércoles, 19 de junio de 2013

La cotidianidad, una sorpresa permanente


 
Guadalupe Isabel Carrillo T
 

   Siempre podemos suponer que hablar de cotidianidad es sinónimo de “más de lo mismo”, esto es, la rutina que nos marca nuestro ejercicio diario de actividades: levantarte, salir a trabajar, ir a comer, regresar otra vez a casa… Sin embargo, en medio de esa repetición, las posibilidades de salir de la rutina viviendo situaciones insólitas es tan frecuente como la repetición misma.

   En los últimos días he vivido experiencias si no extrañas, por lo menos poco comunes. Eran más o menos las doce del mediodía del día lunes. Ya no había clases en la universidad así que aproveché para hacer algunas diligencias. Compras en el súper y de allí a la tienda en la que venden la cerveza más rica de todo el país: La Bohemia. Conversaba con la chica que atiende allí cuando de pronto vimos que se acercaba  tambaleante un hombre de unos treinta y tantos años. Su indecisión, que se reflejaba al caminar, iba de la mano de una mirada sombría, incluso distraída. Aquel hombre padecía  un naufragio personal del que no lograba salir.

   Sin ningún tipo de preámbulo nos dijo: “Acaba de morir mi hijo, el pequeño. No tengo dinero para enterrarlo”. Tratándose de una tienda en la que se vende sobre todo alcohol, y viendo su rostro, no era difícil deducir que estaba en un estado de ebriedad considerablemente intenso. El hombre prosiguió con la predecible segunda parte: “¿Podrían prestarme dinero para ir a enterrarlo?”. El desconcierto logró borrarnos el entendimiento a las dos mujeres que lo veíamos entre atónitas e inseguras.  El argumento del hombre, a todas luces descabellado, era falso. Su voz, la expresión del rostro, no reflejaban la pena por la muerte de un ser tan cercano como podría ser un hijo pequeño. Su relato impregnado de tragicidad solo pretendía el muy prosaico deseo de que le diéramos dinero; no diez pesos, no veinte. Por lo menos unos doscientos pesos para el supuesto entierro del hijo. Ambas nos miramos en silencio y las dos,  en tácito acuerdo, seguimos conversando como si no hubiéramos escuchado ninguna petición, como si allí nadie hubiese interrumpido nuestro diálogo. El absurdo penetraba en la tienda como una densa capa que nos cubrió a los tres: Él jugaba con la muerte del hijo, nosotras vivíamos el  asombro de ver cómo los seres humanos podemos ser capaces de superar cualquier asomo de dignidad para dar paso a las necesidades básicas al descubierto: necesito el dinero, podré contar cualquier historia.

  Lo curioso de la experiencia radicó en que, al día siguiente, como un “de ja vu” me encontré caminando con mi marido por las calles toluqueñas atestadas de gente. Salíamos de un estacionamiento cuando sin ton ni son, alguien lo abordó rápidamente saludándolo como si fuera el vecino de toda la vida. La cara de extrañeza del rostro de mi esposo me decía a gritos que no conocía a aquel hombre que llevaba en sus brazos a un niño de unos dos años. El desconocido-conocido le habló de la universidad, de que había salido de allí hace unos años y no había logrado una reinserción y, saltó, de inmediato, a reconocer: “Ahora trabajo de cargador en una compañía de alimentos de comida rápida y sólo me pagan mil cuatrocientos pesos a la quincena –más o menos unos ciento veinte dólares-”; no tengo para comer –era martes- de aquí al viernes. Y el niño tampoco”.

   De nuevo nos vimos contagiados por una oleada de turbación que parecía movernos de un lado a otro. ¿No tenía qué comer en cuatro días? ¿Ni él ni su hijo? Acto seguido, y como era de esperarse, mi esposo abrió la billetera y le dio un billete de cien pesos. Sin duda, la cotidianidad da mucho de sí.

 

 

lunes, 17 de junio de 2013

La lectura ¿una forma de amar?


 

Guadalupe I Carrillo Torea

El universo de las emociones puede mirarse desde muy variados enfoques. La psicología, estudiosa del comportamiento humano, sería una de las primeras especialidades convocadas para entender la diversidad y complejidad que encierra la experiencia de sentir afecto, pasión o repulsión ante algo o alguien.


    Dentro de las Ciencias Sociales abundan estilos y corrientes que, a fin de cuentas, estudian procesos sociales o fenómenos antropológicos cuya raíz parte de motivaciones, de emociones pendulares que van de la adversión a la adherencia afectiva o intelectual más radical. Igualmente la expresión artística no sustrae su interés del mundo de las emociones; más aún, gran parte del quehacer artístico proviene, justamente, de lo que podemos entender como experiencia estética, esto es, del goce, del disfrute que se percibe por la contemplación de una obra de arte. La  palabra aesthesis  sería la raíz griega de lo que significó sensación, de modo que la experiencia estética se traduce en la percepción sensorial y afectiva que se manifiesta en nuestra psiquis al entrar en contacto con lo artístico.


   En esta tesitura ubicamos lo que significa un acercamiento a la literatura, vista desde la práctica de la lectura, ejercicio de carácter subjetivo en el deberían prevalecer sensaciones de interés que nos lleven al placer, al gusto, al disfrute real de lo que leemos. El extraordinario escritor  Jorge Luis Borges, en un alarde de honestidad que lo engrandece, afirmaba que lo que más le agradecía a la vida era la posibilidad de haber sido lector. Un hombre cuya escritura fascina por su perfección en el lenguaje y por el ingenio de sus argumentos, alcanzó, sin embargo, a entender el maravilloso y muy personal placer que supone el disfrute de la lectura como experiencia estética.

 
   El escritor argentino justificaba filosóficamente la trascendencia de tal fenómeno a través de las ideas de Shopenhauer, filósofo que consideraba a la humanidad sumida en el más gris de los anonimatos, viviendo existencias dormidas, anquilosadas en rutinas laborales o en ambiciones desmedidas. Para Shopenhauer la experiencia estética  es una escapatoria indispensable que nos permite abandonar la esclavitud en la están suspendidas nuestras vidas.

   En mi trayectoria como profesora universitaria he visto con gran preocupación la apatía con la que los estudiantes se enfrentan a la tarea inviolable de la lectura como parte de la dinámica enseñanza/aprendizaje. El carácter de obligatoriedad que se impone pareciera teñir el trabajo de la lectura de una capa ceniza de aburrimiento y desinterés. Asumir que leemos por mero requisito, como si se tratara de la adquisición de un banco de datos a través del cual encuentro información es ya una postura generalizada.


   Mi especialidad en literatura me ha llevado las más de las veces a cuestionarme y tratar de encontrar vías alternas que permitan descubrir a los estudiantes el maravilloso universo que albergan páginas de creación, de ficción o reflexión. El gusto por la palabra, por la belleza que proyecta; por último el caudal de conocimiento que el arte es capaz de regalarnos es de tal envergadura que rechazarlo o desconocerlo sin más es, a todas luces, un acto de irresponsabilidad no sólo para aquellos que desarrollan su formación profesional, sino para todos aquellos que estamos insertos en una sociedad cambiante de muy altos retos.
 

   El mundo hiper-informado en el que nos desenvolvemos en la actualidad lleva consigo una alta dosis de anestésico psíquico e intelectual que nos invade irremediablemente. Con las facilidades que hoy conceden el Internet y las infinitas redes cibernéticas que tenemos a disposición de forma gratuita vemos que leemos mucho, pero mal. Buscamos informaciones puntuales, de  gran especialización en las que se dejan de lado nociones universales básicas para conocer el mundo, y, más aún, al hombre que lo habita.

 
   Convertir a la lectura en un medio, nos lleva a realizarla en las peores condiciones: con prisas, con distracciones permanentes, sin ánimo de disfrutar de sus palabras. La literatura nos empuja a desarrollar una experiencia diferente del fenómeno.  La dignidad de la lectura y del arte literario exige en primer término contar un tiempo que no debe considerarse como minutos que malgasto, sino que invierto en la mejor de las tareas: el crecimiento personal y humano. Para ello requiero de un segundo ingrediente: la soledad, indispensable en la reflexión, la asimilación de ideas que se presentan y la auto corrección que me permita una comprensión total y no fragmentada del texto al que me enfrento.  El placer de la lectura inicia en la medida en que comprendo lo que se encuentra en las líneas que tengo ante mis ojos. El saber que se comunica a través de libros va de la mano del inmenso gozo que experimentamos al entrar en contacto con la sensibilidad de otros, con las voces de diferentes culturas y mentalidades, con la belleza de la palabra que nos descubre mundos inescrutables.

 El artículo fue publicado en la revista venezolana "¿Quiénes somos?"

 

 

 

jueves, 13 de junio de 2013

La ciudad contemporánea: un apocalipsis cotidiano



Guadalupe Isabel Carrillo Torea


   Algunas de las  grandes ciudades de nuestros países latinoamericanos fueron re fundadas por el ritmo de una modernidad que se impuso irregular y tardíamente en toda América Latina. Para enumerar algunas capitales tendríamos los ejemplos de Buenos Aires y Ciudad de México convertidas actualmente en mega-ciudades;  o bien  Caracas, mucho más pequeña en dimensiones, pero inmersa en una anarquía vial y peatonal que pareciera irresoluble.

    Los problemas urbanos que se empezaban a generar en ellas desde mediados de siglo se han acentuado poderosamente, contribuyendo a que la ciudad sea sinónimo de neurosis, caos, fragmentación, inseguridad, ambientes sórdidos o arrabales inescrutables. Los urbanícolas, que hemos ido adaptándonos a nuestro territorio de asfalto, estamos igualmente delineándonos rostros  con acentos cada vez más parecidos a la rudeza de nuestras urbes. Ello, construido también en la literatura, nos invita a revisar  de nuevo de qué manera el lenguaje nos permite comprender, condenar o, simplemente, recrear la ciudad literaria.

El siglo XXI que estamos aún relatando ha propuesto sobre la marcha de nuestros pasos alternativas sociales y culturales de diverso tenor a lo que se experimentó en las pasadas décadas de los setenta,  ochenta y los noventa. La pluralidad reflexiva, la realidad de los multimedia unida a la exacerbación de datos, textos o ideologías van coloreando un panorama de multidisciplinariedad de muy nuevos acentos. 

   La urbe, sin modificar los espacios ya andados por muchos caminantes citadinos de pasadas décadas, es sin embargo asimilada, sufrida o exaltada desde otras tesituras que, definitivamente, han ido cambiando la manera de representarla a través de la literatura.  Julio Ortega asegura que “vivimos hoy la ciudad dialógica, donde cada interlocutor adquiere su identidad en los espacios descentrados de la esfera pública”[1]. El concepto bajtiniano de lo dialógico que apuesta al intercambio no sólo entre personajes y autor o entre texto y lector,  puede, por extensión, ampliarse al inevitable entrecruzamiento  de experiencias, anodinas muchas de ellas, que vive todo urbanícola en nuestras ciudades masificadas. La interlocución deviene  unas veces en vivencias que pueden ser devastadoras, llevándonos a percibir sensaciones de un acabamiento muy cercano al sentido  apocalíptico, término  que con tanta frecuencia se emplea hoy para referirnos a   la ciudad. Autoras como Mabel Moraña  reconoce el carácter violento de los espacios públicos de los últimos años que es representado en la narrativa, la poesía o el ensayo; Rossana Reguillo- Cruz habla de la instauración en la literatura de una  lógica del desorden y una estética del caos.

De la urbe para el orbe

   En esta primera década del siglo la narrativa urbana que se produce nos anticipa un abanico de re-interpretaciones de la ciudad que oscilan en dibujarla  desde un humor refrescante que raya en la ingenuidad, a teñirla de las más abyectas representaciones.   En mayo del 2006 fue editada una recopilación de cuentos  de noveles autores venezolanos titulada “De la urbe para el orbe”, cuya selección y compilación estuvo a cargo de la escritora Ana Teresa Torres y de Héctor Torres, quien dirige la página web www.ficciónbreve.org. En ella 15 jóvenes escritores dan cuenta de  relatos cuyas anécdotas se sumergen en el mundo de lo urbano con tal intensidad que la ciudad, más que ser representada, es epidermis de los personajes, anclaje social, modo de vida. 

   El cuento de Carlos Villarino titulado “Camila y los seres de la noche”  aborda una de las alternativas ficcionales en la cual lo urbano enseña uno más de sus rostros: la noche como atmósfera que re-diseña la ciudad.  El relato da cuenta del cotidiano quehacer de un oficial de la División contra Homicidios, que realiza su guardia nocturna a la espera de algún acontecimiento que exija su presencia. El narrador nos muestra, a través de la descripción del espacio y de las sensaciones que experimenta el personaje, a un individuo anodino, sumergido en la rutina de un mundo laboral que rechaza. Su nombre se omite al igual que sus características físicas; sólo están presentes sus reflexiones y la resignación que lo acompaña a lo largo de la vigilia:


Hasta este mes trabaja en la División Contra Homicidios, pedirá traslado a otra dependencia, ya no soporta el olor a placenta fresca cada vez que descubre un nonato envuelto en papel periódico o tener que tomar miles de contradictorias declaraciones de quienes habiendo visto todo, no recuerdan o no quieren recordar nada de lo que les pueda ser útil en la resolución de un caso. Como si llevara esferas de plomo en la sangre siente su cuerpo más pesado que nunca, se entierra en el asiento de la patrulla y cierra los ojos para no seguir viendo lo que ocurre a su alrededor. El oficial que conduce el vehículo lo ve condescendientemente, y aunque la autopista está desolada, disminuye la velocidad, dándose así unos minutos adicionales al detective para que repose en el asiento contiguo. La patrulla avanza sin prisa hacia el lugar de los hechos, nadie tiene urgencia en llegar. (2006: 33)


El sentimiento de resignación y rechazo que padece  nuestro protagonista lo ubican dentro de esa especie humana que mira la vida con desencanto; una suerte de insatisfacción lo invade, inhibiendo sus deseos. Ser policía  y cumplir con el deber más allá de sus aficiones personales, lo perfilan como esa voz oficial que asiste a las entrañas nocturnas de la ciudad y a sus deformes expresiones. Él mismo se define como “turista nocturno”, aquel que mira, pero no forma parte del mundo que se construye en la noche; ese distanciamiento nos permite observar la ciudad desde un extrañamiento en el cual se la define como una suerte de inframundo; en ella habitan seres prácticamente fantasmales que  podrían realizar las mayores atrocidades.


   La legalidad que progresivamente el relato va diseñando, nos muestra un argumento muy semejante al de  un texto policiaco: un crimen ha ocurrido en la habitación de un hotel. Un hombre se encuentra muerto y semidesnudo en la alfombra de la habitación. Una mujer se desmaya desnuda en el lobby del hotel, mientras la tercera yace desvanecida en la misma habitación 405. Aparentemente se trata de un crimen pasional por el desenvolvimiento de los actos: primero se instalan las mujeres, media hora más tarde aparece el hombre sin conocer el número de la habitación y dando el nombre de su esposa –una de esas mujeres-. La entrada del hombre a la habitación y los gritos posteriores alarman al personal del hotel que llama a la Policía.


   En su papel de reconstructor de los hechos, nuestro personaje ve con claridad la supuesta infidelidad de una frente al drama del otro que, personalmente, vengará su honor mancillado. Episodios que se repiten en su larga trayectoria como Jefe de Homicidios y que lo mantiene en la rutina de siempre.

  El narrador elabora el argumento a través un suspenso que atrapa al lector; sin embargo no es esta anécdota el asunto central. La atención se detiene en un evento aparentemente secundario: En la habitación contigua, la 404 se han dado cita otras dos mujeres y un hombre por unas cuantas horas de esa madrugada. Su entrada y salida del hotel se ha realizado con tranquilidad, sin llamar la atención de nadie. Hasta el momento el foco narrativo alumbraba al personaje masculino únicamente; todo lo veíamos a través de su mirada distante; el inframundo al que asiste casi todas las noches le asquea, haciéndolo sentir extranjero en tierra de nadie. Sin embargo, el movimiento focal modifica su orientación para mostrarnos la ciudad nocturna desde  la mirada de aquellos que la habitan involucrándose en sus devaneos:

El silencio superficial de la noche esconde una dinámica profunda. Hacia la media noche la ciudad está encendida de extremo a extremo, una frenética actividad se está llevando a cabo en los sótanos de los clubes, los hospitales, los salones de baile, la medicatura forense, los cibercafés, las funerarias, las discotecas, los cementerios. Sucesiva y simultáneamente, telúricos movimientos sacuden el lecho ocasional en el que los amantes se dan encuentro. Por los cuatro puntos cardinales la lava ardiente del deseo mueve la tectónica de placas del inconciente colectivo, que estalla en erupciones de semen, sudor y sangre. Son los seres de la oscuridad que cada noche se despojan de su piel diurna para deslizarse por el asfalto capitalino, reptando por entre calles y avenidas, destilando feromonas e inyectando su veneno. Son los seres de la noche, esos que a la luz del día se esconden bajo la piel de un pastor de iglesia, una secretaria, un padre de familia, un estudiante universitario o una niña de su casa. (2006: 29-30).



Ciudad nocturna: pos-apocalipsis cotidiano

La presencia de los “seres de la noche”, como son descritos en el relato, no es un referente más dentro del marasmo urbano que aquí se proyecta. Son más bien las representaciones de lo que Boris Muñoz,  tomándolo a su vez de Carlos Monsiváis,  ha venido a llamar como pos-apocalipsis. Para Muñoz la ciudad contemporánea, esa ciudad caos que deviene en acabamiento, mantiene su vida más allá de su evidente sentido destructivo. Advierten ambos autores la llegada de un Apocalipsis que ha conducido a las grandes metrópolis a convivir con tal situación, al extremo de instalarse en ese pos-apocalipsis que dibuja sus entrañas hostiles como una forma más de vida.

   La oscuridad juega un papel clave para que la vida de los que a plena luz cumplen roles de ciudadanos comunes para transformarse en la noche en aquello que ansían profundamente. Secretas fantasías se convierten en perversiones consumadas de esos “seres de la noche” que parecieran, según se describe en el relato, formar una tribu con visos de animalidad:


                        No todos los que transitan en la oscuridad de la noche pertenecen a ésta,
los seres de la noche no son simples personas que por error se han salido    de sus cálidas camas. Los seres de la noche son aquellos que se alimentan en la penumbra y han aguzado sus sentidos más allá de cualquier límite, siendo capaces de oler a kilómetros a otros de su especie. Se reconocen a sí por las feromonas que destilan a su paso, beben las secreciones corporales de sus víctimas y se aglomeran entre las grietas de la ciudad, donde celebran orgiásticos las milenarias fiestas del dios Baco. Ocasionalmente matan a los que consideran turistas, animales diurnos que por capricho personal invaden su territorio (2006: 33).


   El placer como fin en sí mismo lleva a quienes lo experimentan a buscar nuevas alternativas que, muchas veces, implican la fractura de lo establecido. Transgredir normas y sistemas es una manera de rediseñar las pulsiones de la ciudad, hecha a fuerza de rupturas y nuevas componendas. Por ello el foco a través del cual veremos a la urbe nocturna proviene de uno de los “seres de la noche”. Camila, la esposa del oficial de policía, se encuentra en su cama cuando él regresa después de una noche de vigilia y crueldad. El oficial busca su cuerpo con elocuente deseos de poseerla mientras ella recuerda entre sueños la experiencia que recién vivió en la habitación 404 de uno de tantos hoteles de la ciudad. Refiriéndose al oficial nos detalla el narrador:


 Camila tiene su mente ocupada en los recuerdos, y él no sabe que cuando se dirigía semidormido al lugar de los hechos, Camila era atravesada por el conducto excretor con un mástil del tamaño de una torre. No sabe que los dedos de aquella amiga jugaron con el clítoris erecto de su esposa. No sabe tampoco que ella bebió sus fluidos genitales. Mientras él se despertaba sobresaltado en medio de una pesadilla, seis brazos y seis piernas se enlazaban en el eterno ritual de semen, sudor y sangre.

Esa noche, en la suite 404 de un hotel capitalino, los emisarios del dios Baco oficiaron el bautismo (2006: 40).


   Los recuerdos de Camila se vierten en su inconsciente con la libertad de quien se permite  vivir en la transgresión, habitar en los bordes de la legalidad y, en último término, construir su propio pos-apocalipsis que no sólo se definirá en términos destructivos, de acabamiento; lo escatológico, que se manifiesta mediante escenarios o situaciones sórdidas y perversas, es parte del corolario que acompañarán a los habitantes nocturnos que re-diseñan  a la ciudad;  la oquedad, por tanto, se impone como registro del paisaje citadino; es la urbe sin dimensiones concretas que se construye con las formas de vida de quienes la habitan.


Ciudad abismo- ciudad cimiento

 A propósito del cambio que las urbes experimentan en la actualidad, Boris Muñoz apunta: “la ciudad ya no puede ser concebida como un espacio estable, sino como una dinámica de permanente cambio y, en consecuencia, de desequilibrio” (Muñoz,  2003: 82).


   Los calificativos con los cuales definimos las metrópolis del siglo XXI van encaminados a perfilar un rostro de urbe que pareciera envuelta en una dinámica desenfrenada de experiencias perversas, decadentes, productoras permanentes de excrecencias y basura. Lo caótico es parte de su condición de masa gigante cuyos espacios han sido totalmente cubiertos.  El mismo Boris Muñoz detalla las condiciones de lo escatológico  presentes en el relato:


La primera acepción de escatología se refiere al conjunto de expresiones o imágenes relacionadas con el excremento. La segunda alude al estudio de las creencias relativas a los Últimos Días desde la perspectiva religiosa del fin de los tiempos. Estos dos sentidos de lo escatológico más que agotar el término lo amplían. Por eso combinarlos en un tercero que conjugue a ambos, puede ayudar a aclarar cómo el discurso sobre los desechos se articula con símbolos apocalípticos que aluden a la realidad como una instancia amenazada por un inminente y múltiple colapso económico, social y ambiental (Muñoz, 2003: 81)


  La cita transcrita, que habla de la Ciudad de México, refiere, igualmente, el escenario y sentido del relato que nos ocupa. La narrativa actual que fija su atención en ese irremediable marasmo, reconstruye un imaginario urbano paradójico, diverso pero, al mismo tiempo, inclusivo, donde lo pos-apocalíptico se convierte en una propuesta estética, más allá de cualquier condición valorativa y crítica.

   La experiencia de la ciudad nocturna en la que habitan seres como fantasmas da cuenta de universos alternativos cuyas vidas, al margen del orden y la legalidad, son capaces de mantenerse en el anonimato que concede la oscuridad; vivir en ella; saciar deseos ocultos son algunos de los rostros diversos y contradictorios que concede la ciudad. El narrador nos explica: “Son los seres de la noche, esos que a la luz del día se esconden bajo la piel de un pastor de iglesia, una secretaria, un padre de familia, un estudiante universitario, una niña de su casa o una esposa enamorada” (2006: 40). La cita da cuenta de individuos que desarrollan vidas comunes, reconocibles como los urbanícolas que decoran la ciudad. Describirlos en estos términos es un modo de explicarnos que todos podemos formar parte de la fauna nocturna, porque, en definitiva, la perversión, el excremento y el caos de la ciudad lo construimos quienes en ella habitamos; seres del día y de la noche. Julia Kristeva en su obra Los poderes de la perversión (1988) señala cuáles son las condiciones ulteriores que hacen abyectos los espacios o las personas; la escritora señala: “No es por lo tanto la ausencia de limpieza o de salud lo que vuelve abyecto, sino aquello que perturba una identidad, un sistema, un orden. Aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas. La complicidad,  lo ambiguo, lo mismo” ((1988)2004: 9).


   La oscuridad como condición para el anonimato es clave en el desarrollo del relato. Por ella los seres de la noche actúan con libertad pues saben que no serán reconocidos. El espacio público citadino se ha visto muchas veces vinculado a “la publicidad de acciones sociales” esto es que “lo público, como tal conlleva un tipo de actuación asociada a lo que “a la luz de otros” el individuo declara acerca de sí mismo, así como lo que interpreta como señales en el comportamiento del resto de urbanitas”[2]. La posibilidad de ser mirado implica un proceso de evaluación por parte de terceros a través del cual se crea una atmósfera de extrañamiento en la que uno mismo puede llegar a sentirse otro, es decir, ajeno de sí. Se trata de un trabajo especular en el que somos capaces de vernos y crear juicios sobre nosotros en función de la observación de los demás.

   En su obra Vigilar y castigar (1976) Michelle Foucault especifica que las miradas se pueden clasificar como una forma de vigilancia mediante la cual el sujeto que las padece experimenta un sentimiento coercitivo que lo lleva a asumir códigos de comportamiento pre-establecidos por el poder: “El ejercicio de la disciplina supone un dispositivo que coacciona por el juego de la mirada; un aparato en el que las técnicas que permiten ver inducen efectos de poder y donde, de rechazo, los medios de coerción hacen claramente visibles aquellos sobre quieres se aplican” (Foucault, 1976: 175). El acto de intimidación que describe Foucault no tiene cabida en espacios que la oscuridad y el anonimato protegen de cualquier intromisión. De tal modo que esa oscuridad en definitiva revela las posibilidades reales que todos los seres humanos tenemos de realizar actos que podrían ser reprobatorios y que revelarían nuestras más íntimas perversiones.


   Si bien el desencanto como forma de vida en la ciudad está presente; de la misma forma el pos-apocalipsis implica la convergencia del caos y el orden, el abismo y la permanencia, la rutina y la novedad: la experiencia urbana que nos seduce y  atemoriza. Es, en definitiva, la nueva propuesta para entender los vaivenes de la ciudad.


BIBLIOGRAFÍA


Básica:

TORRES, Ana Teresa; TORRES, Héctor. 2006. De la urbe para el orbe. Nueva narrativa urbana. Editorial ALFADIL. Caracas.


Complementaria

BARTHES, Roland. (1990) 1997. La aventura semiológica. Paidós comunicación. 2da reimpresión. Barcelona.

FOCAULT, Michelle. (1976) 1988.Vigilar y castigar. Siglo XXI Editores. 14 edición. Buenos Aires.

KRISTEVA, Julia (1988) 2004. Los poderes de la perversión. Siglo XXI Editores. Argentina.

LOTMAN, Iuri. 1996. Semiósfera I. Semiótica de la cultura y del texto. Editorial Frónesis. Cátedra. Madrid.

MUÑOZ, Boris y SPITTA, Silvia, Editores. 2003. Más allá de la ciudad letrada: crónicas y espacios urbanos. Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Pittsburg. USA.


                       
Este artículo salió publicado en la revista Arenas de la Universidad Autónoma de Sinaloa, en el número 22. Primavera del 2010.





[1] En la página web http://www.analitica.com VENEZUELA. 6 de septiembre de 2004.
[2] En Sincronía Otoño 2003. De la Peña, Gabriela: “Simmel y la Escuela de Chicago en torno a los espacios públicos en la ciudad”: http://sincronía.cucsh.udg.mx/pena03.htm

lunes, 10 de junio de 2013

La crónica narco, del periodismo a la literatura



Guadalupe Isabel Carrillo

“Una crónica lograda es literatura bajo presión”
Juan Villoro


La narrativa en la temática del narcotráfico, experimenta un proceso de elaboración discursiva de carácter reporteril, las más de las veces,  que fluctúa entre las características propias  de la crónica, a una construcción más elaborada a modo de biografía, de largas entrevistas, de extensos testimonios  que abordan casos reales prolíficamente detallados recreando historias y  hechos ocurridos en las vidas de los narcotraficantes.  Este panorama discursivo nos hace reflexionar sobre la importancia que ha cobrado el reportaje y, en consecuencia, el periodismo en su amplio abanico temático, al presentar cotidianamente los sucesos desgarradores que continúa viviéndose en México y que han modificado el rostro social, político y cultural de los ciudadanos.

  En este tenor, antes de estudiar el discurso literario  novelístico que posee como objeto de atención el narcotráfico y sus vaivenes más sórdidos, debe mencionarse el protagonismo de la crónica que llega a los ciudadanos en formato de revista, y, en los últimos años, también de libro. A partir del  año 2000 en que el gobierno de Vicente Fox declaró la guerra al narcotráfico sin haber diseñado una estrategia de inteligencia adecuada; el protagonismo de los cárteles, la lucha por los espacios geográficos y la terrible matanza de civiles y víctimas inocentes ha generado un obvio y prácticamente necesario estudio del fenómeno, alcanzando también a la ficción a través de  la novela narco así como al trabajo periodístico de importantes figuras de la prensa mexicana. Julio Scherer García, Ricardo Rabelo,  Marcela Turati, José Gil Olmos,  Anabel Hernández, José Reveles o Juan Carlos Reyna entre otros prestigiosos nombres, vinculados estos últimos a la revistas Proceso que fundara en los años setenta Scherer García y que ahora dirige Rafael Rodríguez Castañeda, dan cuenta, desde disímiles perspectivas de las luchas de los cárteles y de las consecuencias de esto en una ciudadanía desvalida y anónima, involucrada en una guerra que no les pertenece.


La crónica: protagonismo y pertinencia
   Al referirse a la importancia de la crónica en la actualidad, Susana Rotker, estudiosa de los grandes problemas que enfrenta América Latina en el siglo XX y que se refleja en la escritura, anota:

La crónica, género híbrido donde se encuentra el discurso literario y el discurso periodístico, es el espacio de la escritura que mejor registrada los cambios sociales, las interrupciones, las experimentaciones del lenguaje y de la escritura misma. Más elaborada que los textos noticiosos, pero con un dinamismo y un sentido de urgencia que no tienen otras prácticas escriturarias de cocción mucho más lenta (como la novela, por ejemplo), la crónica ha sido un espacio privilegiado y marginal en la cultura latinoamericana desde hace un siglo, especialmente en los centros urbanos.(2005: 165)

   Efectivamente, la divulgación que editoriales como Grijalbo, Aguilar, Mondadori, Debate, Planeta Mexicana, Temas de Hoy, De Bolsillo… han venido presentando en formato de libro  trabajos de seria investigación que periodistas mexicanos han llevado a cabo; estos  se convierten en la fuente de primera mano que posee el público en general para entender el fenómeno que aqueja brutalmente al país y que nos involucra a todos.  Susana Rotker, apuntala aún más  la pertinencia de la crónica y nos permite entenderé la afluencia de la misma en el tópico del narcotráfico:

La crónica, ni periodismo convencional ni consagrada literatura, es más bien como un cuento donde todos los datos dependen de la realidad inmediata, puesta en escena por un autor que nada inventa más que el modo de contar: la crónica es un medio de escritura privilegiado por su inmediatez, por la ligereza que permite avanzar y tomar riesgos sin el peso consagratorio de la literatura, pero con un compromiso con la forma y la expresión propia que nada tiene que ver con los facilismos formulaicos (sic) del periodismo tradicional, es un género marginal por su misma condición de hibridez. (2005: 165-166)

A los dichos de Susana Rotker, se suman los de autores reconocidos como Juan Villoro, cuya prosa fluctúa entre la ficción novelística y la crónica, o el extraordinario discurso de Carlos Monsiváis, de entrañable memoria. Encontramos también jóvenes talentos, entre ellos Fabrizio Mejía Madrid (1968),  Alejandro Almazán (1971),  que “ha ganado tres veces el premio Nacional de Periodismo en la categoría de crónica por “Lino Portillo, asesino a sueldo”,, “Cinco días secuestrada, cinco días de infierno” y “Un buchón no se retira, sólo hace una pausa” (2012: 636); Carlos López Aguirre (1977), mexicano de nacimiento, radicado en España;  actualmente es profesor del curso virtual de Narrativa de No Ficción del Laboratorio de Escritura y escribe en su blog http://expresionescronicas.wordpress.com  según nos detalla Darío Jaramillo Agudelo, editor del libro Antología de crónica latinoamericana actual  publicado en abril del 2012.  Justamente en el libro antes citado  Villoro detalla a propósito de la crónica y sus vínculos con la literatura:

De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en un espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista los diálogos…del ensayo la posibilidad de argumentar y , conectar saberes dispersos; de la autobiografía el tono memoriosos y la reelaboración en primera persona. EL catálogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con el infinito. (2012:579)

La infinitud que menciona Villoro es parte de la flexibilidad del discurso de la crónica que, aunado a la veracidad y la inmediatez, no deja de lado la elaboración estética de alta factura ni el tono humano que la temática tocada le exige.

    De los autores más reconocidos –y mencionados líneas arriba-  se encuentra Ricardo Rabelo, periodista que ha desarrollado investigaciones desde hace  décadas sobre los cárteles y sobre la vida de los capos que se han publicado convertidas en libros biográficos; así encontramos su libro Osiel. Vida y tragedia de un Capo  publicado en el 2009;  biografía exhaustiva del famoso capo del cártel del Pacífico, de su caída y extradición a Norteamérica. El autor detalla en el prólogo de la obra que el uso del género discursivo biográfico le permitió una cercanía diferente “a la vida de los personajes y su universo” (2009:14). La mirada inteligente de Ravelo escarba en el mundo de su protagonista desde una perspectiva más humana y por ello mucho más completa. Su fluida prosa no está exenta de la sensibilidad necesaria para entender todos  los ángulos del rostro de Osiel.

 También escribió  Crónicas de sangre (2007) en la que narra las prácticas violentas y sanguinarias de manos del ejército de los Zetas; Herencia maldita, El reto de Calderón y el nuevo mapa del narcotráfico (2008) título de otro de sus  libros en el que no sólo nos cuenta cómo se ha enfrentado el Estado desde el sexenio de Vicente Fox y en el ahora dirigido por Felipe Calderón; también se analiza la situación global del país frente al fenómeno y los entresijos entre el poder y el narco.

  A su discurso ameno y fluido, lo acompañan datos fehacientes y una mirada que pretende ver más allá de la maldad de los capos; nos muestra una imagen de conjunto en la que vemos a  los hombres en su entorno y desde distintas perspectivas humanas; esto último podría provocar críticas de aquellos que consideran a los periodistas que cubren los azares del mundo de la droga como posibles apologistas del narcotráfico; tal ha ocurrido con  Julio Scherer,  que en uno de los  número más polémicos de la Revista Proceso aparece en la portada fotografiado con uno de los capos más buscados por el gobierno mexicano y el norteamericano: Ismael Zambada, El Mayo. El número de la revista fue tan exitoso que lo reeditaron meses después. El Mayo le concedió una entrevista Julio Sherer que fue trasladado por los guardaespaldas  del capo a uno de sus escondites en medio del campo; sin que hubiese un solo dato que  permitiera señalar la localización del lugar, a pesar de las fotografías que ilustran el encuentro.

   Scherer ha dedicado buena parte de su trabajo periodístico a reseñar los vaivenes del narcotráfico y de sus personajes más célebres, como lo es la llamada Reina del Pacífico, Sandra Ávila Beltrán,  capturada y luchando contra una inminente extradición a los Estados Unidos, a quien entrevistó en la cárcel; el encuentro con la mujer más buscada de  México fue publicado en Grijalbo Actualidad  en formato de libro en el año 2008. En 2009 la editorial De Bolsillo publicó Máxima Seguridad, Almoloya y Puente Grande; el trabajo ensayístico del libro va de la mano de las entrevistas concedidas por delincuentes de alto riesgo –por razones políticas o del narcotráfico-  que permanecen aislados en condiciones infrahumanas en estos retenes de máxima seguridad; la incomunicación a la que son sometidos los ubica en una situación de animalidad que de forma irreversible. En la última publicación, en 2011 por Grijalbo titulada Historia de muerte y corrupción: Calderón, Mouriño, Zambada, El Chapo y la Reina del Pacífico el autor retoma entrevistas o contactos con personajes que siguen siendo noticia y cuyas vidas van entretejidas de la historia de violencia y corrupción de nuestro país.

   De las publicaciones más recientes, y en orden a una mirada si se quiere subjetiva de quien selecciona los títulos encontrados, aprecio la rigurosa investigación vertida en un estilo que va más allá de la amenidad y que goza de una prosa de tonos líricos y giros metafóricos enternecedores. Fuego Cruzado, trabajo testimonial que recoge las voces sufrientes de quienes han protagonizado las tragedias de encontrarse en los enfrentamientos de matones a sueldo; habla de las víctimas menos vistas: los niños muertos o los huérfanos que vieron caer a sus padres en días soleados que no auguraban ningún contratiempo. A continuación una cita ilustradora de su estilo:
                       …los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán…
                                                                                  …tras…tras…tras…
Carlos Javier caminaba a la tienda a hacer un mandado. A medio camino lo envolvió una balacera. Intentó resguardarse del enjambre de balas. No pudo. Los vecinos y el tendero ya habían atrancado sus puertas. Quedó sin refugio. Se tiró al piso hasta que llegó la ambulancia a recogerlo. Ya muerto, agujereado por varias balas. Tenía nueve años.

                       …agáchese y vuélvase a agachar…

Daniela está en el patio de su colegio. Hace unos minutos se divertía en el recreo. Sabrá la niña de 13 años a qué jugaba y con quién platicaba. Ahora está tirada. Y sangra. Tiene un hoyo en la pierna. Es un balazo. Le cayó del cielo. Salió de un helicóptero.

                       …un bracito ya se le rompió, su carita está llena de hollín…

Liliana acompañaba a su papá de camino a la guardería. Papá e hija juntos ¿puede haber mayor alegría? El ambiente en el auto familiar se tornó denso en un parpadeo. Entró un mosquerío de balas. Una se le incrustó en el cuello. La mató apenas cumplidos los tres años. (2011: 286)
                       
   El contrapunteo de las canciones infantiles que adelantan lo que líneas después describirá la autora, muestran magistralmente el contraste entre lo que un niño debería vivir, los juegos,  las muñecas, saltos, el mundo de la onomatopeya que  convierte la atmósfera en música y alegría y no en el doloroso desenlace que Turati nos narra.

  La autora cierra la cita con los siguientes datos: “Cada mes se cavan al menos 24 tumbas para albergar huesos tiernos en México. Corresponden a los restos  de los “ejecutados” más pequeños y más inocentes del conflicto armado desatado durante el sexenio calderonista. Cosidos a balas, despedazados con explosivos, torturados hasta la muerte, heridos con esquirlas de granadas, asesinados al estilo de la mafia, un niño y una niña caen casi al ritmo de uno por día” (2011: 287).

   Otro ejemplo de la diversidad de discursos vertidos en la  crónica narco es el del testimonio. Al estilo de Relato de un náufrago o La aventura de Miguel Litín clandestino en Chile de Gabriel García Márquez encontramos a Juan Carlos Reyna, joven escritor nacido en 1980 en Tijuana. Su libro Confesión de un sicario publicada por Grijalbo en 2011  narra el largo testimonio de “Drago”, “lugarteniente de un cártel mexicano”. El autor asume la voz del sicario y nos narra en primera persona su experiencia como matón a sueldo. El autor nos aclara en la Advertencia preliminar:

Esta obra reúne las memorias de un hombre que trabajó como asesino para una organización criminal dedicada al narcotráfico. Drago, como será nombrado para no revelar su identidad, acepto reunirse conmigo en nueve ocasiones. Antes de nuestra primera conversación, aclaró que me vería porque pretendía criticar públicamente el Programa de Testigos Colaboradores de la Procuraduría General de la República (PGR), al que perteneció durante nueve años (…) Lo que se omite es un juicio moral acerca de los hechos, personajes u organismos aludidos. El único fin es dar voz al infierno de un sicario. (2011: 19,20)

   La primera oración con la que comienza el relato nos dará cuenta de la línea de todo el libro. Dice el protagonista- narrador: “Lo único que sé hacer es matar”. Los eventos contados, de una sordidez aparatosa, describen detalladamente, sin omisiones ni censuras la vida de un sicario, logrando plasmar un perfil muy completo no sólo de lo que puede realizar y recibir en el mundo tantas veces demencial de la delincuencia. Traiciones, violencia, perversión a niveles incontrolables son el decorado de rigor de lo que allí se narra. Sin embargo también encontramos los visos humanos de aquellos  que han vivido sumidos en  el sinsentido. El sicario explica:

Estar a punto de tener un bebé me hizo pensar que sí había un Dios y me acercó a la Iglesia, a la que empecé a ir de manera asidua, tanto que prácticamente en eso se me fueron los nueve meses de embarazo. Cuando nació mi hijo se me secó la boca y no me atreví ni a cargarlo. ¿Con qué huevos iba a cargar a un bebé si con las mismas manos había ahorcado, disparado y decapitado a familias enteras? Creí que podría ser una persona normal. Pero estaba equivocado. Así como llegó, Medusa se fue. La procuraduría me retiró el apoyo económico tras el cambio de gobierno en 2006. Ni Medusa ni yo le servíamos ya a la procuraduría…(2011: 160-161)

 La producción de los autores mencionados merece un amplio estudio en el que se profundice  en las características de su discurso, sus formas emparentadas con lo literario, la gran ventaja que lo ameno aporta a sus textos y del que, en ocasiones  carece el texto novelístico, cuyo discurso muchas veces coloquial hace del proceso de lectura un trabajo afanoso, alejado de lo que Roland Barthes llamaba el placer del texto.


BIBLIOGRAFÍA

Hernández, Anabel. 2010. Los señores del narco. Editorial Grijalbo. México.
Jaramillo Agudelo, Darío. Editor. 2012. Antología de la crónica latinoamericana actual. Editorial Alfaguara. México.
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________________. 2007.Crónicas de sangre. Cinco historias de los Zetas. Editorial De Bolsillo. México.
________________. 2008. Los Capos. Las narco-rutas de México. Editorial De bolsillo. Cuarta reimpresión. México.
Reyna, Juan Carlos. 2011. Confesiones de un sicario. Editorial Grijalbo. México
Rotker, Susana. 2005. Bravo Pueblo. Editorial La Nave Va. Caracas.
Scherer García, Julio. 2008. La Reina del Pacífico: es hora de contar. Editorial Grijalbo. México.
_________________. 2009. Máxima seguridad. Almoloya y Puente Grande. Editorial De Bolsillo. 2009.
________________. 2011.Historia de muerte y corrupción. Mouriño, Zambada, El Chapo y la Reina del Sur. Editorial Grijalbo, México.
Turati, Marcela. 2011. Fuego cruzado. Editorial Grijalbo. México.



 El presente artículo formó parte de uno más extenso publicado en la Revista de la Universidad de Sinaloa Arenas. La presente edición ha sido modificada y reeditada.